La política del reconocimiento de Taylor (2)

por Erich Luna

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Temas de filosofía contemporánea de Cecilia Monteagudo, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la filosofía política desarrollada por el filósofo Charles Taylor. El texto de base para esta sesión es el artículo “La política del reconocimiento”, en: Taylor, Charles, El multiculturalismo y la política del reconocimiento. Ensayos de Charles Taylor, México D.F.: FCE, 1993.

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A partir de los visto en el post anterior, podemos (siguiendo a Taylor) concebir el desarrollo del discurso del reconocimiento en dos niveles fundamentales:

  1. Esfera íntima: donde la identidad se da en diálogo con los otros significantes.
  2. Esfera pública: donde la política del reconocimiento igualitario va teniendo un papel cada vez más importante.

En el proceso de desarrollo de lo que concierne al nivel de la esfera pública, Taylor quiere señalarnos que el paso del honor a la dignidad engendró el embrión de la política del universalismo. Esta política tiene como posición esencial la afirmación de una dignidad igual para todo ciudadano. Su efecto fue la igualación de los derechos, su universalización.

La política de la dignidad igualitaria se basa en la idea de que todos los seres humanos son igualmente dignos de respeto. Su fundamento lo constituye la idea de lo que en los seres humanos merece respeto, por mucho que tratemos de apartarnos de este trasfondo “metafísico” (65).

En qué grado esto se ha dado, y en qué tipos de derecho, es algo complicado y depende del caso. Lo importante es que ya no se tenga a ciudadanos de “primera clase”, frente a ciudadanos de “segunda clase”. De lo que se trata es de tener ciudadanos libres e iguales entre sí. Sobre lo de los derechos, algunos argumentan que solamente se han universalizado derechos civiles y políticos, más no derechos sociales, lo cual sería un nuevo tipo de segmentación (Cfr. La lectura que hace Sinesio López acerca del cambio del Estado y de la ciudadanía en nuestro país para entender un poco como se habrían dado dichos cambios en nuestro caso particular, aunque el marco conceptual no sea, en sentido estricto, el propuesto por este artículo de Taylor.

Pero mientras se desarrolla este progresivo movimiento de universalización y de igualdad,  tenemos por otra parte el desarrollo de lo que Taylor llama la política de la diferencia. La política de la diferencia plantea, con una base igualmente universalista, que cada ser humano debe ser reconocido en su particularidad y unicidad.

Con la política de la dignidad igualitaria lo que se establece pretende ser universalmente lo mismo, una “canasta” idéntica de derechos e inmunidades; con la política de la diferencia, lo que pedimos que sea reconocido es la identidad única de este individuo o de este grupo, el hecho de que es distinto de todos los demás. la idea es que, precisamente, esta condición de ser distinto es la que se ha pasado por alto, ha sido objeto de glosas y asimilada por una identidad dominante o mayoritaria. Y esta asimilación es el pecado cardinal contra el ideal de autenticidad (61).

De lo que se trata hoy es de ver como mediar y resolver la constante tensión que tenemos entre los ideales de universalidad y particularidad sin llegar a omitir o discriminar. Lo importante es que no caigamos en pensar que el trato diferente siempre es discriminador en un sentido negativo:

Mientras que la política de la dignidad universal luchaba por unas formas de no discriminación que eran enteramente “ciegas” a los modos en que difieren los ciudadanos, en cambio la política de la diferencia a menudo redefine la no discriminación exigiendo que hagamos de estas distinciones la base del tratamiento diferencial. De este modo los miembros de los grupos aborígenes recibirán ciertos derechos y facultades de que no gozan otros canadienses si finalmente aceptamos la exigencia de un autogobierno aborigen, y ciertas minorías recibirán el derecho de excluir a otras para conservar su integridad cultural, y así sucesivamente (62-63).

La política de la universalidad quiere que rescatemos un potencial humano común a todos, del que nadie carece y al nadie se le debe de enajenar. Esta dignidad común es lo que merece un respeto universal (Kant es uno de los que en la modernidad establecieron  algunas de las bases de dicha concepción). La manera como desarrollemos dicha potencialidad es algo que la política de la diferencia quiere que respetemos. De ahí que el respeto a la diversidad y la escucha del otro, algo que también vimos de manera anticipada en Gadamer, sean pieza clave de los proyectos democráticos que contemplen la inetracción y coexistencia pacífica de múltiples cultura y pueblos. De ahí que no se pueda hablar sin más de pueblos “civilizados” o “superiores”, algo que Vattimo nos ha hecho ver también con el fin de la modernidad en términos de una filosofía de la historia racionalista y teleológica.

Sin embargo no debemos olvidar que la cuestión esencial con la que debemos enfrentarnos es la tensión fuertemente antagónica y no resuelta entre ambas políticas surgidas en la modernidad, de la que somos herederos.

Así, estos modos de política que comparten el concepto básico de igualdad de respeto entran en conflicto. Para el uno, el principio de respeto igualitario exige que tratemos a las personas en una forma ciega a la diferencia. La intuición fundamental de que los seres humanos merecen este respeto se centra en lo que es igual para todos. Para el otro, hemos de reconocer y aun fomentar la particularidad. El reproche que el primero hace al segundo es, justamente, que viola el principio de no discriminación. El reproche que el segundo hace al primero es que niega la identidad cuando constriñe a las personas para introducirlas en un molde homogéneo que no les pertenece de suyo. Esto ya será bastante malo si el molde en sí fuese neutral: si no fuera el molde de nadie en particular. Pero en general la queja va más allá, pues expone que ese conjunto de principios ciegos a la diferencia -supuestamente neutral- de la política de la dignidad igualitaria es, en realidad, el reflejo de una cultura hegemónica. Así, según resulta, sólo las culturas minoritarias o suprimidas son constreñidas a asumir una forma que les es ajena. Por consiguiente, la sociedad supuestamente justa y ciega a las diferencias no sólo es inhumana (en la medida en que suprime las identidades) sino también, en una forma sutil e inconsciente, resulta sumamente discriminatoria.

Este último punto es clave, ya que lo que busca mostrar es una fuerte crítica que se hace al liberalismo político que prima en las democracias contemporáneas y en el sistema económico capitalista internacional. Lo que Taylor quiere resaltar es que muchos críticos de la univresalidad ciega señalan como culpables a los liberales, ya que sus ideales de neutralidad y universalidad esconden una dominación e imposición acerca de cómo debemos ser, aunque ellos digan que únicamente piensan en cuestiones puramente formales, procedimentales (Taylor incluye aquí las propuestas de Rawls, Dworkin y el proyecto de Habermas) y no en cuestiones sustanciales.

El punto en cuestión es pues si el liberalismo es una particularidad disfrazada de neutralidad y de universalidad.

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