Sobre Job

A ver, para dejar algunas cosas claras: soy ateo, no agnóstico. No es que diga “no sé” o “no opino” sobre Dios. Si hubiese una encuesta ciudadana, en ella marcaría “no creo que dios exista”. Segundo: no soy un estudioso de la biblia o de la religión católica (Raúl es acá el amigo especialista, el de las lecturas “sofisticadas”), creo que sé lo que un ciudadano que lee algunas cosas sabría sumando a ello las concepciones filosóficas de la divinidad, así como las críticas filosóficas a la religión y a Dios hechas por los grandes filósofos occidentales. Tercero: mi aproximación a estas cosas nunca ha pretendido ser “excesivamente” intelectualista o filosófica (en mi caso personal, creo que incluso pesan razones más “sentimentales” que “lógicas”). Siempre que las he pensado de manera “racional”, ha sido bajo la idea (y la forma) de que son argumentos que un ciudadano cualquiera podría entender sin necesitar una formación filosófica sólida (casi como lo que pensaba Kant de la gente común y corriente con la moral, vía la influencia de Rousseau en él, pero sin pretender una especie de “proselitismo del ateísmo”).

Entonces, no hay que buscar en estas reflexiones algo muy sofisticado. Se trata de una lectura sencilla, con preguntas, objeciones y argumentos “sencillos”. Sin embargo, aunque eventualmente todo ello podría ser criticado por un especialista como “superficial”, o quizá ser considerado como una “sátira” o “broma” por otros, no quiero que se piense que mi lectura pretende alguna de esas cosas. Todo lo contrario. A pesar de ser ateo, ese problema es un problema que me tomo con muchísima seriedad y por eso dicho libro bíblico siempre me ha llamado la atención. Podría decir incluso que quizá sea uno de los problemas medulares que estructuran mi posición atea.

¿Por qué me resulta el libro de Job tan interesante? Vayamos por partes:

1. El adversario (Satán)

No entiendo muy bien cómo se concebía a Satán aquí, pero definitivamente era algo muy diferente a lo que el cristiano promedio piensa hoy (sobre todo el peruano hiper conservador). No se trata de un ser malvado que vive en un lugar donde hay fuego y que tienta a todo el mundo. Acá Satán es un hijo de Dios que va a visitarlo. Y en su visita le cuenta sobre por qué Job le es fiel (para los que no leen la Biblia y solamente le creen al sacerdote, a la madre Angélica, al Super Libro, a la Casa Voladora, o peor:  a Cipriani, me remitiré al texto).

6 El día en que los hijos de Dios fueron a presentarse delante del Señor, también el Adversario estaba en medio de ellos. 7 El Señor le dijo: “¿De dónde vienes?”. El Adversario respondió al Señor: “De rondar por la tierra, yendo de aquí para allá”. 8 Entonces el Señor le dijo: “¿Te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él sobre la tierra: es un hombre íntegro y recto, temeroso de Dios y alejado del mal”. 9 Pero el Adversario le respondió: “¡No por nada teme Job al Señor! 10 ¿Acaso tú no has puesto un cerco protector alrededor de él, de su casa y de todo lo que posee? Tú has bendecido la obra de sus manos y su hacienda se ha esparcido por todo el país. 11 Pero extiende tu mano y tócalo en lo que posee: ¡seguro que te maldecirá en la cara!”. 12 El Señor dijo al Adversario: “Está bien. Todo lo que le pertenece está en tu poder, pero no pongas tu mano sobre él” . Y el Adversario se alejó de la presencia del Señor.

El argumento de Satán es básicamente el siguiente: Job es fiel porque le va bien en la vida. Si lo haces sufrir te maldecirá, no te será fiel, etc. Este argumento es muy interesante porque supone que los ricos son los que tienen razones para ser fieles a Dios y no los pobres. En la práctica, vemos que se dan ambas situaciones y la pregunta que permanece es por qué (sobre todo en América Latina, continente católico por antonomasia). Acá es donde mi concepción metafísica y onto-teológica de Dios (de un Dios “fuerte” y no “débil”) se hace presente en una pregunta, evidenciando el absurdo que genera el Libro: ¿Por qué Dios no le dijo a Satán “soy omnisciente y sé que no lo hará”? Yo sé que uno podrá decirme que en ese contexto y en esa tradición esa visión de la divinidad no existe, que es griega, u occidental, o metafísica o hiper filosófica, etc. Bueno, los creyentes hoy creen que su Dios es perfecto, así que no tengo problema con ese factum para leer a la luz de dicho concepto esta situación: no hay posibilidad que Dios tenga razones para poner a prueba algo de lo que ya sabe de antemano el resultado (el argumento onto-teológico de la perfección, asumido en toda su radicalidad, lleva a ese resultado). En todo caso, a pesar de esto, Job no maldice a Dios.

Es por eso que Satán pide un “segundo intento”:

“¡Piel por piel! Un hombre da todo lo que tiene a cambio de su vida. 5 Pero extiende tu mano contra él y tócalo en sus huesos y en su carne: ¡seguro que te maldecirá en la cara!”. 6 El Señor respondió al Adversario: “Está bien. Ahí lo tienes en tu poder, pero respétale la vida”.

7 El Adversario se alejó de la presencia del Señor, e hirió a Job con una úlcera maligna, desde la planta de los pies hasta la cabeza. 8 Job tomó entonces un pedazo de teja para rascarse, y permaneció sentado en medio de la ceniza. 9

Su mujer le dijo: “¿Todavía vas a mantenerte firme en tu integridad? Maldice a Dios y muere de una vez”. 10

Pero él le respondió: “Hablas como una mujer insensata. Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿no aceptaremos también lo malo?”. En todo esto, Job no pecó con sus labios.

A pesar del terrible daño físico al que es sometido, Job se mantiene en su fe y afirma que debemos aceptar de Dios lo bueno y lo malo. Él cree que ambas cosas provienen de Dios, algo que hoy el creyente promedio no parece suscribir (lo bueno viene de Dios y lo malo del diablo. Si uno es muy progresista y el infierno se le hace anticuado, probablemente dirá: todo lo bueno viene de Dios y lo malo viene del hombre). En ambos casos, Job me parece aquí muy coherente. Y es que, decir que el diablo o el hombre son causas del mal no supone una pregunta más: ¿Quién creo al diablo y al hombre? (El argumento onto-teológico de la causa primera, asumido con radicalidad, lleva a eso) En ambos casos Dios. Y Job, al margen de si piensa o sabe esto, se comporta como si lo supiese.

2. Los amigos.

Job termina lamentando el haber nacido, después de haber padecido todo ese sufrimiento, algo que muchos creyentes deben haber sentido a lo largo de la historia, ya que, si en algo abunda la historia humana, es en sufrimiento.

11 ¿Por qué no me morí al nacer? ¿Por qué no expiré al salir del vientre materno?

Elifaz de Temán argumenta que Dios nunca castiga a los buenos. Solamente los que son malos padecen los castigos de Dios. No existe posibilidad para el sufrimiento del inocente.

Más adelante, Job reanuda su lamento exigiendo que Dios le diga en qué se equivoco. Lo más trágico del asunto es el absurdo de su sufrimiento: Job sufre porque las pruebas del adversario, pruebas que Dios no debió aceptar pues, al ser suprema justicia, debió saber que eran eminentemente injustas (por lo menos eso es lo que me parecen a mí).

20 Si pequé, ¿qué daño te hice, a ti, guardián de los hombres?

¿Por qué me has tomado como blanco y me he convertido en una carga para ti?

Lo interesante del asunto es que en verdad no hay una razón legítima para el sufrimiento de Job.

Bildad complementa lo dicho por Elifaz: Dios no puede ser injusto, no puede tergiversar el derecho, ni la justicia.

La respuesta de Job aquí es central:

2 Sí, yo sé muy bien que es así: ¿cómo un mortal podría tener razón contra Dios?

Nadie puede tener razón contra Dios porque él es Dios. Él es la autoridad y la justicia y uno debe obedecer. No se puede equivocar. Lo central, y que no debe perderse, es que aquí el sufrimiento no es legítimo, sino absurdo. Ni Job, ni sus amigos pueden contemplar la posibilidad de que la situación haya sido permitida por Dios, so pena de que se pruebe que Job no maldecirá. Ese es el absurdo. Y es tan absurdo como razón, tanto en esa época, como hoy (e incluso hoy mucho más): ¿O acaso alguien osaría argumentar que el sufrimiento en el mundo podría deberse a pruebas de Satán que Dios acepta de buena gracia, a pesar de saber los resultados? Por eso la réplica de Job sigue siendo fabulosa:

2 Diré a Dios: “No me condenes, dame a conocer por qué me recriminas”.

3 ¿Es un placer para ti oprimir, despreciar la obra de tus manos y favorecer el designio de los malvados?

8 Tus manos me modelaron y me hicieron, y luego, cambiando de parecer, me destruyes.

Y frente a esto, el argumento de Sofar hace del libro de Job algo muy interesante. Lo que su amigo sostiene es que Dios tiene que saber quién es injusto y por eso no puede castigarlo, a menos que sea efectivamente injusto. Nadie puede pensar la situación en la que se encuentran. Job es el único que está en el margen, pero no puede dar el paso conceptual.

7 ¿Puedes tú escrutar las profundidades de Dios o vislumbrar la perfección del Todopoderoso?

10 Si Dios pasa y aprisiona, y si convoca a juicio, ¿quién se lo impedirá?

11 Él conoce a los hombres falsos, ve la maldad ¿y no la sabrá discernir?

Job responde ahora con fuerza el hecho de que él sí siente que ha sido fiel y justo y pide que Dios mismo le dé razones:

18 Estoy preparado para el juicio, yo sé que la razón estará de mi parte.

Más adelante reitera esto de una mejor manera:

11 Dios me entrega al poder del injusto, me arroja en manos de los malvados.

12 Yo estaba tranquilo y él me destrozó, me tomó por el cuello y me hizo pedazos.

17 Sin embargo, no hay violencia en mis manos y mi plegaria es pura.

Job llega incluso a cuestionar el supuesto de base de toda la situación argumentativa:  que como Dios es justo, el mundo debe serlo, indignándose sobre la situación de injusticia que se vive en el mundo:

7 ¿Cómo es posible que vivan los malvados, y que aun siendo viejos, se acreciente su fuerza?

9 Sus casas están en paz, libres de temor, y no los alcanza la vara de Dios.

La conclusión: Dios no escucha las plegarias… ¡existen, pero es indiferente!

12 De la ciudad, salen los gemidos de los moribundos, las gargantas de los heridos piden auxilio, ¡pero Dios no escucha sus plegarias!

Elihú critica la idea de que el mundo no sea justo, si es que Dios lo es. De esta forma sostiene que Job tiene que ser responsable de su sufrimiento (¡Intenten imaginar qué pensarían de Dios todos ellos si se enteraran de la prueba y del adversario!).

3. Dios.

Finalmente, después de varios discursos aparece Dios. Y sus intervenciones se caracterizan por no decir la verdad. Lo que hace es hacer gala de su gran poder, preguntándole a Job dónde estaba cuando el estaba creando el mundo y cosas análogas.  Básicamente demuestra que el es el señor, la autoridad y que no hay posibilidad de cuestionarlo (un Dios bastante déspota, como el que afana a los conservadores). Finalmente consigue que Job reconozca que no vale nada (aunque todos sabemos que fue Dios quien le ha dado ese valor, en primer lugar).

4 ¡Soy tan poca cosa! ¿Qué puedo responderte? Me taparé la boca con la mano.

En su segunda intervención Dios sigue sin responder lo que Job busca. Se dedica a seguir en lo mismo y a mencionar a Behemot y a Leviatán, un par de monstruos terribles (de aquí Hobbes toma los nombres de ambos para pensar la destrucción y construcción del orden político, respectivamente). Lo triste es que no se aclara nunca por qué se dio el sufrimiento. Job asume que Dios tiene razón y que él tenía la culpa, yendo en la línea de lo que decían sus amigos. Se echa la culpa (asumo esto, en la medida en que deja de cuestionar) de la manera siguiente:

2 Yo sé que tú lo puedes todo y que ningún proyecto es irrealizable para ti.

3 Sí, yo hablaba sin entender, de maravillas que me sobrepasan y que ignoro.

4 “Escucha, déjame hablar; yo te interrogaré y tú me instruirás”.

5 Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos.

6 Por eso me retracto, y me arrepiento en el polvo y la ceniza.

Luego de esto, Dios se vuelve contra los amigos de Job y los reprocha por no decir la verdad ¡aunque el propio Dios nunca la dijo!

7 Después de haber dirigido estas palabras a Job, el Señor dijo a Elifaz de Temán: “Mi ira se ha encendido contra ti y contra tus dos amigos, porque no han dicho la verdad acerca de mí, como mi servidor Job”.

Después de esto nos dicen que Job tuvo muchos más bienes y que llegó a ser dicho, feliz, etc. Me parece terrible que nunca se revele a los seres humanos la existencia del adversario o de la prueba. Al no hacerse presente, la teoría de la justicia en el mundo es la única viable. Job llega a asumir la culpa y Dios habla como si esa fuese la teoría verdadera. Sin embargo, a pesar de que ambos asumen esas ideas, los amigos que de verdad las creen son castigados. Y todo esto porque la situación se funda en un absurdo.

4. Una mejor manera de leer el libro para comprender mejor el absurdo en el que se funda el sufrimiento.

El sufrimiento de Job se funda en un absurdo que nunca sale a la luz, absurdo inconsistente con una visión metafíscamente fuerte de Dios. La mejor manera de corroborar lo terrible que es el libro es leerlo de otra manera…

Hagan el siguiente experimento: lean el libro completo, pero desde que Job ya ha padecido el sufrimiento (desde el capítulo tercero). Luego, lean las pruebas y teorías y el diálogo con Dios. Pero al final, y solamente al final (después de haber leído hasta el capítulo 42), lean el principio (capítulos primero y segundo), para enterarse de por qué sufrió Job. El resultado es espeluznante: partimos del factum del sufrimiento de alguien que busca entenderlo. Sus amigos tratan de hacerle ver que lo merece, él no lo cree. Dios aparece y le demuestra que él es insignificante y que Dios tiene el poder y la autoridad. Job asume su finitud. Dios castiga a sus amigos.

Pero al final… uno se entera que el sufrimiento de Job se debe a una prueba que un adversario le propuso a Dios, casi al modo de una apuesta, apuesta que Dios nunca tuvo que tomar, pero que sin embargo tomó, apuesta cuyas razones nunca explicó a ningún ser humano.

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10 responses to “Sobre Job

  • Zimmerman

    Hola Daniel, muy interesante post. Recuerdo una clase sobre ese libro justamente en un seminario de maestría con Bacigalupo. Un par de cosas me quedaron, y creo que podrían añadirse.
    El libro no trata acerca de Dios, no pretende decirnos nada sobre Dios. Sino que intenta mostrarnos los límites de la teología, de un discurso acerca de algo que se resiste a nuestra razón y entendimiento: Dios como problema teórico.
    Mi impresión es que Job no se disculpa con Dios porque acepta que él tiene la culpa de sus males, sino su falta consiste en haber intentado encontrarles sentido. Desde este punto de vista, Dios dice la verdad al echarle en cara su grandeza (lo inexplicable), así como cuando desenmascara la tendencia a la charlatanería en la que muchas veces (sino siempre) cae la teología.
    De ahí, también, que si bien pueda hacerse, no tendría mucho sentido leer este libro intentando encajarlo en una tradición que igualmente peca de esta falta y le atribuye a Dios un sinnúmero de características.
    Lo que cada vez me sorprende más de la Biblia es que claramente no posee una sola visión coherente de Dios, ni siquiera de un sistema ético, sino muchas, y en esa complejidad, en que deja el problema abierto a cada lector, radica su riqueza (de ahí que todos los dogmas religiosos tengan algo de repugnante).
    El libro de Job contendría la prédica de que cualquier discurso religioso, incluso el mismo libro, tiene algo de arbitrario, es contingente. Y de ahí también la casi ridícula presentación de Dios al comienzo del libro, que terminaría siendo completamente irrelevante para la historia, e incluso parecería mostrar un cierto, si bien sutil, nivel de autoconciencia.

  • Raúl Zegarra

    Como te dije mientras escribías este post, creo que hay una serie de elementos de hermenéutica bíblica que no tomas en cuenta y que son bien importantes. Algunos han sido enunciados por Martín, quizá los principales. Es cierto que pones algunos candados que pretenden obviar esa crítica a partir de tu lectura “ciudadana” del texto; sin embargo, se trata de candados insuficientes: hay textos que no pueden leerse, al menos no con propiedad, sin criterios más “sofisticados”. No pretendo con esto jugarte la trampa del exégeta y decir algo así como “no estás calificado para interpretar”, pero sí es verdad que la biblia es un texto complejo que necesita de un amplio horizonte de interpretación.

    Más allá de eso, el post es bien bueno y tiene ese muy fino tono crítico-irónico tuyo. Lo que sí es cierto, sin dudar, es que si este texto diera cuenta literalmente del Dios en el que creen los cristianos declararse ateo sería casi una obligación moral.

  • Juan Antonio

    Primero déjeme felicitarle por su blog, es muy aprovechable. Lo que diré a continuación es una interpretación personal y sumaria, pero basado en el pensamiento místico. Me perdonará la extensión, trate de hacerlo lo más corto posible, sin perder sin embargo en explicación.
    El texto de Job siempre me ha parecido uno de los más bellos del Antiguo Testamento, junto al Génesis, es uno de mis favoritos. Me parece que como en ninguna otra parte del Antiguo Testamento, constituye una ilustración bastante cercana del misterio de Cristo. Pero no hay que pensar que este misterio era sólo conocido por el pueblo judío (y probablemente gracias a su contacto con los babilonios). Algunos indicios muestran que la idea del Dios perfectamente justo y víctima de una desgracia completamente injusta formaba parte de casi toda la Antigüedad prerromana, al menos en los espíritus más elevados.
    El primer ejemplo de esto creo que lo tenemos en Egipto. Osiris, Dios hecho hombre, padece una cruel injusticia y termina sacrificado –es desmembrado— para redimir a los hombres. Hay indicios para suponer que este saber fue trasmitido a los griegos también. Según Heródoto, por ejemplo, el culto a Osiris es llevado a Grecia pero ahí bajo el nombre de Dionisos, Dios del vino. Este Dionisio, se emparenta en este sentido con Cristo, que es también en cierto sentido Dios del vino (por cierto si se sigue esta interpretación, se ve lo absurdo de la común interpretación basada en Nietzsche sobre el Dionisio como el Dios de la embriaguez desmesurada, además que su oposición con Apolo es fantasía, pues los griegos parecen confundirlos en sus mitos). Heráclito atribuye al culto de Dionisio una especie de locura, lo que en sentido cristiano se puede leer como la locura de amor (o la manía platónica), eso, sí queremos encajar lo que dice Heródoto, que sabe lo que dice.
    La misma idea del sufrimiento de un ser puro aparece por ejemplo en la Antígona y la Electra de Sófocles y en el Prometeo de Esquilo. En la Antígona se ve más claramente un aspecto del porqué del sufrimiento injusto de un ser puro, la idea que se puede leer es esta: cuando el mal llega a un hombre en forma de sufrimiento o como padecimiento de un crimen, este hombre lo devuelve, pues no soporta en sí el mal. Pero un ser puro no puede devolver el mal, porque es puro, de tal forma que el mal debe consumirse en él. O dicho en otra palabras: el mal solo puede ser destruido cuando choca contra un ser puro y este lo consume en sí mismo a través de su padecimiento, que no devuelve. El mal en todos los seres humanos se trasforma en sufrimiento y en crimen, pero en un ser puro, se transforma en simple sufrimiento y así destruye el mal. Es este el sentido de la maldición griega: el mal pasa de generación en generación hasta que acaba en el padecimiento de un ser puro. Ahí se rompe el círculo. Lo mismo se puede decir respecto de Cristo: el mal de los romanos y de los judíos se concentró en Él en forma de cruz, pero Él no lo devolvió, sino que al padecerlo sin devolverlo lo destruyó, o mejor dicho, lo trasmuto en amor, redimiendo así el mal cometido. Prometeo por su parte, es el Dios encadenado que padece su desdicha por haber robado el fuego a Zeus y dárselo a los humanos. Aquí se ve otro aspecto de la idea de sufrimiento de un ser puro: a Prometeo lo hace sufrir un exceso de compasión por el género humano, como en el caso de Cristo; es sorprendente además cómo el fuego se utiliza también en el cristianismo como sinónimo del Espíritu. Se pueden encontrar en realidad muchas otras imágenes.
    Una expresión más explícita se encuentra en Platón, en algunas partes de su obra. Teniendo en cuenta que Platón es, en su época, simplemente una chispa de una antigüedad ya casi extinguida, se entiende que probablemente, como todo en su obra, expresa el pensamiento órfico y quizá incluso algo mucho más antiguo. Y es sorprendente su compatibilidad con la situación de Job y con Cristo. Así dice por ejemplo, República, II, 360 ss.:
    “…En cuanto al juicio sobre el modo de vida de los dos hombres que hemos descrito [justo e injusto], pondremos aparte al más justo del más injusto; de ese modo podremos juzgar correctamente. ¿Qué clase de separación efectuaremos? La siguiente: no quitaremos al injusto nada de la injusticia, ni al justo nada de la justicia, sino que supondremos a uno y a otro perfectos, en lo que hace al comportamiento que les es propio….De este modo, el hombre injusto intentará cometer delitos correctamente, esto es, sin ser descubierto, si quiere ser efectivamente injusto: en poco es tenido quien es sorprendido en el acto de delinquir, ya que la más alta injusticia consiste en parecer justo sin serlo. Que se confiera al que es perfectamente injusto la perfecta injusticia, sin quitarle nada, pero a la vez que se conceda al que comete las mayores injusticias la mejor reputación que, en cuanto a justicia, se le pueda procurar. Y si da un paso en falso, que lo pueda enmendar y ser capaz de hablar de modo que convenza de su inocencia si es denunciado en alguno de sus delitos; o bien hacer violencia cuantas veces sea necesaria la violencia, por medio de su fuerza y su coraje, o por medio de sus amigos y de la fortuna que se haya procurado. Una vez supuesto semejante hombre, coloquemos en teoría, junto a él al hombre justo, simple y noble, que no quiere, al decir de Esquilo, parecer bueno sino serlo. Por consiguiente, hay que quitarle la apariencia de justo; pues si parece que es justo, su apariencia le reportará honores y recompensas, y luego no quedará en claro si es justo con miras a lo justo o con miras a las recompensas y honores. Despojémoslo de todo, pues, excepto de la justicia, y concibámoslo en la condición opuesta a la del anterior: que, sin cometer injusticia, posea la mayor reputación de injusticia, al fin de que, tras haber sido puesta a prueba su consagración a la justicia en no haberse ablandado por causa de la mala reputación y de todo lo que de ésta se deriva, permanezca inalterable hasta la muerte, pareciendo toda la vida injusto aun siendo justo… El justo, tal como lo hemos presentado, será azotado y torturado, aprisionado, le quemarán los ojos y, tras padecer toda clase de castigos, será empalado (puede significar también algo así como crucificado), y reconocerá que no hay que querer ser justo, sino parecerlo.”

    Luego se ve en el diálogo, que para ver si la justicia vale más que la injusticia, no solo hay que eliminar las apariencias e imprimirles la apariencia contraria, sino que Adimanto también le pide a Sócrates que siendo así, no solo le muestre que la justicia vale más que la injusticia, sino también la operación mediante la cual la justicia vuelve en sí misma bueno al que la posee y esto tanto si se es manifiesta u oculta a los dioses u a los hombres.
    Es decir, que se debe evitar también la apariencia de justicia incluso con respecto a Dios. El justo debe sentirse abandonado no sólo por los hombres, sino también por Dios.

    La idea es que sólo en un estado cercano al de la muerte, en la desgracia absoluta, en la degradación social, moral y física, se sabe realmente si se ama a Dios en sí mismo, o por alguna otra razón. Eso es la desnudez espiritual. Pues es fácil ser fiel en la plenitud, pero no en la desgracia. De la misma forma es fácil prestar atención a lo que tiene prestigio, pero no a lo que carece por completo de prestigio, a lo anónimo. La idea es pues, que sólo en la desnudez absoluta, en la absoluta falta de consideración, en el abandono total, se puede dar realmente testimonio del amor a Dios, se puede saber si el amor a Dios es absolutamente real. Por eso Cristo dijo que vino a salvarnos, pero principalmente vino “A dar testimonio”. El Cristo es la encarnación del justo perfecto de Platón y Job es una imagen de lo mismo. Pero, ¿qué sentido tiene esto con nuestro sufrimiento? Nosotros no somos inocentes como el justo perfecto, como Job o como Cristo. Pero la desgracia es una realidad en este mundo, nos puede tocar también. A cualquier de nosotros, si la desgracia nos toca, nos volvería injustos, haría crecer el mal en nosotros, quizá nos volvería criminales: lo vemos todos los días. Lo hermoso en Job es que eso no le pasa a él, él se queda inmóvil, a la espera. A pesar de sus lamentos, de su amargura, incluso de su desesperanza, no se va contra los hombres ni contra Dios. Siente amargura y dolor porque el amor a Dios no es un escudo, la injusticia en cambio es un escudo. El mal penetra en Job y este mal se trasforma en dolor pero no en crimen; a las puertas del infierno, su amor es inquebrantable, incondicional, es decir, da testimonio del amor. Su amor trasforma el mal en dolor pasivo. En quienes no aman a Dios el mal se transforma en dolor activo: dolor criminal. Ese es el sentido del cristianismo: no proporciona un consuelo contra el sufrimiento, sino que enseña a usar el sufrimiento, padecido a pesar nuestro (pues solo un sufrimiento padecido a pesar de uno es realmente sufrimiento) , para de alguna forma dar testimonio del amor, es decir, entrar en contacto real con Dios. Así, protege al alma no del sufrimiento, pero sí de la mancha, del crimen.
    Dios nos coloca a una distancia infinita de Él, no sólo para poder existir, sino para que podamos, a pesar de la desgracia, a través de la desgracia, amar, y de esa forma poder realizar un amor infinito, divino.
    Este mundo, sin la cruz, sería el infierno, con la cruz, es una palanca para el cielo.
    Pero no se trata de tener una preferencia por el sufrimiento o la desgracia (pues esta se define por ocurrir a pesar de uno), sino de utilizar el sufrimiento y la desgracia que no se puede evitar. Es decir, se trata de alcanzar la suprema felicidad a través de la desgracia.
    Pero no sólo la desgracia es el camino, también la alegría plena lo es. Así como en la desgracia lo que ocurre es una reducción forzosa del yo, la alegría plena se caracteriza también por una anulación del yo: algo que nos sobrepasa. En los dos casos el vacío que nos sobrecoge es una puerta para el amor a Dios. Por eso mismo, respecto al prójimo siempre es más deseable procurar la alegría. La ciencia social, por ejemplo, debe preocuparse sobre todo por la alegría de los hombres.
    De lo que se trata es que el hombre está hecho para la felicidad y el bien, y que a pesar de todo en este mundo, si sabe amar, siempre podrá ser feliz, aunque sea en lo profundo de su corazón, aunque por un tiempo lo ignore incluso. A pesar de la noche oscura.

  • Juan Antonio

    * Disculpe, hay un pequeño error: el fuego robado por Prometeo pertenece a Efesto.

  • Breve comentario al comentario de Erich Luna sobre el libro de Job (o sobre los límites de la teología) « Los sueños de un visionario

    […] del comentario de Erich Luna en el blog Vacío, y comparto su afán por el uso de un lenguaje claro, pues sobre temas que nos […]

  • MarcoTrigoso

    Interesante post. Kierkegaard menciona el Libro de Job en su libro “La repetición” y cito: “Cualquier explicación humana es a sus ojos un simple error, y toda su desgracia y miseria es para él, en relación con Dios, un mero sofisma; un sofisma que él no puede aclarar de ningún modo, pero le consuela la seguridad de que Dios sí puede resolverlo.” Más adelante aclara un poco lo dicho (y me parece puede enriquecer un poco el post): “La grandeza de Job estriba en que el apasionamiento de su libertad no se deja sofocar o aquietar con una expresión o explicación falsa. En análogas circunstancias este apasionamiento de la libertad queda sofocado por completo en la mayoría de los hombres, porque su pusilaminidad y una mezquina angustia les hace creer erróneamente que sufren a causa de sus propios pecados. El alma de tales sujetos no tiene la constancia y la entereza necesarias para perseguir una idea hasta el fin y por eso se echan para atrás en cuanto el mundo les contradice. Cuando un hombre piensa que la desgracia se ceba en él por culpa de sus pecados, puede ser que tenga razón y, en consecuencia, ese su pensamiento, además de humilde, es bello y verdadero. Pero también puede suceder que lo crea así porque, oscuramente, concibe a Dios como un tirano. Esta concepción absurda aparece perfilada en cuanto se encasille a Dios bajo determinaciones o categorías morales, como si fuera meramente un legislados.” (Las dos citas son de la edición de Alianza Edit. pag. 179 y 180 respectivamente)
    Kierkegaard, me parece, se refiere en ese sentido a que la prueba que Dios “apuesta” en Job es incomprenhensible para el hombre común. Job hace un movimiento de ‘resignación infinita’ (que en pocas palabras podría entenderse como el salto de fe a lo absurdo de esta) y al entregarse de esa manera, el absoluto (osea Dios) lo bendice con la repetición de sus bienes. Claro que Kierkegaard lo diría de una manera mucho más poética y clara a la vez. En todo caso, me parece que para este autor, Job es un caballero de la fe por eso mismo que es incomprehensible para nosotros. Por cierto que en este sentido, la esencia de Dios es la esencia completa y perfecta que para el hombre, que se angustia por su incompletud, es ininteligible.

  • El'azar

    Saludos desde España (o lo que queda de ella).

    Muy interesantes tanto la entrada como los comentarios. No estoy de acuerdo, sin embargo, con lo que al final asegura Juan Antonio:
    «…De lo que se trata es que el hombre está hecho para la felicidad y el bien, y que a pesar de todo en este mundo, si sabe amar, siempre podrá ser feliz,…»

    La cuestión de la felicidad es un mito más que nos envuelve. La idea de Felicidad es una idea construida, una figura delimitada por la literatura de la felicidad. La idea de felicidad no es unívoca, porque no existe una idea de felicidad, unívocamente delimitable, a la manera como existe el concepto de cuadrado o de triángulo. El «Principio de Felicidad», a secas, afirma que “todos los hombres buscan la felicidad”. El «Supuesto de la Felicidad» afirma que “todos los hombres son felices”. Estos dos principios de felicidad no están demostrados, son enteramente gratuitos; pero fundamentan el mito de la felicidad. Este Principio de Felicidad está conectado con la cuestión del sentido de la vida y del puesto del hombre en el Cosmos; con el destino del hombre. El Principio de Felicidad afirma que el destino del hombre es la felicidad. Claro está que todo depende de cómo concibamos el destino del hombre o el puesto del hombre en el Cosmos. El Principio de Felicidad es inconsistente y algo más: la cuestión de la felicidad no es un asunto filosófico. No debe formar parte de la Filosofía. No puede considerarse como una cuestión fundamental de la Filosofía, o si se quiere, de la Antropología filosófica. Ocurre que si consideramos la cuestión divina, la única Felicidad es Dios (la beatitud; otra traducción del mismo término); alcanzable únicamente a través del cumplimiento de La Ley. Pero si no se la considera, entonces no hay sentido de la vida, no hay una jerarquía del universo y no hay un destino del hombre. Por tanto, en cualquiera de los casos, la cuestión de la felicidad es ociosa. No hay cuestión de la felicidad.

    Eso de la felicidad es un resultado histórico de las sociedades de clase estatales: el ideal de felicidad puede aparecer en las sociedades diferenciadas con una estructura política tal, que haga posible la convivencia (en una misma nación o en naciones diferentes) de estratificaciones o clases sociales heterogéneas; situadas a alturas diferentes en cuanto a la cantidad y la calidad de su participación en los bienes disponibles de esa sociedad. Ya sea dentro de esa misma sociedad, como de esa sociedad respecto de otras sociedades.
    Quien dice: «quiero vivir mi vida y ser feliz», podrá aproximarse, más o menos, a la consecución de su propósito; pero esa aproximación no justifica moral o éticamente su vida, ni le confiere el más mínimo sentido; antes bien, esa aproximación puede constituir razón suficiente para interpretar esa vida, psicológica o sociológicamente “feliz”, como una vida ética o moralmente repugnante. No se puede hablar, con sentido ético, de «vivir mi vida», excluyendo de esa vida a los demás. Y si la felicidad consistiera en el placer (subjetivo), los más felices serían los bueyes cuando comen guisantes; como diría Heráclito.

    Entonces, no sabemos qué cosa sea eso de la felicidad. No hay que preocuparse de la felicidad. Que cada cual haga lo que crea conveniente. El problema de la felicidad es como el problema de la calvicie o del peso o del colesterol. Tampoco hay porqué ser pesimistas; aunque con Schopenhauer, como con cualquier otro orientalista, creo que tampoco pasa nada por serlo. Lo del pesimismo o del optimismo son problemas y cuestiones psiquiátricas. El sabio está por encima de todas estas cuestiones. El hombre no ha nacido para ser feliz ni vive para eso. Un hombre serio, sensato, no puede considerar como el fin de su existencia la consecución de la felicidad.

    En cuanto al asunto de Job, antes perturbaba el hecho de que Dios pudiera haber sido tentado por el “acusador”; pero si todo depende de Dios y si Dios es impenetrable, es imposible juzgar sus actos. La lección va más allá… y va dirigida a todos aquellos que no llegan a comprender la presencia (y el triunfo) del mal en el mundo. Si todo está regido y querido por Dios, todo cuanto acontece al hombre está cargado de significación religiosa. Job borra la frontera entre “lo profano” y “lo sagrado”… los cuales sólo son modulación. Pero sería vano, y al mismo tiempo impío, creer que, sin la ayuda de Dios, el hombre es capaz de desentrañar los misterios de la iniquidad, (y de ahí que Él instruya «desde el seno de la tormenta»).
    En la reinterpretación del sincretismo cristiano (Jesús-Cristo; Jerusalén-Atenas), que como es lógico tiene componentes distintos a la interpretación hebrea, ven prefigurada la idea de resurrección escondida en el desenlace. Pero si lo contextualizamos, no tiene nada que ver. La resurrección, para la tradición judía, es una idea tardía. El llamado «mundo por venir» suele estar referido a «este» mundo; mientras que a Cristo (no a Jesús; que era más judío de lo que podría esperarse), le hacen decir que su Reino no era de este mundo.

    Sobre el asunto del mal, la idea sería la siguiente. En los diferentes puntos espaciales, al igual que pasado-futuro, se imponen puntos terminales en sus respectivos continuos; sin embargo no representan opuestos. Los referentes a lo llamado «espiritual» sí; son diametralmente opuestos (el Corazón en el Alma, es como un Rey en la guerra). Al ser el Corazón el punto medio entre ambos opuestos es visto como el lugar de batalla entre los mismos. Todo tiene grados, la claridad y la oscuridad, la distinción y la confusión. Si la luz estuviera siempre presente, sin aparecer dividida en tonos y colores, no podríamos ver nada con ella. Cada tonalidad implica una cierta absorción de luz y, de ahí, un grado de oscuridad. De igual modo, el bien, sólo puede ser reconocido por la existencia del mal. Si el mal no fuera una opción, no podría trasladarse libre elección de ningún tipo. Sólo con la existencia de los dos puede expresarse el libre albedrío; y viceversa, sólo como resultado del libre albedrío pueden reconocerse a los dos. En el Corazón se da la batalla.

  • Immanuel Kant sobre el libro de Job (o una interpretación auténtica de la existencia del mal) « Los sueños de un visionario

    […] otros comentarios al popular libro de Job de la blogósfera filosófica peruana, ver Sobre Job, del blog Vacío, donde nos parece, no obstante, que se erra intentando una interpretación […]

  • Julian

    Chicos en que parte de la biblia dice:es un placer para el hombre evitar los problemas

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