El Ordo amoris de Max Scheler (1)

por Erich Luna

Lo siguiente son unas notas acerca del artículo Ordo amoris de Max Scheler (traducción de Xavier ZubiriMadrid: Caparrós Editores, 1998) para las sesiones dirigidas de prácticas de los cursos de Temas de filosofía contemporánea y Ética en Estudios Generales.

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“Quien posee el ordo amoris de un hombre posee al hombre”

Max Scheler, Ordo amoris.

¿Por qué se posee al hombre con poseer el ordo amoris (el “orden del amor”) de dicho hombre? Porque con él uno penetra en lo más profundo del  “núcleo espiritual” del ser humano. Es el fundamento de los lineamientos de su ánimo y que determina el entorno moral. Es lo que hace de cimiento para la estructura jerárquica de los valores del ser humano, valores que están siempre presentes en nuestra existencia concreta cotidiana, la que tenemos al vivir en nuestro mundo circundante (Umwelt). Podemos ver pues, a modo de primera descripción, que el ordo amoris tiene que ver con dicha estructuración y jerarquización de tipo valorativo:

El hombre no prefiere siempre las mismas cosas y los mismos hombres; pero sí las mismas clases de hombres y de cosas, clases que son en todo caso clases de valores que le atraen conforme a ciertas reglas constantes del preferir o del posponer lo uno a lo otro, y que le atraen y le repelen dondequiera que vaya (OA, 28-29).

Lo que le atrae y le genera repulsión tiene que ver con esta estructuración que hace de condición de posibilidad de lo percibible y observable en materia valorativa. Tanto el destino, como el mundo circundante están ligados de manera íntima a lo que Scheler viene llamando ordo amoris.

“Mundo circundante” no es un término muy complicado de entender, si qusiéramos hacer una muy breve y esquemática definición: se refiere al mundo cotidiano en el que estamos inmersos existiendo en el “día a día”. Es literalmente el mundo que “nos rodea”. No es el mundo físico que contemplamos para hacer ciencia (teniendo una actitud “puramente teórica”), sino el mundo de preocupaciones y asuntos con los cuales ocupamos nuestra existencia y frente a los cuales nos comportamos de un determinado modo.

En cambio, creo que comprender el “destino” al que alude Scheler es algo más complicado y por eso valdría la pena una cita al respecto:

Lo peculiar de destino lo constituye precisamente esto que, al contemplar el panorama de una vida entera o de una larga serie de años o acontecimientos, sentimos tal vez como absolutamente contingente en cada caso particular, pero cuya conexión, por muy imprevisible que haya sido el acontecer de cada uno de sus miembros, refleja precisamente eso que creemos que constituye el núcleo de la persona en cuestión (OA, 30).

Y más abajo complementa dicha definición:

Por consiguiente, solamente puede llamarse “destino” de un hombre lo que hay en el ámbito de ciertas posibilidades de vivir el mundo, rigurosamente circunscritas desde el punto de vista caracterológico -ámbitos variables de hombre a hombre, de pueblo a pueblo, aun siendo constantes los acontecimientos externos y los acontecimientos reales que parecen llenar estos ámbitos. Y lo que domina el acontecer del contenido de su destino, en el sentido estricto de la palabra, es justamente el modo de formación del ordo amoris que efectivamente posee un hombre, su modo de formación según ciertas reglas que funcionalizan lentamente objetos que primariamente han atraído su amor en su primera infancia (OA, 31).

Podemos ver pues, que Scheler considera que el destino está íntimamente ligado al ordo amoris del hombre, ya que éste constituye y forma reglas que nos llevan a estar atraídos (o no) hacia una diversidad de asuntos. Ahora bien, lo interesante es que frente a estos dos fenómenos, el mundo circundante y el destino, el ser humano puede comportarse de diversas maneras. Esto es importante porque nos debe llevar a abandonar la idea de que si hay destino, entonces no hay elección y por ende lo que tenemos es un fatalismo. Uno puede estar constreñido por el destino al punto de no ser consciente que es su destino; uno puede estar por encima de su destino conciéndolo; uno puede entregarse a él; uno puede oponerle resistencia. Y, finalmente, las mismas estructuras del mundo circundante (ambiente) y el destino pueden ser transformadas, aunque no por una mera “libre elección” individual, ya que esta se halla enmarcada en estas estructuras. Para que se puedan dar dichas transformaciones se requiere de la cooperación de entes que se encuentran fuera de dichas estructuras.

Nuestra libre elección, nuestra determinación individual, es algo evidente en nuestra existencia cotidiana y concreta en la que se manifiesta el hecho de nuestra personalidad. Pero lo que precede a este conocimiento es el legítimo amor propio, que no debemos confundir con el “mero amor de uno mismo”. Este amor propio legítimo es en el que nos amamos, en tanto que podamos existir para un ojo que todo lo ve. Lo que no cumpla con esa condición merecerá nuestro odio y rechazo. Podemos ver pues, como es que ese amor fundamental que el ser humano posee, en tanto amor legítimo hacia uno mismo, está íntimamente ligado a la idea de existir para una omnivisión:

El martillo escultórico de la corrección de sí mismo, de la autoeducación, del arrepentimiento, de la mortificación, alcanzan a todas aquellas partes de nosotros que salen fuera de la figura que nos ofrece esta imagen nuestra ante Dios y en Dios (OA, 38).

Después de estas consideraciones preliminares sobre el ordo amoris, es necesario entrar a considerar su forma. A ello está dedicada la segunda parte del artículo y los siguientes posts. Sin embargo, no debemos perder de vista lo alcanzado hasta ahora, a modo de intuiciones y proposiciones generales acerca del problema: el ordo amoris como fuente de constitución de estructuras y reglas para nuestra atracción o rechazo hacia asuntos, el amor legítimo como fuente previa en la que se funda la conciencia del poder tener determinaciones individuales, al modo del libre albedrío y, finalmente, dos asuntos que faltan aclarar: la cuestión relativa a esa omnivisión, es decir, Dios; y, por otra parte, el cuestión sobre el estatuto ontológico de los valores (su objetividad, algo bastante cuestionable y contra intuitivo para toda la tradición moderna que viene desde autores como David Hume, con la idea de “hechos objetivos” y “valores subjetivos”).

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