Horkheimer y Adorno sobre la industria cultural (3)

Continuando con esta saga sobre el ensayo “La industria cultural. La Ilustración como engaño de masas” (1 y 2), podemos ver cómo es que en base a lo ya presentado y desarrollado nuestros autores afirman una tesis polémica sobre la naturaleza de la industria cultural:

La industria cultural defrauda continuamente a sus consumidores respecto de aquello que continuamente les promete (184).

Se piensa además que dicha industria es represora, pornográfica y ñoña. Dicha industria, pues, es una combinación articulada de deseos y perversiones no alcanzables nunca plenamente. La industria subsiste bajo la lógica de la oferta de deseos continua, deseos que no se pueden satisfacer plenamente bajo lo que la propia industria puede hacer. Dentro es estas transformaciones (o deformaciones), que la industria cultural hace con bastante éxito, la risa ocupa un lugar muy importante, ya que ésta última guarda una relación especial con la concepción de la felicidad que la industria cultural, en tanto diversión, busca generar. El efecto generado es denunciado por Adorno y Horkheimer:

El colectivo de los que ríen es una parodia de la verdadera humanidad (185).

Y es que, la diversión como tal, se caracteriza por ser apologética y no crítica o disidente:

Pero la afinidad originaria entre el negocio y la diversión aparece en el significado mismo de ésta última: en la apología de la sociedad. Divertirse significa estar de acuerdo (189).

Divertirse, a partir de la industria cultural, es para nuestros autores dejar de pensar. La diversión nos liberaría de la posibilidad de pensar críticamente acerca de la realidad en la que nos encontramos inmersos. Podríamos parafrasear, una vez más, la conocida frase de la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel de Marx y decir que la diversión de la industria cultural es “la queja de la criatura en pena, el sentimiento de un mundo sin corazón y el espíritu de un estado de cosas embrutecido. Es el opio del pueblo” (tomado de aquí, las cursivas son mías).

La diversión que busca generar la industria cultural va de la mano, además, de la proyección de fantasías, ideales y creencias en los consumidores. La idea del éxito como algo que depende de probabilidades, de factores diversos y que no a todos “les puede tocar”, pero a algunos sí: ¡Esa es la ideología para Adorno y Horkheimer!. Se trata de “suerte”, de “talento”, de “azar”. Se redefinen los vínculos entre la virtud y la fortuna.

Sólo a una le puede tocar la suerte, sólo uno es famoso, y, pese a que todos tienen matemáticamente la misma probabilidad, ésta es para cada uno tan mínima que hará bien en cancelarla enseguida y alegrarse en la suerte del otro, que bien podría ser él mismo y, que, con todo, nunca lo es (190).

La irrelevancia del sí mismo o la reemplazabilidad de cada ser humano es la conclusión necesaria de la racionalidad instrumental de la industria cultural, la cual reifica a los seres humanos. Ees interesante notar, quizá, una afinidad con la noción de Das Man que Heidegger desarrolla en Ser y Tiempo. El quién de la cotidianidad del Dasein. Adorno y Horkheimer precisarían, más allá de que no estén de acuerdo con el proyecto de la ontología fundamental de Heidegger (Cfr., Adorno, Jerga de la autenticidad) que se trata de la cotidianidad de la vida moderna, precisión que hacen algunos (como Safranski en su excelente biografía sobre Heidegger). En todo caso, Adorno y Horkheimer piensan en relación a lo anterior lo siguiente:

Según qué aspecto es determinante en cada caso, en la ideología se subraya la planificación o el azar, la técnica y la vida, la civilización o la naturaleza. En cuanto empleados, se les llama la atención sobre la organización racional y se les exhorta a incorporarse a ella con sano sentido común. Como clientes, en cambio, se les presenta a través de episodios humanos privados, en la pantalla o en la prensa, la libertad de elección y la atracción de lo que no ha sido aún clasificado. En cualquiera de los casos, ellos no dejan de ser objetos (191).

Esta objetivación va de la mano con la manipulación ideológica de la industria cultural que tiene por propósito, utilizando la expresión de título del ensayo, uno de los principales engaños de las masas:

Los trabajadores, que son los que realmente alimentan a los demás, aparecen en la ilusión ideológica como alimentados por los dirigentes de la economía, que son, en verdad, los alimentados (195).

Por eso es que la infelicidad, la miseria y la explotación se ve legitimada vía discursos ideológicos que aceptan dicha condición como inherente a la vida misma.

Así es la vida, tan dura, pero por ello mismo también tan maravillosa, tan sana (196).

Ello le recuerda a uno respuestas análogas de los cristianos, cuando siendo interpelados sobre el sufrimiento o las dificultades hablan de “pruebas” o del “sentido” de la libertad.

La mentira no retrocede ante la tragedia. Así como la sociedad total no elimina el sufrimiento de sus miembros, sino que más bien lo registra y planifica, de igual forma procede la cultura de masas con la tragedia (196).

Esta condición trágica se manifestó antes como la oposición irresoluble entre el individuo y la sociedad. Adorno y Horkheimer piensan que en su época se ha resuelto dicho oposición falsamente y dicha integración entre el individuo y la sociedad tiene como resultado al fascismo.

Pero el milagro de la integración, el permanente acto de gracia de los que detentan el poder de acoger al que no opone resistencia y se traga su propia insubordinación, significa el fascismo (199).

Por eso es que nuestros autores pueden más abajo continuar diciendo lo siguiente:

En la industria cultural el individuo es ilusorio no sólo debido a la estandarización de sus modos de producción. El individuo es tolerado sólo en cuanto su identidad incondicionada con lo universal se halla fuera de toda duda (199).

Esta preeminencia o hegemonía de la universalidad de lo social también me hace pensar en la manera como Kierkegaard pensaba el momento ético, momento donde lo particular se subsume a lo universal. La  pretensión es anular el sí mismo, la individualidad o particularidad y ser fiel a la universalidad. Dicha universalidad se presenta como tal, pero es en realidad una particularidad sublimada o llevada a ocupar el lugar universal, es decir, deviene hegemónica (Cfr., Laclau). Su origen es particular porque corresponde a la clase dominante. Y la manera para canalizar dicha ideología es la industria cultural.


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