Žižek sobre el “gran Otro” lacaniano

§ 1. ¿El gran qué?

Slavoj Žižek, en su libro Cómo leer a Lacan (Buenos Aires: Paidós, 2008) . Este libro que, si bien puede contener varios refritos para quien ya lo viene leyendo desde hace años, no deja de ser un texto bastante “divertido” y útil como introducción a Lacan y al propio Žižek). He estado escribiendo (aquí, aquí y aquí) cómo Žižek, en El espinoso sujeto, presenta algunas lecturas sobre Hegel que, si bien pueden ser bastante discutibles, no por ello dejan de ser interesantes. La razón por la cual me gustaría ahora dar el salto a este texto, texto que es mucho más “exotérico” que El espinoso sujeto, es porque ahí Žižek presenta su propia lectura de lo que significa el concepto lacaniano del “gran Otro”. Quiero vincular este concepto con lo anterior ya que Žižek, como ya se sabe,  hace una lectura lacaniana de Hegel (en términos “macro”, podríamos decir que se trata de una lectura psicoanalítica del idealismo alemán en su conjunto) y los aspectos relativos a la filosofía del espíritu objetivo hegeliana están fuertemente vinculados, a juicio de Žižek, al concepto lacaniano del “gran Otro” (hay una razón complementaria a ésta y es que dicho concepto fue mencionado en mi post anterior y quería que hubiese alguna referencia).

¿Cómo entiende, pues, Žižek dicho concepto?

El orden simbólico, la constitución no escrita de la sociedad, es la segunda naturaleza [esta expresión Žižek obviamente la toma de Hegel] de todo ser hablante: está ahí, dirigiendo y controlando mis actos; es el agua donde nado, en última instancia inaccesible -nunca puedo ponerlo en frente de mí y aprehenderlo-. Es como si nosotros, sujetos del lenguaje, habláramos e interactuáramos como marionetas, con nuestras palabras y gestos dictados por un poder omnisciente y anónimo. ¿Significa que para Lacan los seres humanos son meros epifenómenos, sombras sin ningún poder; que nuestra autopercepción como agentes libres y autónomos constituye una suerte de ilusión que impide que un usuario de computadora pueda ver el hecho de que somos herramientas en manos del gran Otro que mueve los hilos detrás de la pantalla? (18, las cursivas son mías).

Žižek no cree que dicho concepto implica una especie de “fatalismo” o “resignación” sobre lo que puede o no puede hacer un sujeto. La razón de esto se debe a que Lacan no pensó que solamente existía el orden simbólico.

Sin embargo, hay muchos rasgos del gran Otro que se pierden en esta versión simplificada. Para Lacan, la realidad de los seres humanos se constituye por la imbricación de tres niveles: lo simbólico, lo imaginario y lo real (18).

El ejemplo que usa Žižek para explicar, de manera muy breve y esquemática, dichos conceptos es a través del caso del ajedrez.

Las reglas que hay que seguir para jugarlo constituyen su dimensión simbólica: desde el punto de vista puramente formal y simbólico, el alfil se define por los movimientos que esta figura puede hacer. Este nivel se diferencia claramente del imaginario, esto es, la forma que tienen las diferentes piezas y los nombres que las caracterizan (rey, reina, alfil). Es fácil imaginarse un juego con las mimas reglas pero con un imaginario diferente, en el que estas figuras se llamaran “mensajero”, “corredor” o algo semejante. Finalmente, lo real es todo el complejo conjunto de circunstancias contingentes que afectan al curso del juego: la inteligencia de los jugadores, las impredecibles intrusiones que pueden desconcertar a un jugador o directamente interrumpir el juego (19).

En todo caso, lo importante es reconocer que el gran Otro está íntimamente al orden simbólico. El lenguaje, en este caso, implica cosas esenciales como la identidad, el comportamiento, la relación con nuestro cuerpo y la ley, entre muchas otras cosas.

El gran Otro opera en un nivel simbólico. ¿Cómo está compuesto entonces este orden simbólico? Cuando hablamos (e escuchamos, para el caso es lo mismo), no estamos meramente interactuando con otros; nuestra actividad discursiva está fundada en nuestra aceptación y subordinación a una compleja red de reglas y presuposiciones. Primero existen reglas gramaticales que tengo que dominar ciega y espontáneamente: si tuviera que tener estas reglas presentes todo el tiempo, mi discurso se interrumpiría. Después está la pertenencia a un medio cultural común que nos permite a mi interlocutor y a mí entendernos. Las reglas que sigo están marcadas por una división profunda: hay reglas (y sentidos) que sigo ciegamente, por hábito, de los que, si reflexiono, puedo volverme al menos parcialmente consciente (tales como reglas gramaticales); y hay reglas que sigo, sentidos que me acosan, sin saberlo (tales como prohibiciones inconscientes). Luego, hay reglas y sentidos de los que algo sé, pero que se supone que no debería saber -insinuaciones sucias u obscenas que uno pasa por alto silenciosamente para mantener las apariencias- (19).

Lo más importante de todo esto es que el orden simólico es bastante complejo a comprende muchas cosas que Žižek ha tratado de enumerar: reglas y presuposiciones que reconocemos como legítimas y ante las cuales nos subordinamos (aunque también hay casos en los que uno no es plenamente consciente).

Este espacio simbólico actúa como parámetro respecto del que puedo medirme. Por eso el gran Otro puede personificarse o reificarse en un simple agente: el “Dios” que vigila desde el más allá, a mí y a cualquier persona existente, o la causa que me compromete (Libertad, Comunismo, Nación), por la que estoy dispuesto a dar la vida. Mientras hablo, nunca soy un “pequeño otro”: el gran Otro siempre está ahí (19).

§ 2. La virtualidad del gran Otro.

Vemos pues como el gran Otro, en tanto reificación, puede manifestarse como lo que ocupa el lugar de lo que me compromete (al margen de cualquier ideología, creencia, espectro político, etc), y que en un grado máximo, me compromete para estar dispuesto a dar la vida. Ahora bien, ¿esto significa, una vez más, que uno está simplemente “determinado” y no hay “nada más que hacer”? En realidad las cosas son más complejas y es que, al margen de que existe una interacción entre tres órdenes (simbólico, imaginario y real), es importante mencionar algo constitutivo y característico del orden simbólico en tanto tal:

A pesar de su poder fundador, el gran Otro es frágil, insustancial, propiamente virtual, en el sentido de que tiene las características de una presuposición subjetiva. Existe sólo en la medida en que los sujetos actúan como si existiera. Su estatuto es similar al de una causa ideológica como el comunismo o la nación: se trata de la sustancia de los individuos que se reconocen en él, la base de toda su existencia, el punto de referencia que proporciona el horizonte último de sentido, algo por el que estos individuos están dispuestos a dar su vida, aún cuando lo único que realmente existe sean estos individuos y su actividad, de modo que esta sustancia es verdadera sólo porque los individuos creen en ella y actúan en consecuencia (20).

El gran Otro no tiene, pues, una existencia “trascendental”: se trata más bien de lo que ya Žižek ha llamado una existencia de tipo virtual. El gran Otro existe en la medida en que los sujetos creen en él y, sobre todo, se comportan como si éste existiera. No se trata de que crean solamente “en sus cabezas” (esto lo empecé a tratar brevemente aquí y aquí). De lo que se trata es que actúen como si (el als ob kantiano). Por eso es que este concepto le es caro a Žižek: le permite pensar mejor la ideología en una era que se jacta de ser “post-ideológica”.

Este carácter virtual del gran Otro significa que el orden simbólico no es una especie de sustancia espiritual que existe independientemente de los individuos, sino algo que es sostenido por su propia actividad.

§ 3. Hacia un reflexión crítica del das Man heideggeriano desde el Otro lacaniano.

Lo que queda pendiente es pensar las diferencias que existirían entre el concepto lacaniano del “gran Otro” y el concepto heideggeriano de “el Uno (o el “se” por das Man en alemán)”. Yo había pensado de que eran bastante similares por citas como la siguiente:

Cuando hablo acerca de las opiniones de otra gente, nunca es sólo una cuestión de lo que yo, tú u otros individuos piensan, sino también de lo que “uno” impersonal piensa, de lo que “se piensa”. Cuando violo una regla de decencia, nunca hago simplemente algo que la mayoría no hace: hago algo que no “se” hace.

Sin embargo, a pesar de este aparente parecido, Žižek va a distinguir el “das Man” heideggeriano del “orden simólico”/ “espíritu objetivo hegeliano” en el primer capítulo de El espinoso sujeto.

El medio del ser-ahí-[Dasein]-colectivo (social) no es desplegado como corresponde: lo que Heidegger parece pasar por alto es sencillamente lo que Hegel denominó “espíritu objetivo”, el Otro simbólico, el dominio “objetivizado” de los mandatos simbólicos, etcétera, que no es aún el das Man “impersonal” y, por otro lado, no es ya la inmersión premoderna en un modo de vida tradicional. Este cortocircuito ilegítimo entre los niveles individual y colectivo está en la raíz de la “tentación fascista” de Heidegger, en este punto la politización de El Ser y el Tiempo alcanza su cenit: la oposición entre la sociedad moderna dispersa y anónima de das Man, en la que la gente está atareada con sus preocupaciones cotidianas, y por otro lado el pueblo que asume auténticamente su destino, ¿no resuena con la oposición entre la civilización “americanizada” moderna y decadente, de falsa actividad frenética, y por otro lado la respuesta “auténtica” y conservadora a ella? (26).

Queda pendiente, pues, reflexionar sobre esta diferenciación que propone Žižek.


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