¿Por qué el gobierno representativo es el modelo de gobierno ideal? (2)

por Erich Luna

Lo que sigue son notas comentadas al capítulo III titulado “Que el gobierno representativo es el modelo del gobierno ideal” de las Consideraciones sobre el gobierno representativo de John Stuart Mill. La traducción es la de Antonio Guzmán Balboa y la edición de Herrero hermanos Sucesores S.A, hecha en México D.F., en 1966.

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Vimos en en la entrada anterior como es que Stuart Mill hacía una crítica del modelo ideal de despotismo para sostener que la verdadera forma ideal de gobierno es que de un gobierno representativo:

La mejor forma de gobierno, y apenas si es necesario decirlo, no consiste en una que sea practicable o elegible en todos los grados de civilización, sino en una que, en las circunstancias en que sea practicable y elegible, vaya acompañado de la mayor proporción de consecuencias benéficas, inmediatas y futuras. Un gobierno totalmente popular es el único sistema que puede adjudicarse esta índole. Se distingue en las dos ramas en que se divide la grandeza de una constitución política. Ofrece condiciones más favorables para el buen gobierno y a la vez fomenta una forma mejor y más elevada de carácter nacional, que cualquier otro sistema (52-53).

La superioridad para Mill se debe fundamentalmente a dos principios. El primero tiene que ver con que los derechos e intereses de cada individuo serán respetados, ya que ésta persona tiene la facultad de poder defenderlos. El segundo principio es el que sostiene que la prosperidad general se alcanzará mejor con las energías individuales que se propongan conseguir dicha prosperidad. La idea central de ambos principios es que el individuo pueda protegerse y bastarse a sí mismo para conseguir su bienestar y el de los demás, poder actuar por sí mismo y por los demás antes de meramente esperar que alguien se ocupe de él.

La primera crítica que se podría hacer, y Mill lo sabe, es la de considerar a esta doctrina como una doctrina del “egoísmo universal”. Su respuesta a esta crítica es absolutamente digna de ser citada en su totalidad:

A esto podemos contestar que desde el momento en que cese de ser verdad que la humanidad, como regla general, se prefiere más a sí misma que a los otros, y más a los más cercanos que a los más remotos, el comunismo no es sólo practicable, sino que constituye la única forma defensible de la sociedad, y cuando llegue ese momento, seguramente se instaurará (53-54).

Hay que hacer la observación de que Stuart Mill se refiere a los comunismos y socialismos pre-marxistas, que fueron los que él conoció durante su vida. En relación a estos socialismos, Stuart Mill llega a decir que son incluso posibles entre las élites de la sociedad.

La idea entonces es que el parlamento recoja las perspectivas de todos los grupos y clases. Si hay un problema que concierne a la clase trabajadora y a la clase de los patronos, en ese caso se debe escuchar a ambos y no descartar a los trabajadores.

Es una condición inherente a los asuntos humanos que por más sincera que sea la intención de proteger los intereses de los demás, esto no puede ser seguro, ni saludable, si entraña el hecho de atar las manos de los demás. Aún más cierto es el hecho de que sólo por su propio esfuerzo puede elaborarse un mejoramiento positivo y durable de las circunstancias de su vida. A través de la influencia conjunta de estos dos principios, todas las comunidades libres han estado más exentas de la injusticia social y del delito, y han alcanzado una prosperidad más brillante, que cualesquiera otras. o que ellas mismas después que perdieron su libertad (55).

Y más adelante profundiza dicha reflexión, luego de comparar casos históricos:

Debe reconocerse que los beneficios de la libertad, al grado en que se han disfrutado hasta ahora, se obtuvieron al extenderse los privilegios a una sola parte de la comunidad; y que un gobierno en el cual se propagan imparcialmente a todos es un ideal irrealizable todavía. Pero aunque todas las soluciones propuestas tiene un valor independiente, y aun cuando en muchos casos no pudo plantearse más de una posible solución, en el estado actual del adelanto general, la participación de todo el pueblo en estos beneficios es la concepción ideal del gobierno libre. En la proporción en que cualquier individuo, sin que importe quién sea, quede excluido de ese gobierno, sus intereses se ven privados de las garantías que se dispensan al resto, y él mismo tiene menos campo y estímulo que el que pudiera tener de otro modo para aplicar sus energías con el fin de lograr el bienestar propio y el de la comunidad, de lo cual depende siempre la prosperidad general (56-57).

Luego de esto, Stuart Mill pasa a discutir qué tipo de gobierno influye de mejor manera en el carácter de los ciudadanos. Su razón de optar por el gobierno representativo es que este genera un carácter mucho más activo en los individuos para poder mejorar su situación y la de los demás, frente a una pasividad propia de quien se debe por entero a la continua asistencia del déspota. Mill quiere un carácter que busca mejorar la vida propia y de los demás buscando doblegar a la naturaleza.

El hombre o la familia conformes que no tienen ambición de hacer feliz a nadie más, o de fomentar lo bueno de su país o de su vecindad, o de mejorar ellos mismos en grandeza moral, no despiertan en nosotros admiración ni aprobación. Atribuimos debidamente esta clase de conformidad a la sola cobardía y falta de espíritu. La conformidad que aprobamos es la habilidad de arreglarse felizmente sin aquello que no puede tenerse; una justa apreciación del valor comparativo de los diferentes objetos de deseo y una renunciación voluntaria de lo menor, cuando es incompatible con lo mayor.

(Ese último punto es central, ya que es ahí donde Charles Taylor hará una crítica central a la matriz kantiana del utilitarismo por no hacer una diferencia de peso entre los bienes, a la vez que impone de manera categórica una prioridad sistemática entre los bienes mayores y bienes menores, siendo estos últimos los que conciernen a la realización personal)

La cultura cívica, entonces, genera un sentimiento de pertenencia a la comunidad y genera un interés por lo público. Esto se da a través de hacer accesible la función pública al ciudadano. Mill termina el capítulo concluyendo lo siguiente:

De estas consideraciones acumuladas, es evidente que el único gobierno que puede satisfacer por completo todas las exigencias del estado social es aquél en el que todo el pueblo participa; que cualquier participación, aun en la más mínima función pública es útil, que la participación debe ser en todos lados tan grande como lo permita el grado general de progreso de la comunidad; y que, por último, no nada más deseable, que la participación de todos en el ejercicio del poder soberano del estado. pero en virtud de que, como no sea en una comunidad muy pequeña, no todos pueden colaborar personalmente sino en proporciones muy pequeñas, en los asuntos públicos, se deduce que el tipo ideal de gobierno perfecto debe ser el representativo (66).

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