Introducción a la ética kantiana (4) (segundo capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres)

por Erich Luna

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Ética de Gonzalo Gamio, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la propuesta ética de Immanuel Kant. El texto base para esta sesión es el segundo capítulo “Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las costumbres” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, traducción de Roberto Aramayo, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

***

El tercer principio, que se sigue del anterior, es el que sostiene que la voluntad de cualquier ser racional es una voluntad que legisla universalmente. La voluntad no se somete a la ley pasivamente, sino que es ella (en cuanto racional) la que se autolegisla (esto implica pensarnos como autores de la ley). Esta voluntad no se funda en interés alguno. No se trata de una ley que viene de fuera, sino que es nuestra voluntad la que se autolegisla universalmente. Este axioma es el principio de la autonomía (palabra que viene de dos palabras griegas y cuyo sentido tiene ver como la expresión anterior: “autolegislación”). Todo lo que no sea autolegislación universal de una voluntad racional, será llamado heteronomía. Esto tiene que ver con la noción de dignidad, propia de los seres racionales. La tesis es que los seres racionales no obedecen a ninguna ley, salvo la que se dan ellos mismos.

A partir de esto, Kant deriva el concepto del reino de los fines. Ese reino es la conjunción sistemática de los seres racionales por leyes objetivas comunes (es una especie de ideal regulativo).

Un ser racional pertenece al reino de los fines como miembro si legisla universalmente dentro del mismo, pero también está sometido él mismo a esas leyes. Pertenece a dicho reino como jefe cuando como legislador no está sometido a la voluntad de ningún otro.

(…)

La moralidad consiste, pues, en la relación de cualquier acción con la única legislación por medio de la cual es posible un reino de los fines. (122).

La formulación sería en principio la siguiente:

(…) no acometer ninguna acción con arreglo a otra máxima que aquella según la cual pueda compadecerse con ella el ser una ley universal y, por consiguiente, sólo de tal modo que la voluntad pueda considerarse a sí misma por su máxima al mismo tiempo como universalmente legisladora (123).

En el reino de los fines lo que puede intercambiarse y tener equivalentes tiene precio. Lo que no tiene equivalencia y se sustrae a todo precio decimos que tiene dignidad: un valor intrínseco. La moralidad es lo único que posee dignidad, todo lo demás tiene un precio:

  • La destreza y el celo en el trabajo: precio de mercado.
  • El ingenio, la imaginación viva y el humor: precio afectivo.

Mientras que:

  • Fidelidad en las promesas o la benevolencia pro principios (no instinto): tiene un valor intrínseco. Aquí todo se juega en las intenciones, en las máximas.

Al respecto, Kant sintetiza lo esencial del punto en la siguiente cita:

Y ¿qué es entonces lo que autoriza a la buena intención moral o a la virtud a tener tan altas pretensiones? Ni más ni menos que la participación en la legislación universal que le procura al ser racional, haciéndole por ello bueno para un posible reino de los fines, al cual ya estaba destinado por su propia naturaleza como fin en sí mismo, y justamente por ser quien legisla en el reino de los fines, como libre con respecto a todas las leyes de la naturaleza, al obedecer sólo aquellas leyes que se da él mismo y según las cuales sus máximas pueden pertenecer a una legislación universal (a la que \ simultáneamente se somete él mismo). Pues nada tiene un valor al margen del que le determina la ley. Si bien la propia legislación que determina todo valor ha de poseer por ello una dignidad, osea, un valor incondicionado e incomparable para el cual tan sólo la palabra respeto aporta la expresión conveniente de la estima que ha de profesarle un ser racional. Así pues, la autonomía es el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional.

Ahora sobre las máximas, es necesario constatar que todas tienen los siguientes elementos:

1. Forma. La forma consiste en la universalidad.

Que las máximas han de ser escogidas como si fuesen a valer como leyes universales de la naturaleza (…) (126)

2. Materia. Esto tiene que ver con el fin.

El ser racional como fin según su naturaleza, y por tanto, como fin en sí mismo tendría que servir para toda máxima como condición restrictiva de todo fin meramente relativo y arbitrario (…) (126).

3. Determinación de las máximas para concordar con el reino de los fines.

Todas las máximas de la propia legislación deben concordar a partir de una legislación propia con un posible reino de los fines, como un reino de la naturaleza (126).

Toda máxima, en cuanto principio subjetivo de la acción, que no se contradiga con la ley universal que toda racionalidad determina en la voluntad, en tanto autolegisladora universal, es absolutamente buena.

Obra siempre según aquella máxima cuya universalidad como ley puedas querer a la vez (127).

Obra según máximas que al mismo tiempo puedan tenerse a sí mismas por objetos como leyes universales de la naturaleza. Así está constituida por lo tanto la fórmula de una voluntad absolutamente buena (127).

El fin va  a ser aquí establecido por cuenta propia, no es algo que se va a realizar (algo relativo). Es algo que pensamos negativamente: es algo contra lo que nunca actuaremos, ni obraremos como si fuese un medio. Este fin es el sujeto de todos los fines posibles, ya que su voluntad absolutamente buena es lo que es supremamente estimada. El sujeto racional debe ser considerado siempre como un fin en sí mismo, nunca como un medio.

El sujeto racional es autolegislador, y este mundo de autolegislación universal es el reino de los fines: un mundo de seres racionales donde las leyes que los rigen son autolegisladas por ellos mismos, a diferencia del reino de la naturaleza, donde las leyes vienen de manera externa.

Moralidad  es, por tanto, la relación de las acciones con la autonomía de la voluntad, esto es, con la legsilación universal posible gracias a sus máximas. La acción que puede compadecerse con la autonomía de la voluntad es lícita y la que no concuerde con ella es ilícita. La voluntad cuyas máximas coinciden necesariamente con las leyes de la autonomía es una voluntad santa y absolutamente buena. La dependencia de una voluntad que no es absolutamente buena respecto del principio de autonomía (el apremio moral) supone la obligación. Ésta no puede ser aplicada por lo tanto a un ser santo. La necesidad objetiva de una acción por obligación se llama deber. (130)

La dignidad de cumplir el deber reside, pues, en que se trata de una autolegislación y no deun mero sometimiento. Además, el móvil es el respetohacia la ley, no una mera inclinación. Esto está íntimamente relacionado con la autonomía del sujeto racional:

El principio de autonomía es por lo tanto éste: no elegir sino de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal. (131)

La heteronomía seríael buscar la ley en un objeto, en algo distinto al propio sujeto. De ahí que no tenga que ver con la moralidad. Solamente sustenta imperativos hipotéticos. Veamos las diferencias:

  1. “Debo hacer algo, porque quiero alguna otra cosa”
    • “No debo mentir, si quiero conservar mi reputación”
  2. “Debo obrar así o asá, a pesar de que no quiera ninguna otra cosa”
    • “No debo mentir, aunque no me reportase la menor deshonra”

Kant termina haciendo una tipología ética. Parte de afirmar que hay dos posibles principios que para organizar esto:

1 Empíricos: el principio es la felicidad, se fundamenta en un sentimiento físico o moral.

2. Racional: el principio de perfección, se sustenta en un efecto posible nuestro o como una causa de una perfección independiente (Dios) en nosotros.

Así pues, la voluntad absolutamente buena, cuyo principio ha de ser un imperativocategórico, al mostrarse indeterminada con respecto a cualquier objeto, albergará simplemente la forma del querer en general y ciertamene como autonomía, esto es, la propia idoneidad de la máxima de toda buena voluntad para convertirse ella misma en ley universal es la única ley que se impone a sí misma la voluntad de todo ser racional, sin colocar como fundamento de dicha voluntad móvil e interés algunos.

 

Anuncios