Das Man

En mi último post, terminé dejando planteada la crítica que hace Slavoj Žižek al Das Man heideggeriano con el fin de inferir consecuencias políticas. Más allá de si ello es posible o no, lo cierto es que me resultó interesante la idea de distinguir entre el gran Otro lacaniano y el das Man (traducido como “el Uno” o “el se”) heideggeriano. Pero como no estaba totalmente convencido (y con Žižek uno nunca termina de estarlo) me puse a releer el § 27 (“El ser-sí-mismo cotidiano y el uno”) de Ser y Tiempo (Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1997) donde Heidegger introduce y desarrolla dicho concepto. Debo decir que si hubiese algo así como la categoría de “libro favorito de filosofía”, sin ninguna duda el primer lugar lo ocuparía, en mi modesto caso, Ser y Tiempo. En todo caso…

***

Recordemos que parte del enfoque fenomenológico y del punto de partida de la analítica del Dasein (es decir, el ente que cada vez somos nosotros mismos) consiste en buscar describir a dicho ente a partir de su existencia cotidiana. En ella, Heidegger destaca que nuestra relación primaria con el mundo y con los demás es de tipo “pragmática”, en el sentido de que estamos ocupados (Besorgen) con los entes (útiles en el modo del ser-a-la-mano), buscando realizar las tareas y proyectos en los que nos encontramos inmersos. Sin embargo, estos entes también nos remiten a otros entes que comparecen en nuestro mundo: se trata de otros Dasein con los que existimos (Heidegger y hablara de “co-estar” [Mitsein] y “co-existir” [Mitdasein] con ellos). Y los demás se manifiestan en estas tramas remisionales y de ocupación en cuales ellos también se encuentran inmersos.

En las cosas que nos ocupan en el mundo circundante comparecen los otros como lo que son; y son lo que ellos hacen (150).

Ahora bien, en esta condición en la que cada Dasein ya siempre se encuentra inmerso, un rasgo muy importante y característico de dicho modo de ser es el de estar vinculado a la diferencia con los demás.

En la ocupación con aquello que se ha emprendido con, para y contra los otros subyace constantemente el cuidado por una diferencia frente a los otros, sea que sólo nos preocupemos de superar la diferencia, sea que, estando el Dasein propio rezagado respecto de los demás, intente alcanzar el nivel de ellos, sea que se empeñe en mantenerlos sometidos cuando está en un rango superior a los otros. El convivir, sin que él mismo se percate de ello, está intranquilizado por el cuidado de esta distancia (150).

Esta distancia que Heidegger considera inherente a las relaciones que mantiene cada Dasein con los demás en la existencia cotidiana suponen un dominación del Dasein. Sin embargo, esta dominación no es hacia alguien concreto, sino hacia das Man (“el Uno”), existencial que constituye quién es cada Dasein en la existencia cotidiana (que para Heidegger se caracteriza por ser impropia). En esto no parece distinguirse mucho del gran Otro y su carácter de existencia virtual.

Ahora bien, esta distancialidad propia del coestar indica que el Dasein está sujeto al dominio de los otros en su convivir cotidiano. No es él mismo quien es; los otros le han tomado el ser. El arbitrio de los otros dispone de las posibilidades cotidianas del Dasein. Pero estos otros no son determinados otros. por el contrario, cualquier otro puede reemplazarlos. Lo decisivo es tan sólo el inadvertido dominio de los otros, que el Dasein, en cuanto coestar, ya ha aceptado sin darse cuenta. Uno mismo forma parte de los otros y refuerza su poder. “Los otros” -así llamados para ocultar la propia esencial pertenencia a ellos- son los que inmediata y regularmente “existen” [“da sind“] en la convivencia cotidiana. El quién no es éste ni aquél, no es uno mismo, ni algunos, ni la suma de todos. El “quién” es el impersonal, el “se” o el “uno” [das Man] (151).

La vida cotidiana se manifiesta, pues, como dominada por este das Man impersonal.

Sin llamar la atención y sin que se lo pueda constatar, el uno despliega una auténtica dictadura. Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del “montón” como se debe hacer, encontramos “irritante” lo que se debe encontrar irritante. El uno, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como la suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad (151).

Vemos que acá Heidegger ejemplifica muy bien a lo que alude cuando busca describir a dicho existencial. Lo que para mí resulta interesante es el hecho de cómo no solamente lo que hacemos y debemos hacer supone ya una manera impersonal y “anónima” de hacerlo (“gozar”, “divertirse”, “leer”, “juzgar”), sino que das Man ya se encuentra ejerciendo su dominio incluso en la crítica y en el rechazo al orden establecido (hay una manera como se debe criticar al sistema). Creo que la industria de la contracultura sería un posible ejemplo de ello. Lo que trato de decir es que incluso la potencial disidencia con el orden está regulada por éste (hay como manera como se “patea el tablero”).

Otra cosa que para Heidegger es característica de das Man, además de su omniabarcante “dictadura”, es el hecho de que mantiene una posición hacia las cuestiones y cosas “superficial” y “trivial” (digamos que es por antonomasia lo no fenomenológico que, justamente, se rebela contra esta dictadura queriendo ir hacia las cosas mismas).

Toda preeminencia queda silenciosamente nivelada. Todo lo originario se torna de la noche a la mañana banal, cual si fuera cosa ya largo tiempo conocida. Todo lo laboriosamente conquistado se vuelve trivial. Todo misterio pierde su fuerza. La preocupación de la medianía revela una nueva y esencial tendencia del Dasein, a la que llamaremos la nivelación de todas las posibilidades de ser (151).

A pesar que Heidegger considera al uno como un existencial, una estructura fundamental, un modo de ser constitutivo del Dasein, resulta sintomático ver en estas caracterizaciones rasgos que pertenecen principalmente a la modernidad (y a una modernidad mirada desde un punto de vista crítico hacia ésta, desde una mirada conservadora): “nivelación”, “banalidad”, “trivialidad”, “ausencia de misterio”. ¿No suena esto, acaso, mucho más a la idea de una sociedad moderna, masificada y secularizada (“nihilista”)?

A pesar de ello, Heidegger va a sostener que está hablando de un fenómeno que, aunque varíe históricamente, sí se da ¿”siempre”?:

El uno es un existencial, y pertenece, como fenómeno originario, a la estructura positiva del Dasein. También el presenta distintas posibilidades de concretarse a la manera del Dasein. la fuerza y la explicitud de su dominio pueden variar históricamente (153).

En todo caso, Heidegger considera a este uno encubridor y nivelador como algo característico del “mundo público”, es decir, de la Öffentlichkeit (y hay que tener muy presente que dicho concepto, así como la importancia de una esfera pública que hay que preservar y promover fue sostenida por Hannah Arendt y por Jürgen Habermas, entre otros).

La publicidad [die Öffentlichkeit] oscurece todas las cosas y presenta lo así encubierto como cosa sabida y accesible a cualquiera (152).

Otro rasgo del uno es que nos exime de asumir responsabilidad, ya que “todos y nadie somos responsables del porqué las cosas se hacen como se hacen”.

El uno está en todas partes, pero de tal manera que ya siempre se ha escabullido de allí donde la existencia urge a tomar una decisión. Pero, como el uno ya ha anticipado siempre todo juicio y decisión, despoja, al mismo tiempo, a cada Dasein de su responsabilidad. El uno puede, por así decirlo, darse el lujo de que constantemente “se” recurra a él. Con facilidad puede hacerse cargo de todo, porque no hay nadie que deba responder por algo. Siempre “ha sido” el uno y, sin embargo, se puede decir que no ha sido “nadie”. En la cotidianidad del Dasein la mayor parte de las cosas son hechas por alguien de quien tenemos que decir que no fue nadie.

Así el uno aliviana al Dasein en su cotidianidad (152).

Finalmente, y este es uno de los puntos centrales para Heidegger, el uno impide que el Dasein se interprete de manera adecuada. Es decir, el uno le da al Dasein un quién, una interpretación de quién es y con eso al Dasein se le encubre lo que él es. Se encubre su modo peculiar de ser y su propia mismidad (su sí-mismo [Selbst]).

Inmediatamente, el Dasein es el uno, y por lo regular se queda en eso. Cuando el Dasein descubre y aproxima para sí el mundo, cuando abre para sí mismo su modo propio de ser, este descubrimiento del “mundo” y esta apertura del Dasein siempre se llevan a cabo como un apartar de encubrimientos y oscurecimientos, y como un quebrantamiento de las disimulaciones con las que el Dasein se cierra frente a sí mismo (153).

Lo que me gustaría hacer después en discutir algunas reflexiones que dicho concepto puede suscitar.


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