La teología política de Carl Schmitt (4)

Lo siguiente son unas notas sobre el texto Teología política. Cuatro ensayos sobre la sobernía de Carl Schmitt. Editada por Struhart & Cia, traducida por Francisco Javier Conde y prologada por el mismo Schmitt. En las entradas anteriores he tratado los siguientes tres ensayos: “Definición de soberanía” y “El problema de la soberanía como problema de la forma jurídica y de la doctrina” y “Teología política”. En esta última entrega abordaré el cuarto ensayo “Contribución a la filosofía política de la contrarrevolución (De Maistre, Bonald, Donoso Cortés)”.

***

Lo que los pensadores contrarrevolucionarios tienen en común es el pensar que su época, marcada por las revoluciones de 1789 y 1848, requiere de una decisión. La importancia de las tradiciones, las costumbres y la concepción de que el crecimiento histórico es algo gradual y paulatino son supuestos esenciales para los pensadores de la restauración. No debemos ver en estos pensadores una valoración de la historia y de la tradición similar a la del romanticismo alemán o, peor aún, a la del idealismo alemán. Schmitt nos engloba la visión que Bonald tiene al respecto:

La tradición es ante sus oídos la única posibilidad de alcanzar el contenido que la creencia metafísica del hombre puede aceptar, porque la inteligencia del individuo es demasiado flaca y mísera para conocer por sí sola la verdad. Muéstrese el contraste entre él y los tres alemanes <Schelling, Müller y Hegel> en la terrible imagen en que se representa  el camino de la humanidad en la historia: ¡un rebaño de ciegos, guiado por un ciego que camina a tientas con su cayado! (76).

De lo que se trata aquí es de visiones antitéticas y radicalmente opuestas, además de inconmensurables. Dios y el demonio, el bien y el mal. No puede haber para ellos ningún tipo de Aufhebung hegeliana.

En el caso de De Maistre, lo que tenemos es la característica de la infalibilidad en la decisión. El soberano es inapelable. Soberanía e infalibilidad son pues, para De Maistre, sinónimos. Schmitt, a partir de esta afirmación señala algo de manera brillante: los revolucionarios creen esto también.

La soberanía obra siempre como si fuese infalible, todo gobierno es absoluto; he aquí una proposición que un anarquista suscribiría también literalmente, aunque con otro propósito. Babeufm, Bakunin, Kropotkin y Gross pensarán que el pueblo es siempre bueno y los magistrados corruptos. Para De Maistre, la autoridad es buena por el mero hecho de existir.

Y esto, por la sencilla razón de que en la mera existencia de una autoridad va implícita una decisión y la decisión tiene valor en sí misma, dado que en las cosas de mayor cuantía importa más decidir que el modo como se decide (77).

Lo importante en De Maistre no es que la decisión siempre acierte, sino el que sea inapelable. Es en ese rasgo donde se constituye su infalibilidad.

Ahora, algo que debemos añadir aquí como elemento clave es que el pensamiento político asumo siempre una actitud determinada hacia la esencia del ser humano. De lo que se trata es de afirmar o negar si es que el ser humano puede ser considerado como bueno o malo por naturaleza. Los anarquistas pensarán que sí, los marxistas pensarán que son las condiciones económico-sociales las que determinarán eso. Donoso Cortés, por su parte, tomará como axioma esencial el pecado original del ser humano.

Su desprecio al hombre no tiene límites. La ciega inteligencia del hombre, su flaca voluntad, el ridículo impulso de sus apetitos carnales son tan miserables a sus oídos, que no hay palabras en todas las lenguas humanas que basten a expresar la bajeza de tal criatura. De no haberse Dios hecho hombre “el reptil que piso con mis pies sería a mis ojos menos despreciable que el hombre” (80).

Esta visión del ser humano tendrá repercusiones en sus críticas y discusiones con las demás posiciones políticas no absolutistas. Criticará al socialismo, al anarquismo y al liberalismo. Pero el liberalismo le parecerá fuertemente cuestionable porque la decisión es reprimida hasta más no poder:

Es, según Donoso, consustancial al liberalismo burgués, no decidirse por uno ni por otro en la contienda y, en su lugar, tratar de entablar una discusión. Define la burguesía como la “clase discutidora”. Con lo cual queda juzgada, pues en ello estriba que trate de eludir la decisión. Una clase que despliega su actividad política en discursos, en la prensa y en el parlamento, no puede hacer frente a una época de luchas sociales. Por todas partes se entrevé la íntima inseguridad y mediocridad de la burguesía liberal de la monarquía de Julio. Su constitucionalismo liberal pretende paralizar al Rey por medio del Parlamento, pero sin quitarle del trono, la misma inconsecuencia comete el deísmo cuando tras quitar del mundo de Dios, quiere mantener su existencia (aquí toma Donoso de Bonald el fructifero paralelismo entre la metafísica y la teoría del Estado). La burguesía liberal quiere un Dios, pero un Dios que no sea activo; quiere un monarca, pero impotente; reclama la libertad y la igualdad, pero al mismo tiempo, la restricción del sufragio a las clases poseedoras para asegurar la necesaria influencia de la cultura y de la propiedad en la legislación, como si la propiedad y la educación fuesen títulos legítimos para oprimir a los pobres e incultos; suprime la aristocracia de la sangre y la familia, pero mantiene la desvergonzada aristocracia del dinero, la más necia y mezquina de todas las aristocracias; no quiere la soberanía del rey ni la del pueblo, ¿qué es la que quiere? (81-82).

Stahl hace una diagnóstico muy interesante, también, en lo que respecta al comportamiento de la burguesía liberal en el siglo XIX:

(…) el odio a la monarquía y a la aristocracia empuja a la burguesía liberal hacia la izquierda; el miedo a perder su propiedad amenazada por la democracia radical y el socialismo hacen que vuelva sus ojos hacia una monarquía potente, capaz de protegerla con su poder militar; vacilante entre los dos enemigosm bien quisiera engañar a ambos (83).

Para De Maistre y Donoso es, dentro de todos estos rasgos de los liberales, la ausencia de decisión la que se les presenta como el problema central de la modernidad ilustrada, en lo que a la cuestión política se refiere:

Suspender la decisión cuando llega el momento decisivo, negando su necesidad, debía parecerles a los dos extraña confusión panteísta. Para Donoso, el liberalismo y su secuela de inconsecuencias y de componendas sólo se mantiene durante un corto intervalo, mientras la pregunta A quién queréis, a Barrabás o a Jesús?”, admita por respuesta una propuesta de aplazamiento o el nombramiento de una comisión parlamentaria. No se trata de una actitud casual, sino fundada en la misma metafísica liberal (85).

Y más adelante Schmitt continua mostrando como Donoso considera que la decisión debe tener primacía sobre la discusión:

Donoso ve en esto un método de eludir la responsabilidad y de acentuar la importancia de la libertad de manifestación del pensamiento para no tener que decidirse en las cosas extremas. Así como el liberalismo discute y transige sobre cualquier bagatela política, quisiera también disolver la verdad metafísica en una discusión. Su esencia consiste en negociar, en las medias tintas, con las esperanza de que el encuentro definitivo, la cruenta y decisiva batalla pueda quizá transformarse en un debate parlamentario y suspenderse eternamente gracias a una discusión eterna. La dictadura es la antítesis de la discusión. El decisionismo típico de Donoso le lleva  considerar siempre el caso extremo, a esperar el Juicio Universal . Por eso desprecia a los liberales y respeta, en cambio, al socialismo ateo anarquista como a enemigo mortal al que atribuye grandeza diabólica (86).

Finalmente, llegamos al final del ensayo (y del libro) cuando Schmitt cierra el círculo y muestra que la antítesis de los reaccionarios y anarquistas es tal, no porque discrepen en lo fundamental, sino porque mantienen un acuerdo esencial que sus supuestos ontológicos llevan al antagonismo:

Si De Maistre dice que todo gobierno es necesariamete absoluto, un anarquista afirma literalmente lo mismo, pero con esta diferencia: que su axioma de que el hombre es bueno y el gobierno corrupto le lleva a la conclusión práctica opuesta de que siendo todo gobierno una dictadura debe ser combatido. Pretender que se adopte una decisión cualquiera es malo para un anarquista, porque lo que es justo por sí sólo fluye cuando la vida no se perturba con tales pretensiones. Cierto que esta antítesis radical le obliga a decidirse resueltamente contra la decisión; y así se da la curiosa paradoja de que el anarquista más grande del siglo XIX, Bakunin, fuese, en teoría, teólogo de la antiteología y, en la práctica, dictador de una antidictadura (90).

Espero en un par de días poder discutir la introducción de Luis Maria Bandieri y el breve prólogo de Schmitt. En lo que respecta a especialistas de Schmitt en nuestro medio, también quiero hacer un post sobre el capítulo sobre Schmitt del libro de Eduardo Hernando Nieto Pensando peligrosamente. Creo que Schmitt es un autor fundamental para la teoría política contemporánea. Se le debe leer, ya sea para defenderlo o para criticarlo. Pero sin ninguna duda puedo decir que es imposible mantenerse indiferente frente a un pensamiento tan lúcido y profundo.

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