Las condiciones y límites del dios mortal

El lunes 18 de abril fui invitado por el Shin Bunka Yugo Club (un grupo que organiza eventos muy interesantes, buscando integrar a la academia con el anime) a dar una ponencia que pudiese abordar Death Note desde una perspectiva filosófica. Obviamente hay muchas maneras de hacer tal cosa y yo elegí una de ellas. Compartí la mesa con Rashid Rabí, Danilo Tapia y Eduardo Marsica (Eduardo estaba en Argentina, pero dio su ponencia a través de un excelente video). El evento tuvo lugar en el Centro Cultural Peruano Japonés y contó con una abrumadora asistencia (una asistencia muy por encima del promedio de asistencia de los eventos académicos).

No está demás volver a repetir, como en otros textos análogos a éste, que el texto se escribió para leerse ante una audiencia conformada por gente era fanática de Death Note. Por eso la profundización en autores y conceptos filosóficos, así como el clásico aparto exegético y erudito de especialista, se encuentra felizmente ausente. Incluso las notas a pie de página hacen más las veces de recordatorios o “inside jokes“, que de notas en el sentido clásico y académico del término. Bueno, sin más preámbulo….

***

Las condiciones y límites del dios mortal 

 

§ 1. ¿Un filósofo hablando de un anime?

 Quiero empezar diciendo que acepté esta invitación no porque sea un asiduo consumidor de la animación japonesa, mucho menos un “otaku”. No suelo ver anime (ya sea por falta de tiempo, por no haber desarrollado el hábito, o por no haber cultivado la costumbre, etc.), aunque debo confesar que las pocas veces que lo hago lo disfruto bastante. La razón principal por la cual acepté con muchas ganas éste y el anterior evento sobre Death Note (12/05/2009) tiene que ver más con una cuestión de “forma” que de “contenido”. Y es que, lo que más me entusiasmo de poder hacer una aproximación o reflexión filosófica entorno a Death Note es el hecho de que sea un anime, y no tanto el que su contenido pueda llegar ser (o sea) en efecto filosófico.

 Digo esto no por las personas que sí suelen ver anime, ya que asumo que ellas sí consideran que pueda haber o que haya de hecho mucho de filosófico en él, así como en muchos otros animes. Lo digo en términos más tradicionales respecto a la propia actividad filosófica. Lo que más hemos tenido a lo largo de la humanidad como legado filosófico han sido básicamente textos escritos, tanto para ser “reflejo” del pensamiento de los autores, como para dar un testimonio indirecto de experiencias orales y anécdotas. Sin embargo, los filósofos también se han inspirado en lo que nosotros llamamos, de alguna manera, hoy “producción cultural”. Sé que sería anacrónico, en más de un sentido, pensar que los pueblos y épocas pasadas tuvieran algo similar a lo que nosotros tenemos hoy. Lo que me interesa es señalar que los filósofos nunca se han nutrido exclusivamente de filósofos para abordar cuestiones filosóficas. Y por eso es que creo que eventos como estos son esenciales, tanto para los que disfrutan el anime y conforman una comunidad en torno a él, como para los académicos. Ambos grupos pueden aprender bastante de este tipo de productos culturales, además de llegar a pasar un buen rato.

 No voy a ahondar en muchos detalles, porque no creo que venga al caso. Basta indicar que en el mundo griego, las tragedias de Sófocles, por poner un ejemplo, han sido (y siguen siendo) fuente inagotable de inspiración para los filósofos (y también para los no filósofos). Aristóteles, Hegel y Nietzsche, por poner algunos nombres, se han visto fuertemente influidos por ellas para las preguntas que se formularon y para las respuestas que esbozaron en momentos determinados de sus obras. Lo que quise señalar antes con “producción cultural” fue el que nos resuena como algo más familiar, y que alude además a algo con lo que más seres humanos hoy están más relacionados. No tiene sentido pensar para el mundo griego en esos términos, por cuestiones en las que no hay tiempo para detenernos, pero sí tiene sentido pensar que Sófocles y sus tragedias tuvieron cierto “impacto” en el mundo griego. Tanto él como Esquilo fueron conocidos ganadores de concursos de tragedias, y sus obras fueron presenciadas por muchísimos griegos, incluyendo a los filósofos griegos que asistían en calidad de ciudadanos o de miembros de la πόλις.

 Menciono esto porque me permite resaltar un carácter medianamente “masivo” (o “popular”, si es que tal expresión puede llegar a tener sentido en el mundo griego) que tuvieron las tragedias. Hoy en día, a la mayoría de personas, por lo menos en nuestro medio local, el teatro no es lo que más les apasiona o “mueve”, y mucho menos el teatro cuando pone en escenas obras de autores de hace varios siglos. Sófocles deviene así algo así como un “clásico”, como alguien “puro” o “profundo”, algo solamente para gente “seria”, para “conocedores”. En pocas palabras: se vuelve objeto de análisis y especialización de académicos y de humanistas. Y ¿Por qué se vuelve algo tan importante? Porque nuestra tradición es esa, una mayoritariamente escrita y lo será por bastante tiempo más. Sin embargo, en el siglo XIX aparecen la fotografía y el cine y hoy ya podemos concebir el que los filósofos reflexionen filosóficamente sobre los objetos culturales que tales medios puedan producir. Deleuze es un claro ejemplo de esto.

 No estoy diciendo que el cine reemplace o sustituya al teatro, simplemente digo que su carácter masivo debe ser tomado en cuenta. Muchos filósofos se han olvidado que muchas cosas que fueron fuente de inspiración para los pensadores han sido bastante conocidas y “masivas” en su momento. Basta revisar algunos ejemplos de los filósofos para constatar esto. Desde el siglo pasado tenemos ahora más producciones que cada vez son más masivas: televisión, radio, internet (Youtube, Facebook), videojuegos. La animación japonesa es un claro ejemplo de esto. Creo que si los filósofos o los académicos no han empezado del todo a dedicarse a esto, no es porque no haya riqueza en ellos. Simplemente no están acostumbrados a ello. Viven muchos de ellos, principalmente los académicos, como enla Europa del siglo XIX y casi dan a entender que les gustaría que el mundo regresase a ser de esa manera. Entre ellos no saber usar tecnología es casi un halago, un signo de “pureza”. Pero hay muchos que no, y que están empezando ya hace algún tiempo a reflexionar seriamente sobre los nuevos medios, las nuevas tecnologías, las producciones culturales, las nuevas maneras de hacer arte, de pensar ¿y por qué no? de hacer filosofía.

 Esta fue mi principal razón para acceder a ver el anime[1] y comentar acerca de él. Creo que es necesario que el filósofo no se aliene (aunque pueda hablarnos horas de lo que significa la “alienación”), tampoco que se aísle del mundo masivo de las producciones culturales (aunque pueda hablarnos horas de conceptos como “vitalismo”, “mundo-de-la-vida” e “industrias culturales”), para atender únicamente a las demandas académicas del círculo de especialistas al que pertenece. Aristóteles permaneció en la Academia 20 años, pero parece que por lo menos veía tragedias, que era algo que todos hacían. Si el anime es un fenómeno cada vez más masivo en nuestra época, pienso que es imperativo reflexionar sobre él, más allá del buen rato que solemos pasar y disfrutar viéndolo, ya que tiene mucho que decir, mostrar, expresar y posibilitar. Esto vale igualmente para todo lo demás que todavía no sea considerado como potencialmente “serio”.

§ 2. ¡No Calvin y Hobbes, sino Light y Hobbes!

 Ahora pasemos a las cuestiones de contenido y dejemos de lado las formales. El caso que nos plantea Death Note[2] es bastante interesante. Me interesa rescatar lo que de hipótesis extremas nos plantea, y que a la vez nos posibilita para reflexionar. La idea ya la conocemos todos los presentes, espero (en caso contrario, lamento los spoilers que seguirán a continuación): se trata de un cuaderno en el que si escribes el nombre de alguien, éste muere en un determinado tiempo. Lo relevante no es obviamente, y no creo que para nadie ese sea el punto de discusión, si es que tal cosa puede existir, o si es que los shinigamis existen o de más preguntas metafísicas. Creo que más bien la relevancia y pertinencia de DN consiste en algo análogo a una manera particular de entender la hipótesis del genio maligno de Descartes.

 Para hacerlo muy brevemente, recordemos como Descartes (considerado el padre de la filosofía moderna) quiere poner en duda nuestros conocimientos y creencias para fundamentar de manera sólida la ciencia. Y puede poner en duda los sentidos, y la diferencia entre el sueño y la vigilia, ya que hay claros contraejemplos que nos hacen dudar de su fiabilidad (a veces nos confundimos con espejismos y a veces no somos conscientes de que estamos durmiendo). Pero para dudar de las matemáticas Descartes necesita de algo más “poderoso”: un genio maligno que lo engañe todo el tiempo, que lo haga creer que dos más tres es cinco, cuando en realidad pueda ser otra cifra u otra cosa que no podamos imaginar. Esta hipótesis le permite ponerse en un caso extremo de duda con el fin de poder hacer una fundamentación radical para todos los estados posibles, ya que se encuentra en el peor de todos, o por lo menos a eso parece querer llegar.

 DN me parece que hace algo análogo: un cuaderno que puede matar instantáneamente a alguien nos permite ponernos en la posibilidad extrema que tal hipótesis plantea: la del monopolio de la violencia más omnipotente, sin prácticamente daños colaterales, que podría imaginarse (la mayor economía de la violencia posible, digamos). Quien recibe este poder es Yagami Raito (o Light), un estudiante brillante hijo de un policía japonés. Es esencial que Yagami sea brillante para que la cuestión tenga sentido. Uno puede sentirse tentado a que alguien decida sobre cosas extremas, como la vida o la muerte de seres humanos, si es que tal persona tiene conocimiento. Esta idea de que cierto conocimiento legitima al político o gobernante es algo que se encuentra desde la República de Platón hasta el eslogan de PPK (“Él sabe cómo hacerlo”).

 La idea de Yagami es convertirse en algo así como el “nuevo Dios”, uno que juzgue a muerte a todo el que realice crímenes o cosas malas o inmorales que merezcan la muerte. Un mundo sin maldad y sin “gente mala” es el paraíso con el que sueña Yagami. Que eso sea posible o no, o cómo podría ser concebible un mundo así es algo en lo que no voy a entrar, pero recuerden que es algo que ha estado presente siempre en muchas posibles utopías. ¿Puede llegar a haber una sociedad sin antagonismo y conflicto (la idea de la sociedad comunista, en su versión más tradicional, apela a eso: una sociedad sin lucha de clases, donde la política deviene superflua)? En todo caso, me interesa más bien ver, a partir de ciertos conceptos y motivos de la filosofía política de Thomas Hobbes (que creo encontrar presentes en DN), qué problemas acerca de la soberanía se nos plantean aquí.

 Y es que para Hobbes, a partir de un contrato entre individuos, renunciamos a ciertos derechos y unificamos nuestras voluntades en una sola, para crear artificialmente al Estado: el dios mortal, el Leviatán[3]. Él es quien unifica todos los poderes y se encarga de mantener la paz y el orden, es el soberano. Nadie puede renunciar al contrato. Si lo hace, debe ser castigado. En DN se trata de plantear algo parecido, aunque la pretensión moral (y no “solamente” política) es más que explícita. Yagami quiere un mundo de “gente buena”, el soberano de Hobbes quiere la paz y el orden, aunque sus reglas no deben contravenir a la ley natural que viene de Dios. Aún así, las diferencias más importantes entre ambos creo que son tres.

 1. La primera de ellas concierna a cómo se da a luz al Estado, al soberano. El caso de Yagami es por adquisición, por dominio, por imposición. La idea es que poco a poco la gente vaya entendiendo que someterse y obedecer es lo mejor para su seguridad, bienestar, orden y paz (y fundamentalmente el someterse por miedo a la muerte). Esto se ve claramente cuando el presidente de los Estados Unidos se somete[4].

 2. La segunda concierne a que Light busca un orden mundial, algo que Hobbes no concibe. Hobbes piensa que no puede haber algo así como un “Leviatán de Leviatánes” (o un “Estado de Estados”, un gobierno mundial). Yagami sí considera que su orden es uno. Sin embargo, el death note (me refiero al cuaderno) posibilita una coerción total, ya que las barreras geográficas ya no son límite para un Estado, pues el monopolio de la violencia y la aceptación del régimen pueden ser trasnacionales (ir más allá de las barreras espaciales).

 3.  La última diferencia es que el nuevo orden tiene que vencer una oposición, ya que existe un sistema de Estados, a diferencia del estado de naturaleza hobbeseano, que es la clásica situación de tipo contra fáctica que sirve de fundamento originario para el surgimiento del Estado (se trata de “estado pre-social” o “pre-político”). Este último punto podemos verlo al inicio, cuando la policía local está desde el inicio contra Kira (Yagami) porque el Estado japonés (que tendría el rol del Leviatán) es el que juzga y condena a quienes atentan contra el orden y la paz. Si otro lo hace, atenta contra el Leviatán que es el soberano absoluto y debe ser castigado. Si el otro Leviatán es destruido por influencia de otra fuerza (Yagami u otros Estados), o si es que ya no es capaz de preservar el orden, entonces el contrato se rompe, se disuelve. Esa es la intención de Kira: poder erigirse como soberano absoluto si logra (1) acabar con el crimen y ganar así la legitimidad por parte de la “gente buena” y (2) acabar con quienes se opongan a él, con los demás dioses mortales y sus “magistrados” (L, N, etc.).

 En lo que claramente concuerdan, aunque tengan matices, es que tanto el soberano hobbeseano, como Yagami buscan el orden y la paz, así como acabar con la guerra civil, que únicamente destruye el orden y atenta contra la vida de los individuos. Menciono esto porque sus fines (los de los soberanos) no son principalmente ser dueños del poder en un sentido estereotípicamente dictatorial, arbitrario, caprichoso, egocéntrico. Si bien son absolutistas, sus fines son la preservación del orden y no tener gente alabándolos todo el tiempo por lo que hacen, aunque tampoco se opondrían a lo contrario.

 Lo que debemos pensar en el caso de Raito es que si nadie cometiera crímenes no usaría el libro, de la misma manera que la policía no debería gastar balas si es que no se necesita hacerlo. Así también, el soberano hobbeseano no mataría a nadie si hubiese paz y orden estable y constante. Lo interesante también es que el crimen, de acuerdo al anime, bajó mucho en cifras y estadísticas, así como las guerras entre Estados. Lo cual lo hace sentir por momentos como algo legítimo para uno: “tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron” es el resumen de los criminales, según Kira y sus seguidores. Esta tesis suele ser compartida por muchas personas en nuestro medio a propósito de criminales y de gente que cometió actos terroristas. No hay pena que los redima, no pueden ser perdonados. Tuvieron su oportunidad y la desperdiciaron.

 Más allá de eso, creo que a muchos nos dio pena la muerte de Yagami, realmente queríamos “en algún momento” que “ganara” para ver cómo hubiese sido su mundo. Ello genera mucha curiosidad a lo largo de la serie (¿Y si vale la pena?, ¿y si es mejor que lo actual?). No creo que muchos hayan generado empatía en tan pocos episodios con el insoportable de N, un niño ansioso e inverosímilmente racional. Y esto es algo que suele gustarme mucho de este tipo de series: los “malos” también tienen cosas “buenas”. Las cosas no se miden solamente en “blanco” y “negro”, sino que hay una gran multiplicidad de “grises”.

 Ahora bien, nosotros normalmente pensamos (aunque en este país uno nunca sabe), de manera fuertemente liberal. Pensamos que no debemos matar a nadie porque todos tienen un derecho universal inalienable a la vida. Además, el Estado de derecho para ser tal no puede ir contra sus propios principios constitucionales: de lo que se trata es del imperio de la ley. Pero desde la óptica de Hobbes y Yagami, quien se rebela contra el orden debe ser castigado. Es alguien que pierde sus derechos porque la fuente de ellos estriba en el contrato. De ahí que Light tenga que luchar contra un orden establecido para imponerse, al mismo tiempo que busca juzgar a quien atente contra el suyo, aunque este no cuente con toda la legitimidad contractual e institucional del primero. Sin embargo, hacia el final de la serie uno siente que el mundo parece empezar a darle mucha más legitimidad a Kira en torno al ejercicio monopólico de la violencia.

§ 3. Conclusiones: lo peor es estar totalmente convencido.

 El otro tema que se plantea es el de la capacidad y aptitud para gobernar. La idea de que si uno es marcadamente dotado, intelectualmente superior, entonces es el más apto para gobernar y juzgar. Esos criterios aristócratas para la legitimidad de quien juzga, gobierna o legisla no son (o no deberían ser) compatibles con nuestra visión democrática de estas funciones. La idea es que quien puede representar, articular, canalizar y llevar los intereses de la gente es quien debe ser parlamentario o gobernante.

 La tesis de que los problemas políticos son algo intelectual, o peor aún, una cuestión “técnica” es algo que se da mucho en nuestro país, donde se busca que lo político se reduzca a lo técnico. De ahí situaciones como el problema de la congresista Supa (que en esta elección ha terminado sacando más votos que Martha Hildebrandt) y su español “mal hablado” y la idea de que un ministro de salud es médico y un ministro de economía, economista, antes que políticos. Muchas veces nuestros políticos se jactan de no ser políticos, sino técnicos. Bedoya, con todo lo que uno pueda estar o no de acuerdo con él, tuvo la mejor frase contra la imposición de la tecnocracia en la política: “los técnicos se alquilan”.

 Mientras seamos democráticos y liberales, principios elitistas como la inteligencia, o la unificación de poderes en un soberano absoluto con el fin de preservar el orden y la paz (así se trate como la posibilidad de una dictadura de tipo comisarial), serán cosas que no comulgarán bien con nuestras ideas políticas. Si a eso sumamos una visión de la política como armonía y consenso, la violencia de Yagami puede llegar a verse como “terrorismo”.

 La cuestión de fondo es si estamos dispuestos a renunciar a nuestra participación política y poder limitar al gobierno a cambio a estabilidad, orden y paz, negando en el proceso que el pueblo sea la fuente de la soberanía. Los que lo crean considerarán que Yagami debió ganar, los que no, que el final de la serie es justo.

 Y para terminar, me gustaría añadir algo que no puse la primera vez que hablé sobre esto y que me parece quizá la “moraleja” esencial de la serie, si es que debe de haber alguna. Ahora que hemos mencionado sobre si “debió” o “no debió” ganar, nos hemos olvidado de algo central: ¿Por qué Light no ganó?

 (Pausa)

 Teru Mikami es la respuesta. Se trata del abogado fiscal que apoya incondicionalmente a Kira. Tiene una fe absoluta en él. Realmente asume su visión como la correcta y como la justa. Mikami piensa en Kira como el Dios legítimo que viene a redimir este mundo. Creo que lo más interesante es mostrar que fue la negligencia de Mikami, negligencia que no pudo ver por estar tan cegado de la “inminente” victoria, la que termino dándole elementos a N para poder descubrir a Kira, poder atraparlo y poder vencerlo.

 Si hay algo que podemos sacar de eso es que lo más peligros que puede tener cualquier proyecto político, sea que lo consideremos bueno o malo, es que esté compuesta por gente que crea demasiado en él. Es ese fanatismo el que termina por destruir el plan de Kira. Y no tenemos que pensar en nuestro típico ejemplo cliché, etnocéntrico y racista de fundamentalismo (terrorismo de extremistas islámicos) para que entiendan a lo que me refiero. Es mucho más concreto que eso. Si ustedes votan en la segunda vuelta por un candidato que creen que no tiene nada “malo”, entonces están en problemas. Es más, si llegan alguna vez a pensar que el candidato por el que van a  votar no tiene nada malo o negativo, entonces están en ese problema. Es pues, un error terrible el no ver a un ser humano, sino a un santo (o peor, a un Dios). No existen políticos y gobernantes perfectos.

 Asimismo, tampoco es saludable el otro extremo más “intelectualista”: como no existen santos en política, siempre tendré que viciar mi voto para estar con mi “consciencia tranquila”. Eso tampoco tiene mucho sentido en todos los casos porque se exige algo que parece imposible a la política: santidad, además del hecho de que siempre alguien tendrá que gobernar.

 Esa es la condición trágica de la democracia: tener que elegir a alguien que sabemos que no es un dios. Incluso es algo peor: se trata de tener que elegir a alguien que, en el fondo, sabemos que es un ser humano igual a nosotros.

 Muchas gracias.


[1] La primera vez la propuesta vino a través de Luz Ascárate, una ex alumna excelente que terminó también estudiando filosofía y que nos ha “reemplazado” (en el mejor sentido posible) a mí y a Eduardo en la asistencia del curso de Victor Krebs de Temas de filosofía contemporánea.

[2] De ahora en adelante DN.

[3] Hobbes toma esta figura de la bestia que aparece en la Biblia,  en el Libro de Job. También es un personaje recurrente de la saga Final Fantasy.

[4] Esta posibilidad sí está contemplada por Hobbes, aunque el caso que considere el más emblemático para su origen sea el contrato entre los individuos, es decir, la institución.

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