El exceso continental

por Erich Luna

Cuando Aristóteles discute la virtudes éticas, en el libro segundo de la Ética a Nicómaco, sostiene que la naturaleza de éstas consiste en el justo medio, entendido como un “término medio”, pero relativo a nosotros. La idea es, pues, que nuestras virtudes distan del exceso y del defecto, ya que ambos extremos implican vicios. En todo caso, me interesa retener (¡muy “libremente”!) esta imagen aristotélica del exceso (o del extremo) como algo que tiende a ser perjudicial para con la más alta excelencia.

Teniendo en mente lo anterior, me gustaría discutir algunas ideas desarrolladas por Bryant aquí. Lo que Bryant va a hacer es discutir qué sucede muchas veces con la filosofía continental, qué problemas suelen surgir algunas veces, sobre todo a un nivel principalmente institucional/ universitario y en tanto tradición filosófica. Tomando el concepto aristotélico, pensé que dichos problemas podrían pensarse como ligados a cierto tipo de “exceso”. En pocas palabras, si la tradición filosófica continental deviene extremista en determinadas cosas, cosas que serán presentadas a continuación, entonces puede surgir lo que quiero denominar el “exceso continental” (a modo de introducción, ya he escrito algo en esta línea aquí y aquí).

Bryant empieza con una tesis polémica y crucial que directamente a lo que quiero aludir:

In my view, much of what passes as philosophy is really intellectual history. We are suffocating in a culture of commentary. Europe provides the thinkers (Heidegger, Merleue-Ponty, Derrida, Deleuze, Doucault, Husserl, Levinas, Badiou, etc.), and we provide the exegesis.

Me parece que aquí hay muchos elementos claves: muchas veces la tradición continental en departamentos de filosofía no europeos tiende dedicarse muchísimo menos al quehacer filosófico propiamente dicho, para pasar a realizar una tarea de experto o de especialista. Un núcleo esencial de la tradición continental consiste en resaltar, de múltiples y renovadas maneras, la idea de que la filosofía está íntimamente ligada a la historia de la filosofía (desde Hegel en adelante). Sin embargo, el exceso se da cuando se actúa como si la filosofía, en tanto profesión, fuese equiparable sin más a la historia de la filosofía. Creo que cuando se comete ese gesto excesivo, empezamos a pensar que hacer filosofía es ser un historiador de la filosofía. Y como ya he dicho en múltiples ocasiones (como aquí, texto que también introduce el problema y que expresa en la interdisciplinariedad una vía para remediar este exceso), ello puede ser muchas veces una condición necesaria para aumentar las posibilidades y probabilidades de la producción filosófica, aunque lamentablemente nunca sea una condición suficiente.

La filosofía se reduce, pues, a la su historia. El filósofo se reduce (y es irónico que hablemos de reducción, cuando es justamente la tradición continental la que surge criticando el reduccionismo) a ser un historiador, o peor, un profesor de historia (digo acá “peor” no en el sentido de que enseñar sea algo “malo”, yo mismo amo enseñar. A lo que trato de aludir es al que hay una reducción mayor en pasar de producir filosofía, a producir historia de la filosofía y, finalmente, a producir exclusivamente cursos universitarios). De la reflexión creativa y propia se pasa a la lectura especializada y a la cultura del comentario. El filósofo deja de trabajar “cuestiones” o “problemas” (¡las cosas mismas!) y pasa a trabajar esencialmente “autores” y “textos”. La historia de la filosofía se toma como lo dado para el quehacer del filósofo y se asume a la filosofía como producida desde otro lugar (incluso Bryant siente eso la academia norteamericana, probablemente la que tenga las mejores condiciones materiales. Obviamente ello no basta para la filosofía). De la misma manera en que algunos países exportan materias primas y otros países exportan teconología, el exceso continental parece incentivar en el filósofo cierta actitud colonialista ante el asunto. La tesis podría resumirse de la siguiente manera: “alemania y francia producen filósofos o pensadores que producen filosofía/ teoría, nosotros producimos exégesis/comentarios y cursos sobre ellos (¡y eso!)”. Llevado al extremo, el exceso continental hacer que el filósofo profesional pase de ser un scholar, un expert, un especialista (o “técnico” de los textos), a ser, básicamente, el hagiógrafo de algún filósofo (o texto).

Frente a este riesgo, Bryant piensa que si es que los estudiantes deciden hacer sus tesis sobre algún autor, la universidad debería demandar dos posibles tipos de trabajo: que se haga una gran y rigurosa obra (algo parecido a los grandes especialistas clásicos); o que se haga una lectura original sobre algún autor (más parecido a cuando los filósofos leen a otros filósofos).

The criteria for a dissertation on another thinker (…) should either be a) that the dissertation shows the highest level of historical scholarly rigor, or b) is an incredibly unique and original reading of the thinker. Examples of a) for me would be works lkke Kiesel’s study of the genesis of Heidegger’s thought, Allison’s work on Kant, or Gasche’s work on Derrida. Examples of b) would be texts like Derrida’s Speech and Phenomena, Deleuze’s study of Foucault, Hagglund’s book on Derrida, Zizek’s work on Lacan (…)

Posibilitar e incentivar que los estudiantes puedan hacer lecturas nuevas, es algo que, según Bryant, ayudaría a remediar este exceso del que ya he venido hablando (reducir la filosofía a su historia). Obviamente no se trata de fomentar una libertad para decir lo que uno quiera sin mayor sustento. Lo que se quiere es rigor, pero con la posibilidad de la creación o innovación.

El otro rasgo central del exceso continental se desprende de lo anterior. Consiste en pensar que lo propiamente filosófico solamente surge dentro de la filosofía (aquí estoy utilizando, para el caso de la filosofía, algo análogo a la manera en que Marchart reivindica la diferencia ontológica heideggeriana, para el caso del pensamiento político posfundacional, y empieza a hablar de la “diferencia política“). En nuestro caso, podríamos quizá hablar acá de la “diferencia filosófica” y sostener que “lo filosófico” (el quehacer filosófico, la actividad, la producción filosófica) en sentido eminente no puede agotarse en “la filosofía”, entendiendo a ésta como el campo institucional, académico, tradicional y universitario de saber especializado. Desde esta perspectiva, y en base a lo anterior, podemos sostener que el exceso continental sublima a la filosofía institucional y la hace la única poseedora de lo filosófico (la historia de los filósofos deviene la historia de los profesores universitarios de filosofía). Llevando esto al extremo lo que tenemos son filósofos que creen que la filosofía nace, crece y muere dentro de los departamentos de filosofía de las universidades (esto también lo denominé “el quinto sueño dogmático”). Lo filosófico, para esta visión, no se encuentra en otros departamentos, en otras disciplinas o en otros espacios extra-universitarios o “extra-académicos” (¡ello sería suscribir básicamente algo apócrifo!).

Este contacto con algo más que la historia de la filosofía para producir lo filosófico es esencial y Bryant lo recuerda a propósito de los filósofos clásicos previos al siglo XIX:

Is it a mistake that our greatest philosophers, until the 19th century, were never professional philosophers, but always physicists, wanderers, chemists, alchemists, statesmen, etc? Is there something about this absence of an institutional place for philosophy that is a necessary condition for philosophy?

Los grandes filósofos tenías trabajos que iban más allá de la filosofía. No eran académicos o especialistas en el sentido en el que hoy usamos esas expresiones. Bryant quiere reivindicar este hecho y creo que es importante. Con la profesionalización del quehacer filosófico, advino la necesidad de darle un “objeto” de estudio: su propia historia. El riesgo (o potencial exceso) es reducir lo filosófico a la filosofía entendida de manera institucional y academicista, aislándola de otras disciplinas y espacios, y pensando que de lo que se trata es de ser en sentido eminente un historiador y comentarista. Tal es, pues, el exceso continental que debemos evitar a toda costa.

El problema consiste, pues, en encontrar la “justa medida”: rigor, conocimiento de tradición, reflexión crítica y pensamiento creativo.

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