Pluralidad, utilidad y eficiencia (5): Introducción a Instituciones políticas de Josep M. Colomer

3. Qué se vota (continuación).

Ahora bien, sobre el gobierno dividido, debemos entender básicamente que se trata de un gobierno donde “varios partidos políticos tienen poder en instituciones relevantes” (197). Los tres esquemas institucionales respectivos son los siguientes:

  1. “Ningún partido tiene mayoría en la Asamblea y se forma un Gabinete de coalición multipartidista, como suele suceder en los regímenes parlamentarios basados en la representación proporcional.
  2. El partido del presidente no tienen mayoría en la Asamblea, en los regímenes presidenciales y semipresidenciales, como tiende a ocurrir en elecciones no concurrentes.
  3. El partido de Gobierno central no controla la mayor parte de los gobierno regionales o locales” (197).

Recordemos además que Colomer se referirá

“a los gabinetes de coalición multipartidista y a la división entre el presidente y la Asamblea como casos de gobierno dividido ‘horizontalmente’, mientras que la descentralización política será llamada gobierno dividido ‘verticalmente’. Estos dos tipos de gobierno dividido serán analizados por separado en secciones ulteriores, aunque una comparación final nos permitirá señalar que existe una relación positiva entre la estabilidad de los esquemas institucionales de división de poderes en sentido horizontal y vertical” (197).

El primer caso que debemos abordar aquí es el del voto dividido. Dicho voto se caracteriza por tener elecciones no concurrentes o simultáneas. Colomer ve esto con buenos ojos:

“Cuando las elecciones a la Presidencia son no concurrentes con las de la Asamblea, o las elecciones centrales no concurren con las elecciones regionales o locales, los partidos de la oposición al ejecutivo central tienen más oportunidades de promover temas de campañas diferentes de los promovidos por el presidente o el Gobierno central en ejercicio en ejercicio de la elección anterior. Las elecciones no concurrentes permiten que los partidos políticos amplíen la agenda electoral y que los ciudadanos revelen un número relativamente alto de sus preferencias sinceras en diferentes temas” (198).

Esto puede favorecer, tanto el voto dividido sincero, como el voto dividido estratégico. El primer caso se puede dar porque se favorece e incentiva a que los votantes manifiesten sus sinceras preferencias, dado que las elecciones no concurrentes favorecen mayor pluralidad en temas y propuestas. Pero también se favorece el voto estratégico porque los votantes más centristas pueden dividir sus votos entre los más radicales, con el fin de tener contrapesos en el gobierno.

Dicha convicción, la de votar dividida y estratégicamente, posee una ventaja en las elecciones no concurrentes. La ventaja en cuestión se refiere a la posibilidad de superar la asimetría de información e incertidumbre, factores que están mucho más presentes en elecciones concurrentes. Colomer sintetiza el punto de la siguiente manera:

“Habitualmente, las elecciones democráticas comportan cierto grado de incertidumbre con respecto al ganador y no dan al electorado una información perfecta por anticipado. La cuestión es que este problema sólo existe en las elecciones concurrentes. En las elecciones no concurrentes, en cambio, los votantes interesados en un gobierno dividido no necesitan saber nada acerca de las expectativas de los candidatos ni hacer cálculos sofisticados. En las elecciones a la Asamblea o a los gobiernos regionales o locales pueden apoyar sin dudas a un gobierno dividido simplemente votando en contra del partido del presidente o del Gobierno central existentes, respectivamente” (202).

Como evidencia empírica (para las elecciones horizontales) tenemos que, en promedio, se ha producido gobierno dividido en un 53% de elecciones no concurrentes, teniendo como casos a Costa Rica, Perú, Uruguay, Venezuela y Brasil (1945-1950). Sin embargo, en el caso de las elecciones no concurrentes la cifra promedio para la formación de gobiernos divididos es de más de 90%, teniendo como casos a Ecuador, Brasil desde 1954 y Chile (1946-1970).

En el caso de las elecciones verticales, los resultados son igualmente significativos. Si las elecciones son concurrentes, tenemos que en promedio más de dos tercios de los gobiernos regionales son controladas por el partido de gobierno. En cambio, si las elecciones son no concurrentes, por lo menos la mitad de los gobiernos regionales pasa a estar en manos de un partido distinto al partido de gobierno.

Ahora bien, si a esto añadimos lo relativo al principio de representación y al sistema de gobierno, tendremos que resaltar que las democracias parlamentarias con principio de representación mayoritario tienden a generar gobiernos unificados. Asimismo, las democracias parlamentarias, presidenciales y semipresidenciales con principios de representación proporcional tienden a generar mucho más un gobierno dividido.

Otra diferencia significativa para ver las relaciones mantienen el ejecutivo y el legislativo tiene que ver con la clasificación de los mecanismos e incentivos de cooperación. Colomer afirma que

“Esta clasificación permite observar que los incentivos institucionales para la cooperación multipartidista e interinstitucional en el parlamentarismo y el semipresidencialismo son más efectivos que en el presidencialismo. El principal elemento de cooperación para producir consistencia entre el primer ministro y el Parlamento en el parlamentarismo y el semipresidencialismo –la investidura- es más suave, más previsible y menos distorsionador que la comparable medida de la supervisión o el veto de nombramientos ejecutivos por la Asamblea y que el veto presidencial de la legislación en el presidencialismo” (210).

No debemos perder de vista, como una ventaja esencial de parlamentarismo sobre el presidencialismo, a la mayor estabilidad que política que mantiene cuando cambian tanto la asamblea, como el ejecutivo:

“Asimismo, los elementos de conflicto en el parlamentarismo y el semipresidencialismo, especialmente la moción de censura al primer ministro y la disolución de la Asamblea y la convocatoria de una nueva elección, son menos severos que la destitución del presidente y la supresión de la Asamblea, respectivamente, en el presidencialismo” (211).

Finalmente, podemos ver como Colomer termina de expresar la superioridad del parlamentarismo cuando resalta los medios presidencialistas para este tipo de situaciones:

“Las interacciones y la cooperación entre el presidente y la Asamblea son más difíciles en los regímenes presidenciales debido a la asimetría entre la condición de ganador absoluto del presidente y la de ganadores parciales de los partidos de la Asamblea, y especialmente cuando el presidente no corresponde a la preferencia del votante mediano. La cooperación interinstitucional también es más difícil si hay pocos mecanismos de mutuo control” (212).

En todo caso, es preferible para el presidencialismo tener multipartidismo y no bipartidismo cuando se trata de gobierno dividido, ya que ello facilita la probabilidad de realizar coaliciones y favorecer la gobernabilidad. Colomer piensa que los bipartidismos donde sí se favorece la formación de coaliciones tienen  como fundamento el que dicho partido esté dividido al interior de sí mismo, lo que realmente lo hace “varios partidos”, aunque “formalmente” se diga lo contrario.

Ejemplos[11] del gobierno dividido en sentido horizontal son, sobre todo, los Estados Unidos (para el caso del presidencialismo) y la llamada “cohabitación” de Francia (semipresidencialismo).

.Sobre el caso de los gobiernos divididos verticalmente, hay que entender lo siguiente: “Un gobierno dividido verticalmente se basa en poderes separados entre las instituciones centrales y las no centrales” (221). Las competencias de cada uno de los gobiernos no serán, obviamente, las mismas. Colomer sintetiza una división que considera eficiente que presenta de la siguiente manera:

“En un distribución eficiente de poderes se asignarían al Gobierno central poderes sobre temas relacionados con intereses de grupos grandes, incluidos la defensa, los asuntos exteriores, el comercio exterior, la moneda y el crédito, la política redistributiva y los poderes fiscales correspondientes. Por su parte, los gobiernos no centrales se dedicarían a temas económicos relacionados con problemas de escala territorial o de localización, como el comercio local, la agricultura, las obras públicas y temas vinculados a intereses de grupos locales o regionales que puedan ser definidos sobre una base territorial, incluidos la educación y la gestión de las diferencias étnicas y religiosas y de las lenguas” (221).

Además de la eficiencia que los gobiernos divididos verticalmente gozan por tener competencias distintas, un rasgo central adicional, y no por ello menos importante, es el que concierne a la necesidad de consensos y acuerdos entre partidos y agrupaciones diferentes. Dichos resultados requerirían de coaliciones o negociaciones que lleven a posturas más céntricas o que estén más cerca del votante medio, lo cual favorece la maximización de la utilidad social, si es que asumimos las implicancias del marco teórico propuesto por Colomer. Dice al respecto, pues, lo siguiente:

“Los poderes compartidos pueden promover la cooperación y los acuerdos intergubernamentales para completar el proceso desde la aprobación de los esquemas legislativos básicos a las decisiones políticas más concretas y a su ejecución. La cooperación multilateral en esquemas de división vertical del poder tiende a producir resultados consensuales. Asimismo, promueve el apoyo político a las instituciones existentes o nuevas soluciones de equilibrio institucional” (222).

Además de lo anterior, hay que agregar el hecho de que la división vertical puede generar mayores ganadores parciales, en lugar del único ganador total que tienden a prevalecer en los Estados unitarios. De ahí que Colomer sostenga que:

“El gobierno verticalmente dividido (es decir, la existencia de diferentes mayorías políticas en el Gobierno central y en los gobiernos regionales o locales) puede ser un resultado de un voto dividido en elecciones a diferentes niveles, como se ha analizado anteriormente. También puede ser un resultado del voto de los ciudadanos por un mismo partido para diferentes cargos si la distribución de las preferencias de los votantes es suficientemente variada a través del territorio, es decir, si hay un número suficiente de mayorías regionales o locales que son minorías nacionales. En contraste con los estados unitarios donde sólo obtienen satisfacción los ciudadanos cuyas preferencias coinciden con la mayoría nacional, en un gobierno verticalmente dividido los perdedores nacionales son compensados porque se convierten en ganadores parciales a nivel regional o local. En elecciones a dos o tres niveles, el número total de perdedores tenderá a ser menor que en elecciones a un solo nivel” (222).

Ejemplos[12] de estas cooperaciones de tipo vertical son Suiza, Alemania y la Unión Europea.

***

[11] Para un mayor desarrollo cfr., pp. 215-221.

[12] Para un mayor desarrollo cfr., pp. 227-239.



One response to “Pluralidad, utilidad y eficiencia (5): Introducción a Instituciones políticas de Josep M. Colomer

  • Ramiro

    Tengo una pregunta, no comprendo la diferencia entre elecciones concurrentes y elecciones simultáneas. Gracias.

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