Las ciencias sociales ante lo políticamente correcto

El día viernes 4 de noviembre, Guillermo Rochabrún dio una conferencia titulada “Las ciencias sociales ante lo políticamente correcto”. El audio (cortesía de Sharon Gorenstein) pueden descargarlo de aquí (el enlace dejó de funcionar, debido a que se llegó al límite de descargas permitidas. Lo que he hecho es subir el archivo a mi Dropbox. Pueden descargarlo de aquí). Una vez más, Rochabrún hace lo que lo caracteriza como maestro genuino (he tenido muchos profesores en mi vida, pero pocos maestros. Rochabrún es uno de ellos): invitar a pensar. En ese sentido, creo que Rochabrún expresa lo mejor de la actitud moderna e ilustrada, en su forma más radical y sincera (kantiana): “¡atrévete a pensar por ti mismo!”. Rochabrún es, pues, un crítico y lo es en el mejor de los sentidos posibles: vive interesado en llevar los razonamientos y argumentos hasta sus últimas consecuencias.

La tesis básica de la conferencia es que hay una correlación estrecha entre los discursos contemporáneos políticamente correctos (derechos humanos, diversidad, pluralismo, tolerancia, multiculturalidad, derechos a la naturaleza o a entidades colectivas como etnias, etc.) y la hegemonía de la ortodoxia económica. Creo que en esto Rochabrún se asemeja a Žižek. Para ambos parece ser que los discursos de las luchas diversas y localizadas abandonan (despolitizan) la lucha económica. Posmodernidad/ fin de los metarrelatos, relativismo/ tolerancia, pluralismo y neoliberalismo/ ortodoxia económica guardarían quizá una especie de “afinidad electiva” weberiana. La matriz ontológica en este caso, según Rochabrún, sería el individualismo (no sé si quizá podríamos extender este concepto y hablar de liberalismo).

Frente a esto, de lo que se trata es de no perder una verdadera actitud crítica, una actitud que busque siempre abordar y asumir los problemas en toda su complejidad. Para Rochabrún, las ciencias no buscan simplificar la realidad, sino todo lo contrario. Son los discursos políticamente correctos los que se caracterizarían por simplificar la realidad, los problemas y las cuestiones, y ni hablar de las soluciones o respuestas (quizá podríamos añadir en este rubro, al lado de estos discursos, a las ideologías).

El problema con estos discursos es que reducen la complejidad de la realidad y de los problemas, simplificando las posibilidades y explicaciones bajo causas y categorías bastante vagas, las más de las veces. El discurso políticamente correcto del racismo tiende a explicar los fenómenos sociales bajo la variable del racismo, de una manera prácticamente mecánica (“X” es causado por el racismo porque somos un país racista). El discurso anti-izquierda (y hoy también podríamos hablar del discurso “anti-caviar”) hace lo mismo (“X” es causado por la izquierda). Uno de los ejemplos elegidos para discutir estas tesis fue la relación entre la Iglesia y el Estado en el Perú, a propósito de la polémica que hubo hace algún tiempo  sobre la píldora del día siguiente.

Luego de eso, Rochabrún apeló a la distinción hecha por Durkheim entre el campo de lo profano y el campo de lo sagrado para sostener que hoy en día también tenemos en nuestras sociedades modernas y secularizadas la presencia de lo sagrado. Solamente que aquí lo sagrado se expresa bajo lo que marca un límite incuestionable. Tal es el estatuto de los derechos humanos hoy. Se trata de algo que es universal, imprescriptible, supremo. Lo que se percibe frente a ellos es que si los llegamos a perder, entonces perdemos todo. El punto parece ser que lo sagrado es más un lugar estructural, necesario para la propia constitución del orden social y simbólico.

Ahora, frente a esto las ciencias sociales deben mantenerse fieles a su labora crítica,destacando, recuperando y haciendo notar toda la complejidad de los problemas. No pueden tranzar con la simplificación. Rochabrún distingue aquí la ciencia y la academia de la política (quizá fiel al espíritu de Max Weber al distinguir la ciencia como vocación, de la política como vocación). Por eso, en la discusión política no cabrían demasiadas complejidades (así como en el periodismo). No podemos entonces medir con criterios políticos el discurso científico, ni tampoco pretender que la discusión política opere como una discusión académica. Fieles a Weber, tenemos que reconocer que hablar en una universidad es diferente a hablar en un parlamento (y hoy añadiríamos: diferente de hablar en un medio de comunicación, sobre todo si este se relaciona más a la política, a la ciencia o al entretenimiento).

Por ejemplo, en el discurso políticamente correcto, las reivindicaciones de los grupos desfavorecidos suelen ser tenidas a priori como “correctas”, o peor, como en sí mismas “buenas” o “justas”. El paradigma que operaría aquí, de acuerdo a Rochabrún, sería el ver una situación básicamente dividida en dos: una víctima y un victimario. La polarización y la simplificación hacen que la víctima sea vista como “pura bondad”, mientras que el victimario deviene la encarnación de la “pura maldad”. El que sigue esta simplificación termina auto-percibiéndose como una especie de “paladín”.

Cuando Rochabrún dijo esto se me vinieron a la mente tres grandes corrientes, las dos primeras más ideológicas:

(1) el marxismo: los marxistas de manual (no los críticos y académicos a lo Rochabrún, aunque tampoco sé si es que él se consideraría a sí mismo “marxista” o “marxiano”) tienden a pensar que los proletarios son “buenos” y que los burgueses son “malos” (basta leer el primer tomo de El Capital para ver como Marx describe actos terriblemente inmorales dentro de los proletarios, como el infanticidio);

(2) la Teología de la liberación: así como una simplificación de Marx puede llevar al primer punto, una simplificación de la opción preferencial por los pobres puede llevar a la idea de que las causas de los pobres son buenas porque son de los pobres, o que ellos son buenos o víctimas, etc (acá la cosa se agrava más porque se vincula de manera explícita con la religión y la escatología); y

(3) lo que hoy en día tiene que ver con los movimientos sociales y lo popular, donde se asume que cualquier manifestación y movilización es buena siempre.

Lo cierto, y Rochabrún no deja de reiterarlo, es que las cosas NO son así en la realidad. Son muchísimo más grises. El caso paradigmático aquí es la CVR. Uno no puede criticar a la CVR sin ser políticamente incorrecto.

Asimismo, frente al relativismo, historicismo y culturalismo sobre la ciencia, de arraigo posmoderno, Rochabrún sí suscribe la importancia de la ciencia. Para él la ciencia tiene alguna base: se pueden predecir cosas, se puede viajar al espacio. Da más garantías. Es relativamente mejor que muchas cosas. Acá Rochabrún no suscribe necesariamente una epistemología particular. Lo que sí puede decirse es que este espíritu es compatible, tanto con una visión de realismo científico, como una visión instrumentalista. Sin embargo, creo que sería más afín a un realismo, en la medida que afirma que la ciencia tiene cierta “base” (interpretando esta palabra como una suerte de “contacto” con “lo real”).

Finalmente, lo que la ciencia rigurosa y la actividad genuinamente crítica necesitan es una virtud moderna clave: autonomía. Se requiere autonomía frente a los intereses en juego, sean estos económicos, políticos, privados, de amor propio, partidarios o ideológicos. Por eso no bastan intelectuales públicos y comprometidos que tengan cuotas de poder o visibilidad en medios de comunicación locales.

La propia actividad académica y profesional de Rochabrún es un testimonio, no solamente de que en nuestro país ello es material y socialmente posible, sino también (y sobre todo) de que ello es necesario para una comunidad académica y científica profesional. Es el testimonio vivo de que también existe (y debe existir) la crítica como vocación.


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