Habermas sobre el Estado nacional: pasado y futuro (2)

habermas-734932Al surgir la nación, ésta se convirtió en el vínculo más real y efectivo de solidaridad entre las personas.Habermás sintetiza el logro de la tarea del Estado de la siguiente manera:

“El mérito del Estado nacional estribaba, pues, en que resolvía dos problemas en uno: hizo posible una nueva forma, más abstracta, de iintegración ssocial sobre la base de un nuevo mmodo dde llegitmación” (88).

Esto debe entenderse a la luz de los problemas que trajo el cisma religioso, ya que no solo dividió a los individuos, sino que mostró su carencia de fundamento absoluto para legitimar el poder políticol. El Estado, al secularizarse, tuvo que buscar otras maneras de legitimarse. La modernización creciente trajo también problemas de integración social. Para resolver ambos problemas el Estado desarrolló una fuerte movilización política. La ciudadanía pudo proveer niveles de solidaridad mediada jurídicamente que le dio al Estado la legitimidad secularizada que necesitaba.

El Estado democrático de derecho logró que la pertenencia al Estado significara más que una relación de súbditos soberanos: los ciudadanos participaban del poder político. El ser humano paso de ser miembro, a ser ciudadano. Los derechos liberales y políticos le dan al ser humano, que pertenece a un Estado, cierta autonomía privada y pública. Pero para que este impuso, de tipo político y jurídico, sea realizado de manera efectiva, se necesitaba de algo que pueda generar, de manera más enérgica (corazón, alma), la movilización política deseada. Esto lo consiguió la idea de nación.

La consciencia de pertenencia común, en términos históricos y culturales, hizo que los súbditos devengan, efectivamente, ciudadanos de una comunidad política, jurídicamente mediada. Son miembros que se sienten unidos entre sí, y que mantienen lazos recíprocos de solidaridad y de responsabilidad entre ellos. Este espíritu común o “espíritu del pueblo” (Volksgeist) es la forma moderna por antonomasia de identidad colectiva: la nación. este será el substrato o la sustancia cultural que requería la forma estatal constitucional para poder surgir y mantenerse, de manera vinculante sin ser, principalemnte, coercitiva.

Este vínculo sustancial y enérgico que provee la nación, en un plano externo e internacional, puede devenir el ideal de la “supervivencia” o “autoafirmación existencial de la nación”. Aquí parecen haber dos caminos, según Habermas:Kant o Hobbes, es decir, el ideal de una paz perpetua cosmopolita, o el reconocimiento de una lucha entre Estados inevitable.

Sin embargo, antes de entrar en ese problema fundamental, debemos regresar a abordar las tensiones inherentes que los logros del Estado nacional traen consigo. Fundamentalmente, es la tensión entre la universalidad y la particularidad. En el primer momento, podemos ver un resto de la trascendencia que tenía antes el Estado. Esto se ve en los momentos de lucha entre Estados: los ciudadanos deben dar la vida por el Estado, luchar y morir por la patria. La pregunta es como solucionar el problema del conflicto, tanto a nivel interno, como externo. Habermas, resume bien el problema en la siguiente cita:

“En las categorías conceptuales del Estado nacional se encuentra incrustada la tensión entre el universalismo de una comunidad jurídica igualitaria y el particularismo de una comunidad con un destino histórico” (91)

La pugna entre concebir el sistema internacional de bajo un ideal cosmopolita o etnocéntrico. Habermas cree, y este es un aporte original a mi juicio, que una manera viable de conciliar el ideal universalista, dentro del marco de los Estados nacionales, es a través de un concepto no naturalista de nación. La idea es llevar a su radicalidad ese principio de solidaridad que la nación trajo consigo, para consolidar la universalidad propio de un mundo cosmopolita.

El nacionalismo naturalista genera la ficción “orgánica” de una sustancia que precede que unifica a la comunidad a través de un “origen común”. Esto se logra con mitos nacionales artificiales. Los gobiernos y las elites políticas sacan mucho control y poder político al explotar estos recursos de poder psicosocial. Esta lucha belicista por el prestigio y la gloria deviene en impulso imperialista y en guerra inminente. Es un recurso muy efectivo para movilizar masas, ejércitos y para garantizar lealtad al poder estatal.

Habermas piensa que el Estado naciona, para poder sobrevivir, necesita abandonar esa fuerza impulsora que, en un momento histórico determinado, sirvió para unificar y consolidar la mediación jurídica de las comunidades políticas de manera legítima. La idea es, en analogía con Wittgenstein, la de tirar la escalera, ahora que ya hemos subido a través de ella. Pero, como vivimos en un proceso creciente de globalización y multiculturalidad, necesitamos de algo que reemplace de manera efectiva eficaz a aquel nacionalismo naturalista y orgánico, si es que queremos realizar el ideal cosmopolita de paz, libertad y racionalidad. La pregunta esencial es: ¿Cuál podría ser ese equivalente funcional?

Para lograr este objetivo, Habermas considera necesario desconectar a la cultura política de las subculturas y de las identidades prepolíticas. Se necesitan principios constitucionales que esén por encima de cualquier etnia o diferencia cultural. La expresión que acuña Habermas, como la que debería hacer de equivalente funcional del nacionalismo naturalista, es la de “patriotismo constitucional”. Para que los principios constitucionales puedan tener tal grado de fuerza, en la integración social solidaria entre individuos, Habermas piensa que no bastan el mero decreto de derechos políticos, civiles y sociales. La cuestión principal tiene que ver con que:

“Los ciudadanos deben poder experimentar el valor de uso de sus derechos también en la forma de seguridad social y de reconocimiento recíproco de las diferentes formas de vida culturales. La ciudadanía democrática desplegará una fuerza integradora, es decir, creará solidaridad entre extraños, si se hace valer como un mecanismo con el que se realicen de facto los presupuestos para la existencia de las formas de vida deseadas” (96)

Esta perspectiva fue sugerida, según Habermas, por los Estados de bienestar. Ellos lograron, en el lapso de una generación, mejorar significativamente la calidad de vida de los ciudadanos. Ese status fue el que vinculó más a los ciudadanos entre sí.

Una economía completamente desregulada, en un contexto globalizado, tiende a generar desempleo y a generar una subclase desatendida. La tasa de criminalidad y de portestas sociales aumenta y el Estado tiene que invertir en medios represivos. Lo importante acá, es que los grupos sociales marginados de los Estados nacionales no tendrpan este vínculo de solidaridad hacia la comunidad, ni sentirán que sus principios constitucionales velan por ellos. En pocas palabras, se genera la desiluación y abandonamiento del ideal comsmopolita universalista, en pro de identidades grupales etnicas, más pequeñas, particulares y excluyentes. Habermas piensa, no solo en mejorar el soporte de bienestar de los Estados nacionales, sino que mira con esperanza la conformación de verdaderos y efectivos sistemas supranacionales. Un tribunal supranacional es lo único que podría hacer efectivo, realmente, un derecho internacional para los Estados.Esto es necesario, además, por los crecientes problemas ecológicos que nos conciernen a todos, en cuanto humanidad. Habermas piensa la pieza clave para configurar esto, no serán meros “acuerdo” o “decretos”: compete a la sociedad civil mundial la movilización que consolide esta especie de aufhebung del Estado nacional.

La pregunta abierta que queda es la de si la formación de la opinión y de la voluntad democrática puede adquiri la fuerza vinculante necesaria para un orden mundial, o si es que la democracia solamente puede resultar dentro de los marcos definidos de un Estado nacional.


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