Gramsci y la filosofía

por Erich Luna

He empezado a leer, desde hace algunos días, algunos textos de los denominados Cuadernos de la cárcel escritos por Antonio Gramsci. Lamentablemente, no he podido encontrar por acá una edición completa de dichos escritos (si alguien sabe de un lugar donde dichos tomos se encuentren disponibles, no dude en avisarme). En todo caso, revisando algunos de los apuntes pertenencientes al tomo II hecho por Einaudi (El materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce) compilados por Solé-Tura (una “selección de una selección” :() bajo el título Introducción a la filosofía de la praxis (Barcelona: Ediciones Península, 1972), algunas reflexiones interesantes en torno a cómo Gramsci concibe a la filosofía.

[Lo que siguen son, pues, algunas aproximaciones y apropiaciones explícitamente heterodoxas de mis lecturas de Gramsci. Más que presentar una exégesis de sus ideas, lo que estoy haciendo es pensar y reflexionar a través de él (en la línea del “tercer término” que Alejandro mencionó vía Deleuze), con el fin de ir más allá de él (si es que ello es posible)]

Lo primero a  destacar es que Gramsci piensa que el ser humano cotidianamente, al margen de que no sea un filósofo “profesional” o alguien que se desempeñe en actividades puramente intelectuales, debe ser considerado (con ciertos límites) también como “filósofo” (así lo sea en un sentido esencialmente “folk”). La tesis es que todo ser humano tiene una manera de ver las cosas (una “concepción del mundo”) que implica ciertos conceptos, o supuestos en última instancia filosóficos. Todo esto se expresa en el lenguaje mismo que hablaría cada persona, en su “sentido común”, etc. Este punto de partida me parece muy interesante porque es opuesto al de Heidegger. Según Heidegger en la vida cotidiana el Dasein incurre en la existencia impropia, ya que se concibe y comprende a partir de los entes de su mundo y no desde sí mismo. Además, el discurso cotidano es para él una mera “habladuría” (Gerede) que no tendría mayor contacto con los fenómenos. Gramsci podría pensar que el lenguaje cotidiano podría no ser tan profundo como el que desarrolle el filósofo profesional, pero no por eso deja de ser filosófico. Me parece que Heidegger, y acá estoy siendo bastante tosco en la comparación entre ambos, vería un “salto cualitativo” entre el lenguaje y experiencia común con la filosofía, mientras que Gramsci vería algo más de índole “cuantitativa”.

[Hay algo más que añadir con esta contraposición, y que va más allá de los límites de este post: para Heidegger la filosofía NO es una concepción del mundo, mientras que para Gramsci sí lo es (Gramsci es, pues, un filósofo “pre-diferencia-ontológica”). Esta tesis heideggeriana puede verse, quizá sobre todo, en sus lecciones tituladas Introducción a la filosofía (Madrid: Cátedra, 1999) del semestre 1928/1929 . Yo he tratado este tema antes aquí]

Si bien hay cosas de Gramsci que no compartiría para con el desarrollo filosófico (como su ímpetu de unidad y sistematicidad progresiva), me gusta su manera hegeliana de apropiarse de la historicidad de la filosofía y la cultura. Para Gramsci es muy importante, si se quiere comprender seríamente a la filosofía y a la cultura, que se comprenda en su historia, como un proceso (aunque esto lo piense por razones más modernas: para conocer la “fase” o “etapa” en la que uno se encuentra). Lo importante, en todo caso, es que Gramsci piensa que es necesario saber el desarrollo histórico de la filosofía para su compresión crítica, pero ello no nos exonera de pensar “creativamente” los retos del presente. La razón: el mundo con el que lidiamos no es el mundo de los filósofos pasados. De ahí que ellos no basten para poder hacerle justicia a la realidad que nos ha tocado vivir. La filosofía requiere del conocimiento de su propio proceso histórico, pero (siguiendo la “jerga hegeliana”) siempre con vistas a captar su época (¡aunque creo que podríamos también hablar de “escena contemporánea”, como lo hizo Mariátegui!) en pensamiento.

Esta tesis de Gramsci me gusta mucho porque es afín a la idea que muchas veces ya he presentado en el blog, a propósito de la cuestión de la filosofía y su aprendizaje profesional: la filosofía como actividad es algo que va más allá de la erudición histórica. Sin embargo, está formación académica es una condición necesaria para que surja la filosofía, aunque no suficiente.

Ahora, donde la cosa se pone más interesante (y polémica) es cuando sostiene la idea de que la “creación de la cultura” no se da solamente, ni principalmente, a través de “nuevos” y “grandes” descubrimientos. Uno de los momentos claves, quizá “El” momento clave, consiste en poder difundir críticamente dichas verdades, es decir, en que puedan ser asimiladas y socializadas. Si seguimos con las analogías hegelianas, analogías que creo son pertinentes debido a la importancia que Hegel tuvo en la lectura de gramsciana sobre Marx, podríamos decir con cierta justicia que la cultura debe, después de “inventarse” o “descubrirse”, objetivarse: debe hacerse mundo. Yo creo incluso que aquí podríamos sostener lo mismo a propósito de la filosofía: no basta “descubrir” o “crear” algo filosofía. Es muy importante que dichos aportes filosóficos puedan objetivarse efectivamente. Y, de hecho, la gran mayoría de lo que consideramos filosofía “clásica” es la que, de alguna manera u otra, ha conseguido algo de eso.

No creo que con esto se este aludiendo principalmente a una burda aplicación de la filosofía, de querer hacerla algo “práctico” por todos los medios posibles. De lo que se trata aquí es de algo mucho más fundamental: la objetivación de la filosofía apunta, según lo entiendo, a una progresiva democratización de la filosofía y de la cultura:

Llevar a una masa de hombres a pensar coherentemente y de modo unitario el presente real y efectivo es un hecho “filosófico” mucho más importante y “original” que el descubrimiento por parte de un “genio” filosófico de una nueva verdad que se convierte en patrimonio exclusivo de pequeños grupos intelectuales (14).

Entonces la cuestión central que se plantea es qué tanto se puede “democratizar” y “objetivar” a la filosofía. Lo que sí creo es que de todas maneras ello puede ser mucho más de lo que muchas veces se da en el elitismo académico que muchas veces parece indiferente a lo que sucede fuera de su propio claustro. Se trata de luchar contra la “ideología” de la “torre de marfil”. Y obviamente acá Gramsci está pensando en la relación entre los intelectuales con la lucha emancipatoria (y los demás grupos que conforman esta lucha) y creo que aquí Gramsci está haciendo una exigencia a los intelectuales comprometidos con estos temas: la vinculación con los no-académicos y el intento de objetivación o democratización de sus ideas. Sé que suena como algo muy “elitista”: como los filósofos que vienen a liderar la revolución, pero para mí es todo lo contrario. Creo que se trata de una humildad y responsabilidad que debería cultivarse o por lo menos interesar: “estas cuestiones que pienso y discuto, ¿cómo podrían ir más allá de mi gremio o círculo de élite? ¿Cómo podrían objetivarse y hacer efectiva su relevancia en otros entornos?”.

Y creo que esto se conecta con la última ponencia que di en el Simposio de Estudiantes de Filosofía. Y es que, en la polémica de Laclau con Žižek creo que también se expresaba algo de eso: si la reflexión no se vincula con más cosas que ella misma pueda tener como consecuencia (aunque Žižek se jacte de tener ejemplos totalmente prosaicos y de “cultura popular”) la inacción y el cinismo político. De no intentar tender ese puente o vínculo fuera de lo académico, lo que advendrá en el mediano o largo plazo (con mucha seguridad) es la insatisfacción perpetua con cualquier tipo de iniciativa. La imposibilidad de la lucha emancipatorio “en sí” o la constitución del sujeto emancipatorio “en sí” nos lleva, desde este esquema, a mirar cínicamente cualquiera de sus “pseudo-manifestaciones” como un obvio fracaso. De lo que se trataría no es de avalar cualquier tipo de lucha y considerarla como “propia” (ello sería pasar de la posición cínica “nada está a la altura” a una apologética “todo está a la altura”). El punto consiste en dar un giro y pensar en que ello, más que encontrado, debe ser co-construido (y no basta la pura academia para ello). Parece ser que de lo que se trata es de una vocación más “articuladora”  (a la Laclau) o, en el caso de Gramsci, de un rol orgánico.

¿un movimiento filosófico sólo lo es realmente cuando se dedica a desarrollar una cultura especializada para grupos restringidos de intelectuales o, al contrario, cuando en la labor de elaboración de un pensamiento superior al sentido común y científicamente coherente nunca olvida permanecer en contacto con las “gentes sencillas” antes al contrario, encuentra en este contacto la fuente de los problemas a estudiar y resolver? Sólo con este contacto una filosofía se hace “histórica”, se depura de los elementos intelectualistas de carácter individual y se convierte en “vida” (20).

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