El fin de la filosofía (4)

por Erich Luna

Continuando con lo desarrollado en los posts anteriores, quería complementar los comentarios y reflexiones que surgieron a partir de los posts de Harman y Bryant con un post de Alejandro León, persona por la que siento bastante estima y que fue, además, jefe de práctica mío hace ya unos años. Luego pude trabajar con él, cuando fuimos jefes de práctica del curso Temas de filosofía moderna con Victor. Fue una muy grata experiencia y ya desde esos años Alejandro buscaba plantear formas de generar un verdadero intercambio entre los alumnos y el profesor.

Concuerdo con Alejandro en que la formación en filosofía no suele fomentar o generar lo que el denomina como “espacios de intercambio”. Es cierto que los espacios generalmente eran eventuales conferencias, el simposio de estudiantes de filosofía, seminarios cortos, etc. Estoy de acuerdo con que la discusión y diálogo efectivo con propósitos creativos es muy difícil en esos espacios ya que prima una atomización de los intereses.

en el caso de los eventos más académicos (congresos, etc.) lo que generalmente ocurría, debido a la misma forma estructural de estos eventos, es que alguien hablaba sobre un tema, desde su perspectiva muy técnica, especializada y privada, y los demás, ocupando el rol de público pasivo y receptor, nos limitábamos a escuchar, muchas veces sin comprender, pero asintiendo en silencio con la cabeza, y con un gesto serio y profundo en el rostro. Y al final, infaltable, el simulacro de las preguntas para, auto-engañados, irnos tranquilos pensando que algo sucedió, y que fuimos partícipes. Sin embargo, en sentido estricto, no había habido comunicación, ni diálogo ni intercambio, solo el show de mónadas sin ventanas danzando en el auditorio y cegando a los demás con su brillo.

Creo que la descripción coincide con lo que venido diciendo en relación a la crítica de una especialización que deviene solipsista frente a audiencias no especializadas. León también siente que muchas veces el especialista deviene mero comentarista de un gran filósofo. Las expresiones que usa son las de “funcionario” o “monaguillo”. Yo he pensado más bien en las imágenes de un “sumo teólogo” o “sacerdote”, como si se tratase de una religión en la que uno creyese de manera ortodoxa, así como en la imagen del “curador” de un museo del cual nunca sale. Todo depende del grado de convicción y creencia que uno tenga sobre el pensador en el cual se ha especializado.

Una de las principales razones es que los estudiantes -y acá me refiero a los de filosofía, que es a quienes conozco directamente- se convierten en funcionarios o monaguillos de los grandes nombres de la historia de la filosofía. De ahí que cada intervención o debate se terminara convirtiendo en un esforzado intento por mostrar de la mejor manera posible las virtudes de aquel filósofo a quien, sin que él lo haya solicitado, se intentaba defender o justificar.

Sobre las experiencias de escape, creo que yo también pensaría en el grupo de lectura de mantengo sobre El ser y el acontecimiento de Alain Badio que mantengo hace ya casi un año. Antes siempre había habido algún intercambio con mis compañeros de promoción. Sin embargo, nunca tuvimos una continuidad en prácticas extra-académicas que buscarán tener como resultado la creación y lo que León llama “aprendizaje colectivo”, expresión que, asumo, implica mucho más (en sentido cualitativo) que estudiar en grupo para exámenes parciales y finales. Asimismo, comprendo esa situación de “extrañamiento” o “libertad” de la que habla Alejandro, pero enfocada a mi propia experiencia: leer textos filosóficos con no filósofos es también algo muy enriquecedor.

Ahora bien, con lo que sí discreparía es con que la especialidad de filosofía “debería” ser la que más fomente el trabajo colectivo. Yo creo, más bien, que su carácter solitario es fruto de una tradición que hoy es puesta en cuestión. Me parece que es hoy donde se evidencia que no basta un filósofo-maestro en retiro y soledad. Creo que el incentivo por la creación colectiva en la figura de “movimientos filosóficos” que no sean “puramente” filosóficos es algo que recién está empezando a expresarse de manera mucho más clara. No se trata de una suma de individuos con intereses comunes, como si fuesen “gustos de consumo” (algo que mencioné en los comentarios de uno de los posts anteriores). Se trata de algo que León expresa como el “ocaso del yo”.

Concuerdo con que las coordenadas del grupo de lectura siguen siendo académicas: la primacía del Libro y de la interpretación. Sin embargo, creo que dentro de esa “ortodoxia”, el margen de posibilidades es más amplio. No quiere que se piense con esto que avalo este factum del todo. Pienso que debemos buscar mejorar o posibilitar más cosas, pero sí hay cierta posibilidad en ese tipo de espacios y creo que también en plataformas electrónicas como esta.

Como comentario final, la experiencia de TANQ suena muy interesante y sí considero que nuevas herramientas para el trabajo colectiva, como los nuevos medios, pueden posibilitar y generar una mayor creación colectiva. Espero que ese producto final se pueda poner a disposición o que Alejandro comente más sobre lo conseguido por él y el equipo con el que trabajó.

Ahora bien, además de lo dicho por Alejandro, me interesa también comentar la discusión de algunos amigos que comentaron en su post.

En primer lugar, creo que Raúl y yo estamos en la misma línea cuando considera que es necesario formarse en lo “convencional”. Mi manera de entenderlo ya la he expresado varias veces: uno necesita tener un conocimiento serio y riguroso de la historia de la filosofía, así como el quehacer académico. Es una condición necesaria, pero no suficiente. Hablar con fundamento exige un conocimiento de aquello que se habla y crítica (la máxima fenomenológica por excelencia). Sobre la relación de maestro- discípulo-parricidio, el Zaratustra de Nietzsche es bastante claro: “peligroso es ser heredero”.

En verdad, éste es mi consejo: ¡Alejaos de mí y guardaos de Zaratustra! Y aun mejor: ¡avergonzaos de él! Tal vez os ha engañado.

El hombre del conocimiento no sólo tiene que poder amar a sus enemigos, tiene también que poder odiar a sus amigos.

Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo. ¿Y por qué no vais a deshojar vosotros mi corona?

Vosotros me veneraís: pero ¿Qué ocurrirá si un día vuestra veneración se derrumba? ¡Cuidad de que no os aplaste una estatua!

¿Decís que creeís en Zaratustra? ¡Mas qué importa a Zaratustra! Vosotros sois mis creyentes, ¡mas qué importan todos los creyentes! (126)

La referencia de Nietzsche empalma justo con lo que luego complementa Danilo, con quien concuerdo en varios puntos y creo que eso puede verse expresado en mis posts anteriores. Hemos conversado ya varias cosas y creo que tenemos varias cosas en común o que, quizá, apuntamos en una misma dirección. La complejidad del los problemas (del mundo) exige quizá cuestiones que trascienden la especialización solipsista.

Finalmente sobre las críticas al paradigma hegeliano y heideggeriano, creo que concuerdo plenamente con la crítica al segundo. Sobre la visión de Hegel, creo que podemos rescatar el imperativo hegeliano de pensar que la filosofía es “su época captada en pensamiento”, entendiendo que esto no ocurrirá al atardecer. Asimismo, es necesario reconocer que la comprensión o captación de la “época” demanda un trabajo riguroso, transdiciplinario y colectivo. Como bien dice Danilo, todo esto es un verdadero reto.

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