El fin de la filosofía (2)

por Erich Luna

Siguiendo con lo iniciado en el post anterior, quiero continuar ahora con el siguiente post de Bryant que responde a un comentario de Peter Gratton.

El comentario de Gratton tiene que ver con como filósofos especialistas en determinados autores tienden a buscar que ciertas lecturas suyas, originales, devengan como algo necesariamente “inmanente” al texto. Lo que me gustó del comentario de Gratton es que invierte el problema del especialista y de sus lecturas. Me explico: normalmente cuando uno tiene alguna lectura creativa u original que rompe con el canon establecido, el status quo de especialistas tendrá muy buenas razones para sostener que dicha lectora no se puede derivar legítimamente de lo que dice el autor y que en realidad no es fiel a lo que los textos nos dicen.

Sin embargo, lo que sostiene Gratton (y con lo que estoy de acuerdo) es lo siguiente:

At some point, to simplify, you’re not doing commentary and if someone says, I don’t agree that X figure can be read that way, don’t take it as an insult—think of it as your original contribution. To take an example I’ve used here, I’ve talked about Derrida as someone who perhaps isn’t anathema to realism as some would think. But at a certain point, do I need to read it through him? In other words, we often read arguments from authority in our circles, which is a disservice to the philosophical, essayistic work of these philosophers (las cursivas son mías).

Bryant parte de este comentario para contar su experiencia de estudiante. de posgrado Lo que el sentía era que la escritar que busque ser original o creativa no era para nada incentivada. Todo lo contrario: se exigía fundamentalmente una lectura detenida y exegética de los textos.

To be sure, there was no prohibition against creative readings of philosophical texts, but nonetheless there was an expectation that all writing should be on or about philosophical texts. The idea of doing something like Kripke’s Naming and Necessity was unthinkable within this context because the unspoken premise was that all philosophical work had to be parasitic on some other philosophical text.

Creo que ese es el extremo que habría que denunciar. No se trata de no tener un manejo serio y riguroso de la tradición filosófica de la cual uno se reclama heredero, o por la cual uno siente interés. El problema es reducir el quehacer filosófico a un mero comentario “parasitario” siempre de un gran texto filosófico. A mi juicio, la filosofía deviene un “jueguito” académico donde nos sentamos a escribir sobre grandes textos con muchas citas y lecturas de especialistas sobre cuál sería la mejor lectura posible de un texto. Sin embargo, creo que se decapita lo importante. Me gusta pensar en esa actividad como algo diferente a la filosofía, aunque no sea menos importante. Creo que ese paradigma de comentarista, si bien a uno lo hace comprender muy bien varios aspectos de la historia de la filosofía, creo que tiene como ideal a personajes como Hermann Bonitz o Hermann Diels. En pocas palabras, no creo que ser un scholar es algo equiparable, sin más, a ser un filósofo.

El problema de fondo tiene que ver con como es que mucho de la filosofía continental está bastante arraigado con el argumento de autoridad. Bryant dice lo siguiente:

A good friend of mine drives me crazy in this regard. He begins with a terrific idea of his own but is always convinced that he is not authorized to articulate this idea himself. He then throws himself into intense research, scouring numerous philosophical texts and articles, looking for masters who have articulated this idea. And, of course, since no idea is ever entirely unprecedented, he finds all sorts of instances in the cannon where others have said something similar to what he wishes to claim (here I’m reminded of Lacan’s discussion of the analysand that was convinced he was a plagiarist, despite the originality of his ideas). And here the tragedy comes in. Believing that his idea has already been articulated by one of the masters, he loses all will to write for there’s no longer any point in putting pen to paper.

Me interesa mucho este diagnóstico porque creo que puede limitar mucho el potencial intelectual. No tiene sentido que la meta sea saber qué dijo otro autor y si tengo ideas creativas, entonces busco a como de lugar que dicho autor haya dicho algo parecido, cosa que me siento “respaldado” o “legitimado”. Incluso, el problema se radicaliza porque si siempre encontraremos argumentos o ideas “parecidas” en los grandes pensadores de la historia de la filosofía, entonces uno termina inhibiéndose a escribir. He conocido en nuestro medio a muchos estudiantes así: leen todo el día, saben muchos datos, muchas anécdotas, muchas traducciones, ediciones, especialistas, fechas, cartas, pero nunca escriben ni piensan por sí mismos. El especialista puede derivar en una especie de “curador” del santo museo del filósofo de su devoción, administrando sus textos y comentarios, con el fin de organizar tours semestrales por dicho mundo.

Los ejemplos de la tradición francesa son realmente importantes:

Perhaps it’s because my philosophical background primarily comes out of French philosophy– Thinkers such as Deleuze, Derrida, Lacan, Badiou, etc. –but I’ve always found this dependence on authority in Continental thought rather peculiar, if not an outright contradiction. Let’s situate this in terms of Deleuze, Derrida, and Lacan in particular. In one form or another, all of these thinkers are “anti-Oedipal”. Lacan, for example, perpetually shows the split in the master-signifier, or the manner in which it is a sham. For Lacan, a big part of traversing the fantasy consists in the discovery that the Other itself is barred or split, that the Other does not exist, that it is a sort of transcendental illusion. And this is Lacan’s way of thumbing his nose at the Oedipus. Something similar takes place in Deleuze and Derrida, and when Badiou argues that the One is not he is making a similar claim. All of these thinkers vigorously submit the transcendent One to critique in their own way.

La paradoja es que todos estos autores terminan ocupando el lugar que nunca quisieron por sus discípulos y especialistas:

Given this, isn’t there something deeply peculiar in an academic practice that constantly repeats these arguments while situating these thinkers in the position of the One or in the position of authority? What could be more Oedipal than this gesture or way of doing philosophy? What could be more Oedipal than believing that one must refer to a master in order to feel authorized to speak? So I suppose the question is why don’t we feel authorized to speak? Why is it that we feel compelled, as in the case of Gratton’s colleague, to speak through Kristeva, to mine Kristeva’s texts so as to make them say what we want to say, rather than simply approaching Kristeva as an interlocutor and integrating elements of that position where appropriate as Aristotle did with other philosophers, while also feeling free to state our own positions and arguments?

La pregunta es pues, si es que algo ha cambiado o si es que siempre fue así:

Has something shifted in our contemporary moment such that we feel we are no longer authorized to speak? I think such a thesis would be far too generalizing for certainly figures like Badiou have no difficulty adopting their own positions, and this does not seem to be a compelling problem within Anglo-American philosophy. Rather, it strikes me as a deeply entrenched effect of certain institutional structures and programs, of how we are trained, rather than the result of some grand mutation in the symbolic order. How did we arrive at this new scholasticism?

Neo-escolasticismo, ese sería nuestro problema. El tremendo peso a la autoridad mutila la posibilidad de pensar. No quiero que se piense que creo ingénuamente que todos podemos pensar como los grandes pensadores. Dicha visión ingénua y democrático, al modo de un “sí-se-puede” de auto-ayuda filosófica no tendría sentido. Pero sí creo que quizá dicho paradigma se hace cada vez más difícil de sostener por el tremendo grado de desarrollo, especialización y complejización de las disciplinas. Quizá estamos ante el final del paradigma del “gran pensador solitario” (idea que comparto con vario). Quizá el apego a la autoridad entre los especialistas de tradición continental es una manera de replegarse a una época que parece estar terminándose. Hemos tenido 25 siglos de filósofos solitarios, de maestros y discípulos, de profesores y alumnos. Quizá la excepción de trabajos en conjunto (presentes sobre todo en la tradición marxista, como Marx y Engels o Adorno y Horkheimer) sea una puerta que cada vez se hace más imperativa.

¿Está listo el filósofo para trabajar con otros no-filósofos? ¿Para aprender de ellos y pensar algo mayor? ¿Está listo para remediar el impasse de la atomización de especialistas que no pueden hablar con nadie más que con los que siguen su credo? ¿Está listo el filósofo para poder captar su época, una época compleja con cambios veloces, en concepto?

Estamos pues, ante la necesidad de una decisión importante. Sin tener muy claro cuál será esa vía, lo cierto es que dicho camino no parece ser un “camino de bosque” que nos lleve a una cabaña en Todtnauberg para pensar ahí el destino de Occidente.

(Volver a Filosofía, academia y nuevas tecnologías)

Anuncios