Habermas sobre la inclusión: nación, democracia y Estado de derecho

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Habermas inicia el capítulo 3 de La inclusión del otro titulado “Inclusión: ¿Incorporación o integración? Sobre la relación entre nación, Estado de derecho y democracia”, partiendo de la constatación de la multitud de Estados que se han conformado a la caída de la URSS. Dice que muchos especialistas utilizan la expresión “etnonacionalismo” para comprender estos procesos y fenómenos políticos. Sin embargo, Habermas considera que dicho término es poco inocente, ya que confunde y encubre cuestiones disímiles.

Los términos originales son “ethos” y “demos”. Lo que buscan definir como etnonacionalismo es un origen común y una misma pertenencia, ligada esencialmente por lazos de sangre. El problema es que obvia por completo la historia política, la orden jurídido y al Estado de derecho, además de las dinámicas propias de la comunicación de masas. Lo que debe tenerse en cuenta es que la nación no es algo dado o previo a la modernidad. Todo lo contrario: es algo que surge con ella y que busca unificar algo que no estaba unificado a través de una serie de creaciones, como los mitos nacionales, es algo enraizado de un pasado ficticio.

Habermas resume el enlace de los términos señalados más arriba, de la siguiente manera:

“La idea de nación apunta al supuesto de que el demos de los ciudadanos tiene que estar enraizado en el ethos de los miembros de un pueblo para poder estabilizarse como asociación política de miembros libres e iguales de una comunidad jurídica, Supuestamente, la fuerza vinculante de la comunidad republicana no resulta suficiente” (110)

Habermas sostiene que es el status de ciudadano el que debe ahora fungir de fuente secular de legitimación, debe de ser el nuevo plano para la integración social que es mediada por el derecho.

Schmitt es la primera propuesta que Habermas examina para comprender las tensiones entre el Estado y la nación. Y es que Schmitt, como ya he mencionado en una entrada anterior, considera que la homogeneidad sustancial es una condición necesaria para el ejercicio democrático del poder político. La limitación de Schmitt, para Habermas, radica no pensar que el espacio común tiene que ver con la intersubjetividad, con el entendimiento común que los ciudadanos logran entre sí, reconociéndose recíprocamente como libres e iguales. Lo que Schmitt hace es cosificar esto bajo la idea de “homogeneidad”. El trato igual está, desde esta perspectiva, determinado por el origen nacional común. La ecuasión, para ponerlo en simple, es: “igualdad democrática= igualdad sustancial”. Solamente quien participa de la sustancia es un igual. Lo que pueblo reunido quiere es lo bueno, ahí se encuentra la decisión. En pocas palabras, se trata de una democracia directa donde “todos quieren lo mismo”.

Como la pertenencia es interna y no externa, lo cosmopolita es imposible. No puede haber una democracia de la humanidad, lo único posible es la democracia de un pueblo.

Frente a esto estpa la idea de un pueblo o nación que surgen en el proceso mismo de la creación del Estado, a través de un contrato social. Son los seres humanos los que aceptan reconocer ciertos derechos a los demás. Lo fundamental, aquí, es la idea de un procedimiento para la autolegislación democrática. Así, la visión procedimentalista busca erigirse por sobre la visión sustancial. Esto es así, porque se considera que aquí pueden generarse condiciones procedimentales que permitan el acuerdo normativo racional entre extraños, sin tener que descartarlo por la necesidad de apelar a un acuerdo prepolítico, fundamento en una homogeneidad sustancia previa.

Schmiit, por su parte, y en la misma dirección que Hegel y los “comunitaristas”, criticará como insuficente el vínculo procedimental, pero desde una lectura “liberal” de este (al igual que los demás críticos mencionados). El lugar común de dichas críticas radica en que se concibe al ser humano como un individuo, como un “yo desvinulado” que existe, como tal, previamente al contrato con que se forma el Estado. La defensa de una posición “afin” consiste en pensar, no hobbesianamente, en una “comprensión intersubjetivista” de la soberanía popular como procedimiento. Lo que hay no es un contrato propio del derecho privado, entre intereses puramente egoístas, sino que, más bien, lo que tenemos es la práctica deliberativa y comunicativa de participantes que desean tomar decisiones que sean motivadas racionalmente. Lo que esto trae como resultado es una política inclusiva que busca incorporar a todos los ciudadanos.

Habermas nos contrapone, de manera clara, la visión sustancialista y porcedimentalista en el siguiente pasaje:

“La comprensión sustancialista de la soberanía popular relaciona la <<libertad>> esencialmente con la independiencia eexterior de la existencia de un pueblo; la comparación procesimentalista, en cambio, con la autonomía privada y pública garantizada de igual modo para todos een eel sseno de una asociación de miembros libres e iguales de una comunidad jurídica” (118)

Habermas piensa, de esta manera, que la teoría de la comunicación puede superar los impasses que nos presentaban las concepciones etnonacionalistas, schmittianas, hegelianas y comunitaristas.

El republicanismo es algo esencial para poder superar estos impasses también. La idea es ser consciente de la contingencia que las fronteras de cada época histórica, para no dotarlas de la falsa y mítica sustancialidad en la que los etnocacionalistas naturalistas se basan. Los Estados nacionales, en realidad, surgen de territorios compuestos por múltiples etnias y culturas. De ahí que tengamos como un resultado real, la imposición de unos sobre otros, y no la emanciapción de un todo previamente homogéneo. Como uno no puede pensar ahistóricamente, debemos comprender, también, que las comunidades poseen y comparten “valoraciones fuertes”. Pero, de lo que se trata es de distinguir la cultura mayoritaria (particular) de la cultura política (universal).

Hasta aquí, podemos sintetizar lo visto con la siguiente cita:

“Si autodeterminación democrática quiere decir participación simétrica de ciudadanos libres e iguales en el proceso de decisión y de legislación, con la democracia el tipo y el ejercicio de la soberanía interna se modifican en primera línea. El Estado de derecho democrático revoluciona los fundamentos de legitimación del poder. Sí, por el contrario, autodeterminación democrática significa autoafirmación y autorrealización colectivas de miembros homogéneos o simpatizantes de una comunidad, el aspecto de la soberanía externa se desplaza hasta el primer plano. Pues entonces el mantenimiento del poder del Estado en el sistema de potencias adquiere el significado ulterior de que una nación asegura con su exstencia a la vez su peculiaridad frente a las demás naciones. El nexo entre la democracia y la sobernaía estatal plantea, pues, en el primer caso condiciones exigentes para la legitimidad del orden interno, mientras que deja abierta la cuestión de la soberanía exterior: En el otro caso se interpreta el lugar del Estado nacional en el concierto internacional, mientras que para el ejercicio del poder en el interior no precisa otro criterio de legitimidad que el de la paz y el orden” (127).

Estas maneras de estender la soberanía plantean distintos caminos acerca si es posible que un Estado se inmiscuya en los asuntos de otro. Habermas piensa que en materia de derechos humanos es necesario, y considera que el impasse schmittiano tiene justamente a negar de plano esa posibilidad. El problema que se presente es el de cómo configurar actores supranacionales con poder efectivo.


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