Tras la política (2): Hacia la democracia radical

§ 2. Hacia la democracia radical.

Teniendo en cuenta lo desarrollado en la sección anterior, en lo relativo al marco teórico para con lo ontológico y epistemológico de lo social y de lo político, es que podemos empezar a abordar los desarrollos de Laclau y Mouffe en lo que respecta a la posibilidad de una democracia radicalizada: “El rechazo de los puntos privilegiados de ruptura y de la confluencia de las luchas en un espacio político unificado, y la aceptación, por el contrario, de la pluralidad e indeterminación de lo social, nos parecen ser las dos bases fundamentales a partir de las cuales un nuevo imaginario político puede ser construido, radicalmente libertario e infinitamente más ambicioso en sus objetivos que el de la izquierda clásica”[1].

Para comprender en qué consiste dicho proyecto democrático es necesario distinguir diferentes tipos de relaciones. La primera de ellas es la relación de subordinación. Dicha relación se refiere a la situación en la que un agente está sometido a las decisiones de otro[2]. Las relaciones de opresión son, en cambio, las relaciones de opresión que ahora son sedes de antagonismos. Finalmente, las relaciones de dominación serán las relaciones de subordinación consideradas como relaciones ilegítimas, pero desde la perspectiva y juicio de un agente social exterior a las mismas.

A esto hay que sumar las implicancias de la “revolución democrática”: haber generado que las ideas de igualdad y libertad devengan puntos nodales en la construcción de lo político. Los movimientos sociales contemporáneos son, para Laclau y Mouffe, una extensión de esta revolución. Su novedad e importancia tiene que con el hecho sintomático de que ponen en cuestión nuevas formas de subordinación: “No se puede comprender la actual expansión del campo de la conflictualidad social y la consecuente emergencia de nuevos sujetos políticos, sin situar ambos en el contexto de la mercantilización y burocratización de las relaciones sociales, por un lado; y de reformulación de la ideología liberal-democrática –resultante de la expansión de las luchas por la igualdad- por el otro. Es por eso que hemos propuesto considerar a esta proliferación de antagonismos, y a esta puesta en cuestión de las relaciones de subordinación, como un momento de profundización de la revolución democrática. Esta ha sido también estimulada por el tercer aspecto importante en la mutación de las relaciones sociales que ha caracterizado a la formación hegemónica de la posguerra: las nuevas formas culturales vinculadas a la expansión de los medios de comunicación de masas. Ellas van a hacer posible una nueva cultura de masas, que va a conmover profundamente las identidades tradicionales”[3].

Es por eso que podemos entender estos “nuevos antagonismos” como una resistencia a dicha mercantilización y burocratización. Ello se da a través de de múltiples particularismos que reivindican autonomía, diferencias, cultura. Para Laclau y Mouffe, la izquierda se encuentra mal preparada para tener en cuenta estas reivindicaciones. De ahí que puedan ser catalogadas por algunos como luchas puramente “liberales”[4]. El imaginario igualitario que ha surgido del discurso liberal-democrático es el que ha hecho de ingrediente esencial para que proliferen las exigencias de estos nuevos movimientos sociales. Esa es la razón, de acuerdo a nuestros autores, por la cual los neoconservadores han hablado muchas veces de “excesos de democracia”, de “olas de igualitarismo”. Frente a esto, se propone buscar una democracia radical, con un pluralismo radicalizado[5]: “El pluralismo es radical solamente en la medida en que cada uno de los términos de esa pluralidad de identidades encuentra en sí mismo el principio de su propia validez, sin que ésta deba ser buscada en un fundamento positivo trascendente –o subyacente- que establecería la jerarquía o el sentido de todos ellos, y que sería la fuente y garantía de su legitimidad. Y este pluralismo radical es democrático, en la medida en que la autoconstitutividad de cada uno de sus términos es la resultante de desplazamiento del imaginario igualitario. El proyecto de una democracia radical y plural, por consiguiente, en un primer sentido, no es otra cosa que la lucha por una máxima autonomización de esferas, sobre la base de la generalización de la lógica equivalencial-igualitaria”[6].

Recordemos además, que este pluralismo tiene como marco previo la no centralidad o totalidad de lo social y lo político. Ello obviamente implica el rechazo a la tesis metafísica de una visión teleológica de la historia (inevitabilidad de la revolución), así como la tesis de sujetos históricos privilegiados (el proletariado, la clase obrera), ambas tesis sostenidas por el marxismo. Por eso, si bien la multiplicidad y la proliferación de diversas reivindicaciones es algo que se constata en nuestra época, ello no implica que “mecánicamente” dichas luchas devengan luchas de la izquierda. Existe una lucha hegemónica por la articulación discursiva de dichas luchas en cadenas de significantes. Y ello no es patrimonio propio de la izquierda, ya que es algo constitutivo de todo discurso. De ahí que se pueda afirmar lo siguiente: “No hay posición privilegiada única a partir de la cual se seguiría una continuidad uniforme de efectos que concluirían por transformar a la sociedad en su conjunto. Todas las luchas, tanto obreras como de los otros sujetos políticos tienen, libradas a sí mismas, un carácter parcial, y pueden ser articuladas en discursos muy diferentes. Es esta articulación la que les da su carácter, no el lugar del que ellas provienen. No hay por tanto ningún sujeto –ni, por lo demás, ninguna “necesidad”- absolutamente radical e irrecuperable por el orden dominante, y que constituya el punto absolutamente asegurado a partir del cual pudiera implementarse una transformación total. (Paralelamente, no hay nada tampoco que asegure permanentemente la estabilidad de un orden establecido)”[7]. El ejemplo más claro para ellos de que ello es así es el relativo éxito que ha tenido el discurso de la “nueva derecha” para articular las resistencias a las transformaciones sociales. Esto puede verse, en nuestro país, con el hecho de que los pobres no sean de izquierda, algo que una visión mecanicista afirmaría. El hecho de que la violencia política de Sendero Luminoso haya causado crímenes terribles ha hecho que los significantes del vocabulario de izquierda sean vetados de la discusión política. “Marxismo” es igual a “terrorista”, “izquierdista” es igual a “autoritario” (cadenas equivalenciales). A esto habría que sumar el asistencialismo neoliberal de Fujimori que, de acuerdo a lo que afirmaba Sinesio López en sus clases, “gobernaba para los ricos con el favor de los pobres”.

La síntesis de todo estos puede formularse la siguiente manera: “Es precisamente este carácter polisémico de todo antagonismo el que hace que su sentido dependa de una articulación hegemónica, en la medida en que, según vimos, el terreno de las prácticas hegemónicas se constituye a partir de la ambigüedad fundamental de lo social, de la imposibilidad de fijación última del sentido de toda lucha, ya sea en su forma específica o a través de su localización en un sistema relacional. Según dijimos, hay prácticas hegemónicas porque esta radical no fijación impide considerar a la lucha política como un juego en el que la identidad de las fuerzas enfrentadas esté constituida desde un comienzo. Esto significa que toda política con aspiraciones hegemónicas no puede considerarse nunca como repetición, como teniendo lugar en el espacio delimitante de una interioridad pura, sino que debe moverse siempre en una pluralidad de planos. Si el sentido de toda lucha no está dado desde el comienzo, esto quiere decir que sólo es fijado –parcialmente- en la medida en que la lucha sale de sí y, a través de cadenas de equivalencia se estructura en otras luchas. Todo antagonismo, librado a sí mismo, es un significante flotante, un antagonismo ‘salvaje’ que no predetermina la forma en que puede ser articulado en otros elementos de una formación social. Esto permite establecer la diferencia radical entre las luchas sociales presentes y las que tuvieron lugar con anterioridad a la revolución democrática. Estas últimas tenían siempre lugar en el marco de la negación de identidades dadas y relativamente estables; por consiguiente, las fronteras del antagonismo eran plenamente visibles y no requerían ser construidas –la dimensión hegemónica de la política estaba en consecuencia ausente-. Pero en las sociedades industriales actuales, la misma proliferación de puntos de ruptura muy diferentes, el carácter precario de toda identidad social, conducen también a una dilucidación de las fronteras. En consecuencia, el carácter construido de las líneas demarcatorias se hace más evidente por la mayor inestabilidad de estas últimas, y los desplazamientos de las fronteras y divisiones internas de lo social más radicales”[8].

Ahora bien, para esclarecer la relevancia que ha ganado el discurso liberal-democrático, y que ya hemos mencionado, podemos ver el tránsito que se ha dado privilegiando determinados principios de la teoría política democrática. El liberalismo desde Locke[9], y con directa influencia de Hobbes[10], pensó la libertad de manera puramente negativa[11], como una ausencia de obstáculos e impedimentos externos. Sin embargo, con Stuart Mill[12] se enfatizó la importancia de la libertad política como tal y de la participación. Asimismo, con el discurso socialdemócrata, las condiciones y capacidades para ejercer la libertad se han visto como elementos fundamentales de una efectiva libertad. De ahí que la pobreza y las grandes desigualdades en salud, educación y condiciones de vida se vean como atentados contra la libertad. Son estas transformaciones las que el discurso liberal quiere cuestionar[13].

Frente a esto, Laclau y Mouffe consideran que la alternativa de izquierda “sólo puede provenir de un complejo proceso de convergencia y construcción política, al que no pueden ser indiferentes las articulaciones hegemónicas que se construyan en ningún punto de la realidad social”[14]. Y el punto central que debe ser combatido es la matriz liberal individualista que se encuentra en el imaginario liberal-democrático: el individualismo posesivo denunciado por Macpherson[15]. Esta matriz: “construye los derechos de los individuos como existiendo anteriormente a la sociedad, y a menudo en oposición a ella. En la medida en que sujetos cada vez más numerosos reivindicaron estos derechos en el cuadro de la revolución democrática, era inevitable que fuera quebrantada la matriz del individualismo posesivo, pues los derechos de unos entraban en colisión con los de otros. Es en este contexto de crisis del liberalismo democrático que es preciso ubicar la ofensiva que busca disolver el potencial subversivo de la articulación entre liberalismo y democracia, reafirmando la centralidad del liberalismo como defensa de la libertad individual contra toda interferencia del Estado, y en oposición al componente democrático que se apoya en la igualdad de derechos y la soberanía popular. Pero tal esfuerzo por restringir el terreno de la lucha democrática y mantener las desigualdades existentes en numerosas relaciones sociales, exige la defensa de un principio jerárquico y anti-igualitario que había sido puesto en peligro por el mismo liberalismo. Esta es la razón por la cual los liberales, actualmente, recurren cada vez más a un conjunto de temas de la filosofía conservadora, en la que encuentran los ingredientes necesarios para justificar la desigualdad. Estamos así asistiendo a la emergencia de un nuevo proyecto hegemónico, el del discurso liberal-conservador, que intenta articular la defensa neoliberal de la economía de libre mercado con el tradicionalismo cultural y social profundamente anti-igualitario y autoritario del conservadurismo”[16].

La izquierda debe pues, asumir una lucha que no es propiamente anti-liberal. Todo lo contrario: de lo que se trata es de profundizar en la revolución democrática. Ello se busca a través de la radicalización del discurso liberal-democrático, desarticulando el liberalismo del individualismo posesivo: “La tarea de la izquierda no puede por tanto consistir en renegar de la ideología liberal-democrática sino al contrario, en profundizarla y expandirla en la dirección de una democracia radicalizada y plural”[17]. Esta reivindicación de la pluralidad que la izquierda asumir en su lucha implica multiplicar los espacios políticos y evitar la extrema centralización y concentración del poder. Ello constituye, en lo fundamental, una verdadera transformación democrática de la sociedad. Y por eso es que “todo proyecto de democracia radicalizada  supone una dimensión socialista, ya que es necesario poner fin a las relaciones capitalistas de producción que están a la base de numerosas relaciones de subordinación; pero el socialismo es uno de los componentes de un proyecto de democracia radicalizada y no a la inversa. Por eso mismo, cuando se habla de socialización de los medios de producción como un elemento en la estrategia de una democracia radicalizada y plural, es preciso insistir en que esto no puede significar tan sólo la autogestión obrera, pues de lo que se trata es de una verdadera participación de todos los sujetos a quienes interesan las decisiones acerca de lo que va a ser producido, de cómo va a ser producido y de las formas de distribución del producto. Es sólo en tales condiciones que puede tener lugar una apropiación social de la producción. Reducir la cuestión a un problema de autogestión obrera es ignorar que los ‘intereses’ obreros pueden ser construidos y articulados de tal modo que no tengan en cuenta las reivindicaciones ecológicas o de otros grupos que, sin ser productores, son afectados por las decisiones que se adoptan en el campo de la producción”[18].

Romper con la idea de sujetos privilegiados va de la mano con la de idea de rechazar espacios o lugares privilegiados para la constitución de lo político: “A lo que estamos asistiendo es a una politización mucha más radical que nada que hayamos conocido en el pasado, porque ella tiende a disolver la distinción entre lo público y lo privado, no en términos de una invasión de lo privado por un espacio público unificado, sino en términos de una proliferación de espacios públicos radicalmente nuevos y diferentes. Estamos, pues, enfrentados a la emergencia de un pluralismo de los sujetos, cuyas formas de constitución y diversidad sólo es posible pensar si se deja atrás la categoría de ‘sujeto’ como esencia unificada y unificante”[19].

La idea es pues, retomando lo visto anteriormente en la sección anterior, que la izquierda pueda articular diversas luchas que busquen radicalizar la democracia. Dicha articulación no debe pensarse como una mera “alianza” de luchas “atómicas” e inconmensurables. Recordemos que la identidad de una lucha se construye y se articula. De ahí que se busque generar una lógica o cadena equivalencial, siendo siempre consciente de sus límites inherentes y constitutivos: “Esta equivalencia total nunca existe; toda equivalencia está penetrada por una precariedad constitutiva, derivada de los desniveles de lo social. En tal medida, la precariedad de toda equivalencia exige que ella sea complementada-limitada por la lógica de la autonomía. Es por eso que la demanda de igualdad [20] no es suficiente; sino que debe ser balanceada por la demanda de libertad, lo que nos conduce a hablar de democracia radicalizada y plural[21].

Una democracia radical y plural debe abandonar el individualismo posesivo con sus supuestos individualistas de derecho natural, para pasar a hablar de derechos democráticos, “derechos que sólo pueden ejercerse colectivamente y que suponen la existencia de derechos iguales para los otros. Los espacios constitutivos de las diferentes relaciones sociales pueden variar enormemente, según que se trate de relaciones de producción, de ciudadanía, de vecindad, de pareja, etc. Las formas de democracia[22] deberán ser por tanto plurales, en tanto tienen que adaptarse a los espacios sociales en cuestión –la democracia directa[23] no puede ser la única forma organizacional, pues sólo se adapta a espacios sociales reducidos”[24].

Es por el carácter parcial de las articulaciones hegemónicas por lo que no puede exigirse un fundamento último o trascendente[25]. Pretender cerrar dicha multiplicidad, generando una totalidad plena y diferenciada, sin polisemia y con un centro es lo que nuestros autores, siguiendo a Lefort, llaman “totalitarismo”. El totalitarismo es también una lógica de lo político. Esa es la razón por la cual puede haber un totalitarismo de derecha o de izquierda[26]. El otro extremo también es peligroso para la democracia: la total desarticulación de posibles nexos comunes entre los diversos grupos, intereses y demandas. La democracia debe su existencia a la perpetua tensión entre ambas lógicas: “Entre la lógica de la completa identidad y la de la pura diferencia, la experiencia de la democracia debe consistir en el reconocimiento de la multiplicidad de las lógicas sociales tanto como en la necesidad de su articulación. Pero esta última debe ser constantemente recreada y renegociada, y no hay punto final[27] en el que el equilibro sea definitivamente alcanzado”[28].

Esta constatación no rechaza, de manera absoluta la importancia de la dimensión utópica[29] de la izquierda, ya que “sin ‘utopía’, sin posibilidad de negar a un cierto orden más allá de lo que es posible cuestionarlo en los hechos, no hay posibilidad alguna de constitución de un imaginario radical-democrático o de ningún otro tipo. La presencia de este imaginario como conjunto de significaciones simbólicas que totalizan en tanto negatividad un cierto orden social, es absolutamente necesaria para la constitución de todo pensamiento de izquierda. Que las formas hegemónicas de la política suponen siempre un equilibrio inestable entre este imaginario y la gestión de la positividad social, ya lo hemos indicado; pero esta tensión, que es una de las formas en las que se muestra la imposibilidad de una sociedad transparente, debe ser afirmada y defendida. Toda política democrática radical debe evitar los dos extremos representados por el mito totalitario de la Ciudad Ideal, o el pragmatismo positivista de los reformistas sin proyecto”[30].

Para ir concluyendo este breve ensayo podemos decir que el discurso de la izquierda[31], si quiere ser fiel a lo que se ha venido sosteniendo, tendrá que reconocer que nunca será plenamente uno, ya que articulará varias voces diferentes con intereses y luchas diferentes, que comparten mucho, pero que también se diferencian. Y no habrá un centro común esencial. A lo más habrá, siguiendo a Wittgenstein[32], “parecidos de familia”. Es por eso que “el discurso de la democracia radicalizada ya no es más el discurso de lo universal; se ha borrado el lugar epistemológico desde el cual hablaban las clases y sujetos ‘universales’, y ha sido sustituido por una polifonía de voces, cada una de las cuales construye su propia e irreductible identidad discursiva. Este punto es decisivo: no hay democracia radicalizada y plural sin renuncia al discurso de lo universal y al supuesto implícito en el mismo –la existencia de un punto privilegiado de acceso a ‘la verdad’, que sería asequible tan sólo a un número limitado de sujetos”[33].

Podemos ver pues, como nuestros autores consideran que una sociedad comunista, como la profetizada por Marx, no puede advenir. Pero las discrepancias no son por razones económicas o administrativas (como Sartori[34]). La imposibilidad tiene que ver con razones de tipo ontológicas y epistemológicas en lo que respecta a las identidades, a los antagonismos y a lo social como tal. Es solamente así que puede comprenderse como estos autores defienden el carácter esencial que jugarán la política siempre.


[1] Ibid., pág. 170.

[2] Los ejemplos que ponen son los siguientes: un empleado respecto de su empleador y, en determinadas formas de organización familiar, la mujer respecto del hombre. El hecho de que se las diferencie de las relaciones de opresión tiene que ver con la aceptación o rechazo que pueda haber hacia dicha relación.

[3] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 183-184.

[4] Cfr., Zizek, Slavoj, “¿Lucha de clases o posmodernismo? ¡Sí, por favor!”, en: Butler, Judith, Laclau, Ernesto y Slavoj Zizek, Contingencia, hegemonía, universalidad. Diálogos contemporáneos en la izquierda, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2004.

[5] Puede haber cierto grado de confluencia con el pluralismo de Dahl y con el socialismo liberal de Held. Cfr., Dahl, Robert, La igualdad política, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2008; Held, David, Modelos de democracia, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

[6] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 188. Las cursivas son de los autores.

[7] Ibid., pág. 190. Las cursivas son de los autores.

[8] Ibid., pág. 192.

[9] Locke John, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil. Un ensayo acerca del verdadero origen, alcance y fin del Gobierno Civil, Madrid: Alianza Editorial, 2006.

[10] Hobbes Thomas, Leviatán o la materia, forma y poder de una República eclesiástica y civil, Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2007.

[11] Cfr., Berlin, Isaiah, Dos conceptos de libertad y otros escritos, Madrid: Alianza Editorial, 2001.

[12] Cfr., Mill, John Stuart, Sobre la libertad, Madrid: Alianza Editorial, 2003; Mill, John Stuart, Consideraciones sobre el gobierno representativo, Madrid: Alianza Editorial, 2001.

[13] Hayek, Friedrich Von, Camino de servidumbre, Madrid: Alianza Editorial, 1978.

[14] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 197.

[15] Macpherson, C.B., La teoría del individualismo posesivo de Hobbes a Locke, Barcelona: Fontanella, 1970.

[16] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pp. 197-198.

[17] Ibid., pág. 199.

[18] Ibid., pág. 201. Las cursivas son de los autores.

[19] Ibid., pág. 204-205. Las cursivas son de los autores.

[20] Cfr., Bobbio, Norberto, Liberalismo y democracia, México D.F: Fondo de Cultura Económica, 2008. Acá puede encontrarse un tratamiento breve y esquemático sobre la evolución de dichos conceptos a lo largo de la modernidad.

[21] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 207.

[22] Cfr., Held, David, op. cit.

[23] Marx, Carlos, La guerra civil en Francia, Madrid: Fundación Federíco Engels, 2003.

[24] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 208.

[25] Se trata de lo que suele denominarse como pensamiento político “posfundacional”. Al respecto cfr., Marchart, Oliver, El pensamiento político posfundacional: la diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau, México. D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2009.

[26] Años después Laclau considerará lo mismo para con el populismo: se trata de una lógica política y no de un régimen político. Al respecto, cfr., Laclau, op. cit.

[27] Esta puede verse como la síntesis de la crítica a la tesis del “fin” de la política por parte del marxismo ortodoxo. No hay superación o síntesis que genere la abolición de lo político y el advenimiento de una sociedad comunista donde los antagonismos estén totalmente resueltos.

[28] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 212.

[29] Creo que esta es una buena manera de interpretar a Flores Galindo cuando nos invoca a reencontrar la “dimensión utópica” y a Mariátegui cuando afirma que el socialismo en el Perú debe ser “creación heroica”.

[30] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 214.

[31] Hacia el final del libro se sinteizan estas intuiciones de la siguiente manera: “Todo proyecto de democracia radicalizada incluye necesariamente, según dijimos, la dimensión socialista –es decir, la abolición de las relaciones capitalistas de producción-; pero rechaza la idea de que esta abolición se sucede necesariamente la eliminación de las otras desigualdades. Por consiguiente el descentramiento y autonomía de los distintos discursos y luchas, la multiplicación de los antagonismos y la construcción de una pluralidad de espacios dentro de los cuales puedan afirmarse y desenvolverse, son las condiciones sine qua non de posibilidad de que los distintos componentes del ideal clásico del socialismo –que debe, sin duda, ser ampliado y reformulado- puedan ser alcanzados. Y, según hemos argumentado abundantemente en estas páginas, esta pluralidad de espacios no niega sino que requiere la sobredeterminación de sus efectos a ciertos niveles y la consiguiente articulación hegemónica entre los mismos” (ibid., pág. 216).

[32] Cfr., Wittgenstein, Investigaciones filosóficas.

[33] Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe, op. cit., pág. 216.

[34] Cfr., Sartori, Giovanni, Teoría de la democracia, 2 volúmenes, Madrid: Alianza, 1988.


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