Gramsci y la filosofía (2)

Siguiendo con lo desarrollado en el post anterior, lo primero que debería señalarse es que Gramsci, en tanto marxista, sí considera que hay ciertas formas de vida que son superiores (aunque no he visto que aún criterios muy desarrollados en torno a ese tema). En todo caso, la tesis central de su filosofía de la praxis es que la filosofía pueda hacerse “mundo” o “vida” en las “masas” o “gentes sencillas”, con el fin de que éstas puedan acceder a una concepción superior  de la vida. A Gramsci le parece central el trabajar por el progreso intelectual de las masas y no solamente por el de los pequeños y limitados círculos intelectuales. Este tema es muy interesante, aunque obviamente plantea algunos temas: ¿No es una visión muy “intelectualista” la de pensar que el progreso es el progreso intelectual de las masas? ¿No se sigue aquí bajo la tradición filosófica que viene desde Platón de los “filósofos-reyes” (solamente que en su versión revolucionaria de vanguardia ilustrada/ élite intelectual orgánica)?

Al margen de esto, lo que sí me resulta interesante es que sea una preocupación (parcial) de la élite intelectual la manera o forma en la que sus producciones puedan también llegar a grupos sociales que estén fuera del círculo especializado al que uno pertenece, o que estén fuera de la élite intelectual en su totalidad (y en esto Gramsci creo que es profundamente fiel a la tradición marxista, en la que mucho de la producción intelectual siempre ha estado orientado a personas que no son parte de la élite intelectual).

En todo caso, una pregunta fundamental que también se nos presenta es la de cómo es que se podrían difundir estas nuevas concepciones del mundo. Gramsci presenta algunas variables posibles: (1) la forma racional en la que se expone, (2) la autoridad de la que goza el expositor, (3) los pensadores o científicos en los cuales se apoya el expositor, (4) la organización a la que pertenece el expositor. Para Gramsci es obvio, además, que el peso (en incluso el predominio) de cada una de estas variables dependerá de cuestiones sociales y culturales. Sin embargo, Gramsci está convencido de que la forma puramente “lógica” o “racional” (podríamos decir “intelectualista” o “academicista”) no es la más indicada para grupos sociales no-intelectuales. Y aquí es donde Gramsci sostiene una tesis muy interesante que habría de pensar en toda su profundidad y complejidad:

(…) las masas, como tales, sólo pueden vivir la filosofía como una fe (31).

Más que por vías estrictamente racionales, para Gramsci la filosofía se hace mundo y vida en los grupos sociales amplios en la medida en que logre devenir una fe. Aquí creo que hay tres vínculos potenciales que podrían trazarse dentro de la tradición marxista: (1) con relación a la apropiación que Žižek, a través de Althusser, hace de la manera en que Pascal piensa a las creencias; (2) abordando la importancia que la categoría de “fidelidad” tiene en la ontología de Badiou; y (3) la manera en la que Mariátegui concibe al marxismo y al socialismo, vía influencias cristianas y vitalistas (Unamuno, Bergson y Sorel). Sobre éste último, me gustaría citar un pasaje (Defensa del marxismo. Polémica revolucionaria, Lima: Editorial Amauta, 1987) donde dicha manera de pensar a la filosofía se expresa de manera clara: a la hora de rechazar una visión puramente “mecanicista”, “cientificista” e “intelectualista” del marxismo:

El carácter voluntarista del socialismo no es, en verdad, menos evidente, aunque sí menos evidente por la crítica, que su fondo determinista. Para valorarlo, basta, sin embargo, seguir el desarrollo del movimiento proletario, desde la acción de Marx y Engels en Londrés, en los orígenes de la I Internacional, hasta su actualidad, dominada por el primer experimento de Estado socialista: la U.R.S.S. En ese proceso, cada palabra, cada acto del marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convicción heroica y creadora, cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre y pasivo sentimiento determinista (69, las cursivas son mías).

La fe principal para Gramsci es la que se debe al grupo social al que uno pertenece. Gramsci sostiene que una persona puede creer con fe en algo, aunque no sepa defenderlo o argumentarlo como lo haría alguien mucho más especializado en ello. Parece ser que se afirma, de alguna manera, que el intelectual debe devenir el sujeto supuesto saber del no intelectual en lo que respecta a la fundamentación y argumentación de la concepción del mundo en la que cree y vive el no-intelectual. Por eso es que quizá, uno de los recursos más importantes para la difusión de una concepción del mundo consiste en la repetición de los argumentos, a través de diferentes formas (importancia de la retórica). Sin embargo, el objeto principal no va a ser que el intelectual asuma un rol análogo al del Otro. Es muy importante poder formar nuevas élites que surjan de la masa y que puedan organizarse jerárquicamente.

Lo que me parece más valioso y sugerente es la idea de que lo que producen los intelectuales debe comunicarse de maneras diferentes (el registro no debería ser propiamente uno academicista u universitario), tanto en la forma como en el contenido. Obviamente no simpatizo con la idea a veces recurrente en Gramsci (y, en general, en la historia de la filosofía) del rol de los intelectuales como “guías” o “normadores”. Es evidente que los intelectuales también aprenden muchísimo a través de personas y cuestiones que no pertenecen a sus ámbitos o círculos.

Lo que sí suena muy llamativo, y esto sin ningún matiz peyorativo, es la idea de que las personas que no pertenecen al grupo intelectual profesional suelen adoptar y mantener, sus creencias y concepciones del mundo sobre todo a través de cierta fe. En este sentido es que el marxismo o la actitud crítica, revolucionaria y emancipatoria debería también pues, asumir la figura de dicha fe.

No sería descabellado por eso pensar que quizá la Teología de la liberación pudo ser tan popular en muchas personas, en la medida en que la fe aquí es algo mucho más familiar y directo que el marxismo, para con la crítica social y la política emnacipatoria. No quiero decir con esto de ninguna manera que la TL es algo así como “marxismo encubierto de manera cínica con cristianismo”. Nada sería más lejos de la verdad (puede revisarse al respecto el excelente texto de Gustavo Gutiérrez “Teología y ciencias sociales” que a Raúl y a mí nos parece una excelente defensa de los pésimos lugares comunes que muchos conservadores usan para hacer esa crítica a la TL).

Lo que sí creo es que la difusión de algo a un nivel mayor que el intelectual tiene que ver con la manera (y estrategias) en que esto sea difundido, así como con el grado en que pueda devenir un sentimiento, una creencia o una fe. Es en esta línea que la élite intelectual, si se interesa por esto, debe aprender nuevas maneras de producir y difundir (Eduardo ha sintetizado muchas ideas interesantes que ya habíamos conversado bajo la figura polémica del “emprendimiento intelectual”). Para que efectivamente el intelectual pueda pensar fuera de la caja, y llegar más allá de ella, debe también empezar a criticar constructivamente esta misma “caja” con el fin de salir, de vez en cuando, de ella. De lo que se trata es del ejercicio apócrifo de poder aprender a pensar fuera de la universidad.


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