Pensamiento político posfundacional

En la última Feria del Libro (momento económicamente siempre crítico para cualquier lector y comprador compulsivo de libros ya que es una feria sin “precios de feria”) compré el el libro de Oliver Marchart El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009). Debo decir es que es un libro sumanente interesante para mapear lo que Marchart llama “la diferencia política” (en analogía con la “diferencia ontológica Heideggeriana”. Para una muy breve introducción a dicha diferencia puede revisarse “Filosofía como ciencia crítica”, una breve ponencia que presenté en el Simposio de Estudiantes de Filosofía, ponencia que se publicó en la revista online Estudios de Filosofía), a través (sobre todo) de los autores que se enumeran en el subtítulo del libro.

Creo que la manera en la que está estructurado el libro se presta mucho para intentar armar un curso de pensamiento político posfundacional (durante toda mi lectura del texto estuvo siempre presente esa idea en mi mente). En todo caso, creo que una serie de posts que puedan explicar y discutir las tesis principales del libro podrían servir de momento inicial en la elaboración de algo así. Obviamente cualquier sugerencia sobre recursos para algo así son bienvenidos (sobre todo en lo que se refiere a material bibliografíco).

***

El pensamiento político posfundacional se caracteriza por enmarcarse, de acuerdo a lo que sostiene Marchart, dentro de una diferencia. Dicha diferencia (llamada, como ya dije, “diferencia política”) se da, básicamente, entre “la política” y “lo político”. Como dije, esta diferencia se va a plantear a la luz de la diferencia ontológica heideggeriana, donde la política está, diríamos en el nivel óntico, mientras que lo político se encontraría, más bien, en el nivel ontológico.

Otra consideración previa que hay que tener sobre lo que Marchart denomina “posfundacionalimos”, en este nivel introductorio, es la diferencia de esta posición filosófica frente a la posición antifundacionalista. Dicha posición sería la que, a grandes rasgos, se identificaría con posturas relacionadas con la posmodernidad y con el pragmatismo (ahora, tampoco estoy seguro si es que es justo englobar a dichas posturas filosóficas bajo algo que casi parece una caricatura: la idea de que “todo vale”). La diferencia consistiría en que el antifundacionalismo tendería a afirmar la ausencia de fundamentos, mientras que el posfundacionalismo se dedicaría más bien a debilitar el estatus ontológico del fundamento, pero sin pretender anular su necesidad.

El debilitamiento ontológico del fundamento no conduce al supuesto de la ausencia total de todos los fundamentos , pero sí a suponer la imposibilidad de un fundamento último, lo cual es algo enteramente distinto, pues implica la creciente conciencia, por un lado, de la contingencia y, por otro, de lo político como momento de un fundar parcial y, en definitiva, siempre fallido (15).

La tesis central del posfundacionlismo es, pues, la de la ausencia de fundamento último para la política. Estp, obviamente, tiene importantes repercusiones para repensar lo propio de la política.

La política debe aceptar el hecho de que es un proceso de final abierto que no tiene un principio claro ni tampoco un fin o destino determinados. Por cuanto se funda sobre la nada, es preciso llegar a un acuerdo, precisamente, con el abismo que constituye su fundamento (…) (16).

Esta característica ausencia de fundamento último no lleva, pues, a pensar en un mero todo vale o en una ausencia de fundamento sin más. Y es que, lo que tenemos siempre es un fundamento, solamente que nunca puede ser un fundamento último. Además, el hecho de que haya una ausencia de fundamento no significa que la cuestión política se dé en un “vacío”.

La actividad política -por infundable que sea- no acontece en un vacío, sino que está siempre envuelta en capas sedimentadas de tradiciones,  las cuales, por su parte, son flexibles, variables y carecen de fundamentos. En ningún punto encontramos un sólido anclaje para nuestras actividades; sin embargo, ningún voluntarismo se desprende de ello, pues nunca navegamos en un mar sin olas (16-17).

Este tesis es interesante porque es una entrada teórica diferente para el estudio de la cuestión política, más allá de lo que puedan decir las ciencias sociales (importantes, pero ligadas a un nivel óntico), en lo que respecta a la relación entre el contexto y orden que enmarca lo político. Esta entrada será diferente al ya clásico debate entre la “agencia” y la “estructura”, debate que nunca me ha parecido filosóficamente muy interesante. De hecho parece una mera reformulación de la tercera antinomia kantiana (libertad versus necesidad), pero en jerga de ciencia social. Decir que las ciencias sociales están a un nivel óntico no es algo peyorativo. Son muy importantes y necesarias, pero no tematizan lo ontológico (y en esto el argumento es bastante heideggeriano).

Otro tema crucial es que la ausencia de fundamento último no implica una deducción óntica necesaria desde lo ontológico. Es decir, el pensamiento político posfundacional, en tanto posfundacional, no implica una adhesión necesaria a una posición política o a un régimen político concreto (Badiou parecería ser la excepción a esto, pero dicha problemática será vista a su debido tiempo).

El síntoma del fin del fundacionalismo, de la posibilidad de un fundamento último para la sociedad, se manifestaría (según Marchart) en la diferencia política.

En cuanto diferencia, ésta no presenta, sino una escisión paradigmática en la idea tradicional de política, donde es preciso introducir un nuevo término (lo político) a fin de señalar la dimensión “ontológica” de la sociedad, la dimensión de la institución de la sociedad, en tanto que “política” se mantuvo como el término para designar las prácticas “ónticas” de la política convencional (los intentos plurales, particulares y, en última instancia, fallidos de fundar la sociedad) (19).

¿Cómo debe, entonces, entenderse dicha diferencia y por qué es importante?

Al escindir la política desde dentro se libera algo esencial. Por una parte, la política en el nivel óntico continúa siendo un régimen discursivo específico, un sistema social particular, una cierta forma de acción; mientras que, por otra parte, lo político asume en el nivel ontológico el rol  de algo que es de una naturaleza totalmente distinta: el principio de autonomía política, o el momento de institución de la sociedad. En cuanto diferenciada de la política, la noción de lo político no puede integrarse en las diferencias sociales, la repetición, la tradición, la sedimentación o la burocracia. Lo político, al igual que otras figuras de la contingencia y la infundabilidad tales como el acontecimiento, el antagonismo, la verdad, lo real o la libertad, mora, por así decirlo, en el no-fundamento de la sociedad, el cual se hace sentir en el juego diferencial de la diferencia política. pero el fundamento de la sociedad no está “meramente ausente”. (Re-) aparece y está suplementado por el momento que podemos llamar, haciendo referencia al “momento maquiaveliano” de J.G.A. Pocok, el momento de lo político (22).

Lo que se desprende,entonces, de todo lo anterior puede sintetizarse en la fórmula siguiente:

Toda fundación será, en consecuencia, una fundación parcial dentro de un campo de intentos fundacionales contrapuestos (21).

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