Pluralidad, utilidad y eficiencia (2): Introducción a Instituciones políticas de Josep M. Colomer

1. Quiénes pueden votar.

Si un grupo de votantes tiene preferencias muy dispersas, entonces tenemos un electorado complejo. Su complejidad tiene como consecuencia el que sea difícil alcanzar acuerdos satisfactorios. De ahí que el mayor error, en materia de diseño institucional, sea adoptar reglas simples para electorados complejos. Esta será una tesis presente a lo largo de todo el libro.

Colomer muestra que en la época medieval y en los inicios de la modernidad, a diferencia de hoy, los electorados solían ser mucho más homogéneos y, por ende, menos complejos. Se trataba de

“comunidades más bien simples con intereses relativamente armónicos, valores compartidos y una cultura homogénea en las que la identificación de una decisión común no era un logro muy difícil” (31).

Las cabezas de hogar votaban, se esperaba unanimidad en la votación y se contaban con mecanismos de azar para algunas elecciones. Casos de este tipo, teniendo en cuenta sus particularidades, diferencias y matices específicos, eran las comunas y cantones suizos, las comunas italianas, los municipios y el Tercer Estado en Francia, el Parlamento inglés, las colonias angloamericanas y las colonias iberoamericanas[3].

Sin embargo, la historio tuvo como desenlace múltiples procesos históricos que dieron como resultado la conformación de una gran variedad de electorados complejos. Esta complejidad

“es una consecuencia de relaciones sociales que generan nuevas demandas de bienes públicos y de la sumisión de nuevos lemas políticos a decisiones colectivas vinculantes mediante votaciones. Cuanto mayor es el número de temas de la agenda política y cuanto más aumenta la dispersión de las correspondientes preferencias de los votantes, más incierta deviene la elección social. En contraste con las comunidades simples anteriormente revisadas, en electorados complejos sólo se pueden obtener resultados estables y satisfactorios mediante la introducción de nuevos mecanismos institucionales más sofisticados” (46).

Si los nuevos potenciales electores no van a tener preferencias tan distintas a los electores actuales, entonces es más favorable que se les dé la posibilidad de votar y elegir. Pero si se piensa que sus preferencias podrían ser muy diferentes y cambiar la situación, entonces se buscará evitar por todos los medios que puedan acceder a esos derechos.

Además de esa razón, puede hablarse de inocuidad cuando se piensa que hay personas que son “dependientes” y que por eso no deben votar. Por ejemplo, los niños, los jóvenes, las mujeres, los criados, los siervos y los esclavos, son grupos sociales que caen bajo esta categoría. Se piensa que sus preferencias son similares a la de las personas de la que estos dependerían y que, por ende, el resultado de la elección no cambiaría si es que efectivamente llegaran a votar por sí mismos. James Mill consideraba, en este sentido, que hay personas que no deben votar por ser, justamente, “votantes superfluos”.

Otra idea centra aquí es la de riesgo. Se considera irresponsable dejar que gente ignorante o fácilmente manipulable tenga derecho a elegir y que sus preferencias sean igualmente válidas que las de la gente instruida con libertad e independencia intelectual para expresar sus preferencias de manera sincera y genuina. La consigna es primero educar y luego dar derecho a votar y elegir. Owen y Proudhon, así como Stuart Mill, entrarían en el grupo de intelectuales que venían riesgos que grupos sociales no educados pudiesen votar.

Finalmente se encuentra, en esta categoría de conceptos, el de amenaza. Por amenaza se entiende la capacidad de un grupo de potenciales votantes para ser percibidos como un posible peligro para las preferencias de los votantes existentes. En pocas palabras, los votantes exclusivos, que son por eso “ganadores”, pueden sentir como peligroso ampliar la capacidad de sufragio ya que ello podría hacerlos “perdedores”. Un claro intelectual de esta línea sería Benjamin Constant. Al respecto, hay una cita del propio Karl Marx que serviría para cuestionar su absoluto rechazo a procedimientos democráticos: “la implantación del sufragio universal en Inglaterra sería una medida mucho más socialista que todo lo que ha recibido este nombre en el continente. Su resultado inevitable, aquí [en el Reino Unido], sería la supremacía política de la clase obrera” (58, citado por Colomer).

Desde esta perspectiva, si unimos las ideas anteriormente expuestas, podremos comprender, a modo de ejemplo, el porqué grupos de derecha y de izquierda podrían llegar a conclusiones similares u opuestas sobre estos temas. En pocas palabras, si se piensa que las mujeres van a tender a emitir un voto más conservador, entonces los grupos de izquierda buscarán que las mujeres no voten. Pero los grupos de derecha pensarán lo mismo si es que el voto de las mujeres les parece ser revolucionario. Pero también podría pensarse a futuro: cuando las mujeres sean educadas y sepan cómo votar, entonces podrán votar. Sin pretender agotar toda la complejidad del proceso político, uno podría pensar en estos términos cuando se busca comprender el hecho de que Odría quisiera que las mujeres tuviesen derecho al voto.

En todo caso, lo cierto es que los procesos de ampliación de los electorados efectivamente se han dado, así como su creciente complejización. Sin embargo, estas ampliaciones no se han dado igual en todos los lugares. Colomer, al respecto, distingue lo que podríamos llamar estrategias  sobre los derechos de voto, comparando procesos políticos diferentes. Lo central de estas estrategias es hacer una ampliación del electorado que no genere inestabilidad en la comunidad política, así como evitar que una nueva mayoría surja para cambiar radicalmente las estructuras sociales y políticas. Como puede verse, un criterio central es el grado de equilibrio que dichas estrategias hayan podido conseguir. Se distinguen, en base a estos criterios, tres modelos.

El primer modelo es el “modelo anglo” que hizo una ampliación moderada y gradual que no alteró radicalmente el espectro político. El Reino Unido, los Estados Unidos y las colonias británicas siguieron este camino, teniendo como resultado una estabilidad a largo plazo, pero teniendo como consecuencia fuertes restricciones para que surjan nuevas preferencias políticas que sean radicalmente diferentes a las establecidas.

El segundo modelo es el “modelo latino”. Dicho modelo se caracteriza por una ampliación radical que tuvo como resultado la aparición de un espectro de preferencias políticas mucho más radicales y diversas, dando lugar a varios conflictos y a restauraciones de tipo autoritario. Quienes siguieron esta vía fueron, por ejemplo, Francia, Italia, España y las colonias “latinas” de América y África.

Finalmente, la tercera estrategia  se conoce como el “modelo nórdico”. Dicho modelo logró conciliar una rápida ampliación del electorado con una relativa estabilidad política, a través de determinados mecanismos instituciones hechos “desde arriba”. Representantes de este modelo son Alemania y países nórdicos tales como Suecia, Noruega y Finlandia[4].

***

[3] Colomer hace una descripción medianamente detallada de cada caso. Sin embargo, por cuestiones relativas a los fines de este trabajo, no es posible detenerse en cada caso. Se tematizarán los ejemplos que se consideren esenciales para corroborar las tesis principales de Colomer. En todo caso, para una mayor profundización de estos caso, cfr., pp. 32-46.

[4] Para un tratamiento más detallado de dichos modelos cfr., pp. 66-90.

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