“Teología política”

Lo siguiente es el audio y la guía de la sexta sesión de prácticas del curso de Teoría del Estado del cual soy asistente este semestre. La quinta sesión tuvo por eje la discusión de una selección de textos de “Teología política” de Carl Schmitt. La idea de compartir estos recursos es triple: (1) poder hacer que estos recursos sirvan a un público más amplio; (2) que los propios alumnos del curso tengan estos recursos con mayor disponibilidad; y (3) el que una mayor exposición de estos recursos posibilite una discusión crítica constructiva que lleve a mejorar la propia clase y mis propias lecturas, con el fin de brindar un mejor curso cada semestre. No está demás decir que cada uno de estos textos y autores daría para muchas horas (o meses) de discusión  teórica. Sin embargo, las sesiones asignadas son de dos horas semanales. Al mismo tiempo, el curso está pensado para alumnos de quinto semestre, alumnos que recién están empezando sus estudios de especialidad de ciencia política. De ahí que los temas tiendan a tratarse con un tono más introductorio y general.

[Introducción]

§ 1. “Definición de soberanía”.

Schmitt empieza el primer ensayo (“Definición de soberanía”) afirmando que el soberano es el que decide sobre el estado de excepción, entendiendo esta acepción de soberano como un concepto límite.

“La decisión sobre lo excepcional es la decisión por antonomasia” (pág. 15).

Para Schmitt ninguna norma del derecho puede prever la excepción absoluta, además de poder hacer de criterio decisorio sobre si algo califica de excepcional.

Esta excepcionalidad es tan extrema, que no se puede definir ni precisar rigurosamente.

En pocas palabras, no podemos realmente aprehender jurídicamente, en toda su esencial, lo propio del estado de excepción.

Lo que se puede tipificar constitucionalmente, a lo mucho, es quién debe decidir (¡el soberano!).

La cuestión fundamental entonces, en lo que concierne a la soberanía es la si el soberano está limitado por algo o alguien, si debe rendirle cuentas a algo a alguien, si está por encima de todo derecho y de toda ley.

Schmitt sostiene que todo orden descansa, en última instancia, en una decisión. Esto debe entenderse en toda su radicalidad, ya que incluso (o podríamos decir “sobre todo”) el mismísimo orden jurídico, descansaría no en una norma (como podría pensarlo Kelsen), sino en una “decisión”. La cuestión es, obviamente, quién decide.

El estado de excepción posee tal otredad, tal límite, que la soberanía debe poder decidir ilimitadamente, al punto de poder suspender el orden jurídico, si es que llega a ser necesario. El Estado subsiste y el derecho pasa a un segundo plano.

Desde esta perspectiva derecho y Estado no son equiparables, ni igualables, ya que el soberano puede suspender el derecho para hacer que el Estado subsista.

§ 2. “Teología política”.

“Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados” ( pág. 54).

Las raíces teológicas de los conceptos del Estado son tanto histórico-genealógicas, como por la estructura sistemática que ambos tipos de conceptos comparten.

“El estado excepcional tiene en la Jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología” (pág. 54).

Esta conclusión es muy interesante porque se ven los nexos entre la teoría política y la ontología.

De ahí que la contraposición entre ilustrados y reaccionarios, en lo que a concepciones de lo político se refiere, no estén puramente fundadas en “meras elecciones”, sino en supuestos ontológicos fuertes y decisivos:

“Sólo teniendo conciencia de esa analogía se llega a conocer el desenvolvimiento de las ideas filosófico-políticas en los últimos siglos. Porque la idea del moderno Estado de derecho se afirmó a la par que el deísmo, con una teología y una metafísica que destierran del mundo el milagro y no admiten la violación con carácter excepcional de las leyes naturales implícita en el concepto de milagro y producido por intervención directa, como tampoco admiten la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente. El racionalismo de la época de la ilustración no admite el caso excepcional en ninguna de sus formas. Por eso la convicción teísta de los escritores conservadores de la Contrarrevolución pudo hacer el ensayo de fortalecer ideológicamente la soberanía personal del monarca con analogías sacadas de la teología teísta” (pág. 55).

Son pues, Bonald, De Maistre y Donoso Cortés los que, a juicio de Schmitt, han sabido hacerse de estas analogías a la hora de pensar lo político. Schmitt, siguiendo a estos autores, piensa que el Estado asume una función análoga a la de Dios al decidir disputas que la ley no llegó a aclarar, además ser la fuente de dicha ley: el legislador omnipotente.

De ahí que las críticas ya mencionadas a Kelsen, por equiparar derecho y Estado,  ganen ahora una mejor reformulación:

“Bajo esa identificación del Estado y el orden jurídico, típica del Estado de derecho, alienta una metafísica que identifica las leyes con la legalidad normativa. Brote de un pensamiento científico naturalista que condena el “arbitrio” y quiere eliminar del dominio del espíritu humano lo excepcional” (pág. 60).

Sin caer en reduccionismos caricaturescos, lo que Schmitt se propone es mostrarnos que la ontología no puede estar disociada de la concepción de lo político.

Cuando la modernidad empieza a pensar que la naturaleza está regida por leyes regulares y constantes, cuando empieza a pensar a la naturaleza como un artefacto, como una máquina, entonces empieza a pensar que la maquina puede “andar por sí misma”. Dios deja de ser personal para dar lugar al deísmo y a una visión impersonal de lo divino y de lo político.

§ 4. “Contribución a la filosofía política de la contrarrevolución (De Maistre, Bonald, Donoso Cortés)”

Lo que los pensadores contrarrevolucionarios tienen en común es el pensar que su época, marcada por las revoluciones de 1789 y 1848, requiere de una decisión.

En el caso de De Maistre, lo que tenemos es la característica de la infalibilidad en la decisión. El soberano es inapelable. “Soberanía” e “infalibilidad” son pues, para De Maistre, sinónimos. Schmitt, a partir de esta afirmación señala algo de manera brillante: los revolucionarios creen esto también.

“La soberanía obra siempre como si fuese infalible, todo gobierno es absoluto; he aquí una proposición que un anarquista suscribiría también literalmente, aunque con otro propósito. Babeufm, Bakunin, Kropotkin y Gross pensarán que el pueblo es siempre bueno y los magistrados corruptos. Para De Maistre, la autoridad es buena por el mero hecho de existir.

Y esto, por la sencilla razón de que en la mera existencia de una autoridad va implícita una decisión y la decisión tiene valor en sí misma, dado que en las cosas de mayor cuantía importa más decidir que el modo como se decide” (pág. 77).

Lo importante en De Maistre no es que la decisión siempre acierte, sino el que sea inapelable. Es en ese rasgo donde se constituye su infalibilidad.

Ahora, algo que debemos añadir aquí como elemento clave es que el pensamiento político asumo siempre una actitud determinada hacia la esencia del ser humano.

De lo que se trata es de afirmar o negar si es que el ser humano puede ser considerado como bueno o malo por naturaleza. Los anarquistas pensarán que sí, los marxistas pensarán que son las condiciones económico-sociales las que determinarán eso.

Donoso Cortés, por su parte, tomará como axioma esencial el pecado original del ser humano.

Criticará al socialismo, al anarquismo y al liberalismo. Pero el liberalismo le parecerá fuertemente cuestionable porque la decisión es reprimida hasta más no poder:

“Es, según Donoso, consustancial al liberalismo burgués, no decidirse por uno ni por otro en la contienda y, en su lugar, tratar de entablar una discusión. Define la burguesía como la “clase discutidora”. Con lo cual queda juzgada, pues en ello estriba que trate de eludir la decisión. Una clase que despliega su actividad política en discursos, en la prensa y en el parlamento, no puede hacer frente a una época de luchas sociales. Por todas partes se entrevé la íntima inseguridad y mediocridad de la burguesía liberal de la monarquía de Julio. Su constitucionalismo liberal pretende paralizar al Rey por medio del Parlamento, pero sin quitarle del trono, la misma inconsecuencia comete el deísmo cuando tras quitar del mundo de Dios, quiere mantener su existencia (aquí toma Donoso de Bonald el fructifero paralelismo entre la metafísica y la teoría del Estado). La burguesía liberal quiere un Dios, pero un Dios que no sea activo; quiere un monarca, pero impotente; reclama la libertad y la igualdad, pero al mismo tiempo, la restricción del sufragio a las clases poseedoras para asegurar la necesaria influencia de la cultura y de la propiedad en la legislación, como si la propiedad y la educación fuesen títulos legítimos para oprimir a los pobres e incultos; suprime la aristocracia de la sangre y la familia, pero mantiene la desvergonzada aristocracia del dinero, la más necia y mezquina de todas las aristocracias; no quiere la soberanía del rey ni la del pueblo, ¿qué es la que quiere?” (pp. 81-82).

Y más adelante Schmitt continua mostrando como Donoso considera que la decisión debe tener primacía sobre la discusión:

“Donoso ve en esto un método de eludir la responsabilidad y de acentuar la importancia de la libertad de manifestación del pensamiento para no tener que decidirse en las cosas extremas. Así como el liberalismo discute y transige sobre cualquier bagatela política, quisiera también disolver la verdad metafísica en una discusión. Su esencia consiste en negociar, en las medias tintas, con las esperanza de que el encuentro definitivo, la cruenta y decisiva batalla pueda quizá transformarse en un debate parlamentario y suspenderse eternamente gracias a una discusión eterna. La dictadura es la antítesis de la discusión” (pág. 86).

Finalmente, llegamos al final del ensayo (y del libro) cuando Schmitt cierra el círculo y muestra que la antítesis de los reaccionarios y anarquistas es tal, no porque discrepen en lo fundamental, sino porque mantienen un acuerdo esencial que sus supuestos ontológicos llevan al antagonismo:

“Si De Maistre dice que todo gobierno es necesariamete absoluto, un anarquista afirma literalmente lo mismo, pero con esta diferencia: que su axioma de que el hombre es bueno y el gobierno corrupto le lleva a la conclusión práctica opuesta de que siendo todo gobierno una dictadura debe ser combatido. Pretender que se adopte una decisión cualquiera es malo para un anarquista, porque lo que es justo por sí sólo fluye cuando la vida no se perturba con tales pretensiones. Cierto que esta antítesis radical le obliga a decidirse resueltamente contra la decisión; y así se da la curiosa paradoja de que el anarquista más grande del siglo XIX, Bakunin, fuese, en teoría, teólogo de la antiteología y, en la práctica, dictador de una antidictadura” (pág. 90).

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