El desenkantamiento del caviar y el análisis del anti-caviar

por Erich Luna

“Deberías revisar eso en tu análisis”

Mentada de madre entre lacanianos

Este semestre estoy asistiendo como alumno libre al curso que Carlos Meléndez está dictando en la especialidad de Ciencia política de la PUCP. El curso tiene por título genérico “Temas en política comparada 2”, pero el tema concreto es estudiar a los partidos políticos y sus relaciones con los electores a partir de ciertas teorías sobre los vínculos políticos y el comportamiento electoral. Pensaba escribir sobre el curso cuando éste terminara, cosa que resumía (¡y discutía!) las ideas de cada clase (una por una) a partir de mis notas de clase. Sin embargo, la última clase (la primera mitad de la séptima sesión), algunas ideas que se presentaron me hicieron pensar en algunas cosas ligadas a algunos aspectos filosóficos, casi al modo de mi post sobre los anti-caviares (que espero ampliar y profundizar más adelante).

Esta manera de pensar algunas cuestiones relativas a la relación entre la reflexión filosófica y el estudio de otras disciplinas (en este caso, ciencia política) me parece que va muy en la línea de lo que dijo Bryant en una de las últimas entrevistas que le hicieron:

Returning, then, to the question of daily practices, I find that the last place I look to stimulate my machines are philosophical texts.  A return to philosophical texts only comes later.  Rather, I believe it’s necessary to look to that which is outside philosophy to get these machines running.  Thus I spend a lot of time reading about mathematics, various sciences (especially biology and physics), ethnography and sociology, literature, and watching documentaries.  These encounters provide the alterity, it seems, to get the machines of theory and concept-building running.

Después de haber revisado las teorías y visiones clásicas sobre los partidos, los sistemas de partidos y la agencia política de las élites (sesiones 1-5), la idea era ahora enfocarse en el elector, pero “desde abajo”. Esto implica adoptar un individualismo metodológico con influencias de la teoría de la elección racional. La pregunta guía es la siguiente: ¿cómo ve la política y el voto un elector?

La teoría clásica sobre el cálculo del voto de Riker y Ordeshook (“A theory of the calculus of voting“, de 1968) parte del supuesto de que el elector es racional. A partir de aquí voy a presentar muy breve y esquemáticamente las ideas esenciales de la teoría. Asimismo, voy a tratar de presentar los argumentos de la manera más sencilla y accesible posible.

En el caso del voto, la idea es que un elector votará cuando su “recompensa” sea mayor a cero. Si votar es “igual” o menor a cero, entonces votar es irracional. La idea es que el elector racional votará, siempre y cuando los beneficios de hacerlo sean mayores a los costos. Esto, además, debe tener en cuenta a la probabilidad de que el voto del elector importe.

Ejemplos de costos son el tiempo que dediquemos a votar, el adquirir y procesar la información, la movilización, el dejar de trabajar e incluso correr el riesgo de padecer un accidente. La es que votar será racional cuando los beneficios sean mayores a los costos. Obviamente, en el caso de elecciones democráticas y competitivas habrá por lo menos una oferta de dos o más candidatos, con lo que el elector deberá decidir su voto. Bajo este esquema, el elector votará por el que le genere mayor utilidad.

¿Cómo abordar la magnitud de la utilidad? Hay aspectos que dependen esencialmente del individuo y aspectos que no dependen de él. El elector racional elegirá determinar positivamente su utilidad buscando el mayor beneficio posible. Es muy raro que en lugar de eso opte por una determinar su elección de manera negativa. Un ejemplo que se puso de esto fue el de un obrero que vote en una elección, sin voto secreto, en contra de su patrón (a mí en realidad me hizo recordar a las elecciones apristas no secretas donde nadie se abstiene y donde suele haber “unanimidad”).

Como determinaciones independientes al individuo, se contemplaron también dos. La primera es la negativa, que son los costos de la elección racional. La positiva es lo que se denomina “deber”. Desde esta perspectiva, el elector racional podría elegir como racional el cumplir con su deber. Por ejemplo, si uno es militante de un partido que sabe que va a perder, aún así podría votar por él y sentirse bien (se puso el ejemplo del voto de Sheput por Toledo en la primera vuelta). Casos análogos serían el votar por la lealtad al sistema político, el cumplimiento del deber cívico o la recompensa social.

Esta idea de añadir algo como “deber” a la ecuación fue lo que me pareció más interesante. Lo normal y cliché es pensar que los modelos de elección racional solamente buscan utilidad y optimizar “sin más” (esta es la crítica básica que la filosofía hace de la racionalidad isntrumental). Sin embargo, en este caso se añade la variable de “deber” que, si bien es laxa y casi parece un “cajón de sastres” donde todo puede entrar, hace que parte de la racionalidad de un elector pueda estar influenciada por ideas y valores no tan “inmediatistas”, “cortoplazistas” o “materiales” (estoy tratando de parafrasear esto porque el texto tiene formalizaciones que son difíciles de transcribir en el wordpress). Quizá la “fórmula clásica” podría escribirse así (en verdad no estoy tan seguro):

R = [Px B – C] + D

¿Por qué, hasta aquí, es que este modelo me interesó? Porque trata de formular los aspectos que podrían pesar más o menos en la toma de decisión de un elector racional para emitir un voto. Se trata de ver si nuestro voto importa (cuestiones de probabilidad), si vamos a obtener beneficios individuales, de si vamos a tener costos bajos y de si vamos a cumplir con nuestro deber.

¿Qué me llamó la atención para con la filosofía de esto? La coincidencia de justo estar dictando la Fundamentación para una metafísica de las costumbres de Kant (no me voy a detener a explicar lo desarrollado por Kant. He escrito unos posts aquí que pueden ayudar a una primera lectura del texto). En todo caso, el punto es que Kant distingue entre los “imperativos hipotéticos” y el “imperativo categórico”. El primer tipo de imperativo no es moral y se caracteriza por establecer una racionalidad instrumental de medios y fines (tanto en lo que concierne a la felicidad, como a la solución técnica de problemas). El segundo tipo de imperativo es el propiamente moral y se caracteriza por ser el cumplimiento del deber (una acción hecha por el deber). Kant nos invita a preguntarnos si es que las máximas que motivan nuestras acciones son máximas que buscan cumplir el deber, o si es que albergan puros motivos egoístas o instrumentales.

Lo interesante es que este modelo presenta una estructura básica para tratar de ver esto.  Y es que, los imperativos hipotéticos pueden verse como las determinaciones positivas que dependen del sujeto (beneficio, utilidad, etc), mientras que el imperativo categórico está presente bajo la categoría de “deber”. De esta manera, este modelo busca ver qué tanto peso tiene en nuestras elecciones el beneficio (“imperativos hipotéticos”) y el deber (“imperativo categórico”). En este rubro de “beneficio” podemos quizá agrupar por “parecidos de familia” algunos autores (que obviamente tienen diferencias significativas). No pretendo equipararlos superficialmente, sino agruparlos: Hobbes, Hume, Smith, Mandeville, Bentham, Mill, Stuart Mill.

Ahora bien, lo único que no cuadra en el esquema (y que ya uno debería haber notado) es que el imperativo categórico kantiano no es una determinación independiente del sujeto (eso sería heteronomía), sino que la ley moral yace en nosotros. Esto se debe a que la ley moral universal es racional y es propia de todo ser racional, ya que la ley es parte de su razón (práctica). Sin embargo, podemos descentrar (o “sacar fuera”) del sujeto el deber con filósofos poskantianos, mostrando que el deber no tendría que ser necesariamente algo “a-histórico”, “formal” o “inmanente” y poder pensar así mejor sus orígenes y características esenciales (y aquí hago una agrupación análoga a la primera): Hegel (a través de la formación, la eticidad, la tradición y los poderes éticos del Estado-nación moderno), Marx (a través de la superestructura ideológica o de la ciencia revolucionaria), Nietzsche (a través de valores impuestos o elegidos que tienen una genealogía y una voluntad), Foucault (a través de mecanismos de dominación, disciplinamiento y vigilancia), Heidegger (a través de asumir la identidad del “se” o “uno”) y Lacan (a través del orden simbólico y del Otro). Ahora podemos pasar a pensar de manera general en algunos electores locales.

El elector típicamente fujimorista será mucho más pragmático que ideológico. El peso principal en su elección estará en los beneficios concretos (tanto particulares, como generales) y no en el “deber”. El elector típicamente de Fuerza Social, si tal cosa sigue existiendo, tendrá mucho más peso en el “deber”. Esto me regresa un poco a las reflexiones sobre “caviares” y “anti-caviares” en el Perú: los caviares tienen un peso muy concentrado en el “deber”, mientras que los anti-caviares concentran el peso de sus elecciones en el “beneficio”.

Lo más importante es que la crítica anti-caviar se sustenta en la idea de que los caviares son hipócritas porque, si bien dicen de jure que actúan por “deber”, de facto actúan por “beneficio” (como los anti-caviares). El anti-caviar no cree que existe sinceridad en las ideas y valores del caviar, cree que se sustentan en ideas “trasnochadas” (de izquierda) y que esconden su verdadero propósito: la búsqueda de su propio auto-interés egoísta. Es en este punto donde los anti-caviares manifiestan un matriz kantiana radical, oscura y perversa (¡”dark kantianism”!). Conciben que la moral como Kant, es decir, como una ética que actúa por el deber. Sin embargo, y a diferencia de Kant, no creen que ello es posible (Kant tampoco es tan optimista, pero aunque sea contempla la posibilidad de). Esto es central porque implica sostener que no puede haber una acción genuinamente moral y desinteresada (siempre hay algo “detrás”). Por eso es que adoptan la careta del cinismo político (“todos roban”, “que robe, pero que haga obra”, “que robe, pero que reparta” y un largo etc.) pero con la pretensión de que no hay otra posibilidad para la acción. El “deber” para ellos nunca puede ser real, sino que siempre expresa una “careta” para dominar o imponer o buscar el propio interés. Es por eso que este cinismo se presenta como post-ideológico (tal y como Žižek lo critica en la figura de Sloterdijk) y expresa una idea análoga a la célebre frase atribuida a Dostoyevski que podríamos parafreasear así: “si el deber no existe (y por lo tanto, no existe la voluntad santa, la única que puede ser considerada como genuinamente moral), entonces solamente el beneficio está permitido (so pena de ser un caviar ‘conchudo’ o ‘cojudo’)”.

Obviamente lo cuestionable de la tesis anterior es que se toma como gratuito que el “beneficio” sea evidente por sí mismo. Desde una perspectiva poskantiana lo que los otros autores empiezan a configurar, y que quizá Lacan y Žižek (a través de él) logran desarrollar mejor a través de su manera de concebir al sujeto, es que el ámbito del “deber” (entendido desde el orden simbólico y el Otro) termina estructurando el campo del “beneficio”. Desde esta perspectiva no puede haber algo post-ideológico porque lo que persigue el “cínico” (en este caso, el anti-caviar neoliberal mariateguista) es algo estructurado por el ámbito de la ideología (“deber”).

Podemos ver como, desde el ataque kantiano del anti-caviar hacia el caviar, el contra-ataque caviar hacia los anti-caviares se da dese Lacan.  Lo que todavía no tengo idea es cómo pensar dentro de ese modelo formal de elección lo “imaginario” y, mucho menos, lo “real”.

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