La teología política de Carl Schmitt (3)

por Erich Luna

Lo siguiente son unas notas sobre el texto Teología política. Cuatro ensayos sobre la sobernía de Carl Schmitt. Editada por Struhart & Cia, traducida por Francisco Javier Conde y prologada por el mismo Schmitt. En las entradas anteriores he tratado los dos primeros ensayos: “Definición de soberanía” y “El problema de la soberanía como problema de la forma jurídica y de la doctrina”. En esta entrega abordaré el tercer ensayo “Teología política”.

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Todos los conceptos sobresalientes de la moderna teoría del Estado son conceptos teológicos secularizados (54).

Tuve que empezar esta entrada citando el inicio de este ensayo porque me parece que, además de ser muy bueno y profundo, sintetiza muy bien el eje central que tendrá todo el texto. Las raíces teológicas de los conceptos del Estado son tanto histórico-genealógicas, como por la estructura sistemática que ambos tipos de conceptos comparten. Si usamos esta brillante intuición para que ya hemos visto en el primer post sobre este texto, tendremos que llegar al resultado siguiente:

El estado excepcional tiene en la Jurisprudencia análoga significación que el milagro en la teología (54).

Esta conclusión es muy interesante porque se ven los nexos entre la teoría política y la ontología. De ahí que la contraposición entre ilustrados y reaccionarios, en lo que a concepciones de lo político se refiere, no estén puramente fundadas en “meras elecciones”, sino en supuestos ontológicos fuertes y decisivos:

Sólo teniendo conciencia de esa analogía se llega a conocer el desenvolvimiento de las ideas filosófico-políticas en los últimos siglos. Porque la idea del moderno Estado de derecho se afirmó a la par que el deísmo, con una teología y una metafísica que destierran del mundo el milagro y no admiten la violación con carácter excepcional de las leyes naturales implícita en el concepto de milagro y producido por intervención directa, como tampoco admiten la intervención directa del soberano en el orden jurídico vigente. El racionalismo de la época de la ilustración no admite el caso excepcional en ninguna de sus formas. Por eso la convicción teísta de los escritores conservadores de la Contrarrevolución pudo hacer el ensayo de fortalecer ideológicamente la soberanía personal del monarca con analogías sacadas de la teología teísta (55).

Son pues, Bonald, De Maistre y Donoso Cortés los que, a juicio de Schmitt, han sabido hacerse de estas analogías a la hora de pensar lo político. Schmitt, siguiendo a estos autores, piensa que el Estado asume una función análoga a la de Dios al decidir disputas que la ley no llegó a aclarar, además ser la fuente de dicha ley: el legislador omnipotente. De ahí que las críticas ya mencionadas a Kelsen, por equiparar derecho y Estado,  ganen ahora una mejor reformulación:

Bajo esa identificación del Estado y el orden jurídico, típica del Estado de derecho, alienta una metafísica que identifica las leyes con la legalidad normativa. Brote de un pensamiento científico naturalista que condena el “arbitrio” y quiere eliminar del deominio del espíritu humano lo excepcional (60).

Y más abajo complementa dicha crítica:

(…) la democracia es la expresión de un relativismo político y de una actitud científica expurgada de milagros y dogmas, asentada en el entendimiento humano y en la duda crítica (61).

Después de esto, Schmitt pasa a esclarecer lo que el entiende por una verdadera sociología de los conceptos jurídicos. Para dicha tarea, el jurista empieza por mostrar que las visiones de la historia puramente materialistas o idealistas son igualmente unilaterales e insuficientes:

Tanto la explicación espiritualista de sucesos materiales como la explicación materialista de los fenómenos espirituales se proponen desentrañar los nexos causales. Siéntase primero la antítesis de dos esferas para en seguida anularla mediante la reducción de una a otra; procedimiento que, por exigencias del método, acaba necesariamente en caricatura (63).

La sociología que Schmitt defiende es algo diferente:

Se trata más bien de poner de manifiesto dos identidades espirituales, pero también sustanciales. Decir, por ejemplo, que la monarquía del siglo XVII era el sustrato real que se “reflejaba” en el concepto cartesiano de Dios, no es sociología del concepto de soberanía. Sí lo será, en cambio, demostrar que la existencia histórica y política de la monarquía respondía al estado de conciencia de la humanidad occidental en aquel momento y que la configuración jurídica de la realidad histórico-política supo encontrar un concepto cuya estructura armonizaba con la estructura de los conceptos metafísicos. Por eso tuvo la monarquía en la conciencia de aquella época la misma evidencia que había de tener en época posterior la democracia. Presupone, por tanto, esta sociología, la conceptualidad radical, es decir, la deducción de la última consecuencia en el plano metafísico y teológico. La imagen metafísica que de su mundo se forja una época determinada tiene la misma estructura que la forma de organización política que esa época tiene por evidente. La comprobación de esa identidad constituye la sociología del concepto de soberanía (65-66).

Esta es la razón, según Schitt, del porqué la metafísica ilustrada tiene que tener consecuencias políticas diferentes a la de la metafísica de la modernidad temprana, que fue de la mano con una monarquía absoluta. Subrayo la expresión “de la mano” porque creo que es la articulación entre lo teológico y lo político donde se juega la tesis de la sociología schmittiana. Sin caer en reduccionismos caricaturescos, lo que Schmitt se propone es mostrarnos que la ontología no puede estar disociada de la concepción de lo político. Cuando la modernidad empieza a pensar que la naturaleza esta regida por leyes regulares y constantes, cuando empieza a pensar a la naturaleza como un artefacto, como una máquina, entonces empieza a pensar que la maquina puede “andar por sí misma”. Dios deja de ser personal para dar lugar al deismo y a una visión impersonal de lo divino y de lo político.

El concepto de Dios de los siglos XVII y XVIII supone la trascendencia de Dios frente al mundo, como su filosofía política la del soberano frente al Estado. En el siglo XIX, la noción de inmanencia adquiere cada vez mayor difusión. Todas las identidades que reaparecen en la doctrina política y jurídico-política del siglo XIX descansan sobre esa noción de inmanencia: la tesis democrática de la identidad de gobernantes y gobernados, la teoría orgánica del Estado y su identificación del Estado y la soberanía, la doctrina del Estado de derecho de Krabbe y su identificación de la soberanía con el orden jurídico y, por último, la teoría de Kelsen sobre la identidad del Estado y el orden jurídico (70).

Y en la página siguiente, Schmitt prosigue con el desarrollo onto-metafísico-teológico de la modernidad:

Mientras conservó el concepto de Dios, la filosofía de la inmanencia, cuya magnífica arquitectura sistemática culmina en la filosofía de Hegel, inserta a Dios en el mundo, el derecho y el Estado brotan de la inmanencia de lo objetivo. En los radicales más extremistas domina el ateísmo. El ala alemana de la izquierda hegeliana tiene clara conciencia de ese nuevo nexo. Con no menor decisión que Proudhon proclaman que la humanidad debe ocupar el puesto de Dios. A Marx y a Engels no pasó inadvertido que este ideal de una humanidad cada vez más consciente de sí misma tenía fatalmente que terminar en la libertad anarquista (71).

Los cambios metafísicos tuvieron que influir, de manera decisiva, en la reconfiguración de lo que puede ser considerado como legítimo. La legitimidad de la monarquía fue sustituida por la legitimidad democrática. Donoso Cortés fue, según Schmitt, consciente por eso de que después de 1848 la monarquía había llegado a su fin.

La monarquía se acaba porque no hay reyes. No hay tampoco legitimidad en sentido tradicional. Noqueda más que una salida: la dictadura. Es la misma conclusión a que había llegado Hobbes siguiendo su pensamiento decisionista, mezclado con un relativismo matemático. Auctoritas, non veritas facit legem (72).

Scmitt concluye el ensayo resaltando que la visión de Donoso Cortés, al provenir de otros supuestos ontológicos es ininteligible para los que está regidos por los supuestos de la ciencia naturalista de la modernidad. Quizá podríamos utilizar la expresión que popularizó Thomas Kuhn: la de paradigma. Y es que como ambas posiciones están regidas por paradigmas distintos, el diálogo es de sordos, ya que son inconmensurables entre sí.

La pregunta fundamental que debemos hacernos, si es que he seguido correctamente a Schmitt, es la de qué tipo de concepción de lo político y de la soberanía podemos tener después de la muerte de Dios que anuncia Nietzsche, o del fin de la metafísica que enuncia Heidegger.

¿Qué tipo de política podemos hacer con la ontología que tenemos?

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