Carl Schmitt y los tipos de Estado

por Erich Luna

Schmitt mid 1933Si a Martin Heidegger lo reconocemos, casi unánimemente como el más grande  e importante filósofo del siglo XX, casi al mismo tiempo que hacemos este reconocimiento nos invade el enigma y la polémica acerca de su adhesión al Nacional Socialismo. Creo que, mutatis mutandis, Carl Schmitt puede llegar a tener para algunos algo análogo. Y es que, realmente, podemos llegar a considerarlo como el más grande teórico o pensador del lo político del siglo XX, teniendo que hacer el esfuerzo, también, de comprender sus críticas al parlamentarismo y al liberalismo, así como su preferencia por ciertos elementos del Nacional Socialismo. Más allá de caer en el mero Ad hominem de “son nazi, luego no importan” , creo que es necesario hacer una buena lectura de ambos, pues creo que sus reflexiones y diagnósticos acerca de nuestra época puede echar nuevas luces sobre viejos temas.

Cuando estudié filosofía, nunca estuve familiarizado con la ideas de Carl Schmitt, aunque había escuchado algo de él un par de veces. Es recién al estudiar teoría política que lo leí y desarrollé mucho interés por sus conceptos e ideas. Este semestre con el profesor Sinesio López, en el curso de Teoría del Estado, he podido leer Teología política y algunos capítulos de Teoría de la constitución. Espero escribir acerca de los temas y conceptos desarrollados en esos libros más adelante. Ahora me interesa empezar con algo quizá más introductorio, y que he tendio que revisar para el curso en estos días. Se trata del prólogo y del primer capítulo de Legalidad y legitimidad. Es aquí donde Schmitt propone una tipología distinta para poder comprender y estudiar mejor a los Estados. Hoy empezaré con el prólogo. No estoy muy familiarizado con los conceptos e ideas de Schmitt como podría estarlo un especialista o alguien que ya lleve tiempo leyéndolo. Lo que trataré de hacer es una presentación introductoria que busque generar un interés en los problemas que aborda y clarificar algunos conceptos. Espero que, a través de comentarios, lo tratado pueda desarrolarse mejor.

Sobre el estatuto epistemológico y ontológico de los tipos de Estado, Carl Schmitt sostiene que en la realidad histórica lo que encontramos son mezclas y combinaciones de la tipología que nos va a proponer. Esto es así porque “de cada comunidad política forman parte tanto la legislación como la jurisdicción, el gobierno y la Administración” (7). Son estos cuatro elementos los que van a dar nombre a los cuatro tipos de Estado propuestos por Schmitt: Estado legislativo, Estado jurisdiccional, Estado gubernativo, Estado administrativo. Esta tipología le parece a Schmitt mucho más fertil, para conocer la realidad estatal, que las tipologías pasadas.

Finalmente, sobre cuál sería el mejor tipo de Estado o el ideal, Schmitt, como todo gran teórico, rescata la importancia del contexto y de las circunstancias. No da respuestas de tipo ahistóricas, más bien sostiene que son las tendencias políticas internas las que generan condiciones propicas para que un Estado específico sea el adecuado.

El primer Estado del que va a hablar Schmitt, en el prólogo, es el Estado 9788498361216legislativo. Es la comunidad política que ve la expresión suprema de la voluntad común en normas que tienen la pretensión de ser Derecho. El Estado de Derecho es, para Schmitt, este primer Estado. Además, debe ligársele al parlamentarismo, ya que es el parlamento el poder legislativo que elabora las normas.

Las normas de las que se hablan son normas impersonales, generales. Son leyes separadas de la aplicación al caso concreto. Lo que impera son “las leyes”, no los hombres o la mera autoridad personal (Estado de derecho 1.0). La conclusión que saca Schmitt es que no hay poder soberano. La separación mencionada anteriormente, entre la norma general y su aplicación al caso concreto, nos lleva adistinguir al poder ejecutivo del poder legislativo, es una consecuencia necesaria del principio “lo que impera es la ley, no la persona”. El poder coercitivo se fundamenta, así, en la legalidad. Este Estado apela a la “voluntad general” y a su “derecho justo”.

Es la legalidad aquí, para Schmitt, la que termina desplazando a la legitmidad. No hay pues, una verdadera autoridad o una verdadera soberanía. El Estado legislativo no sería pues, propiamente soberano. No sólo eso, sino que la primacía del proceso y del procedimiento se llevan a la más extrema posibilidad. Los resultados terminarían siendo ilusorios: poder realizar una revolución sin violencia y sin subverción, por medios únicamente pacíficos y democráticos. Esto me llamó la atención, ya que Schmitt diría que el extremo prcedimental del Estado legislativo nos llevaría a pensar que los cambios radicales podrían hacerse desde el procedimentalismo legislativo. Es la idea de “hacer una revolución vía decreto”, o peor: la idea de la izquierda “reformada”, “moderada”, o “democrática”, la que piensa que puede advenir el socialismo, la dictadura del proletariado, el comunismo lo que sea vía elecciones democráticas. Lo mejor es como Schmitt nos recuerda la manera en que el Estado legislativo termina viendo a los demás:

“Desde los supuestos del Estado legislativo, el Estado gubernativo representativo, con su glorie y su honneur, se presenta como mero Estado de poder y una inmoralidad; el Estado administrativo, como una dictadura sin norma y sin espíritu; el Estado jurisdiccional medieval, como instrumento enemigo del progreso y defensor de los privilegios feudales o estamentales” (17)

Por otro lado se encuentra el Estado jurisdiccional. Acá la última palabra no es la de la ley impersonal, sino la del juez. Lo que resalta aquí es la decisión en el caso concreto. Puede decirse, a grandes rasgos, que este tipo de Estado resulta bastante útil y efectivo para mantener el status quo social, ya que el poder judicial suele tener una tendencia conservadora. La costumbre aquí, o el ethos, es pues basar lo que juzga el juez como hecho en nombre del Derecho y de la justicia, aunque no hayan normas que medien necesariamente esto.

En tercer lugar se menciona al Estado gubernativo. Acá lo esencial es la voluntad soberana y personal, esto es, el mando efectivo y autoritario del jefe de Estado. El soberano, y el concepto de soberanía es genialmente desarrollado en sus ensayos de Teología política, es pues la quien reune todos los elementos y poderes que nosotros vemos divididos hoy. En él reunimos al legislador supremo, al juez supremo, al comandante en jefe supremo. Es un poder legsilativo, ejecutivo, judicial y militar unificado. Hobbes en el Leviatán también hace precisiones similares al hablar de la soberanía y del soberano. En pocas palabras, el soberano es “la última fuente de legalidad y el último fundamento de la legitimidad” (8). Este Estado es, junto con el Estado administrativo, el más indicado para tranformaciones más radicales, ya sean revolucionarias o reaccionarias.

Finalmente, se habla del Estado administrativo. Acá el ideal regulativo es que “las cosas se administren por sí mismas”. Lo importante es regirse por objetivos concretos y prácticos, es decir, lo esencial es la actitud que adopta medidas prágmaticas para cuestiones vistas como netamente pragmáticas. Acá encontramos al Estado totalitario, su propia naturaleza es ser un Estado de tipo administrativo. Este Estado apela a la necesidad objetiva de sutuaciones prácticas concretas y reales, esto implica el no apelar a normas, sino a situaciones fácticas. Los criterios aquí serán la utilidad y la adaptabilidad. En él, y en el Estado gubernativo, la decisión tiene un papel central que cumplir.

Finalmente, no debemos pensar que el Estado de derecho es únicamente propiedad del primero de los tipos de Estado. Dice Schmitt al respecto:

“Tanto el Estado legislativo como el Estado jurisdiccional pueden hacerse pasar sin más por un Estado de Derecho; pero también pueden hacerse pasar por tales todo Estado gubernativo y todo Estado administrativo, si se imponen como misión realizar el Derecho, sustituir el antiguo Derecho injusto por un nuevo Derecho justo y, sobre todo, crear la situación normal, sin la cual todo normativismo es un engaño. La expresión ‘Estado de Derecho’puede tener tantos significados distintos como la propia palabra ‘Derecho’ y como organizaciones a las que se aplica la palabra ‘Estado'” (23)

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