Nohlen sobre el diseño y la evaluación de los sistemas electorales (1)

por Erich Luna

Hay dos necesidades fundamentales  para la política y la ciencia política en este campo. La primera es una necesidad social-tecnológica. Lo que se busca es aplicar el conocimiento de los sistemas electorales para diseñar instituciones que cumplan con los objetivos del buen gobierno. La segunda necesidad es una necesidad de tipo evaluativa. Dicha necesidad tiene que ver con la posibilidad de medir las capacidades y funcionalidad de los sistemas y diseños institucionales.

En la década de 1990 se democratizaron países y se necesitaban nuevos que pudieran adecuarse a estas realidades, en lo que respecta a cuestiones tan básicas como representación y gobernabilidad. Estas circunstancias evidencian la importancia del contexto, así como la comparación, para poder realizar diseños exitosos.

Ahora bien, un primer elemento de esta compleja relación es la que concierne al vínculo que poseen las instituciones y la cultura política. Recordemos que el institucionalismo da muchísimo más peso a las instituciones y buenos diseños por sobre lo demás. En este extremo podríamos pensar en quienes defienden diseños como “mejores” de manera a priori. La defensa del parlamentarismo como mejor forma de gobierno para América Latina sería un ejemplo de este institucionalismo, tal y como la defendieron en su momento autores como Linz. La otra posición extrema sería la que abogue por un fuerte path dependence, donde los valores y la cultura están tan íntimamente arraigadas que es muy difícil lograr cambos profundos y efectivos. Nohlen pone a Putnam como un representante de esta tendencia.

Nohlen quiere resaltar dentro de esta polémica al enfoque histórico-empírico, enfoque que sí considera que las instituciones cuentan, pero que su desempeño e importancia “dependen de la contingencia política: estructuras sociales, memoria histórica, cultura política, retos políticos, etc.”[1]. Dento de estos múltiples aspectos y variables hay algunas relaciones que son centrales como, por ejemplo, la relación entre el Estado y la sociedad, la centralidad del sistema representativo, el sistema de partidos y los modos de interacción y comportamiento de los actores políticos, es decir, la cultura política. Sobre este último punto, Nohlen sí considera que la cultura política tiene una mayor incidencia en las instituciones[2].

De ahí que Nohlen concluya lo siguiente: “el politólogo/ politóloga que se dedica al diseño institucional debe saber que las instituciones cuentan, pero que su peso es relativo. Por lo demás hay factores políticos que determinan su estructura en la práctica. Y estos mismos factores influyen mucho en los efectos de las instituciones. El estudio de las instituciones y la alternativa entre opciones institucionales debe tomar en cuenta los contextos sociopolíticos. Del contexto depende la importancia que puedan alcanzar las instituciones”[3].

Hemos visto ya cuál es la posición de Nohlen en lo relativo a la relación cultura política-instituciones políticas. Ahora bien, en lo que respecta al sistema de partidos, Nohlen resalta una diferencia fundamental frente a las demás instituciones: el sistema de partidos responde a variables sociales, históricas y estructurales, además de las institucionales, y no al mero acuerdo de los legisladores. En pocas palabras, mientras que por decisión, uno podría cambiar la forma de gobierno, es imposible “decretar” que un sistema de partidos sea de tal o cual manera. Pero, al mismo tiempo que el sistema de partidos es una variable dependiente por los factores anteriormente mencionados, es una variable independiente ya que tiene mucho que ver en las posibilidades, opciones, efectos y comportamientos que puedan surgir en lo concerniente al diseño, aplicación y desempeño de las instituciones políticas.

Una vez dichas estas cosas, debemos pasar al problema de los diseños. En este campo, debemos situarnos en el nivel operativo. Y antes de decir algo acerca de ello, es necesario explicitar una tesis fundamental: “la política es mucho más compleja que como suele ser tratada en la ciencia política”[4]. La ciencia política, como toda ciencia o disciplina, estudia un “aspecto” o “porción” de la realidad. Por ejemplo, uno puede estudiar la relación entre el sistema electoral y el sistema de partidos, prestando atención a determinados aspectos. Otro elemento fundamental que no debe dejarse de lado es que la ciencia política tiene como premisa a la premisa ceteris paribus. Dicha premisa reduce la complejidad de la realidad ya que se asumen como constantes ciertas variables, con el fin de estudiar las que nos interese demostrar que tienen tal o cual efecto. Por eso es que la política es más compleja que la ciencia política, en tanto quehacer científico.

Es en el nivel operativo donde constamos que nunca se eligen diseños institucionales porque sean los “mejores” (best system approach). Lo que se dan son acuerdos y negociaciones entre las fuerzas políticas. Ello debe hacernos pensar en que las soluciones institucionales tienden hacer, por estas razones, combinadas. De esta manera, el debate por tipos institucionales “puros” deviene etéreo para el consulting político, ya que en este nivel las particularidades y complejidades específicas son determinantes. No hay pues, ningún tipo de deducción a priori sobre qué tipo de diseño debe ser el que una sociedad determinada debe tener.

Es por esta complejidad que el margen de opciones trasciende los clásicos dualismos de los tipos puros. No se trata simplemente de elegir “o lo uno, o lo otro”. La realidad es suficientemente compleja como para posibilita diseños combinados y complejos. Sin embargo, su complejidad tiene límites y ello implica el que no podamos tomar “cualquier decisión”, si es que queremos tener diseños que respondan a determinados criterios. En pocas palabras, Nohlen considera que tenemos varias opciones, aunque no tengamos una infinidad de ellas. Esta es una crítica, tanto a la posición de Sartori (“no hay alternativas”), como a la posición de autores como Linz, que creen que uno puede tomar decisiones que vayan en contra de la tradición y de la cultura política (“el parlamentarismo es superior al presidencialismo siempre, no importa dónde, ni cuándo”). Si bien podemos tener varias alternativas, no debemos dejar de mantener una mirada que sea realista y que busque medidas viables.

Por ello, y regresando a las cuestión de los enfoques de investigación y aproximación a los estudios comparados de la ciencia política, Nohlen reitera los principios esenciales que articulan y fundamentan el enfoque histórico empírico. El primero de ellos es que no hay ningún sistema ideal. Aquí Nohlen sigue a Sartori: el mejor sistema es el que mejor se adapta. El segundo principio afirma que las soluciones institucionales no pueden ser “generales”. Todo diseño debe ser pensado para una complejidad y contexto determinado. Finalmente, el tercer principio afirma que las soluciones son el resultado de procesos de negociación y toma de decisiones por parte de los actores políticos. Esto es extremadamente importante porque constituye un llamado de atención a reconocer que las decisiones son el fruto de las negociaciones de diversos actores, donde se evidencian múltiples intereses en conflicto. Esta es la razón por la cual es que Nohlen puede afirmar que, incluso si existiera una “solución general” (posibilidad que ya fue descartada por el segundo principio), esta solución no podría aplicarse “sin más” porque quienes toman las decisiones tienen intereses específicos.

Reconocer lo particular de cada contexto es, pues, el imperativo metodológico y epistemológico del diseño institucional exitoso. Por eso es que Nohlen nos invita a hacernos las siguientes preguntas, cuando de problemas de diseño se trata: “¿Cuál es el problema? ¿Qué soluciones alternativas hay? ¿Cuáles serían adecuadas en el caso concreto? ¿Qué factores condicionan qué variables? ¿Qué recursos propios existen en el país? ¿Qué solución es viable, políticamente realizable?”[5]. El institucionalismo contextualizado de Nohlen busca pues, rescatar la importancia del contexto, siendo fiel a un enfoque sistémico.

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[1] Nohlen, Dieter, Sistemas electorales y partidos políticos, México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2004, pág. 138.

[2] Ibid., pp. 138-139.

[3] Ibid., pág. 139.

[4] Ibid., pág. 141.

[5] Ibid., pág. 146.

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