Sobre la felicidad (2)(Libro I de la Ética a Nicómaco)

por Erich Luna

Lo siguiente son unas notas para la primera sesión dirigida de prácticas del curso de Ética de Estudios Generales Letras para el curso de Gonzalo Gamio. Para esta entrada me basaré en la reciente traducción hecha por Salvador Rus Rufino y Joaquín E. Meabe (Aristóteles, Ética a Nicómaco, Madrdid: Técnos, 2009). También estoy consultando la traducción de Julio Pallí Bonet (Aristóteles, Ética Nicomáquea, Barcelona: RBA, 2003).

***

Sin embargo, hay algo claro: que los bienes pueden clasificarse de acuerdo a si es que (1) son bienes por sí mismos; o (2) si es que son bienes por referencia a (1). En relación a esto es que se hace una enumeración sobre el bien, entendido como el fin al que tienden las diversas ocupaciones y modos de ser del ser humano:

  • Medicina – salud.
  • Estrategia – victoria.
  • Edificación – casa.

Vemos pues que hay varios bienes y, por ende, varios fines. Lo que debemos buscar el fin eminente y principal. Dicho fin será el que posee la propiedad (1) y todos los demás tendrán la propiedad (2). Dicho bien (1) es la felicidad. La razón de ello radica en que todos los seres humanos quieren ser felices. Sin embargo no quieren ser felices para algo más que no sea ser feliz. En cambio todo lo demás lo buscamos en función a la felicidad.  Y dicha felicidad, no olvidemos esto, está íntimamente ligada a la comunidad política de la que dicho ser humano con su familia y amigos  son miembros.

Otra manera de llegar a la misma cuestión parte de la constatación de que los seres humanos cotidianamente ocupan su existencia con diversas tareas, oficios, asuntos y actividades y todos ellos tienen fines que les son propios. Por ejemplo, como ya hemos visto, un médico tendría como fin de su oficio a la salud de sus pacientes y un estratega militar tendrá por fin la victoria sobre sus adversarios. Lo que Aristóteles nos pide es que nos preguntemos si es que hay alguna función del ser humano en general, así como las ocupaciones tienen sus fines y así como los diversos miembros del cuerpo tienen funciones (por ejemplo, el ojo tiene por función ver). La cuestión es la siguiente: ¿Cuál es el fin del ser humano en general? ¿Cuál es su función?

Es por buscar esta diferencia esencial, propia y específica del ser humano por lo que Aristóteles descartará a la vida de nutrición y a la vida de crecimiento, propias también de animales y plantas. En pocas palabras, dado que nutrirse y crecer son algo que el ser humano tiene de común con otros seres vivos, entonces eso no puede constituir su fin eminente. Así también la vida sensitiva, en común con los animales, es dejada de lado.

Así que lo que parece diferenciar al ser humano de los demás seres vivos es un obrar particular: un obrar que es unaactividad del alma conforme a la razón. Y esta conformidad se debe dar de manera excelente pues es esta excelencia en la que radica la virtud de dicha actividad. Y puede ser que hayan varias virtudes, pero el mejor será el que obra de acuerdo a la mejor virtud y en el marco de una vida entera (para entender esto último, téngase por ejemplo el caso de Príamo). Este último es aspecto es muy importante porque debe hacernos pensar que el fin que buscamos por sí tiene que ver con cierta actividad que buscamos realizar a lo largo de nuestra vida. La felicidad no es un mero “estado mental, sensible o interior de bienestar”, sino una actividad virtuosa y racional que hacemos a lo largo de nuestra vida entera.

Después de esto se realiza otra vía para llegar a abordar el fenómeno de la felicidad. La descripción aristotélica parte por distinguir tres tipos de bienes: (1) los externos, (2) los del alma y (3) los propios del cuerpo. Los bienes del alma son los que comúnmente se aceptan como los primarios. Y sobre lo que comprende a la felicidad, Aristóteles busca mostrar que son varios aspectos no reducibles, con lo que la descripción e investigación que hagamos no puede caer en la simplificación o en la unilateralidad. La felicidad tiene que ver con la virtud y con ciertos hábitos, con cierta actividad adecuada, con cierta dosis de placer y deleite, pero también con los bienes externos ya que para ser feliz uno necesita de recursos, así como amigos, riqueza, poder. También debemos pensar en que son necesarios el linaje, buenos hijos (vivos), hermosura. La felicidad exige pues, prosperidad, virtud y fortuna. La relación de tensión entre estos tres aspectos de la felicidad puede verse representada en la siguiente cita:

Desde nuestro punto de vista el que es verdaderamente bueno y prudente soporta con dignidad todos los avatares de la fortuna, y obra de la mejor manera posible en todas las circunstancias, del mismo modo que el buen estratega obtiene del contingente que dispone el mejor partido posible en la guerra, y el buen zapatero hace con el cuero que se le da el mejor calzado posible y, asimismo, todos los demás artífices. Si esto es así jamás será desdichado el hombre feliz, aunque tampoco se le podrá llamar siempre gozoso si debe soportar las desdichas de Príamo (EN, 47, 1100b-1101a).

El último aspecto que debemos abordar es el que concierne a cuáles son las partes del alma y cómo es que éstas interactúan entre sí. Aclarar esto es imperativo si es que hemos concebido a la felicidad como una actividad del alma. Como la felicidad y el bien que nos interesa en la ética es el propio del ser humano, tenemos que diferenciar la virtud humana, virtud que radica en mantener una relación particular con el alma humana. El alma se divide pues en:

  1. Parte irracional. Aquí está lo común a las plantas y animales. Todo lo referente a la nutrición y el crecimiento (parte vegetativa). Hay una parte apetitiva y desiderativa que participa de lo racional porque es exhortado por ella a actuar rectamente.
  2. Parte racional. Hay una “sub-parte racional” que se dedica a exhortar a actuar rectamente a cierta parte irracional del alma. Las virtudes de este tipo son las éticas (que tienen que ver con el carácter), tales como la liberalidad y la templanza (Libro II). La otra sub-parte racional tendrá que ver con las virtudes dianoéticas, tales como la sabidrúa, la prudencia, la inteligencia (Libro VI).
Anuncios