Pluralidad, utilidad y eficiencia (4): Introducción a Instituciones políticas de Josep M. Colomer

3. Qué se vota.

Colomer sostiene que si hay pocos partidos, los electores se sienten obligados a tener que elegir en “paquete” todas las propuestas y que, ello no necesariamente constituiría una satisfacción eficiente de las demandas que puede tener un electorado complejo. Y es que, mientras más partidos existan,

“más alta es la probabilidad de que diferentes grupos de votantes encuentren un partido cuyas propuestas políticas correspondan a sus preferencias en un número importante de temas. Una vez elegido, cada partido puede transferir el correspondiente apoyo de los votantes más interesados en sus propuestas al siguiente estadio parlamentario de formación de coaliciones” (176).

A esto debe añadirse el que las elecciones sean separadas, con el fin de que en distintos momentos y con diferentes temas y alternativas, los votantes puedan elegir a los partidos que más convengan para la satisfacción de sus preferencias individuales.

La conclusión provisional a la que llega Colomer es la siguiente:

“los múltiples ganadores parciales en gabinetes de coalición multipartidista y en esquemas de división de poderes serán capaces de satisfacer las preferencias de los ciudadanos en muchos más temas que un solo ganador absoluto. El número de ciudadanos capaz de encontrar satisfacción de sus preferencias, en algunos temas y la correspondiente utilidad social será mayor en regímenes complejos que en regímenes simples” (177).

Ahora, las posibilidades para establecer relaciones interinstitucionales en los sistemas de gobierno son tres: el parlamentarismo, el semi-presidencialismo y el presidencialismo.  Es necesario no dejar de mencionar que Colomer sintetiza brevemente las posibilidades de la cada sistema de gobierno para generar eficiencia y utilidad social, tal como ya las ha definido y abordado. No hay régimen político perfecto, pero sí hay reglas que pueden favorecer mejor la satisfacción de preferencias en electorados complejos en determinados contextos.

Sobre el parlamentarismo, Colomer sostiene lo siguiente:

“Esta relación, conocida como régimen parlamentario, puede producir una mayoría uni-partidista en la Asamblea y un Gabinete de un solo partido (como en la situación habitual en el Reino Unido), o bien una Asamblea multipartidista en la que ningún partido tiene una mayoría absoluta de escaños, lo cual conduce a un Gabinete de coalición o en minoría (como en la mayor parte de los países de Europa occidental)” (179).

En el caso del presidencialismo lo que tenemos es que

“la Asamblea y el presidente son elegidos por separado y el segundo nombra al Gabinete. Esta relación, conocida como régimen presidencial, también puede producir una mayoría unipartidista en la Asamblea y la Presidencia o diferentes apoyos partidarios a los ganadores en cada una de las dos instituciones (como suele ocurrir en Estados Unidos y en América Latina)” (179).

Finalmente, en el caso del semi-presidencialismo,

“la Asamblea y el presidente son elegidos por separado, pero es la Asamblea la que nombra al Gabinete. Esta relación, conocida como régimen ‘semipresidencial’ (o ‘de Primer ministro-presidencial’, ‘ejecutivo dual’ y, para nuestro propósito, las categorías parecidas de regímenes ‘semiparlamentario’ o ‘de primer ministro-Asamblea’), también puede producir una mayoría del partido del presidente en la Asamblea o no (como en Francia y otros países)” (180).

Hasta aquí tenemos a las relaciones “horizontales” entre las instituciones de los sistemas de gobierno. Pero también pueden existir relaciones de tipo “vertical”, dependiendo del grade de descentralización, independencia de regiones y localidades, así como de la posibilidad de ser un Estado federal. Colomer llamará gobierno unificado, al grado mínimo de estas relaciones, caracterizada además por la presencia única y hegemónica de un partido a lo largo del territorio. Cuando haya multipartidismo se hablará de gobierno dividido.

Empezaremos con el gobierno unificado, gobierno que tendremos “cuando un solo partido político tiene poderes legislativos absolutos” (180). Hay tres esquemas institucionales posibles, que precisan las intuiciones expuestas más arriba, pero para el caso unificado:

  1. “Un solo partido reúne mayoría en la Asamblea y forma un Gabinete de un solo partido, como suele suceder en los regímenes parlamentarios con elecciones por mayoría relativa.
  2. El partido del presidente tiene una mayoría en la Asamblea, en los regímenes presidenciales y semipresidenciales, como tiende a ocurrir en elecciones concurrentes.
  3. El partido de Gobierno central controla todos los gobiernos regionales o locales, básicamente mediante el control de los jefes ejecutivos regionales o locales” (181).

Una tesis central que infiere Colomer de estas relaciones institucionales es la que afirma que si diferentes instituciones caen bajo el control del mismo partido político, entonces la institución más “concentrada” prevalecerá. Esto es importante porque rompe la idea de que actuarían como un “gran” actor. La razón puede verse con una analogía:

“un Gabinete prevalece sobre una Asamblea con la misma mayoría política por similares razones de acción colectiva por las que el Consejo de administración prevalece sobre los accionistas en las empresas modernas” (182).

La capacidad para tomar decisiones rápida y eficazmente es algo determinante en estas situaciones. Intereses similares suprimen la negociación y deliberación, privilegiando y favoreciendo a una mayor “ejecución”.

Ejemplos[9] de este mayoría unipartidista existen en los diferentes sistemas de gobierno: Winston Churchill, Margaret Thatcher, Charles de Gaulle, Francois Miterrand, Abraham Lincoln, Theodore Roosevelt, Harry S. Truman, John F. Kennedy y Lydon B Johnson (184).

Ahora bien, para fomentar el equilibrio, existen mecanismos de contrapesos y límites para el gobierno unificado. El caso más conocido para este tipo de situaciones es la prohibición de la reelección presidencial o los límites al número de períodos posibles. La cantidad de años que dura el cargo también es central aquí, así como la posibilidad de simultaneidad entre los períodos de la asamblea y la presidencia.

Colomer nos advierte que si la reelección en la presidencia y en la asamblea está prohibida, la presidencia prevalecerá, por razones de efectividad en la toma de decisiones. Mayor equilibro habrá si es que la Asamblea puede reelegirse indefinidamente y el presidente solamente una cantidad limitada. En esta línea, el caso de mayor equilibro sería el de un presidente que no puede reelegirse y una asamblea que puede reelegirse indefinidamente.

Ejemplos[10] de estas limitaciones son el caso de los Estados Unidos y México, siendo este último un caso bastante excepcional. En el caso mexicano no ha habido reelección para ningún cargo lo que ha dado lugar a un poder extraordinario del presidente. Colomer ilustra bien esto de la siguiente manera:

“Hasta finales del siglo XX, los sucesivos presidentes mexicanos iniciaron toda la legislación; sus vetos a la legislación del Congreso nunca fueron revocados por éste; cada uno de ellos nombró a todos los miembros del gabinete y hasta 18.000 funcionarios con sueldo, incluidos jefes militares y jueces, sin contrapesos del Congreso. Como jefe del partido, cada presidente mexicano también pudo nombrar y destituir candidatos, a unos 25.000 cargos (incluidos los candidatos a gobernadores de los Estados y muchos a nivel local), Hasta 1994, cada presidente en ejercicio nombró a su sucesor mediante el llamado ‘dedazo’. Abundaron los sobornos, la manipulación y los fraudes electorales. Como dijo un ayudante del presidente del presidente Miguel Alemán a principios de los años cincuenta, ‘el poder de un presidente de México no tiene más límite que el temporal, sus seis años en el cargo’” (192).

Otro caso fue Argentina donde se acortó el mandato, pero se admitió la reelección; así como el Brasil, donde se aceptó la reelección reduciendo el mandato. Fernando Henrique Cardoso fue el primer presidente reelegido en más de cien años de historia brasilera. Los casos donde se ha buscado aumentar el mandato presidencial han sido el Perú con Fujimori, y Venezuela con Hugo Chávez. Finalmente, el caso extremo es el autoritarismo unificado, donde se minimiza el papel de las Asambleas, buscando favorecer con ello la concentración del poder en manos de un ejecutivo.

***

[9] Estos ejemplos, a diferencia de los anteriores, son únicamente enumerados y no desarrollados.

[10] Para un mayor desarrollo, cfr., pp. 188-197.


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