“¿Sustancia o sujeto?” “¡Sí, por favor!”

“A lot of what I write is blah, blah, bullshit, a diversion from the 700-page book on Hegel I should be writing.”

 Slavoj Žižek, entrevista en The Guardian, 2011

Como se sabe, Slavoj Žižek no es lo que podríamos llamar un “pensador sistemático” (si es que existe tal cosa en la filosofía). He estado leyendo estas últimas semanas su ya conocido libro El espinoso sujeto. El centro ausente de la ontología política (Buenos Aires: Paídós, 2005. El original fue publicado en la Editorial Verso en 1999). A pesar de que Žižek  es Žižek (me refiero a su particular estilo y manera de reflexionar filosóficamente o de “hilar” sus propias ideas), por momentos éste libros parecería ser lo más cercano que el esloveno tiene a un libro de filosofía “normal” (si tal cosa existe). Al margen de esto, el libro me llamó bastante la atención (aunque todavía no lo termino, me faltan los dos últimos “capítulos”), sobre todo por el segundo capítulo titulado “El espinoso sujeto hegeliano” (lo recomiendo bastante). Es sabido que Žižek se considera a sí mismo como hegeliano, aunque los hegelianos académicos lo consideran un “hereje”, en la medida en que sus lecturas son “no canónicas”, por decirlo de una manera amistosa (“excesivamente pajeras” podría ser un término más exacto o crudo). En todo caso, en este capítulo desarrolla algunas ideas sobre su manera de comprender a Hegel. Dado que Žižek me parece un filósofo relevante (discutir su relevancia podría ser materia de otro post), reflexionar a partir de su apropiación de algunos conceptos o motivos clásicos de la filosofía de Hegel puede servir, tanto para quien quiera introducirse en la filosofía de Žižek de manera “seria” (si tal cosa es posible), como para el que quiera discutir su apropiación de Hegel. Lo que no voy a hacer es un mero “resumen” o intentar una “síntesis” de lo que sostiene Žižek aquí. La idea es presentar algunas ideas y reflexionar sobre ellas.

***

§ 1. Negación de la negación.

Tenemos aquí la matriz propiamente hegeliana del desarrollo: la Caída es ya en sí misma su propia autosuperación: la herida es ya en sí misma su propia curación [Žižek  no lo dice acá, pero esta imagen siempre la relaciona con el Parsifal de Wagner], de modo que la percepción de que estamos ante la Caída es en última instancia errónea, un efecto de nuestra perspectiva distorsionada: basta con que pasemos del “en sí” al “para sí”, con que cambiemos de enfoque y reconozcamos que la anhelada inversión ya está obrando en lo que sucede.

La lógica interna del pasaje de una etapa a otra no es que hayamos pasado de un extremo a otro, y depsués a su unidad superior: el segundo pasaje es simplemente la radicalización del primero (80).

Lo primero que puede decirse es que Žižek no cree en la dialéctica, en el paso del “en sí” al “para sí”, o en la “negación de la negación” como en un movimiento que nos lleva a algo “diferente” sin más. No es pasar de un momento “A” (tesis) a un momento “no-A” (antítesis) que luego se unen en un estado superior “B” (síntesis). Tal es una caricatura del pensamiento hegeliano que no se encuentra en el propio Hegel (Martín ha hecho un post breve aquí donde, siguiendo a Allen W. Wood, muestra el origen de dicha falsa interpretación). Žižek toma la “negación de la negación” como una segunda negación, que es más radical que la primera porque niega algo así como la “posición (discursiva/ simbólica)” que la primera negación no habría podido negar.

No podemos volver a ponernos de pie anulando los efectos de la Caída, sino que debemos reconocer en la Caída misma la anhelada liberación (81).

¿En qué consiste pues la “negación de la negación”?

Su matriz no consiste en algo que se pierde y se recupera, sino sencillamente en un proceso de pasaje desde el estado A al estado B: la primera, inmediata negación de A niega la posición de A sin abandonar sus límites simbólicos, de modo que debe seguir otra negación, la cual niega el espacio simbólico común de A y su negación inmediata (el reino de una religión es primero subvertido por una herejía teológica; el capitalismo es primero subvertido en nombre del “reino del trabajo”). La brecha entre la muerte “real” negada del sistema y su muerte “simbólica” es esencial: el sistema tiene que morir dos veces (81-82).

Es interesante que Žižek, a través de la terminología lacaniana, expresa la segunda negación como una negación que niega el espacio simbólico que compartirían, tanto A, como su primera negación. La primera ruptura, al compartir el espacio simbólico lo que busca negar, termina siendo concebida desde dicho espacio simbólico común. Creo que lo que más me interesa de esta concepción de la negación de la negación hegeliana es que nos permite pensar en cómo se dan, y redefinen, los antagonismos, en múltiples sentidos y niveles.

En el campo académico ello puede verse en la potencial pérdida de capacidad crítica de los intelectuales si llegan a devenir en meros expertos o “especialistas” (pensar que la condición suficiente es la especialización, cuando realmente  se trata de una condición necesaria). Los expertos, de acuerdo a la visión de Žižek,  solucionan problemas, pero no los formulan. La importancia de la crítica no radicaría en esa primera negación inmediata (“no estoy de acuerdo con la solución concreta al problema y propongo una solución diferente”), sino sobre todo en la segunda (“no estoy de acuerdo en cómo se formula el problema y lo reformulo de otra manera”). La importancia de la reflexión crítica es central porque en ella también se da la lucha por definir el espacio simbólico (es a lo que Bourdieu aludía cuando hablaba del la lucha por “[el monopolio legítimo del] poder simbólico”, pero también de la manera en la Gramsci reconocía importancia a la ideología y a la hegemonía del bloque-histórico. Finalmente, es algo de lo que también habla Laclau, cuando habla de las cadenas equivalenciales y de la constitución de un “pueblo”, aunque en oposición a Žižek). Formular y redefinir problemas, antagonismos e identidades es algo central que también compete a la reflexión crítica.

Ahora bien, lo que uno podría preguntar, a partir de lo anterior, podría ser lo siguiente: ¿Podríamos llegar a una “última negación de la negación” que ya no pueda ser negada a sí misma, es decir, que pueda constituir un espacio simbólico que no pueda ser negado por otra posición? Žižek pensaría que no, que no habría tal cosa como el “final” de dicho proceso. Acá Žižek y Laclau puede asemejarse un poco, en la medida en que ambos se apropian de la concepción lacaniana del lenguaje (la gran diferencia es que Laclau piensa que es incompatible con la lógica hegeliana y por eso el proyecto de Žižek estaría condenado al fracaso, mientras que Žižek probablemente rescataría el hecho de que Lacan fue muy lacaniano a lo largo de su vida y que ello fue así por motivos esenciales). En la medida en que el orden simbólico no puede “cerrarse”, a menos que se “saque” algo (no tengo palabras más técnicas por mi propia insuficiencia en el asunto), siempre podrá negarse toda posición y redefinirse el espacio simbólico mismo.


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