Intelectual =/= militante

Erik Pozo, en su última columna (“Pensamiento salvaje”) titulada “‘¿Intelectual?’ ‘¡Sí, por favor!'”, ha tratado de aclarar y desarrollar más puntos críticos hacia la izquierda peruana contemporánea (esto es una continuación y profundización de lo que ya había presentado en “Por una joven izquierda de verdad”). Todo esto con el fin de generar una discusión de la cual resulten nuevas ideas, argumentos, propuestas y, por qué no, cursos de acción distintos. Comparto y celebro esa intención. Y tomando el espíritu de Flores-Galindo que Erik busca rescatar, me dispongo a presentar brevemente mis discrepancias, con el fin de “acercar” a las ideas, argumentos, interlocutores y polémicas. He intentado ser lo más conciso posible (cinco puntos).

1. La primera crítica es formal, trivial y banal: el artículo busca problematizar esa tajante distinción entre lo intelectual y lo político, algo que de por sí es algo bueno para discutir. Sin embargo, el título está mal usado. Se emula la respuesta que Groucho Marx daba cuando se le preguntaba si es que quería té o café. Zizek ha popularizado en la discusión teórica la estructura de la esta pregunta/ respuesta, buscando con ello romper dicotomías. La más popular que tiene es la de oponer a la disyuntiva lucha de clases/ posmodernismo un “¡sí, por favor!”. Creo que el verdadero título del texto es “¿Intelectual o militante? ¡Sí, por favor!”. Como dije, esta es una crítica trivial, pero no quería dejar de mencionarla (sobre todo, para los que son fetichistas de los títulos, que los hay).

2. Pozo se apoya en Gramsci para sostener que lo intelectual está presente en todo lo humano. Acá Gramsci es bastante hegeliano. En clave marxista reitera la tesis hegeliana de que en todo lo humano se encuentra presente el pensamiento. Desde esta perspectiva no hay nada puramente práctico: siempre hay cierta teoría, pensamiento, concepto, en todo quehacer humano (en el siglo XX, en la filosofía continental, la fenomenología y la hermenéutica han abordado bastante esto de una manera más profunda con la idea de la “comprensión”). Pero de aquí Pozo pretende desautorizar la crítica de que la militancia sea más “activa” y “real” que la actividad intelectual. Y creo que eso no se desprende del todo. Una cosa es decir que la militancia supone “teoría”, de alguna u otra manera. Y eso está bien. Pero de ahí no se puede equiparar como “igual” ambas cuestiones, la militante y la intelectual. Una cosa es mostrar la relevancia de la teoría a través del hecho de que no hay militancia posible sin supuestos teóricos. Pero derivar de ahí que el quehacer intelectual es igualmente práctico que la militancia es algo evidentemente falso. Por lo menos si uno quiere sostener que el ámbito de la ciencia no es equiparable sin más al político. Esto no tiene que implicar que la ciencia sea puramente neutra o que lo técnico no tiene nada que ver con lo político. Sin embargo, no por reconocer las relaciones de poder uno tiene que irse al otro extremo y pensar que entonces la ciencia es solamente el programa político de un grupo (esto último no es algo que Erik sostenga en su texto, pero me parece importante plantearlo).

3. De la misma manera que uno puede aceptar que lo “teórico” está presente en la “práctica”, Erik aclara que también la política está igualmente descentrada y comparto también esto (desde autores tan diferentes como Schmitt o Foucault hay aproximaciones interesantes para pensar lo político de manera mucho más “diseminada”). De esta forma, lo político puede encontrarse en múltiples ámbitos. Sin embargo, acá también me parece que Erik exagera las consecuencias de sus premisas: una cosa es decir que la política puede estar presente en cualquier ámbito humano (que es “potencialmente politizable” o que supone ciertas relaciones o cuestiones políticas a la base), de la misma manera que la teoría también lo está. Pero otra es equiparar la militancia con comprar un dvd o leer un libro de autoayuda. Y eso es irresponsable y trivializante (Es más: utilizando su propio ad hominen, podría decir que es un gesto terriblemente posmoderno). Porque militar no es lo mismo que “simpatizar”, o “celebrar”, ser un “entusiasta” o “dar likes” en las redes sociales (virtuales, obviamente). Implica un compromiso diferente (ni siquiera estoy diciendo acá que sea mejor o “el mejor” que lo otro. Esa es otra discusión. Lo único que sostengo aquí es que es diferente). Uno podría decir que la militancia ha cambiado y que esa es la nueva forma de militar, pero creo que sería más saludable para el análisis de lo que está pasando pensar que ya no se trata de militancia (y los que han militado de verdad saben que ello es absolutamente diferente). Uno puede militar por una idea, y eso es cierto, pero no toda fe o creencia en una idea es militancia (si no, cualquier cosa terminaría siendo militancia y la categoría sería innecesaria y absurda y, sinceramente, no creo que sea el caso).

Creo que concluir esa “disolución” termina siendo bastante tramposo porque legitima muy rápido que un académico pueda muy fácilmente considerarse militante porque tiene “fe” en la “Idea del comunismo”. Y eso no es militancia. Eso es “tener fe en la Idea del comunismo”. La militancia no se agota en celebrar a Anonymus porque eso no es militar, eso es celebrar a Anonymus. Si Nietzsche tiene razón cuando sostiene, en Más allá del bien y del mal, que los filósofos (podríamos extenderlo a teóricos o intelectuales) siempre buscan justificar la manera en la viven, quizá Erik quiera implícitamente no ser solamente un intelectual. Pero eso lo hace a costa de reducir la militancia a lo que hace, en lugar de reconocer que él propiamente no es un militante. Disolver la dicotomía unicamente le conviene a los intelectuales que son acusados de no ser suficientemente activos. El militante no necesita la “condescendencia” de que “piensa” y de que también “es un intelectual”. NO le interesa.

Y si se me preguntase qué es militar, no tendría una definición. Y la respuesta a esto es muy sencilla: nunca he militado (lo cual obviamente no quiere decir que no tenga compromisos políticos importantes o fundamentales. Tampoco quiere decir que nunca lo vaya a hacer). Sin embargo, soy lo suficientemente consciente para saber que es algo diferente a lo que hago.

4. El objetivo de Erik es torcer y disolver la distinción entre academia activismo. Pero creo que (1): eso no puede inferirse de lo que sostiene; y (2) creo que tampoco es deseable generar esa “licuefacción” de ámbitos (para usar las palabras de Erik). Es importante tratar de darle cierta, y acá utilizo la jerga clásica marxista, “autonomía relativa” a la universidad, que debe tener siempre un papel pluralista crítico y generador de conocimiento en la sociedad, mientras que el activismo y la militancia supone determinadas consignas y decisiones que se someten a discusión y debate con otros patrones y reglas. En pocas palabras, dar clase en la universidad no es hacer un mítin, de la misma forma que debatir en el parlamento no es dar cátedra. Creo que distinguir esas vocaciones es uno de los grandes méritos de Max Weber.

5. Finalmente, sobre los partidos y la democracia liberal. Me parece bien que pueda existir una crítica a las instituciones políticas existentes, con el fin de buscar algo que sea mejor. Pero es mejor pensar esos intentos y no simplemente hacer la arenga “hueca” de “querer cambiar las cosas” porque suena muy demagógico: “Tenemos que… pensar nuevos caminos, nuevas ideas, nuevas vías, nuevas maneras, nuevas organizaciones, nuevas instituciones”. Y eso obviamente puede ganar el interés de gente, pero sigue siendo algo vacío (en el sentido de hueco, no en el sentido de Badiou, por si acaso :P). Se repite el error de Zizek que Laclau le reprocha: a menos que se piense qué podría ser, no tiene sentido decir que esto debe ser abolido, sin más. A menos que Erik tenga un plan secreto sobre cómo sería algo mejor a la democracia liberal actual y que no sea algo similar al llamado “socialismo realmente existente”, no debería seguir diciendo que hay que “superar el orden existente de la economía-política-internacional” (término con guiones que ha usado, pero que no ha definido). Tampoco sería ya necesario el reiterar demasiado que “tenemos que pensar” antes de “hacer”. Finalmente, él ha dicho “ya que siempre pensamos”. Conclusión: Abolir la distinción entre lo intelectual lo militante de esa manera no es resolver el problema, es evadir la lucha.

Criticar el liberalismo político y económico siempre va a ser popular, decir que el mundo debe cambiar también (digo, entre los jóvenes izquierdistas, sean más o menos “románticos”). Pero proponer algo es lo problemático. Yo no digo que Erik deba darnos las respuestas a todos nuestros males. Pero una cosa es ser fiel a la exigencia de Flores-Galindo de “reencontrar la dimensión utópica” y otra (muy diferente y peligrosa) es solamente vivir en esa dimensión. Por lo poco que conozco a Erik, no creo para nada que pertenezca al segundo grupo. Sin embargo, a veces escribe como si sí perteneciese.

*** 

Para los lectores interesados en estos últimos debates sobre este tipo de temas recomiendo revisar el diagnóstico de las ciencias sociales actuales  de Rochabrún (“Las ciencias sociales ante lo políticamente correcto”). Es pertinente también, debido a que Rochabrún no es militante, sino que es un “”académico químicamente puro” y goza del respeto de cuatro generaciones de sociólogos, entre académicos, profesionales y militantes. Es respetado hasta por Aldo Mariátegui (¡No bromeo! Aunque en verdad tampoco importa). Finalmente, la entrada que muchos de estos jóvenes antropólogos están teniendo a las ideas de Karl Marx es a través de él (“¡Marx a su manera!”), lo cual es sintomático de que están más para el lado del académico/intelectual que del militante/político (aunque es excesivamente prematuro sentenciar, de manera categórica y determinante algo así, obviamente). Por lo menos, sus aproximaciones son mucho más críticas que ideológicas y me parece que ello hace difícil la posibilidad de una militancia tout court. No es que los militantes sean “robots que no piensan”, el asunto es que los intelectuales tienen la obligación de pensar demasiado y la acción política no puede darse ese lujo. Por eso Hegel tiene razón cuando dice que la filosofía es como el buho de Minerva. Tal es su naturaleza trágica, pero necesaria.

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