Horkheimer y Adorno sobre la industria cultural (2)

por Erich Luna

“La publicidad se convierte en el arte por excelencia, con el cual Goebbels, lleno de olfato, la había ya identificado: el arte por el arte, publicidad por sí misma, pura exposición del poder social” (208).

Retomando y continuando lo presentado en la entrada anterior, trataré de seguir esbozando algunas de las principales ideas sobre la concepción de la industria cultural que Horkheimer y Adorno desarrollan en Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos.

La industria cultural, que tiene como fundamento a la racionalidad instrumental ilustrada moderna y a los intereses del gran capital, es para nuestros autores un efecto esencial y propio del liberalismo.

No en vano se originó el sistema de la industria cultural en los países industrializados más liberales, lo mismo que ha sido en ellos donde han triunfado todos sus medios característicos, el cine, la radio, el jazz y las revistas ilustradas. Su desarrollo, es verdad, ha brotado de las leyes generales del capital (176-177).

De ahí que los obreros, empleados, agricultores y pequeños burgueses sean captados por la industria y sean sometidos a lo que ésta les ofrece. El “mito del éxito” es un claro ejemplo de ello. Asimismo, y como ya vimos en el post anterior, la novedad y lo diferente es excluido para mantener lo “mismo” y lo “seguro”.

Los cineastas miran con desconfianza todo manuscrito tras el cual no se esconda ya un tranquilizador éxito en ventas (179).

Creo que a pesar de sus obvias diferencias, Horkheimer y Adorno comparten con Althusser la tesis de que lo que se busca es reproducir y repetir las maneras para producir. Tal es uno de los papeles de la industria cultural y de los aparatos ideológicos de Estado respectivamente. En el caso de nuestros autores esto se ve, creo, en dos aspectos.

El primero tiene que ver con mejorar el aspecto técnico y no el “contenido”.

Pero lo nuevo está en que los elementos irreconciliables de la cultura, arte y diversión, son reducidos, mediante su subordinación al fin, a un único falso denominador: a la totalidad de la industria cultural. Ésta consiste en repetición. El hecho de que sus innovaciones características se reduzcan siempre y únicamente a mejoramientos de la reproducción en masa no es algo ajeno al sistema. Con razón el interés de innumerables consumidores se aferra a la técnica, no a los contenidos estereotipadamente repetidos, vaciados de significado y ya prácticamente abandonados. El poder social que los espectadores veneran se expresa más eficazmente en la omnipresencia del estereotipo impuesta por la técnica que en las añejas ideologías, a las que deben representar los efímeros contenidos (180.-181).

Me parece que aquí el análisis de McLuhan es más profundo, ya que Adorno y Horkheimer consideran como no tan “novedoso” el cambio técnico. Para ellos el “mensaje” debe cambiar, pues es lo más importante. Ejemplo banal (creo que se me está haciendo una costumbre): la saga de juegos de Mario Bros. La historia, en lo esencial es lo mismo… plomero que rescata princesa. Y esto viene haciéndose hace un cuarto de siglo. Para Adorno y Horkheimer es “lo mismo” (no sé si Bogost estaría de acuerdo, pero podríamos pensar en su categoría “Familiar-Unfamiliar”), independientemente de los cambios de consolas. McLuhan pensaría lo contrario: lo menos importante es la “historia”, sino las extensiones que tenemos para experimentar. Las consolas de videojuegos modifican eso de manera importante. De ahí que no sea lo mismo jugar Super Mario Galaxy 2, que Super Mario Bros, aunque a nuestros autores sí les parecería “lo mismo”: un espíritu homogeneizador y uniformizante que busca repetir y no “revolucionar”. No creo que estos sean los “mejores” ejemplos, pero creo que pueden hacer asequible el espíritu de nuestros para percibir a la industria cultural y alguna de sus diferencias con las de Marshall McLuhan.

El segundo aspecto de la “reproducción” tiene que ver con la idea de que la industria cultural es una industria de la diversión, que es además un negocio.

La diversión es la prolongación del trabajo bajo el capitalismo tardío. Es buscada por quien quiere sustraerse al proceso de trabajo mecanizado para poder estar de nuevo a su altura, en condiciones de afrontarlo. Pero, al mismo tiempo, la mecanización ha adquirido tal poder sobre el hombre que disfruta del tiempo libre y sobre sobre su felicidad, determina tan íntegramente la fabricación de los productos para la diversión, que ese sujeto ya no puede experimentar otra cosa que las copias o reproducciones del mismo proceso de trabajo (181).

Las clases dominadas necesitan poder divertirse para poder trabajar y la industria cultural provee de estos recursos. Adorno y Horkheimer piensan que debe ser algo “digerible” o “fácil de asimilar” lo que vaya a consumir el trabajador en sus ratos de ocio.

El espectador no debe necesitar de ningún pensamiento propio: el producto prescribe toda reacción, no en virtud de su contexto objetivo (que se desmorona en cuanto implica al pensamiento), sino a través de señales. Toda conexión lógica que requiera esfuerzo intelectual es cuidadosamente evitada (181-182).

Asimismo, dichos bienes nos enseñan a aceptar y promover la sociedad para la que trabajaríamos. El ejemplo de los dibujos animados es sintomático de ello:

Donald Duck – The Riveter (1940) (subido por pearlarvind)

Si los dibujos animados tienen otro efecto, además del de acostumbrar los sentidos al nuevo ritmo de trabajo y de la vida, es el de martillear en todos los cerebros la vieja sabiduría de que el continuo maltratao, el quebrantamiento de toda resistencia individual, es la condición de vida en esta sociedad. El Pato Donald en los dibujos animados, como los desdichados en la realidad, reciben sus golpes para que los espectadores aprendan a habituarse a los suyos (183).

Es por el uso de la industria cultural, y de la técnica en general (quizá diríamos fuerzas productivas), como instrumento al servicio de la clase dominante por lo cual Adorno y Horkheimer se muestran escépticos y pesimistas frente a un posible potencial revolucionario o emancipador. Ven en esta industria al complemento ideológico perfecto para promover y legitimar la dominación y control instrumental.

La idea de “agotar” las posibilidades técnicas dadas, de utilizar plenamente las capacidades existentes para el consumo estético de masas, forma parte del mismo sistema económico que rechaza la utilización de esas capacidades cuando se trata de eliminar el hambre (184).

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