La παιδεια y el ἀγορά: Algunas consideraciones sobre los estudiantes y la política

El 6 de abril hubo un evento organizado por el Centro Federado de Estudios Generales letras. Nos invitaron para hablar brevemente (eran intervenciones de unos 10-20 minutos) sobre temas amplios: la política nacional, el papel o rol los jóvenes, los problemas del país, posibles soluciones o puntos de partida.

El evento se tituló “Es nuestro turno”.

Los estudiantes, quienes conformamos un fundamental grupo de nuestra sociedad, llamado a fomentar el desarrollo del país por medio del conocimiento, mantenemos una estrecha relación con la estructura política y los planes de gobierno que los candidatos y sus partidos buscan practicar en los próximos cinco años. Por ello, debemos analizar la campaña y los discursos políticos con especial interés a fin de tomar la mejor decisión para nuestra visión de país.

El Centro Federado de EE.GG.LL. y Oprosac, continuando con este ciclo de conversatorios sobre la coyuntura electoral, organiza “Es nuestro turno” en donde docentes jóvenes nos ayudarán a responder dudas sobre priorización de políticas y su realización práctica. Ellos son: Erich Luna (Filósofo de la PUCP), Omar Cavero (Sociólogo de la PUCP) y Natalia Consiglieri (Comunicadora de la PUCP).

El evento fue interesante y creo que salió bastante bien. Escribí un pequeño texto que leí ese día y pensé que, dado que no he tenido tiempo para postear como antes, podría subirlo y compartirlo. El título de la ponencia está inspirado en el título del libro de Osmar González (La academia y el ágora. En torno a los intelectuales y la política en el Perú. Es un libro que recomiendo bastante). No he editado el texto. Advierto que fue escrito pensándose en que iba a ser leído en pocos minutos y para alumnos de primer y segundo año. De ahí que no se profundice en muchas cosas. Creo, aún así, que si lo posteo acá quizá eventualmente le pueda servir a alguien o sea el punto de partida de alguna discusión. Si el CF me llega  a mandar alguna foto de la mesa, la subiré.

***

La παιδεια y el ἀγορά: Algunas consideraciones sobre los estudiantes y la política


§ 1. La juventud puede ser el motor de la acción política.

 “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!” –  es una de las frases más populares de un gran pensador nuestro que deberíamos nosotros, los jóvenes (me incluyo por el momento), leer más hoy: me refiero obviamente Manuel González Prada. No es el propósito de esta intervención dilucidar exegéticamente o históricamente sus ideas. Sin embargo, creo que dicha frase engloba un poco el espíritu que muchas veces se busca asociar en nuestro país para con los jóvenes y la política. Ellos son los que deben construir el futuro y cambiar el presente que los viejos quieren conservar.

 Los jóvenes serían pues, los que siendo realistas demandan lo imposible, los que quisieron otro mundo en aquel mayo de 1968. Más allá de ese evento, lo cierto es (una vez más) el espíritu de esa frase: los jóvenes tienen más facilidad para pensar que las cosas pueden ser de otra manera. Parafraseando la pregunta metafísica de Leibniz que Heidegger radicaliza, podríamos decir que para los jóvenes es más fácil o imperativo el preguntarse: “¿Por qué es este mundo y no más bien otro?”.

 Podríamos pensar que si son jóvenes, todavía no han echado raíces suficientes en este mundo para sentir dudas sobre si este mundo debería ser o no diferente. Sus raíces todavía no han devenido cadenas y por eso, haciendo referencia al final del Manifiesto de Marx y Engels (aunque en otro sentido), podemos decir que los jóvenes tienen “un mundo por ganar”. Obviamente se trata de una posibilidad. Y se trata de una posibilidad porque también pueden surgir jóvenes que no quieran que las cosas cambien, o que cambien poco, lo cual no tiene “nada” de malo “en sí”. Pueden surgir jóvenes conservadores. Y “conservador” no es un insulto, se trata de jóvenes que quieren conservar algo: sean valores, tradiciones, creencias, religiones, el sistema económico, determinadas relaciones sociales, etc.

 No se trata acá esencialmente de grupos “puramente” conservadores frente a grupos “puramente” progresistas: ambas posibilidades están presentes en cada uno de nosotros. Alguien puede querer cambiar la economía, pero mantener la democracia y el Estado de derecho. Uno puede ser más conservador para unas cosas y más “liberal” o “progresista” para otras cosas. Ello se hace cada vez más manifiesto en sociedades más complejas o menos estratificadas en marcadas clases sociales donde uno no tiene que tener una fuerte identificación partidaria o simpatizar en su totalidad con un programa máximo o con una ideología política. Ello se ve claramente en la broma que el comediante Chris Rock hace cuando cuestiona una pura dualidad ideológica en su país y muestra que uno puede simpatizar con ambos en diferentes cosas. Dice al respecto lo siguiente (traduzco yo imperfectamente): “Ninguna persona normal o decente es una única cosa. Hay algunas mierdas sobre las que soy conservador y hay algunas otras sobre las que soy liberal. Crimen, soy conversador. Prostitución, soy liberal”. Y es que, Aristóteles nos enseñó que la contradicción se da al afirmar y negar algo al mismo tiempo y en el mismo sentido. Y acá no se trata de eso.

 Podemos ver, pues, cómo es que la juventud manifiesta mucho más ese “puente” (y la imagen del puente la tomo de Nietzsche) entre la tradición y el futuro incierto. Quizá la juventud pueda pensarse como ese lugar donde quizá se dé de manera más marcada el antagonismo entre la ruptura y la continuidad. Pero, como se trata de polemizar, discutir y complejizar las cosas (¡todo esto con el fin de ser fieles a la máxima hegeliana de no ser unilaterales!) me gustaría pasar a mi segundo punto.

§ 2. La juventud no debería ser el motor de la acción política.

 Vayamos al otro lado del asunto. Aristóteles, uno de los grandes pensadores sobre lo político, sostenía que la prudencia (φρόνησις) era una virtud central no solamente en los ciudadanos, sino que sobre todo era esencial en el político, en el gobernante. Dicha virtud se caracterizaba por ser una especie de “sabiduría práctica” para poder decidir y actuar. El mundo de lo político desde esta perspectiva es inestable e incierto (y si Aristóteles hubiese conocido el Perú, se hubiese convencido mucho más de esta idea). El azar y la impredictibilidad son constitutivas de lo que la fenomenología acá podría denominar “región ontológica”, es decir, del ámbito propio de lo político mismo. Por eso es que ser prudente no es algo exacto, no es una “técnica” (τέχνη), ni una “ciencia” (ἐπιστήμη). De ahí que la base fundamental de ella, según el estagirita, sea la experiencia. Esto está obviamente en consonancia con el sentido común clásico donde los mayores gobernaban por muchas cosas, pero una de ellas era ser el hecho básico mayor. Esa también es una de las razones de que el primer interlocutor de Sócrates para discutir qué es la justicia en la República de Platón sea Céfalo, un anciano.

 La gente mayor de acuerdo a esta intuición aristotélica (que tienen también raíces platónicas) es más moderada, pondera más las decisiones, es menos pasional y más racional. Tiene más que perder y piensa más las decisiones. Los griegos de esta época no conocieron a Jesús ni al cristianismo (¡por suerte!), pero lograron, creo yo,  dar en el clavo de un refrán de uso común: “Más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Vivir más le enseña a uno cosas que solamente se pueden aprender viviendo. Es esa experiencia la que valoraba el mundo griego. El joven debía empezar a participar cuando tenía la edad para ser un ciudadano de la πόλις, pero con disposición a aprender y a obedecer para poder luego saber cómo gobernar de la mejor manera. Lo esencial acá es el tiempo, la experiencia y la disposición al aprendizaje.

 Ahora bien, si hacemos el salto a nuestra época, veremos que en ésta la modernización y la industrialización (para bien o para mal) han terminado generando una producción que deviene descartable muy fácilmente. No solamente los productos que se fabrican para el mercado los que se hacen obsoletos rápidamente (y a veces adrede), sino que esta lógica también se ha proyectado a las personas (y de hecho es sintomático que pensemos sin mayor problema que el ser humano es un “recurso”) y es en este mundo moderno y empresarial donde ser mayor es un problema (para las empresas porque devienen más costosos y luego para el Estado que tiene que mantenerlos una vez jubilados).

 Cuando proyectamos la lógica empresarial hegemónica al ámbito de lo político, la juventud empieza a aparecer como algo que “en sí mismo” es valioso. Y acá lamentablemente tengo que decirles algo: ser joven no es un “plusvalor” o en clave no marxista: no es un “valor agregado”. Hay muchos candidatos al Congreso que postulan vendiendo su juventud como una mercancía, o una “excelencia” o peor: como una “virtud”. Irónicamente, varios son de nuestra casa de estudios.

 La pregunta que deberían hacerse es ¿por qué deberían de votar por un candidato al Congreso “joven”? ¿“Ser joven” es algo esencial a su candidatura? ¿Qué podría tener eso de bueno? ¿Realmente los jóvenes se sienten “más representados” por los jóvenes mismos? ¿No elegiremos inexpertos (y no lo digo en el sentido de “poco técnicos”. Me refiero a que les falta “experiencia” en sentido general)? ¿No pecarán de ingenuos? ¿No pensarán que podrán vencer al “diablo” porque ellos son “buenos”, cuando el problema es que el diablo sabe más por viejo, que por diablo? La pregunta fundamental que debemos hacernos es análoga a la pregunta socrática por la virtud: ¿Es posible enseñar a alguien saber “hacer” política o “ser” político? ¿Cómo se enseñaría tal cosa, si es que es posible?

 Para entender más en detalle esto, es decir, la relación entre el saber (la ciencia) y la acción (la política), me gustaría pasar al tercer punto y tener como hilo conductor las reflexiones de un autor que deben leer antes de morir, si es que les interesan estas cosas. Me refiero a Max Weber.

§ 3. “¿Ciencia o política?” “¡Sí, por favor!”

 Hay una conocida broma de los hermanos Marx que retoma el psicoanalista marxista Slavoj Žižek, también llamado justamente “el hermano marxista”, cuando discutió a inicios de la década pasada con Judith Butler y con Ernesto Laclau problemas teóricos contemporáneos en las reflexiones que se hacen desde la izquierda. La anécdota básicamente consiste en que se le pregunta a Groucho Marx si quiere “café o té”. Él responde “¡sí, por favor!”. Esta expresión puede entenderse como un rechazo a tener que elegir.  Žižek utiliza este rechazo para ir más allá de la oposición entre “lucha de clases” y/ o “posmodernidad”. Para el tema que nos convoca (“jóvenes”, “estudiantes” y “política”) creo que esta misma lógica puede plantearse para una tradicional tensión disyuntiva entre la ciencia y la política. La tesis que defiendo va en la línea de la de Max Weber: ambas son diferentes, pero ambas son necesarias. La política y la ciencia son diferentes, ambas responden cuestiones diferentes de manera diferentes, ambas tienen algo así como una “lógica propia” y para Weber ambas tendrán una “ética” propia. No podemos obviamente hacer una discusión exhaustiva de esto por cuestiones de tiempo, pero podemos señalar algunas tesis de Weber al respecto que considero ilustrativas.

 La política es algo así como “hacer un pacto con el diablo”. La razón va un poco en la línea de que en el político siempre estará ante la decisión de estar o no dispuesto a usar la violencia legítima (recuerden que una característica básica del Estado para Weber es el hecho de que cuenta con el monopolio de la violencia legítima). La ética propia de este quehacer se denomina “Ética de la responsabilidad” porque el político tiene que preocuparse sobre las consecuencias de sus decisiones.

 La ciencia, en cambio, puede “darse el lujo” de poder cumplir el “sermón de la montaña” (¿Alguien sabe de qué se trata el sermón de la montaña porque estamos en una universidad católica? Me interesa rescatar sobre todo el “amor a los enemigos”). Esta ética solamente puede servirle al científico (“Ética de la convicción”). La idea es que acá no es necesario negociar principios. Uno podría ser principista y moralista. El resultado paradójico (o trágico) de Weber es que podemos ser moralistas solamente en la universidad. En nuestro caso esto se manifiesta en los intelectuales que hablan de política, pero no la hacen porque piensan que es algo “sucio”. Weber diría que eso es cierto y que la ingenuidad es pensar que en algún momento no lo será. Esto no significa justificar corrupción. Significa pensar que la política puede llegar a estar en conflicto con principios éticos (el uso de la violencia es el ejemplo que mencioné).

 Ahora, no debemos pensar que estas son dos profesiones o carreras diferentes “y ya”. Weber (que asumo era algo “weberiano”) fue profesor universitario, pero también postuló al parlamento (perdió) y fue asesor en la transición dela Primera GuerraMundial haciala Repúblicade Weimar. Esto significa que la distinción es entre posibilidades que una misma persona puede tener en su propia vida.

 En todo caso, para cerrar este punto: la política no se enseña como una ciencia en la universidad porque su lógica es diferente. Estudiar ciencia política, por poner un ejemplo, pensando que esa es una manera de aprender a ser político es tan absurdo como pensar que estudiar literatura a uno lo hace literato o, si queremos ya caricaturizar en extremo, que  estudiar sociología lo haría a uno “más social” o antropología “más culto” o economía “más económico”, sea lo que eso signifique. Sin embargo, lo que sí podría ser cierto es que las ciencias nos permiten comprender mejor algunos problemas y eso es material esencial para tomar decisiones políticas, aunque los criterios para tomar éstas no sean nunca puramente científicos. La política tiene que ver con personas, nunca lo olviden, no se trata puramente de hechos, de correlaciones significativas o de cifras. Por eso no es tan fácil. Pensar en un gobierno donde la ciencia sea la que reine es la utopía positivista pensada por Comte en el siglo XIX, utopía cuya realidad más inmediata sería la tecnocracia y el rechazo a la política “tradicional”, algo muy presente en nuestra época actual. Ser outsider es una virtud y no ser político de carrera es excelente.

 ¿Cómo complementar entonces nuestra formación académica y científica con la cuestión política? Acá tienen que salir del aula. No hay manera de aprender esto bajo la lógica universitaria. Sería como pretender aprender a nadar leyendo libros o viendo videos en internet o leyendo blogs. Uno tiene que “meterse a la piscina” y poco a poco ir aprendiendo. Por eso es que es relevante la política estudiantil.

§ 4. ¿Qué hacer? (a mi modesto juicio que obviamente se somete a discusión).

 (Casi a modo de consejos para el “príncipe”)

1. Estudiar: si muchos se quejan de que la élite política no es de la mejor calidad, uno mismo si se interesa en política debe estudiar muchísimo. La política exige de todo (por lo menos, ciencias sociales, humanidades, historia, economía y gestión). Recuerden que se trata comprender que las cosas son complejas y buscar explicaciones que estén a la altura. Deben ir incluso más allá de lo que la universidad les brinda.

 Pero además, es importante esto no solamente para responder a problemas en calidad de expertos. La mira debe ser la posibilidad de una distancia crítica que nos permita también redefinir y reformular los problemas. Por oponer la figura del intelectual a la del experto, podríamos decir (siguiendo y parafraseando un conocido eslogan de campaña), que el experto “sabe cómo hacerlo” (solución), mientras que el intelectual problematiza “qué debe hacerse” (pregunta o problema). Para la izquierda (por poner otra vez un ejemplo de Žižek) esto es clave porque antes se preguntaba sobre cómo podría ser un “socialismo con rostro humano”, mientras que hoy se pregunta cómo obtener un “capitalismo con rostro humano”, una “democracia liberal consolidada”, etc.

2. Tener valores, principios o ideales, pero no ideologías ortodoxas: todos los seres humanos tienen valoraciones, sea cual sea su origen. El punto acá es que sean principios que guíen nuestras acciones políticas, pero siempre debemos estar dispuestos a someterlos a revisión, a discusión y a crítica. Esto es importante porque nos permite investigar en la ciencia de una mejor manera (además de estar dispuestos a aprender de gente que políticamente piensa diferente, lo cual ya es un golazo para una cultura democracia, si es que nos importa la democracia). Y si deciden tener una carrera académica, no subordinen nunca la ciencia a la política sin más, o peor, subordinarla a una ideología.

Ese fue el error del marxismo ortodoxo, fue en contra de la actitud crítica de Marx, generando una fidelidad religiosa a sus textos. Quizá por eso es una anécdota conocida el que Marx haya dicho en una entrevista que él no era marxista. Recuerden que en nuestro país, fue Sendero Luminoso quien generó una ideología totalmente fundamentalista y ortodoxa. Y ya vieron cómo terminó eso. Es por eso que los marxistas más interesantes y, a mi juicio, más fieles a la actitud del propio Marx son los heterodoxos. Si quieren pensar en serio, nunca lean manuales o, por lo menos, no los tomen nunca tan en serio.

3. Participar en política: cómprense pleitos. Háganse el tiempo, si les interesa la posibilidad de hacer una carrera política. Empiecen por su propio barrio y por su propia facultad. Trabajen (porque es un trabajo y encima no remunerado) en el Centro Federado, o en asamblea de delegados, o en la junta de fiscales. Si no tienen mucho tiempo no lo les interesan los cargos, sean apoyos o voluntarios, o presenten proyectos o eventos. Hagan algo. Y lo ideal es ir poco a poco, pasando de lo local a lo regional y a lo nacional. Es la mejor manera de ir aprendiendo.

4. Conclusión: estudien, tengan convicciones, pero estén dispuestos a ser críticos con ellas y participen de algo. Lo mejor que pueden hacer, creo yo, es eso. Si solamente “hacen” no tendrán mayor profundidad para tomar mejores decisiones (y peor sería caer en un mero activismo inmediatista que no ve más allá de una agenda que se le impone a uno). No basta la experiencia política. Pero si solamente “saben” tampoco podrán decidir de la mejor manera porque la política no es una clase universitaria, ni mucho menos una empresa. En todo caso, está en sus manos, si les interesa, poder contribuir al mejoramiento de la élite política y académica del país.

Muchas gracias.


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