¿Por qué el gobierno representativo es el modelo de gobierno ideal? (1)

Lo que sigue son notas comentadas al capítulo III titulado “Que el gobierno representativo es el modelo del gobierno ideal” de las Consideraciones sobre el gobierno representativo de John Stuart Mill. La traducción es la de Antonio Guzmán Balboa y la edición de Herrero hermanos Sucesores S.A, hecha en México D.F., en 1966.

***

Para mostrar la verdad de su tesis (de que el gobierno representativo es el modelo ideal de gobierno), Stuart Mill partirá de lo opuesto: lo que hará será llevar el despotismo absolutista hasta sus últimas consecuencias. El sentido común del cual se partirá es el que sostiene que si es que se tuviese un buen déspota, entonces la monarquía despótica sería la mejor forma de gobierno. Se cree que un buen monarca:

  • Haría cumplir buenas leyes.
  • Reformaría las malas leyes.
  • Colocaría a los mejores en hombres en los puestos de confianza.
  • Administraría bien la justicia.

Stuart Mill asume, en su experimento mental, que todas estas condiciones se cumpieran (sosteniendo, a su vez, que prácticamente imposible que se den), tendríamos un clarividente y sabio en todas las ramas del gobierno, una omnisciencia constante en el bienestar del pueblo y del gobierno.

Las facultades y las energías que se requieren para desempeñar esta tarea de un modo tolerable son tan extraordinarias que es muy difícil imaginar que el imaginario buen dictador consintiera en aceptarlas, salvo para refugiarse de males intolerables y como preparación transitoria para algún cambio futuro (46).

Lo interesante es que si asumimos seguir la hipótesis de la “monarquía despótica perfecta”, entonces tendremos el verdadero problema, según Stuart Mill:

¿Qué tendríamos entonces? Un hombre de una actividad mental sobrehumana que manejara todos los asuntos de un pueblo mentalmente pasivo, cuya pasividad estaría implícita en la misma idea del poder absoluto (46).

Mill considera imperativo, en cuanto al desarrollo humano, que el propio pueblo exprese su voluntad acerca de sus propios intereses colectivos. La opinión pública en materia de asuntos políticos sería nula bajo un despotismo, o restringida a una élite. Desde esta perspectiva Mill considera inverosímil que las personas se ejerciten intelectualmente, ya que saben de antemano que lo que piensen no tendrá repercusiones, ni oídos:

La persona que se toma el trabajo de pensar, cuando sus ideas no producirán ningún efecto trascendente, o que se considera a sí misma como apta para desempeñar funciones, pero que carece de toda oportunidad para llevarlas a cabo, debe tener una afición inusitada por el mero ejercicio intelectual (47).

Hay que añadir a esto el que el sentimiento nacional y los vinculos emocionales de pertenencia a la comunidad se verán sistemáticamente mutilados:

Y no sólo su inteligencia es la afectada; su capacidad moral está igualmente estancada. Siempre que el campo de acción de los seres humanos se circunscribe artificialmente, sus sentimientos se estrechan y empequeñecen en la misma proporción. Lo que nutre el sentimiento familiar es la acción; aun un afecto familiar se sustenta en los buenos servicios voluntarios. Si una persona no tiene nada que hacer por su país, éste no le importará (47).

Que el pueblo se abandona a la “providencia” del “buen déspota” lleva al conformismo, resignación o aceptación de lo que suceda, al punto de verse como premio o castigo de la propia naturaleza. Si el déspota no fuera absoluto y se sometiera a una regulación constitucional, donde lo que impere sea la ley y no su arbitrio, entonces tendríamos una monarquía constitucional y no un despotismo. Podría haber libertad de prensa, opinión pública, consejeros elegidos por el pueblo que terminasen siendo las autoridades supremas en lo legislativo y en lo ejecutivo. En este caso surgiría un nuevo problema: la opinión pública.

Esa opinión pública, independiente de la dictadura monárquica, debe estar con él o contra él; no puede ser más que una cosa o la otra (49-50).

Si el monarca de doblega con lo que piensa el pueblo, entonces deja de ser dictador y deviene rey constitucional. En este caso lo que se tendría sería una especie de “primer ministro vitalicio”. Si no se doblega tendrá que coaccionar a su pueblo y oponerse de manera antagónica a él. Para Stuart Mill, a la larga el pueblo se impondría y el déspota tendría que someterse a un régimen constitucional o ceder su lugar a alguien que lo hiciese.

Incluso si se sostuviera que el déspota tiene como función principal la educación de su pueblo con el fin de hacerlos mejores seres humanos o de enseñarles, en ese caso lo que tendríamos que preveer sería que el resultado de la educación tendería a hacer de los seres humanos lo contrario de máquinas: seres autoconcientes que reclaman el control de sus acciones. Desde esta perspectiva, Mill sostiene que la educación tiene como su máximo, y eminente fin, la libertad humana. Mill, sin embargo, sí considera que puede llegar a ser necesario concentrar el poder de manera absoluta en casos necesarios, como si de una medicina amarga se tratase:

Estoy lejos de condenar el establecimiento de una fuerza absoluta, en forma de dictadura temporal, en casos de extrema exigencia. Desde tiempos remotos, las naciones libres han conferido ese poder por su propia elección, como una medicina necesaria para curar las enfermedades del cuerpo político que no se pudieron evitar por medios menos violentos (51).

Creo que se podría interpretar aquí algo relacionado con el estado de excepción schmittiano, al mismo tiempo que pensemos esa dictadura temporal al modo de una decisión soberana. Sin embargo, para Stuart Mill lo ideal es que la sobernaía sea depositida en la totalidad de la comunidad.

No es difícil demostrar que la mejor forma de gobierno es aquella en que la soberanía, o suprema fuerza de control en último recurso, se deposita en el conglomerado total de la comunidad, y en la que cada ciudadano tiene no sólo voz en el ejercicio de esa soberanía fundamental, sino que, además, en ocasiones, es llamado para tomar parte activa en el gobierno, por medio del desempeño personal de alguna función pública, local o general (52).


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