Martin Hopenhayn sobre la subjetividad y el fin de la modernidad

hopenhayn1Lo siguiente son unas notas y apuntes esquemáticos, sobre un texto de Hopenhayn, para introducir, de manera general, el problema del fin de la modernidad y nuestra época contemporánea, a alumnos de Estudios Generales en un curso de Temas de filosofía contemporánea. He considerado pertinente, además, incluir un video delprograma La belleza del pensar, donde se le entrevista y toca algunos temas desarrollados y vistos en el texto.

***

Martin Hopenhayn (uno de los alumnos de Deleuze) abre su libro Después del nihilismo. De Nietzsche a Foucault con una descripción de la subjetividad moderna y su progresivo colpaso.

¿Como englobar, de manera esquemática y general, lo que deberíamos entender  por el concepto de “sujeto”, en sentido moderno? Hopenhayn nos sintetiza una definición de la siguiente manera:

“¿Pero quién es este sujeto que tanto se impugna? Es aquel que se atribuye cualidades intrínsecas que permiten discernir entre el conocimiento verdadero y el falso, y entre lo real y lo aparente; que se percibe como indisoluble en su identidad y consistente y sus convicciones; que se cree conocer la racionalidad de la historia (y de su historia personal) y deducir de allí la capacidad para guiar esas mismas historia; y que se declara sujeto ‘trascedental’ por cuanto se presume dotado de una moral de validez universal, o de la facultad para remontar el conocimiento de la realidad hasta sus razones últimas” (11).

En contra de esa unidad, convicción y consistencia, se empieza a alzar la “danza del devenir” en la modernidad tardía. Lo que propone Hopenhayn es pensar en este incesante cambio no únicamente para la innovación y la tecnología, sino también en el campo de, por ejemplo, la política. El ejemplo sintomático, para él, es la caída del muro de Berlín. Hace con dicho evento, una especie de analogía con la “muerte de Dios” que había anunciado ya Nietzsche:

“Allí no sólo caen los socialismos reales: toda imagen de totalización social se revela inoperante. La muerte de Dios, como muerte del Logos que vaticinó Nietzsche, tiene su acontecimiento emblemático un siglo después, cuando cae todo el orden del Este sin que poder alguno pueda -o quiera- eviralo. El salto al vacío se produce ahora que los dioses de la política y de la razón han revelado su vulnerabilidad” (12).

La caída, en el plano discursivo, se ve en el declive de los metarrelatos y los “órdenes superiores” son desacreditados (Lipovetsly). Lo que tenemos es una progresiva secularización.”Entiendo aquí por secularización la lucha del sujeto moderno por liberarse de prejuicios, mitos y constumbres, y ganar, en esta lucha, la libertad requerida para crearse una nueva imagen de sí mismo. En este sentido, la nueva oleada secularizadora constituye una radicalización de la potencia desmitificadora de la modernidad” (13).La sospecha crítica, propia de la modernidad, se ha extendido, ahora, a todo discurso totalizador. Se ha radicalizado el potencial desmitificador. Hopenhayn me parece que aquí sigue, de alguna manera, la manera en que Adorno y Horkheimer entienden a la dialéctica de la ilustración, aunque con una final
menos pesimista. El núcleo del iluminismo trae, para Hopenhayn, dos mitos: el mito de la emancipación y el mito de la identidad. La emnancipación se ha buscado a todo nivel: en los prejuicios morales, en las jerarquías sociales, en las instituciones autoritarias y en la escacez de los recursos. Lo que habría es un impuslo, una vocación a la liberación. La identidad tiene que ver con esa búsqueda, ya mencionada, de unidad, consistencia. Hay una urgencia por la identidad.

Ambos mitos se encuentran en una tesión, ya que buscamos cambiar y emnaciparnos de nuestra propia conciencia, al mismo tiempo que queremos sustancialidad y consistencia interna. La manera de resolver esto se daría con el siguiente intento moderno:

“El sujeto moderno debe fundar su identidad y consistencia no al margen sino a través del cambio cultural, el movimiento histórico y su propio proceso de transformación personal” (16).

Pero es la Razón, según Hopenhayn, el mayor mito de la modernidad. Y es que ella es la que resolverá la tenisó al ser la facultad del sujeto para conocer, además de ser el principio ordenador de la historia humana. Lo que tenemos
aquí es, pues, una especie de providencialismo laico. Es lo que nos permite pasar del reino de la necesidad al reino de la libertad. Sin embargo, los desarrollos históricos y sociales socavaron esa creencia: el capitalismo industrial, del socialismo real y los desastres ecológicos, por porner un par de ejemplos. Eso suele verse como la primacía de la razón instrumental por sobre toda consideración de valores o fines.

Pero, además, la secularización progresiva en el siglo XX lleva a la angustia contemporánea de la ausencia de todo sentido. Nos enfrentamos a la pregunta hecha, entre otros, por Touraine: “¿Podemos vivir sin Dios?”. Esto nos regresa
a la tensión anunciada por Nietzsche. Al respecto, Hopenhayn afirma lo siguiente:

“Estas sigresiones giran en torno a la proclama nietzscheana de la muerte de Dios. Mucho más que una confesión de ate+ismo, esta proclama implica varias otras muertes: es la muerte de un sujeto que se autodefine como criatura, efecto o analogía de un principio que lo trasciende desde el comienzo, la muerte de la metafísica, entendida como perspectiva que establece la distinción categórica entre conocimiento verdadero y falso, entre lo esencial y lo aparente, entre sujeto y mundo, y entre pensamiento y fenómeno; la muerte del principio que garantiza la certeza y la posibilidad de la unidad interna en el sujeto, llámese ese principio Razón o conciencia; la muerte de la teleología en la historia (es decir, de la historia como marcha ascendente hacia un orden superior) y, con ello, del principio que permite derivar hacia el futuro la promesa de una redención individual en un reencuentro universal; la muerte del mito moderno del progresivo dominio de la acción personal sobre las condiciones externas que inciden en su desarrllo; y la muerte de las cosmovisiones estables, de la temporalidad ordenada, de todo centro en torno al cual sea posible articular nuestras ideas, en fin, la muerte de la certeza y autoconfianza del yo (…)” (20).

Y amplía estas ideas más adelante:

“La muerte de Dios libera y dispersa. Coloca al sujeto entre ambivalencias cruzadas. Lo provee de autonomía pero le sustrae fundamento y continuidad. No hay un final de la historia en que confluyan sus acciones, ni un sentido que permita inscribir su vida personal en una totalidad unitaria. No es casual si los filósofos de la modernidad van y vuelven de la secularización a la metafísica para tratar de preservar lo mejor de la autonomía, y conjurar lo peor de la orfandad que dicha autonomía implica” (20-21).

En relación a Kant y Hegel, Hopenhayn nos señala motivos contemporáneos de rechazo, descrédito y rechazo, frente a los ideales y principios fundamentales que movían las reflexiones y construcciones modernas. En el caso de la racionalidad formal, se sostiene que ésta deriva en racionalidad instrumental, como en el diagnóstico de Weber, Adorno y Horkheimer. En lo que concierne a la historia, hay un descrédito acerca de la realización de la racionalidad y
libertad que se profetizaba. Los ejemplos son variados: el Estado jacobino, napoeónico, prusiano, fascista, nazi, socialista, neoliberal-autoritario, etc. (21). Ya no se cree en discursos totalizadores que persigan la emancipación,
al constatar una múltiplicidad de paradigmas inconsistentes entre sí. Finalmente, la conciencia y la subjetividad se rompen para dar lugar a “zonas insondables” que son irreductibles a la razón, o a reglas puramente racionales.

Finalmente, el papel de la filosofía crítica es:

“(…) repensar los contenidos de una vocación liberadora a partir de esta secularización exhaustiva a la que toca asistir al despuntar del nuevo milenio” (24).

Sobre el video, es una conferencia introductoria que puede servir a los alumnos para acceder a estas intuiciones en un lenguaje más accesible, por momentos:

La belleza de pensar: Martín hopenhayn (1/5)

La belleza de pensar: Martín hopenhayn (2/5)

La belleza de pensar: Martín hopenhayn (3/5)

La belleza de pensar: Martín hopenhayn (4/5)

La belleza de pensar: Martín hopenhayn (5/5)


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