Gadamer: Del animal racional al ser vivo dotado de lenguaje

por Erich Luna

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Temas de filosofía contemporánea de Cecilia Monteagudo, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la hermenéutica filosófica desarrollada por el filósofo Hans-Georg Gadamer. El texto de base para esta sesión es el artículo “Hombre y lenguaje”, de 1965, compilado en Verdad y Método II, Editorial Sígueme: Salamanca, 1992.

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gadamer1A partir de lo visto y discutido en la sesión pasada, en la que se abrió el debate de la modernidad y de la categoría de “sujeto” partiendo del primer capítulo “La subjetividad sin mitos”, del libro Despúes del nihilismo. De Nietzsche a Foucault, de Martín Hopenhayn (hay un esbozo de esquema también aquí), podremos hacer ahora un tránsito a lo propuesto y sostenido por Gadamer en relación a un problema específico y central: ¿Qué es lo propio del ente que somos?

Gadamer quiere profundizar, de manera decisiva, en la definición tradicional hecha por Aristóteles. Recordemos que lo que normalmente recibimos, como interpretación heredada de dicha definición, es la tesis de que el ser humano es un animal racional. Esta manera de haber interpretado al ser humano va a tener como resultado una visión que privilegia la actividad teorético-cognoscitivo-científica del ser humano por sobre las demás posibilidades, al punto de pensar dicha actitud como nuestra “propiedad constitutiva y esencial”: la de ser seres racionales, seres con la capacidad de pensar.

La apropiación originaria que Gadamer va a hacer de dicha definición nos pide remitirnos al texto griego, con el fin de poder constatar que ahí lo que se nos muestra es la palabra logos, palabra que no es primaria, ni originalmente, “razón” (entendiendo aquí razón de una manera sustancial y cósica, como una propiedad o facultad del ser humano). Logos aquí significa primariamente “lenguaje“.

La diferencia entre los seres humanos y los animales, es señalada por Aristóteles en un pasaje de la Política, donde se muestra que lo propio y constitutivo de nuestro modo de ser, es la posibilidad de entendernos entre nosotros. Lo que hacemos es mostrarnos que es lo placentero, lo doloroso, lo útil, lo dañino lo justo y lo injusto, por poner algunos ejemplos. Este poder llegar a saber estas cuestiones no es algo que en primer término se considere originariamente valioso por sí mismo. Su importancia radica en que nos podrá servir para poder comportarnos de una determinada manera en el futuro, es decir, que nos posibilitará el ejercer nuestra(s) actividad(es) de una determinada manera. Esto será llamado, por Gadamer, sentido de futuro.

Poder pensar y poder hablar significan, en un sentido originario, un hacer patente lo no actual con el lenguaje, para que otro pueda “verlo”. Este poder mostrar al otro lo no patente nos posibilita el poder llegar a pensamientos comunes en los que se funda toda convinencia humana posible, en el sentido de generar vida social, constituciones políticas, sistemas económicos de división del trabajo, etc. Sostener que el ser humano es el ser vivo dotado de lenguaje implica (y funda, de manera decisiva) todo lo dicho hasta aquí.

Sin embargo, a pesar de que hoy, en la reflexión filosófica contemporánea, el lenguaje nos parezca un objeto de reflexión determinante, debemos tomar muy en cuenta que esto no ha sido nunca, en la mayor parte de la historia de la filosofía, así. Tenemos como hitos de la historia occidental, en pasajes bíblicos decisivos, momentos de reflexión acerca de lo esencial del lenguaje. Un primer momento concierne a la función que Dios da al hombre para nombrar las cosas. El otro momento importante es el de la torre de Babel, pasaje que será discutido e interpretado en las sesiones siguientes, a la luz de dos conferencias de Gadamer en relación a la diversidad de lenguas. Sin embargo, más allá de estos pasajes, y de ciertas figuras excepcionales en la historia de Occidente, lo cierto es que la reflexión filosófica sobre el lenguaje, y su relación en el ser humano y el mundo, no ha sido algo que haya tenido un papel protagónico. Esto fue así hasta fines de la Ilustración, en la modernidad filosófica.

Lo que constaamos es la imposibilidad de realizar un intento: el de pensar el origen del elnguaje a partir de un ser humano “a-lingüistico”. Esta imposibilidad de pensar, desde el lenguaje, un estadio previo sin lenguaje fue sacado a la luz por Herder y Humboldt. Lo que ellos mostraron fue la lingüisticidad originaria y propia del ser humano, así como la relevancia esencial y fundamental de ésta para la visión del mundo que el ser humano tiene. Sin embargo, esta posibilidad abierta no fue llevada a su total radicalidad por los presupuestos cartesianos del sujeto moderno, que hicieron de criterio y límite a la reflexión sobre el lenguaje. Esto tuvo como resultado, uno entre muchos, que pensáramos al lenguaje como algo “externo” o “adicional” al propio pensamiento que caracterizaba a la racionalidad humana (aquí ya vista de manera más extrema como la cosa que piensa).

Gadamer dice al respecto:

El pensamiento sobre el lenguaje queda siempre involucrado en el lenguaje mismo. Sólo podemos pensar dentro del lenguaje, y esta inserción de nuestro pensamiento en el lenguaje es el enigma más profundo que el lenguaje propone al pensamiento (VyM II, 147)

La radicalidad de la reflexión gadameriana consiste en invitarnos a no pensar más al lenguaje como un “medio” más de la consciencia, entre otros, para conocer y conmunicarse con “la realidad”. No podemos pensar al lenguaje como un medio, pues con ello tergiversamos lo más propio de él. Pero tampoco podemos pensarlo si fuera una herramienta, ya que no tenemos, ni podremos llegar nunca a tener, una completa y acabada destreza ni dominio de su uso concreto. Es más, tampoco podemos dejarlo, una vez que lo hemos usado, como sí podemos dejar una herramienta, luego de haber realizado con ella lo que queríamos realizar.

Y es que:

El conocimiento de nosotros mismos y del mundo implica siempre el lenguaje, el nuestro propio. Crecemos, vamos conociendo el mundo, vamos conociendo a las personas y en definitiva a nosotros mismos a medida que aprendemos a hablar. Aprender a hablar no significa utilizar un instrumento ya existente para clasificar ese mundo familiar y conocido, sino que significa la adquisición de la familiaridad y conocimiento del mundo mismo tal como nos sale al encuentro (VyM II, 147-148).

Y más abajo, Gadamer añade y sintetiza:

La verdad es que estamos tan íntimamente insertos en el lenguaje como en el mundo.

Lo importante es constatar, según Gadamer, que siempre estamos sostenidos por la interpretación lingüística del mundo, en todos nuestros modos de ser y de estar en el mundo. Asimilar este lenguaje es posible por la crianza. Lo interesante, aquí, es que nos percatemos de que nunca se da todo el lenguaje en un único individuo, en una única consciencia. De ahí que la pregunta sea: ¿Cómo existe entonces el lenguaje? No existe sin individuos, pero es más que una mera suma o “síntesis” de consciencias individuales.

Gadamer sostiene que uno nunca puede estar plena y verdaderamente consciente de su lenguaje. Hay tres elementos que cruciales para Gadamer a tomar en cuenta, a partir de esta visión del lenguaje:

  1. Auto-olvido: esta característica alude al olvido o a la inconsciencia del lenguaje vivo frente a toda tematización o explicitación de tipo científica o teorética que puede hacerse, en la forma de gramática, sintaxis, estructura, etc. Lo dicho en él (y la tradición que implica) es su verdadero sentido: “El verdadero ser del lenguaje es aquello en que nos sumergimos al orilo: lo dicho” (VyM II, 151).
  2. Ausencia del yo: No hay un lenguaje privado, es decir, un lenguaje que solamente un individuo entienda. Hablar es hablar a alguien, según Gadamer. El habla pretence a la esfera del “nosotros” y no a la esfera del “yo”. La realidad del habla es dialógica y no monológica, es el “espíritu que nos unifica”. La realidad dialógica puede entenderse mejor a la luz del juego, entendido como un proceso dinámico que se toma en serio. Un juego de habla y réplica, de “pregunta y respuesta” (Manuel Cruz).
  3. Universalidad del lenguaje: lo envuelve todo, no habiendo algo “indecible” que se le escape. Nada se sustrae a un “decir” que contínuamente avanza en la dicción. Pero este movimiento es infinito, inacabable e inagotable. Esto implica que el diálogo, mientras existan los seres humanos, nunca podrá terminarse. Interrumpir el diálogo es es posible, únicamente, por la eventual reanudación que ello implica. Las motivaciones del diálogo, de las preguntas y de las respuestas son esenciales para el lenguaje vivo. Si no buscamos comprender las motivaciones, no podremos comprender las preguntas ni las respuestas. Ese sentido y direccionalidad del decir es la que el traductor debe tener en cuenta para poder transmitir en su lengua lo que otra lengua busca decir.

En conclusión, podemos cerrar el texto de la manera en que lo cierra el propio Gadamer:

El lenguaje es así el verdadero centro del ser humano si se contempla en el ámbito que sólo él llena: el ámbito de la convivencia humana, el ámbito del entendimiento, del consenso siempre mayor, que es tan imprescindible para la vida humana como el aire que respiramos. El hombre es realmente, como dijo Aristóteles, el ser dotado de lenguaje. Todo lo humano debemos hacerlo pasar por el lenguaje.

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