Proletarización académica

por Erich Luna

Adjunct, contingent faculty members now make up over 1 million of the 1.5 million people teaching in American colleges and universities. Many of them are working at or under the poverty line, without health insurance; they have no academic freedom worthy of the name, because they can be fired at will; and, when fired, many remain ineligible for unemployment benefits, because institutions routinely invoke the “reasonable assurance of continued employment” clause in federal unemployment law even for faculty members on yearly contracts who have no reasonable assurance of anything. What would it take to put these faculty members on the national radar? What would it take to make their working conditions a major issue for the higher education establishment — not only AAC&U but also, and most important, accrediting agencies? Would a national summit in Washington do the trick, perhaps?

-Michael Bérubé

Si la situación sigue así, prefiero estar seis pies bajo tierra mejor que continuar vegetando de esta manera. Ser continuamente un genio para los otros y, más aun, estar constantemente atormentado por las más mezquinas miserias, a largo plazo es insostenible

-Marx a Engels, 1857

A Žižek suele gustarle concebir el concepto marxista de “proletariado” de la manera en la que Marx lo define “hegelianamente” en algún lugar de los Grundrisse: “sujeto sin substancia”. Al margen de si las categorías hegelianas están siendo usadas “correctamente”, hay algo interesante que se relaciona bastante con cómo Marx aborda la relación social que vincula al capitalista con el proletario. Me refiero al hecho de que el proletario tiene que vender su fuerza de trabajo (su capacidad de trabajar), debido a que no cuenta con medios de producción para proveerse de medios de subsistencia y, así, poder satisfacer sus necesidades (necesidades que, en buena medida, están histórico-socialmente determinadas).

¿No podríamos pensar en coordenadas análogas, acaso, la condición del académico, hasta cierto punto? Que no se me malentienda. No estoy equiparando ambas cosas (no quiero entrar por ahora en el campo de batalla bizantino donde se discute la relación y diferencia entre el trabajo manual e intelectual). Tampoco estoy pensando en tendencias o “leyes de la historia” para con los académico. Nada de eso. Tampoco me refiero a que las condiciones de vida de los académicos sean de las más paupérrimas, ni mucho menos (no se trata de una similitud material o empírica a ese nivel). Pero sí creo que hay algo en la “estructura formal” de la relación social y productiva que mantiene el capitalista y el proletariado, tal y como lo describe Marx en el primer tomo de El Capital. Es en este sentido que sí me parece que puede hablarse de una “proletarización académica”.

La similitud se posibilita cuando los académicos (a) no son dueños de sus “medios de producción”, ni (b) tampoco tienen garantizados sus “medios de subsistencia”. En la medida en que los académicos no tengan rentas, empresas o vivan del capital o la tierra, tendrán que vivir de su trabajo. Y para ello deben vender “libremente” su fuerza de trabajo en el mercado laboral (me refiero al momento histórico donde los académicos devienen asalariados). Obviamente no se trata de fábricas, pero sí de algo análogamente similar (si le creemos a Ken Robinson): me refiero a las universidades. El gran centro de producción académico sigue siendo la Universidad. Y a ella ingresan los académicos a trabajar, aceptando vender su fuerza de trabajo. Ahora, aquí surgen dos preguntas (1) ¿qué producen? y (2) ¿qué medios de producción necesitan, si se dice que no son dueños de ellos?

En torno a (1) puede decirse que el académico mantiene una relación contractual y salarial por una determinada jornada de trabajo. ¿Qué implica ésta? Básicamente dictar cursos. Se le paga por las horas que dicta. Pero no se le paga por las horas que toma preparar su clase, corregir exámenes, brindar alguna asesoría o algo adicional. Se asume que la hora remunerada es suficiente. Al mismo tiempo, los académicos que no son nombrados no cuentan con derechos laborales como vacaciones o gratificaciones demás beneficios. Reciben ocho sueldos al año y están con la incertidumbre de lo que pueda suceder (más o menos cursos, sea en esa universidad o en otra). Uno puede dictar la mayor cantidad de horas posible, pero lo más probable es que ello implique cursos que a uno no le interesan mucho, además de incentivar un trabajo mucho más mecánico y menos reflexivo por parte del docente (piensen cuántas personas producen cosas relevantes con cargas lectivas extremadamente severas de cursos no muy estimulantes). Además, sobre todo en humanidades y sociales, existe un “ejército de reserva universitario” tan grande (léase, personas que trabajarían lo mismo por esa cantidad o menos) que no hay mucha maniobra de negociación. Sin embargo, y aquí viene lo más extremo del asunto, hay otras cosas que el académico produce, pero por las que no recibe remuneración en lo absoluto: libros, artículos para revistas especializadas o compilaciones de artículos, ponencias y conferencias en congresos especializados, reseñas y presentaciones de libros, etc. Imaginen el tiempo que toma todo eso y por lo que no se recibe ningún tipo de salario (salvo por alguna beca, financiamiento  o concurso excepcional). No quiero con esto decir que pueda ser de otra manera fácilmente, sé que el tema es complejo. Solamente señalo que para el caso particular de cada persona, ello resulta perceptible de esa manera trágica.

Sobre (2) lo que debe desterrarse es la idea naive e ideológica de que los académicos, sobre todo los humanistas y científicos sociales, no requieren de “medios de producción” (o de algo análogo). Esto siempre termina en una remisión al mundo clásico donde se enfatiza el hecho de que uno puede filosofar “aprisionado” o “encarcelado” (¡Y de hecho Gramsci fue un ejemplo vivo de eso el siglo pasado!).  Sin embargo, es necesario prestar atención a las condiciones materiales para la producción académica. Y acá es necesario mencionar varias cosas: libros, fuentes bibliográficas y académicas especializadas (estos insumos suelen ser las más de las veces comprados también por ellos mismos, a partir del sueldo que reciben por lo dicho en el punto 1), medios para poder escribir: el medio escrito e impreso sigue siendo hegemónico en este rubro (y esto va desde computadoras hasta papel y lápiz). Asimismo, espacios de discusión e interacción con otros académicos (y esto puede ir desde oficinas hasta auditorios). Los académicos sí necesitan de esas cosas para aumentar sus posibilidades para producir algo relevante en el mundo académico.

Mientras los académicos dependan de la universidad, análogamente a los proletarios, que necesitan de las fábricas para producir, la relación será salarial y buscará lucrar con, y a costa de, ellos. La preguntas que surgen son:  ¿qué cosa lucran? ¿por qué lo establecido por (1) es relevante? ¿esto genera capital? Habría que analizar eso con mucho más detalle, pero en el caso de las universidades privadas, así éstas no tengan  fines de lucro, esto es mucho más claro por el hecho de que existen compradores/ consumidores: los alumnos que pagan por un servicio. La universidad para proveer ese servicio, esa mercancía (“educación superior” o “profesional”) requiere de muchos insumos. Pero uno determinante es el personal docente (¡por el momento!). No sé si sean ellos los que únicamente, o los que de manera determinante, generen “el capital” de la universidad. Sin embargo, lo cierto es que son muy relevantes para que ésta funcione y haga lo debe hacer. El otro tema es que la dependencia implica otro nivel que va más allá de este marco: el académico depende de la universidad no solamente por sus medios de subsistencia materiales. También requiere medios de subsistencia “simbólicos” para el ámbito académico, léase prestigio y bienes de ese tipo. Y este tipo de capital es el que suele poseer la universidad. Con esto no se quiere desmerecer la investigación efectiva y los mértitos intelectuales. Lo que se quiere es insistir en que también existen relaciones de poder, relaciones políticas, sociales y económicas que atraviesan a la institución permanentemente. Las pregunta concretas son: ¿qué tipo de reformas institucionales deberían hacerse al interior de la institución académica?; ¿Qué tipo de espacios extra-universitarios pueden institucionalizarse que puedan suplir (o resolver), en la medida de lo posible, esta situación?

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Pueden revisarse los siguientes enlaces sobre este fenómeno, en relación también a otros más, pero en países del primer mundo:

“Precarity everywhere” de Nick Srnicek

“Among the Majority” de Michael Bérubé

(Volver a Filosofía, academia y nuevas tecnologías)

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