El realismo trascendental del realismo crítico

El realismo crítico de Bhaskar propone una filosofía de la ciencia que busca rechazar la posición positivista de pensar la explicación científica apelando a la idea humeana (y aún vigente hasta hoy) de “conjunciones constantes” (la cual asume que el mundo es un sistema cerrado). En lugar de esto, lo que el realismo crítico destaca como función de la ciencia es la detección de mecanismos y estructuras reales (independientes al pensamiento), los cuales son responsables causalmente de lo que percibimos empíricamente. Dichos mecanismos generativos son propiedades de las entidades que existen en el mundo, y son las que constituyen sus poderes causales para generar efectos en el mundo.

Para cuestionar la concepción positivista de la ciencia, la cual supone un realismo metafísico de tipo empirista, Bhaskar presenta un tipo específico de falacia en la cual caería el positivismo: la falacia epistémica. Dicha falacia consiste en suponer que las aseveraciones sobre el ser pueden ser siempre reducidas a aseveraciones sobre nuestro conocimiento del ser. Esto implica colapsar la ontología en epistemología, reduciendo lo real a lo que puede ser observable.

En contra de esto, Bhaskar quiere defender la independencia ontológica de entidades frente al pensamiento que podamos tener de ellas (realismo ontológico), y al mismo tiempo busca defender que la actividad científica consiste en medios de producción que a su vez son producidos (relatividad epistemológica). Esto es denominado como la dimensión transitiva del conocimiento, por el hecho de que está sujeta a cambios histórico-sociales. Sin embargo, el objetivo de la ciencia es poder comprender los mecanismos que, en combinaciones complejas, producen los fenómenos que observamos en el mundo. Esto es denominado como la dimensión intransitiva del conocimiento, en tanto que alude a lo que conocimiento refiere. En pocas palabras, se trata de conocer mecanismos que no dependen de nuestro conocimiento para ser. Y si uno acepta que la ciencia requiere de una dimensión intransitiva, entonces se admite la posibilidad de reflexionar filosóficamente sobre dichas entidades (ontología). Esta aceptación para Bhaskar no depende de un mero dogma. Todo lo contrario: para él la dimensión intransitiva es reconocida cuando uno presta atención a las prácticas científicas concretas. Esta posición filosófica del realismo crítico es denominada por Bhaskar en A Realist Theory of Science (1975)* como realismo trascendental. Bajo esta perspectiva el objetivo de la ciencia es comprender mecanismos causales reales e independientes al pensamiento, pero la ciencia misma es concebida como el producto histórico de una actividad social específica.

En el caso de la filosofía de la ciencia, la ontología filosófica es importante para Bhaskar en tanto responde a la pregunta de cómo debería ser el mundo para que la ciencia pueda ser posible. Esto opera hipotéticamente. Su punto de partida es que podría haber mundo sin ciencia, pero como hay ciencia (algo contingente), el mundo debe ser de cierta forma para que ello sea posible. Como mínimo, el mundo debe tener cierta estructura. La ontología filosófica en este caso es bastante básica: no nos dice qué estructuras o mecanismos concretos existen, pues eso es justamente lo que la investigación científica sustantiva determina. Sin embargo, la filosofía nos permite hacer explícito el hecho de que la actividad científica persigue el conocimiento de estructuras y mecanismos. Conocer algo es entonces conocer lo que algo tiende a hacer en circunstancias adecuadas.

La experiencia observable que el empirismo supone, para Bhaskar requiere de una dimensión intransitiva y estructurada. Y esto se debe a que es posible que la actividad científica cambie nuestras percepciones sobre los objetos que se investiga. Frente a las experiencias, Bhaskar añade el concepto de eventos. Los eventos son condición de posibilidad de experiencias, pero no al revés. Podría haber un mundo de eventos actuales, sin que existan seres que puedan percibir dichos eventos. Incluso es posible concebir que en nuestro mundo, dadas las capacidades actuales de la ciencia, existen eventos actuales que no podemos percibir (y que en un caso radical, quizá nunca podríamos percibir). Es la dimensión transitiva de la ciencia que la transforma nuestras capacidades de percepción y nuestros instrumentos teóricos. Pero además de esta diferencia entre eventos y experiencias, el realismo trascendental localiza a los mecanismos y estructuras en un dominio diferente: el real. Y es que, de lo que se trata es de admitir mecanismos generativos o estructuras causales en el mundo que producen eventos que, a su vez, podemos percibir. Sin embargo, dado que el mundo es un sistema abierto, es posible que los efectos regulares no se den por combinaciones complejas o por nuestra ignorancia de los mecanismos mismos que se encuentran en juego. De esto se sigue que la posibilidad de no tener regularidades no anula la independencia de mecanismos o estructuras independientes al pensamiento. En síntesis, existe una diferencia entre mecanismos reales y patrones de eventos actuales, así como de nuestras percepciones empíricas. Esto lleva a Bhaskar a distinguir entre lo real, lo actual y lo empírico.

Las leyes causales que se buscan en los experimentos no son creadas por los científicos. Suponen la independencia de éstas. Esto se debe a que en un laboratorio, debido a los controles que existen, se opera en un sistema cerrado. Pero los investigadores buscan producir patrones que identifiquen leyes causales que operen en un ambiente no-controlado, léase en el mundo (el cual por contraposición, opera como un sistema abierto). Pero en este contexto, dichas leyes no operan como conjunciones constantes regulares, pues éstas solamente emergen (en sentido eminente) en sistemas cerrados.

Los mecanismos generativos o estructuras son entendidos como poderes causales de entidades en el mundo, los cuales operan como tendencias (ya que operan en un sistema abierto). De ahí que sean denominados como transfactuales por el hecho de asumir que están operando, aunque los efectos no sean necesariamente regulares (esto es formulado bajo lo que Bhaskar llama aseveraciones nórmicas, las cuales no son aseveraciones empíricas). La consecuencia crucial de todo esto para el entendimiento de la ciencia es que el objetivo principal de esta última es comprender qué tipo de entidades existen y cuáles son sus poderes causales o tendencias transfactuales, y no predecir de manera determinista qué es lo que debe darse. Lo que la filosofía provee, dado que la ciencia ocurre, es cómo debería ser el mundo (como una hipótesis provisional): con entidades reales e independientes al pensamiento que operan de acuerdo a mecanismos, los cuales operan de manera tendencial y transfactual1. Sin embargo, saber qué entidades existen, de qué tipo son y cuáles son sus mecanismos es tarea de la ciencia misma.

El descubrimiento científico de dichos mecanismos y niveles de estratificación depende de las condiciones históricas, sociales y materiales de la producción científica. Dichas condiciones permiten la posibilidad de una lógica de descubrimiento científico que supone identificar regularidades, para luego postular entidades y mecanismos que explican dichas regularidades, los cuales son luego corroborados como existentes. Y si bien estas entidades y mecanismos (así como los diferentes niveles de estratificación ontológica) pueden ser tenidos como hipotéticos, el punto es poder tener evidencia suficiente para tenerlos provisionalmente como reales y no como meras ficciones teóricas. La ciencia deviene una actividad sin un término predeterminado, debido a que no es posible asumir un estrato de realidad último o final2.

Lo que Bhaskar quiere destacar en este contexto de sociología filosófica, o de análisis sobre la actividad social científica, es que dicha práctica supone una dimensión intransitiva como condición de posibilidad. Esto implica la imposibilidad de reducir la ciencia a una pura cuestión sociológica o lingüística. Pero también implica que la ciencia como proceso supone siempre antecedentes, pues nunca empieza desde cero. La articulación de todo lo anterior permite concebir el rol de la teoría como la producción hipotética de estructuras y mecanismos (producción conceptual del objeto) que pueden ser corroborados experimentalmente (hacer el objeto perceptible, sea directa o indirectamente), con lo que el pensamiento no queda “atrapado” dentro de sí. La idea es que si uno es falibilista sobre el conocimiento, eso quiere decir que uno es realista sobre el ser.. Y, parafraseando a Kant, Bhaskar sostiene que la teoría sin experimento es vacía, mientras que el experimento sin teoría es ciego. Y dado que ambas dimensiones son componentes de la historia de la producción científica, pueden haber desfases entre las teorías y las técnicas de experimentación, con lo que se admite la posibilidad (usualmente olvidada) de una refutación de teorías basada en instrumentos de detección (todavía) deficientes.

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Lo que me resulta interesante a mí del realismo crítico como proyecto es cómo esto va a derivar en una ontología social diferente y una filosofía de la ciencia social diferente (espero poder escribir sobre los trabajos seminales de Bhaskar y Archer en función a estos temas, pero quién más me interesa como representante contemporáneo de dicho proyecto metateórico es Elder-Vass). Pero desde lo que se anuncia aquí (aunque sea más más vinculado a las ciencias naturales), es que se presenta como una posición un poco más abierta y pluralista para con ciertos motivos críticos y continentales (la tradición filosófica de la que provengo), pero sin que ello implique el rechazo del quehacer científico por el hecho de ser “positivista” (lo cual, muchas veces es básicamente una generalización caricaturesca basada en la ignorancia o en debates de hace décadas). Y además del background filosófico continental, debe recordarse que mi primer encuentro con esta aproximación fue en el campo de las Relaciones Internacionales (por ejemplo, en el caso de Wight y en la presentación de Jackson), con lo que las cuestiones teóricas, metodológicas, y empíricas se mostraban en constante conexión.

Al mismo tiempo, la filosofía aquí opera no desvinculada de la práctica científica, lo que en las ciencia sociales me resulta bastante valioso en lo que refiere la relación que puede tener la teoría política con la ciencia política (inquietud que empezó por comprender la diferencia, si la hay,  entre teoría política y filosofía política). Y en lugar de asumir que la teoría debe ser pura o siempre abstracta, aquí existe una relación mucho más productiva. Finalmente, si bien pueden haber investigaciones que asuman explícitamente una metateoría positivista, el punto de Bhaskar es que lo que manda es el proceso de la práctica de la investigación científica concreta, y si nuestras mejores metateorías no son positivistas, mucho de los sesgos contra de la investigación social pierden sentido (esto es fructífero, como ya dije, contra varios sentidos comunes continentales). No solamente entonces la cuestión metateórica genera un efecto hermenéutico o reconstructivo sobre la práctica concreta, sino que lo puede hacer sobre teorías sustantivas. Y en el caso de teoría política, me interesa mucho explorar esa posibilidad en la teoría crítica, dado que el diálogo con las ciencias sociales es intrínseco. Ahí nuevas formas de entender lo que la ciencia social hace (fuera de los aportes sustantivos mismos), así como diferentes variaciones de ontología social presentan posibilidades y límites a lo que una teoría crítica sustantiva puede hacer.

Notas

* Lo que he escrito en este post se basa básicamente en el libro de Bhaskar, pero existen unas breves conferencias dadas por Bhaskar donde explica las diferentes fases del realismo crítico. He podido revisar la que es dedicada al realismo trascendental y creo que podría serle útil a quién no está familiarizado con la obra de Bhaskar. El enlace se encuentra aquí.

1 Dado que en la realidad operan múltiples mecanismos y estructuras, dando lugar a resultados complejos que están co-determinados, Bhaskar infiere que esta es una manera naturalista para hacer un lugar a la agencia humana (en tanto la asumimos como libre y como parte del mundo, simultáneamente). Esto es pensado bajo una ontología donde la realidad se encuentra estratificada por diferentes niveles de complejidad y organización, que mantienen una relación de emergencia entre sí, la cual es irreducible.

2 Píensese que esto contrasta con la posibilidad que admite Meillassou en After Finitude o en La inexistencia divina sobre la manifestación de algo sin causa alguna (ex nihilo). Bhaskar puede responder que si bien es posible admitir “milagros” como posibilidad, no es posible poder conocerlos en tanto milagros. Y la razón se debe a que lo que nos parece un claro caso de producción ex nihilo, podría luego ser explicado científicamente. La historia de la producción científica tiene suficientes ejemplos de esto. Y ello, me parece, podría incluso expandirse a los “mundos” de Meillassoux.


Mapeando el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales

(¡Ha pasado mucho tiempo desde que escribo por acá!)

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Hobson, en la conclusión de su libro sobre el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales, busca sintetizar las tesis principales y articular una suerte de mapa que permita dar una visión de conjunto a los diferentes vaivenes teóricos que se han ido desarrollando en la disciplina de las Relaciones Internacionales (RRII). No pretendo resumir las conclusiones, las cuales ya de por sí sintetizan todo lo anterior de una manera excelente, pero sí por lo menos enumerar las tipologías que mapean la teoría y señalar algunas implicancias que surgen del libro para pensar la disciplina.

Entre 1760 y 1914 pueden encontrarse cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Smith, Kant).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Cobden/ Bright, Angell, Hobson, Mill, Marx).
  • Racismo científico ofensivo (Ward, Reinsch, Kidd, Mahan, Mackinder, von Treitschke).
  • Racismo científico defensivo (Spencer, Sumer, Blair, Jordan, C.H. Pearson, Ripley, Brinton).

Entre 1919 y 1945 pueden encontrarse los mismo cuatro discursos, aunque con diferentes representantes (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Laski/ Brailsford, Lenin/ Bukharin).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Woolf, Zimmern, Murray, Angell).
  • Racismo científico ofensivo: (Wilson, Buell, Kjellén, Spykman, Haushofer, Hitler).
  • Racismo científico defensivo (Stoddard, Grant, E. Huntington).

Sin embargo, es durante el período de la Guerra Fría (1945-1989) que la teoría de las relaciones internacionales deviene en un eurocentrismo subliminal de dos tipos que, si bien abandona el racismo científico, no por ello deja de ser racialmente intolerante (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí):

  • Eurocentrismo subliminal anti-paternalista (Carr, Morgenthau/ Waltz, Bull, Watson).
  • Eurocentrismo subliminal paternalista (Gilpin, Keohane/ Waltz, Bull, Watson).

Finalmente, para Hobson luego del fin de la Guerra Fría hasta hoy (1989-2010), lo que tenemos es un retorno del eurocentrismo manifiesto, configurando cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Neo-Marxismo).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Rawls, Held, Téson, Nussbaum, Fukuyama).
  • Eurocentrismo manifiesto ofensivo (Kagan, Cooper, Ferguson).
  • Eurocentrismo manifiesto defensivo (S.P. Huntington, Lind).

El propósito de esta categorización es el de deconstruir la narrativa oficial de la disciplina, la cual asume la historia de tradiciones teóricas que más o menos resultan continuas (por ejemplo, liberalismo, realismo, marxismo, etc.), así como de asumir un origen puro de la disciplina (desde 1919 para evitar la guerra), no contaminado de prejuicios o discursos racistas. Y es más bien el análisis histórico de las metanarrativas eurocéntricas las que permite mirar a la historia de la disciplina y las teorías de una manera más adecuada, donde uno puede encontrar semejanzas y diferencias que de otra forma permanecerían ocultas.  Finalmente, lo que tenemos hoy para Hobson en el mainstream de la disciplina a nivel teórico es en realidad una jerarquía civilizatoria informal con un estándar civilizatorio subliminal.

A un nivel epistemológico, lo que resulta de la disciplina es que el tan ansiado ideal neopositivista de neutralidad valorativa no ha podido conseguirse, ni siquiera en las teorías que se jactan de ser lo más neutrales posible (piénsese en el mainstream teórico de corrientes como el realismo estructural interpretado de manera neopositivista, o en el neoliberalismo institucional). En la práctica, lo que se sale a la luz es el ideal normativo de celebrar a Occidente, bajo diferentes formas. Frente a esta situación, la tarea prioritaria en la disciplina para Hobson es ver si es posible reconstruir los fundamentos de la disciplina, bajo una visión no eurocéntrica. Él se encuentra trabajando en este momento en una historia global no eurocéntrica de la economía política de los últimos 500 años.


7 años en el Vacío

¡El blog cumple hoy 7 años! Como siempre, aprovecho esto como motivo para compilar lo escrito y ver qué ha sucedido. La numeración no implica algún orden de prioridad o importancia. Es simplemente (como siempre) una propuesta para hacerme inteligible lo escrito en el año. Este año del blog ha coincidido con  el segundo año de mis estudios doctorales (el año dedicado a cumplir los requerimientos del minor field en Relaciones Internacionales). De ahí que no haya sido siempre fácil o posible escribir tanto como hubiese querido (fue bastante demandante). Pero también puede verse que por eso la mayoría de las entradas que he escrito este año estén dedicadas al estudio de las Relaciones Internacionales. Interesarme en dicho campo ha sido quizá el principal descubrimiento de este año. Espero seguir leyendo y escribiendo aquí acerca de los aspectos más teóricos y metateóricos de dicha disciplina en los próximos años.

Mi dedicación a los cursos, dar el examen doctoral en dicha mención y la carga laboral de jefe de práctica, ocuparon buena parte de mi tiempo. De todas formas, estoy tratando de ver la manera de poder mantener una igual o mayor constancia para escribir aquí. Creo que el año que se viene va a ser un poco más fructífero para eso, dado que ya se terminaron los cursos y empieza la producción de la propuesta de tesis. Veamos qué sucede.

I. Entradas

Filosofía

  1. La educación filosófica
  2. Los filósofos académicos y la ética
  3. Anarco-filosofía
  4. La ontología sin mundo de Markus Gabriel
  5. La estructura de la historia mundial

Democracia y política

  1. Expectativas democráticas ideológicas
  2. Pease (1944-2014)

Relaciones Internacionales

El Realismo crítico de Colin Wight y el problema agente-estructura en las Relaciones Internacionales

  1. Las relaciones internacionales y la cuestión del positivismo desde el realismo crítico
  2. El problema agente-estructura: de la teoría social a las relaciones internacionales
  3. El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales
  4. Estructura
  5. Agencia
  6. La epistemología en el problema agente-estructura
  7. La metodología en el problema agente-estructura
  8. El problema agente-estructura en las relaciones internacionales: conclusiones

El pluralismo de Jackson sobre las ontologías filosóficas para la investigación en Relaciones Internacionales

  1. Filosofía de la ciencia y relaciones internacionales: apuestas filosóficas
  2. Neopositivismo
  3. Realismo crítico
  4. Analiticismo
  5. Reflexividad
  6. Pluralismo científico en las relaciones internacionales

El convencionalismo de Chernoff y la relación entre Teoría y metateoría en las Relaciones Internacionales

  1. Teoría y metateoría en IR: de la política a la teoría
  2. Teoría de las relaciones internacionales y decisión política: realismo, liberalismo y constructivismo
  3. Metateoría: IR y los criterios científicos para elegir una teoría
  4. La oposición metateórica reflexivista en IR
  5. Metateoría convencionalista y defensa de la predicción: de la teoría a la política

La crítica de Hobson al eurocentrismo en la historia de la teoría de las relaciones internacionales (*)

  1. La teoría de las relaciones internacionales como constructo eurocéntrico
  2. Imperialismo eurocéntrico: liberalismo y marxismo (1830-1914)
  3. Eurocentrismo antiimperialista: liberalismo (1760-1800)
  4. Racismo antiimperialista: liberalismo clásico y realismo cultural (1850-1914)
  5. Racismo imperialista: realismo racista, liberalismo y socialismo (1860-1914)
  6. Antiimperialismo y los mitos de 1919: Marxismo, eurocentrismo y realismo-cultural racista (1914-1945)
  7. Imperialismo racista y eurocéntrico: realismo racista, liberalismo racista y liberalismo/fabianismo “progresista” eurocéntrico (1919-1945)
  8. Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)
  9. Eurocentrismo subliminal ortodoxo: institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa (1966-1989)
  10. Eurocentrismo subliminal crítico: Gramscianismo y teoría de los sistemas-mundo (1967-1989)
  11. Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889
  12. Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

(*) Esta serie de post todavía no está terminada. Quiero añadir un par de entradas más dedicadas a las conclusiones del libro y a ciertas objeciones de diferentes académicos con respuestas de Hobson.

II. Cifras

Los resultados al séptimo año son los siguientes (con la información hasta el 17 de junio):

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Top 10 posts más vistos en estos siete años.

  1. La democracia y el significado de pueblo según Sartori
  2. Gianni Vattimo sobre la sociedad posmoderna
  3. Obras completas de Mariátegui disponibles en internet
  4. Habermas: racionalidad y pretensiones de validez (Teoría de la acción comunicativa)
  5. Sobre las virtudes éticas en Aristóteles (Libro II de la Ética a Nicómaco)
  6. El problema de la tierra (1): problema agrario, problema del indio, colonialismo y feudalismo
  7. ¿Qué es esto, la fenomenología? (2): El concepto de fenómeno
  8. ¿Qué es esto, la fenomenología? (4): el concepto preliminar de “fenomenología”
  9. El Ordo amoris de Max Scheler (1)
  10. La política del reconocimiento de Taylor (1)

Top 10 temas más buscados por los cuales se llegó al Vacío. 

  1. democracia
  2. aristoteles
  3. la democracia
  4. pucp
  5. karl marx
  6. edmund husserl
  7. max scheler
  8. husserl
  9. vacio
  10. narciso

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Una vez más, gracias a todos los que han contribuido a que esto sea posible.


Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

A diferencia del realismo occidental, el liberalismo occidental (en líneas generales) asume una posición más cosmopolita (piénsese en el internacionalismo liberal, es cosmopolitismo liberal, el constructivismo liberal y en la vertiente solidarista de la Escuela Inglesa). Lo que subyace a esta posición teórica es un eurocentrismo paternalista que contrasta con la metanarrativa ofensiva del realismo occidental. De ahí que el retorno espiritual sea aquí a un manifiesto paternalismo.

Lo primero es que los liberales occidentales asumen que la democracia, los derechos humanos y el multiculturalismo han crecido en el campo internacional como nunca antes, luego del fin de la Guerra Fría (una nueva era progresista, digamos). Su reconstrucción de este momento implica considerar al siglo diecinueve como una era racista, intolerante e imperialista que luego de 1989 ya no tiene lugar. Esto para Hobson esa una operación bajo la cual se constituye al siglo diecinueve como un Otro temporalmente distante. La ironía del caso para Hobson es que hoy es donde el liberalismo goza de un mayor imperialismo e intervención en el mundo. Pero es esta narrativa liberal la que permite que, contra el realismo occidental, sea posible tener una visión optimista y triunfalista sobre el futuro. Es la oportunidad de Occidente para poder universalizar de manera paternalista la civilización occidental y poder así salvar al resto de sociedades (de sí mismas). La universalización occidental es un bien universal progresista que beneficia a todos.

El liberalismo occidental también construye una triparición jerárquica en el campo internacional compuesta por: Estados liberales civilizados, Estados autocráticos (antes “bárbaros” o “despotismo orientales”) y Estados fallidos (antes “salvajes”). Esta visión también comparte el estándar de estatalidad del realismo occidental, como una versión contemporánea del estándar de civilización. Por ejemplo, en la teoría normativa de John Rawls existen sociedades civilizadas, autocráticas y anárquicas. Pero adicionalmennte existe una categoría intermedia entre la primera y la segunda: sociedades jerárquicas decentes (son orientales, pero bien ordenadas de acuerdo a los principios occidentales). Lo que subyace de esta categoría intermedia para Hobson es el diagnóstico de una sociedad no occidental casi civilizada por completo (el ideal normativo recordemos que es el Occidente liberal). Asimismo, el trato bipolar jerárquico entre Estados occidentales y no occidentales también se mantiene debido a la superioridad occidental político-institucional. Los Estados civilizados respetan la no intervención (híper-soberanía), mientras que los Estados orientales pueden ser intervenidos (tienen una agencia condicional). El punto aquí es que, a diferencia del realismo occidental, no se trata de contener a oriente (como si fuese una amenaza), cuando de convertir culturalmente al resto del mundo a valores e instituciones occidentales. De esta forma el sistema internacional será más estable, próspero y justo. De lo anterior se desprende que lo que debe de hacerse es pensar a la globalización como una oportunidad para universalizar normas e instituciones. Las instituciones políticas internacionales que más influyentes han sido en dicho proceso son las financieras, donde se persigue que los países adopten las instituciones políticas y económicas del neoliberalismo occidental.

El espíritu civilizador luego de la Guerra Fría puede apreciarse en la tesis del fin de la historia de Fukuyama. Y muchos de los liberales occidentales asumen implícitamente la idea básica de que el capitalismo y la democracia liberal representan el fin de la historia. De ahí que para realizar dicho ideal sea admitida la intervención neo-imperial y paternalista en el resto del mundo. Todo ello con el de que Occidente pueda rehacer el mundo a su imagen y semejanza, ya que dicha transformación haría del mundo un mejor lugar para todos.

Una versión diferente se encuentra en Ralws, uno de los principales e influyentes teóricos normativos del liberalismo. Éste es abordado por Hobson con el fin de hacer manifiesto los aspectos eurocéntricos que subyacen a su teoría, y que no son claros a primera vista. El primero de dichos aspectos es que se espera que los pueblos jerárquicos decentes puedan avanzar en la jerarquía civilizatoria (vía emulación y asimilación) y devenir occidentales. Es necesario mencionar que para ser parte de tales sociedades bien ordenadas se requiere una separación entre el Estado y la Iglesia, algo que no hace más que contradecir su supuesta tolerancia por las sociedades islámicas. En segundo lugar, la cooperación con Occidente no debería darse a través de la imposición de un libre mercado injusto. Lo que se obvia aquí, como se mencionó en la discusión de Keohane, es que los países occidentales ricos surgieron precisamente vía medidas proteccionistas. En tercer lugar Rawls es bastante paternalista debido a que las sociedades bien ordenadas (básicamente Occidente, porque la categoría de sociedades jerárquicas no tiene mucho correlato empírico) tienen que trabajar juntas para que el resto de sociedades pueda acceder a la zona de civilización liberal. Los Estados que no se ciñen a ley alguna deben ser condenados, sancionados e intervenidos humanitariamente. Y una vez que son intervenidos, la reconstrucción de la sociedad debe hacerse siguiendo las líneas liberales occidentales. Asimismo, las sociedades con mayor desventaja deben ser asistidas y ayudadas para que puedan construir instituciones políticas. En cuarto lugar se encuentra el doble estándar según el cual los estados occidentales pueden también salirse de la ley, pero sus ejemplos son históricos y llegan hasta la Alemania Nazi. Rawls admite que guerras imperiales hoy para ganar territorio, riqueza y poder caerían en ese marco, pero las guerras de los Estados Unidos de los últimos cincuenta años han seguido esa lógica. Sin embargo, Rawls solamente toma en cuenta un caso de todo ese proceso (básicamente el uso de armas nucleares en Japón y el bombardeo a varias de sus ciudades). Pero no es solamente eso: los Estados liberales occidentales, si llegan a salirse de la ley, no pueden ser intervenidos o castigados por el resto de Estados Occidentales. Esto último, como puede apreciarse, contrasta con el hecho de que los Estados liberales deben castigar a los Estados orientales que no se ciñen a la ley (una clara jerarquía internacional bipolar). Finalmente, a pesar de que Rawls rechaza el paternalismo, el hecho de que defienda que la intervención busque desarrollar a dichas sociedades para que sean independientes es uno de los motivos esenciales del paternalismo liberal imperialista del siglo diecinueve (y que se expreso históricamente en el Sistema de Mandato de la Sociedad de Naciones).

Otro caso importante se encuentra en la obra de David Held y su teoría democrática y cosmopolita. Aquí subyace una teoría del big bang sobre la globalización donde un excepcional Occidente desarrolla endógenamente vía una lógica de inmanencia la modernidad (primero en Europa y luego en los Estados Unidos), proceso que luego expande al resto del mundo. La narrativa de Held sigue básicamente la línea eurocéntrica clásica: Grecia, Roma, feudalismo europeo y cristianismo medieval, reforma, absolutismo, y Westfalia. Luego de esto se habrían dado algunas endógenas mejoras más hasta llegar a sí al Estado democrático-liberal del siglo veinte. Internacionalmente, la lectura de los grandes poderes es también la línea clásica: España, Portugal, Países Bajos, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos (y ya mencioné antes que Hobson en otros trabajos busca demostrar que empírica e históricamente dicha narrativa endógena es falsa, pues la interacción con Oriente a múltiples niveles habría sido decisiva para el desarrollo occidental). Por eso es que el universalismo y cosmopolitismo de Held termina siendo eurocéntrico, ya que sus fundamentos se remontan a una pura narrativa endógena. Entonces, si bien no se trata de una teoría eurocéntrica que defiende la explotación, sí termina siendo eurocéntrica es en tanto el origen del ideal normativo de la democracia cosmopolita se deriva de una lectura eurocéntrica sobre la historia de Occidente. Lo universal aquí también termina manifestándose como la defensa de lo particular.

En el caso de las intervenciones humanitarias, en el liberalismo occidental también se mantiene también un principio paternalista entendido como la “responsibilidad para proteger”, así como el doblo estándar bipolar donde dicha exigencia no se hace a los países occidentales (variantes de este motivo eurocéntrico se encuentran en el constructivismo liberal, el neoliberalismo y los solidaristas de la Escuela Inglesa). Dicha responsabilidad encarna la híper-soberanía occidental frente a la soberanía condicional oriental. En el constructivismo de Finnemore ello es claro cuando presenta, de acuerdo a Hobson, a las agencias de las Naciones Unidas y a actores no estatales internacionales como vehículos de socialización para con las normas occidentales. Se trata, pues, de una misicón civilizatoria occidental informal. Pero además también esta posición naturaliza una jerarquía donde es Occidente quien elabora las normas civilizatorias que luego difunde al resto del mundo (lo que para Hobson también constituye un caso de eurofetichismo). Y es el cambio de registro (del racismo científico a un paternalismo basado en derechos humanos) lo que contribuye a que las continuidades en la intervención occidental sean perdidas de vista. Finalmente, la última ironía sobre esto que destaca Hobson es que la razón por la cual se defiende la soberanía en las Naciones Unidas (lo que los liberales critican como motivo de justificación de autócratas orientales) es que fueron los Estados Unidos quienes construyeron ese sistema para proteger su autonomía doméstica, con el fin de poder mantener sus políticas racistas. Y más bien fueron varios representantes orientales lo que lucharon en las Naciones Unidas para que se den avances en la legislación concerniente a los derechos humanos (y contando, en el proceso, con una resistencia occidental).

Adicionalmente, en el ala realista de este liberalismo se añade al deber de proteger el “deber de prevenir”. Esto tiene que ver sobre todo con prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva (algo defendido por Salughter y Feinstein). Esta política está dirigida contra las autocracias orientales (lo que tradicionalmente se veía como “despotismo oriental”), y puede implicar medidas intervencionistas neo-imperiales. Otra medida análoga se encuentra presente en la idea del “Concierto de las Democracias”. Esta visión realista-liberal (representada por Ikenberry y Slaughter, entre otros) piensa un Concierto de este tipo puede servir de mejor manera que las Naciones Unidas para institucionalizar y garantizar la paz democrática, y donde es posible intervenir con el fin de aumentar la civilización democrática (recordemos que esto se basa de la tesis de la paz democrática, según la cual las democracias no se hacen la guerra entre sí). En todo caso, esta posición también desemboca en una jerarquía bipolar de trato soberano diferente entre los civilizados y el resto (híper soberanía versus soberanía condicional).

Finalmente otros liberales abogan por la figura de un fideicomisario que pueda administrar territorios constituidos por Estados fallidos, con el fin de prepararlos para un futuro auto-gobierno. Este es el caso más claro de paternalismo donde la agencia doméstica oriental es disuelta bajo el argumento de que son incapaces para la autodeterminación colectiva. Por eso es que dependen de Occidente, quien podrá dotarlos de instituciones racionales que les dé progreso.

En síntesis, el liberalismo occidental retoma los motivos paternalistas de las misiones civilizatorias decimonónicas. La conclusión general luego de algunos momentos claves de este capítulo, es que el estándar de civilización (ahora definido como estatalidad) ha sido revivido luego del fin de la Guerra Fría. Los Estados solamente son tratados como iguales si desarrollan estalidad y democracia. Y la contradicción del discurso liberal es que dicha posición es de facto manifiestamente paternalista, aunque ella cuestione de jure todo tipo de imperialismo.


Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889

Luego de la Guerra Fría (post-1989), Hobson considera que el eurocentrismo subliminal deviene manifiesto en la teoría de las relaciones internacionales. En lo que respecta al realismo (ahora rebautizado por Hobson para dicha era como “realismo occidental”) se mantiene un pesimismo sobre el futuro de Occidente. Y la medida más viable tiene que ver con poder contener a la nueva “amenaza bárbara” para la civilización y el orden, sea de una manera más defensiva o más ofensiva. Esto para Hobson es un retorno a motivos claves de de los discursos del realismo racista post-1889. La diferencia es que ahora dichos argumentos teóricos tienen como substrato teórico un eurocentrismo institucional y no un racismo científico. Por eso es que Hobson habla de un “retorno espiritual” (las diferencias son evidentes ya no se defiende el genocidio, no el racismo científico, la colonización ya no es admitida, y la soberanía en general se presenta como condicional al respeto a los derechos humanos).

Una primera vertiente del realismo occidental involucra una visión ofensiva del eurocentrismo institucional. Recordemos que aquí, como ya se dijo en el párrafo anterior, la diferencia entre Occidente y el resto radica en factores institucionales y no en fundamentos biológico-raciales. Y el estándar de civilización (“civilizados”, “bárbaros” y “salvajes”) es mantenido bajo las divisiones de sentido común que se dan entre el Primer, el Segundo, y el Tercer Mundo, respectivamente. Dicho estándar se expresa mucho más concretamente a la hora de considerar el grado de estatalidad: el grado de burocratización racional, así como de democracia. En esta línea, Robert Cooper mantiene una distinción análoga entre Estados postmodenors pacíficos (Occidente civilizado), Estados modernos donde la razón de Estado y la guerra prevalecen (Asia, principalmente), y Estados pre-modernos o Estados fallidos donde prevalece un estado de naturaleza hobbesiano (el Tercer Mundo). Estas triparticiones mantienen también el doble estándar de bipolaridad, según el cual las relaciones entre Estados occidentales son diferentes a las relaciones entre Estados occidentales y no occidentales (por ejemplo, cuando los Estados no occidentales no pueden mantener un orden doméstico y democrático, legitimando la intervención neo-imperial occidental). El grado de respeto a la soberanía estatal es mucho más restringido en el segundo tipo de relación.

Esto hace que los Estados occidentales cuenten con una mayor agencia que los orientales. Aquello último es destacado por Hobson como correctivo frente al tópico común sobre la globalización, entendido como proceso que mina la soberanía de “todos” los Estados. Lo que sí hace el realismo occidental es redefinir a la globalización como el catalizador contemporáneo de la  “amenaza oriental” para con la civilización occidental. Y es que, la globalización permite una mayor mobilidad de tecnologías, dando lugar a que grupos terroristas (principalmente islámicos) puedan acceder a armas y atacar a Occidente. Asimismo, la globalización ha contribuido al ascenso de China y a la desintegración del Tercer Mundo.

Por su parte, Robert Kaplan mantiene también un pesimismo, pero para él es África el lugar de donde emergerá el principal problema para Occidente en los próximos años. Hobson recuerda que una influencia teórica fundamental de este diagnóstico se debe a los análisis neo-Malthusianos de Paul Kennedy (el principal reto futuro está basado en el declive demográfico occidental frente al resto del mundo). El otro motivo tomado de Kennedy es que el desarrollo de las sociedades solamente será posible, si es que se adoptan las instituciones occidentales en su totalidad. Esto último es lo que haría de Oriente dejar de ser una amenaza. Sin embargo, Kennedy es escéptico de que ello pueda ocurrir.

Estos diagnósticos, surgidos durante la década de 1990, se vieron agravados luego de los ataques del 11 de septiembre. Y los discursos acentuaron la narrativa de la amenaza bárbara que se encuentra cerca (dotando a Oriente de una agencia mucho más predatoria). De estas concepciones sobre lo internacional surgen diversas respuestas para contener la amenaza. Una primera es la intervención norteamericana en Oriente (Cooper piensa en la expansión de la Europa postmoderna como solución. Niall Ferguson también defiende el imperialismo norteamericano como una fuerza progresista en el mundo). Y si bien uno podría pensar esto como neo-imperialismo, muchos autores consideran aquí a los Estados Unidos como hegemón benigno o democrático. Esto recuerda al utopismo que critica Carr, donde los intereses particulares se presentan como universales. Oriente seguirá en una situación de “falsa consciencia”, a menos que persiga una asimilación cultural occidental. Tal es, por ejemplo, la defensa que hace Rothkopf del imperialismo cultural. Hobson compara críticamente dichas visiones a la autocomplacencia del imperialismo británico decimonónico.

Otra solución surge del hecho de que también existe una vertiente defensiva para con la amenaza bárbara. Sus principales representantes son Huntington y Lind (ellos se asemejan más al eurocentrismo defensivo). El choque de las civilizaciones empieza su diagnóstico lamentando el fin de la Guerra Fría, debido a que ha privado a Occidente de un Otro frente al cual puede constituir y mantener su identidad. El sucesivo desplazamiento teórico hará que sea Oriente quien ahora encarne a ese Otro. Esto se complementa con el diagnóstico neo-malthusiano donde Oriente tiene una comparativa explosión demográfica frente a Occidente. Dicho excedente poblacional buscará migrar a Occidente. Asimismo, Oriente tiene la capacidad y agencia para poder desarrollarse. De ahí que la futura amenaza para la civilización occidental también tenga que ver con el crecimiento de China y del Islam (lo cual implica también un cierto tipo de agencia predatoria).

Finalmente, lo que acentúa este problema para Huntington es la política multicultural occidental, la cual abre sus puertas a la creciente inmigración. Esto atenta contra la pureza cultural de los Estados Unidos (la cultura protestante anglosajona). La solución de que se desprende de esto es una suerte de ideal normativo de apartheid cultural para contener las influencias no occidentales. El control migratorio debe reforzarse, aunque se admite que otras culturas pueden ser asimiladas a la cultura norteamericana (un potencial paralelo cultural con vertientes racistas lamarckistas). Sin embargo, lo que prevalece como medida inmediata es la maximización de la distancia entre Oriente y Occidente.

En suma, estos discurso (propios del realismo occidental contemporáneo) constituyen un institucionalismo eurocéntrico ofensivo que sigue el espíritu de las metanarrativas del realismo racista post-1889.


Eurocentrismo subliminal eurocéntrico: Gramscianismo y teoría de los sistemas-mundo (1967-1989)

Retomando un aspecto del vocabulario propuesto en el inicio de la propuesta de relectura crítica (donde se dan los lineamientos teóricos para conceptualizar el eurocentrismo presente en la teoría de las relaciones internacionales), Hobson aborda las vertientes críticas inspiradas principalmente en Antonio Gramsci e Immanuel Wallerstein destacando que ellas demuestran que es absolutamente posible ser eurocéntrico y crítico de Occidente al mismo tiempo. Ambos autores han dado lugar a diferentes investigaciones que mantienen como núcleo un eurocentrismo anti-paternalista.

En primer lugar, la narrativa de Wallerstein desarrollada en su teoría de los sistemas-mundo contradice la pretensión “mundial” de su aproximación por tratar el surgimiento de Occidente como algo básicamente endógeno (la lógica de la inmanencia). Occidente deviene así el creador excepcional de la modernidad y del capitalismo desde el siglo dieciséis (hacia 1500). La concepción civilizatoria es materialista (y podríamos decir, hasta economicista), pero aún así se divide al mundo de acuerdo a una suerte de “estándar civilizatorio”: un Occidente civilizado, imperios redistributivos y tributarios asiáticos, y sistemas primitivos de recirprocidad americanos, africanos y de australasia. La expansión imperialista occidental que se da históricamente aquí es indesligable del proceso de acumulación de capital. Lo que subyace a esta historia es un Occidente dotado de una híper-agencia frente a un Oriente con muy poca agencia. El resultado del imperialismo occidental es la asimilación funcional de los demás grupos para con la explotación capitalista y el dominio de Occidente por sobre Oriente.

Para Wallerstein la dinámica del capitalismo global consiste en extraer recursos y ganancias desde la periferia oriental hacia el núcleo/centro occidental (y conuna semi-periferia funcional a dicha reproducción). Y como esta lectura es mucho más economicista que las anteriores, los hegemones occidentales de turno cumplen aquí un mero rol funcional para la producción y reproducción del capitalismo. Esta lógica determinista y estructural-funcionalista es etiquetada por Hobson como “eurofuncionalismo”, mientras que la negación de agencia oriental es categorizada como “eurofetichismo”. Este último punto se expresa cuando se redefine toda agencia oriental de resistencia como la generación de efectos no intencionados para el fortalecimiento del sistema en su conjunto (digamos, que no hay agencia que pueda ser inteligible en términos no funcionales al proceso). De ahí que procesos históricos del siglo veinte como los de la descolonización sean básicamente entendidos como el paso de Europa a Estados Unidos como la parte del sistema que asume el rol hegemónico.  Bajo este marco no hay posibilidad para salir de este proceso, y todo deviene funcional al sistema en su conjunto. Lo irónico es que Wallerstein sostiene que el capitalismo del sistema-mundo no podrá superar las crisis futuras (un lapso no mayor a ciento cincuenta años), pero dicho pronóstico no es fácilmente convergente con la lógica de su diagnóstico sistémico. Finalmente, el principal problema empírico que ha enfrentado Wallerstein es el ascenso económico de los países asiáticos desde la década de 1980, algo que parecía imposible para su teoría.

En el caso de las aproximaciones inspiradas en Gramsci (piénsese sobre todo en Cox, aunque también Gill sería un representante de dicha tradición), el punto de partida frente al establishment de la disciplina (por ejemplo, el neorealismo y el institucionalismo neoliberal) es la distinción entre teorías que resuelven problemas y teoría crítica (una reformulación de Cox que nos recuerda a la clásica distinción hecha por Horkheimer entre teoría tradicional y teoría crítica). Lo que distingue a la segunda de las primeras, es que toman el mundo como un resultado contingente e histórico y que, por ello mismo, es susceptible de cambio (emancipatorio). Esto a diferencia de teorías de pretensión positivista como el neorealismo y el institucionalismo neoliberal, las cuales aspiran a generalización más universales, y donde la historia no parece ser tan determinante (recuérdese la famosa tesis de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales ha sido relativamente constante). Lo que Hobson diagnostica es que en última instancia dicho proyecto crítico también comparte un grado significativo de “eurofetichismo”, en tanto que Occidente sigue contando con una híper-agencia frente a un Oriente que es básicamente pasivo en el proceso global de dominación hegemónica/ capitalista/ occidental.

A diferencia de teorías como las de la estabilidad hegemónica, las aproximaciones gramscianas ven la hegemonía como un proceso de dominación legítima y de explotación consensuada de las masas para con el capitalismo y la clase social que representa sus intereses (en lugar de verlo como una suerte de benigno proveedor de bienes públicos en el campo internacional). Sin embargo, el eurocentrismo aquí es crítico de occidente, y por tanto, anti-paternalista. El problema analítico para Hobson aquí es que Oriente no posee agencia significa alguna en el proceso. Ello se ve en los análisis históricos que se realizan siguiendo dichas teorías, así como con el hecho de que los hegemones son siempre concebidos como grandes potencias occidentales (a diferencia la posibilidad de analizar históricamente a China, por poner el ejemplo más importante). Esto es consistente con la idea, también recurrente aquí, de pensar el desarrollo occidental como un proceso endógeno en inmanente. Una vez alcanzado dicho desarrollo, la consecuencia es la expansión global a expensas de la pasividad oriental.

Cuando no se cuenta con hegemonía, lo que suele darse es una revolución pasiva marcada por el cesarismo o el transformismo (y se mantiene un estándar civilizatorio cuando se explican los casos orientales como expresiones de neomercantilismo y/ o de casos conformados por proto-Estados). Por eso para Hobson aquí también radican presupuestos eurocéntricos, debido a que el proceso de los países orientales nunca es interno o endógeno, sino que siempre se debe a la relación con hegemones occidentales, y a sus instituciones internacionales externas e intervinientes. Los análisis de contra-hegemonía podrían ser una potencial salida a dichos cuestionamientos (Hobson ve cierta posibilidad ahí). Pero en el desarrollo de dicha tradición tales análisis no han tomado significativamente en cuenta la agencia de los actores orientales (algo señalado por las críticas hechas desde la teoría post-colonial). Finalmente, y dando paso a los últimos análisis del libro, Hobson añade que la hegemonía no es el único medio contemporáneo de dominación. Lo que llamamos “globalización” opera hoy como un proceso macro de socialización y conversión cultural. Y luego del fin de la Guerra Fría, dicho proceso dará lugar a la emergencia manifiesta del eurocentrismo, algo que había devenido subliminal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


Eurocentrismo subliminal ortodoxo: institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa (1966-1989)

En el caso del institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa de las Relaciones Internacionales también (como con el caso del realismo de la post-guerra) las distinciones “civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos” son dejadas lado, aunque la primera de las distinciones devendrá subliminal a la hora de que ambas aproximaciones conciban a Occidente como en lugar donde la cooperación inter-estatal sucede, así como se asuma el hecho de que dichos Estados sean mucho más racionales que los demás (Hobson llama a esto, dotar de niveles de “súper-racionalidad” a los Estados occidentales). Como representante clave del institucionalismo neoliberal, Keohane dota a los Estados occidentales de un nivel más alto de agencia, tanto en lo que concierne a niveles de desarrollo (político y económico), como en la capacidad de poder rehacer la política mundial de acuerdo a sus intereses. El resto de Estados tendrá una agencia condicional, subordinada a la penetración de las “benignas” instituciones internacionales de Occidente. Por su parte, la Escuela Inglesa tiene dentro de sí dos concepciones de agencia para Oriente. Una primera, en la línea del institucionalismo neoliberal, es la de una agencia condicional a la asimilación de instituciones y prácticas de Occidente. Pero existe una segunda dotación de agencia de tipo predatoria donde Oriente deviene un problema, ya que desestabiliza el orden social internacional de la civilización occidental, debido a que no comparte los fundamentos básicos que hacen posible a la sociedad internacional (por ejemplo, normas, instituciones, prácticas, costumbres, cultura, etc.).

El neoliberalismo Institucional no se pronuncia sobre esta polémica, pero asume una concepción paternalista implícita, ya que las instituciones internacionales de Occidente sirven para promover la progresiva (y civilizatoria) conversión cultural del resto del mundo a los principios occidentales. En su lectura crítica After Hegemony (1984) lo que Hobson va a querer mostrar, de manera similar a lo hecho con los realistas, es que Keohane también presenta como teóricamente universal algo que termina siendo particular (provincialismo occidental).

Lo primero que es manifiesto, y hecho explícito por Keohane, es que su libro busca generar una teoría basada en los Estados capitalistas avanzados occidentales (junto con Japón). Y es ese fundamento ideológico común (por ejemplo, la creencia en el libre mercado y en la democracia) el que es condición de posibilidad para la cooperación inter-estatal a través de juegos iterados (básicamente el Dilema del prisionero). El otro componente eurocéntrico es que la cooperación requiere de “súper-racionalidad” debido a que los Estados occidentales deben pensar más a lago plazo para que la cooperación pueda emerger e institucionalizarse internacionalmente. Y si bien Keohane advierte que su teoría es para dichos Estados, admite que podría ser relevante para las relaciones “norte-sur”.

El problema para Hobson es que en esta relación la lógica no opera de manera similar por la desigualdad e implica una suerte de paternalismo imperial. Keohane, como los realistas discutidos en la entrada anterior, no considera dicha relación como imperial, ya que su definición involucra explotación económica. Pero es justamente el axioma de que la expansión del libre mercado beneficiaría a las economías del sur, lo que resulta eurocéntrico en última instancia. Uno podría replicar , por ejemplo, que las instituciones financieras internacionales solamente sirven para beneficiar a los países ricos a expensas de los pobres (esto puede hacerse recordando que Estados Unidos y Gran Bretaña se industrializaron con medidas fuertemente proteccionistas y que abrieron sus mercados cuando se encontraban en la cima de la jerarquía económica global: 1846 y 1945, respectivamente).

Ahora bien, Keohane puede responder rechazando esa teoría y basar su argumento en que el libre mercado beneficia a todos los Estados (y me parece que ello es congruente con la importancia que el institucionalismo neoliberal da a las ganancias absolutas de los Estados). Una segunda crítica, más seria, consistiría en decir que la expansión de las instituciones financieras internacionales opera como un vehículo neo-imperial paternalista que genera la asimilación cultural de los países no occidentales al ideal civilizatorio occidental (por ejemplo, prestando atención al hecho cada vez resulta más necesario adoptar las instituciones sociales, políticas y económicas occidentales). Frente a esta objeción, Keohane puede replicar que la asimilación a normas occidentales podría ser algo bueno, con lo que él no tendría problema en conceder ello como algo “benigno” (así sea catalogado por los objetores como un elemento “imperial”). Sin embargo, eso no anula la lógica paternalista eurocéntrica que subyace tras dicha visión.

Otro elemento implícito neo-imperial tiene que ver con la visión de Keohane sobre la hegemonía norteamericana (y que da lugar al título del libro). Keohane afirma que los Estados Unidos han sido clave en establecer las instituciones internacionales más importantes desde 1944, proceso que no fue meramente impuesto, pues habría contado con cierto consenso y negociación con los países involucrados. Lo problemático de ese argumento es que con el Tercer Mundo dichas instituciones han sido impuestas, sin mayor consenso (piénsese sobre todo en los ajustes estructurales). Y a nivel metateórico, resulta importante mostrar estos principios normativos que subyacen a la teoría porque, como se sabe, Keohane es uno de los académicos más representativos de una concepción positivista del quehacer científico para con las relaciones internacionales. Finalmente, dicho eurocentrismo para Hobson ha devenido manifiesto luego del fin de la Guerra Fría cuando Keohane ha pasado a defender abiertamente las intervenciones occidentales en el resto del mundo.

En el caso de la Escuela Inglesa, lo que se comparte con el institucionalismo neoliberal es la tesis de que la anarquía puede ser mitigada con cooperación inter-estatal, si es que existen instituciones y convenciones compartidas (sean éstas formales o informales). Aquí se debe empezar recordando que las teorías de los principales representantes de la Escuela Inglesa (como Bull) suponen el “big bang” endógeno de Occidente donde se da la evolución occidental de una sociedad internacional, logro que luego se expande al resto del mundo. Históricamente, esto va a ser problemático porque para Hobson Oriente siempre ha estado en contacto con occidente, mucho antes de que los europeos se decidiesen a “descubrir” Oriente. El punto es que una aproximación no-eurocéntrica reemplazaría la lógica de la inmanencia con una lógica de confluencia y de interacción entre civilizaciones. En lugar de pensar que primero fue Occidente y luego Oriente, Hobson argumenta en sus otros trabajos (con evidencia histórica) que sin Oriente, quizá no habría habido Occidente en primer lugar.

En segundo lugar, en el proceso de expansión de la sociedad internacional occidental es donde yace el implícito el tópico eurocéntrico sobre la misión paternalista y civilizatoria. Ello se expresa como el “estándar de civilización” que se establece en la sociedad internacional (estándar que hoy ha reemplazado bajo el régimen universal y de los derechos humanos), y dónde Oriente habría aceptado consensualmente la expansión de las ideas occidentales. Sin embargo, para Hobson ello no reconoce que muchas de las revoluciones del siglo veinte (como la de China) se dieron en el marco de una reacción a Occidente.

Finalmente, el otro elemento eurocéntricio implícito en la narrativa de la evolución y expansión de la sociedad internacional occidental es la construcción de una jerarquía bipolar, donde los principio de no intervención solamente se respetan plenamente para los países occidentales (“civilizados”). Esto hace que la llamada sociedad anárquica de la Escuela Inglesa termine siendo profúndamente jerárquica. Adicionalmente, en el progresivo desarrollo histórico, Bull considera que Oriente se presenta como una amenaza para la civilización occidental (lo que recuerda el tópico de la agencia predatoria), debido al creciente rechazo en adoptar una identidad cultural occidental.

En síntesis, el dilema teórico de Bull radica en que su pluralismo (recuérdese aquí el debate interno a la Escuela entre los pluralistas y los solidaristas) requiere de tolerancia hacia Estados con culturas diferentes, mientras que su análisis eurocéntrico determina que Oriente es un problema para el orden internacional, con lo que la intervención occidental se presenta como una medida necesaria (pero Hobson admite que si la Escuela Inglesa tomara más en cuenta a las instituciones financieras internacionales, como sí lo hace el institucionalismo neoliberal, quizá sería más viable encontrar una salida al dilema… aunque ello plantearía los problemas que enfrenta Keohane y que fueron mencionados líneas más arriba).


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