Hacia la comprensión del surgimiento y apropiación del socialismo en América Latina (2)

Lo siguiente son reflexiones basadas, en lo esencial, en la clase de Procesos políticos del Perú y América latina en el siglo XX, del profesor Jaris Mujica.

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Siguendo con lo visto en la entrada anterior, vemos dos grandes formas que las sociedades coloniales adoptaron para poder establecerse en América Latina. La primera forma es la de exterminio e imposición, mientras que la segunda tiene que ver con una especie de convivencia con las estructuras de clase previas, en el sentido en que esta convivencia tiene como resultado institucionalizar los fragmentos singulares que componen dicho proceso.

En este segundo caso, más importante para la situación particular de nuestro país, tenemos que ver como hay unos otros que van tratando de ser incluídos y situados (incluso de manera zoológica) (cfr. modelo peste): de los indios pasamos a los mestizos, a los negros y a los orientales (por hablar de grandes grupos que, interiormente, tienen entre sí varias diferencias). Esta separación y clasificación institucionalizada, tuvo como resultado el generar y mantener tensiones en estos actores, actores que nunca llegaron a “mezclarse” propiamente.

Los procesos independentistas que empezaron a surgir después, tuvieron una especie de contradicción entre sí. Y es que había una pugna entre modelos o sistemas de gobierno: monarquía versus república. Es necesario tener muy en cuenta esto, ya que es esta pugna la que produjo discursos ilustrados sobre la nación, en pro de la defensa (y demanda) de la república. Obviamente la pregunta fundamental que nos debemos hacer, pues engloba esencialmente una cuestión de suma importancia para nuestra siuatción histórica propia y particular (con Ecuador y Bolivia), es la siguiente: ¿Cómo tener un Estado nacional moderno con fragmentos institucionalizados?

Una respuesta inicial cobra forma en la emergencia de discurso del mestizo, discurso que postula al mestizo como ese espacio cuasi-mesiánico, buscado, de unificación nacional. Hay que tener eso en cuenta en relación al hecho de que, propiamente, la independiencia del Perú fue hecha por criollos y blancos. Nuestra primera pregunta fundamental ahora debe de ser comprendida a la luz de una de igual rango: ¿Quién es el “peruano”? Sobre este discurso acerca del Estado nación unitario (de fragmentos), que va a irse constituyento y reconfigurando a lo largo del tiempo, se pueden revisar los textos de Burga y Flores Galindo. El problema, repito, es el de la constitución de un Estado nacional moderno fundado sobre fragmentalidad institucionalizada, lo cual debe poder hacernos ver, hasta cierto punto, que desde cierta perspectiva no siempre toda institucionalidad es sana (en contra de lo que a veces nuestro sentido común parece avalar siempre de manera cuasi incondicional).

Es a partir de esta problemática histórica, concerniente a las estructuras políticas prehispánicas que fueron apropiadas de determinada manera, que surge (de manera decisiva) una tercera cuestión central, ligada íntimamente a las otras dos: el problema del indio. Este problema, y en esto debemos ser insistentes, no puede serguir entendiéndose e interpretándose de manera puramente racial, como suele hacerse (y de manera superficial). Esta cuestión central debe ser pensada como eminentemente política y no étnica (exclusivamente).

Es el discurso unificador el que deja afuera al indio (cfr. el vacío necesario a la estructuración del orden simbólico lacaniano). Debemos tener muy en cuenta que, en nuestro caso, dicho discurso tuvo una serie de repercusiones importantes y singulares (frente al resto de países latinoamericanos recién independizados), dado que, como he venido repitiendo de manera reiterada, teníamos esta fragmentación y separación fuertemente institucionalizada: modos de producción, organización social, sistemas políticos e, incluso, nobleza (con lo cual debemos dejar, en este punto, de equipara burdamente indio= “pobre”). Esta doble nobleza fue arrebatada, de manera formalmente definitiva, con el período republicano.

El problema del indio nos lleva, pues, a formular la siguiente pregunta: ¿Qué hacer con el indio que no representa a la nación (condición necesaria para producir un Estado moderno)? Y es que se necesita de una nación unitaria para ello. Recordemos que esa homogeneidad ausente de igualdad física, de un lenguaje común, de religiosidad compartida, de tierras y de economía (por mencionar unas cuentas características), es justamente la que nos enfrenta con el problema del indio. El indio condensa simbólicamente estos problemas, aporías, e impasses. Puede verse al respecto de este debate entre nación e institucionalidad, para lo que conforma y unifica al Estado nación moderno, las críticas de Schmitt al Estado parlamentario, así como la discusión que hace Habermas del surgimiento del Estado moderno (primera y segunda parte) y de la posición schmittiana presentadas anteriormente.

La manera de comprender profundamente esta problemática es la que nos llevará a pensar el problema del indio como un problema claramente político y administrativo. Y es que por ser el indio el símbolo de lo aún-no-moderno (representa todo lo que el Estado moderno no es), la república lo tendrá como su primer y fundamental problema de administración, básicamente: no saber qué hacer con él, cómo clasificarlo, “dónde” ponerlo.

Los cambios empezarán a mostrarse a partir de lo que se conocerá como las grandes reformas en América Latina.


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