Mapeando el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales

(¡Ha pasado mucho tiempo desde que escribo por acá!)

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Hobson, en la conclusión de su libro sobre el eurocentrismo en la teoría de las relaciones internacionales, busca sintetizar las tesis principales y articular una suerte de mapa que permita dar una visión de conjunto a los diferentes vaivenes teóricos que se han ido desarrollando en la disciplina de las Relaciones Internacionales (RRII). No pretendo resumir las conclusiones, las cuales ya de por sí sintetizan todo lo anterior de una manera excelente, pero sí por lo menos enumerar las tipologías que mapean la teoría y señalar algunas implicancias que surgen del libro para pensar la disciplina.

Entre 1760 y 1914 pueden encontrarse cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Smith, Kant).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Cobden/ Bright, Angell, Hobson, Mill, Marx).
  • Racismo científico ofensivo (Ward, Reinsch, Kidd, Mahan, Mackinder, von Treitschke).
  • Racismo científico defensivo (Spencer, Sumer, Blair, Jordan, C.H. Pearson, Ripley, Brinton).

Entre 1919 y 1945 pueden encontrarse los mismo cuatro discursos, aunque con diferentes representantes (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Laski/ Brailsford, Lenin/ Bukharin).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Woolf, Zimmern, Murray, Angell).
  • Racismo científico ofensivo: (Wilson, Buell, Kjellén, Spykman, Haushofer, Hitler).
  • Racismo científico defensivo (Stoddard, Grant, E. Huntington).

Sin embargo, es durante el período de la Guerra Fría (1945-1989) que la teoría de las relaciones internacionales deviene en un eurocentrismo subliminal de dos tipos que, si bien abandona el racismo científico, no por ello deja de ser racialmente intolerante (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí, aquí, aquí):

  • Eurocentrismo subliminal anti-paternalista (Carr, Morgenthau/ Waltz, Bull, Watson).
  • Eurocentrismo subliminal paternalista (Gilpin, Keohane/ Waltz, Bull, Watson).

Finalmente, para Hobson luego del fin de la Guerra Fría hasta hoy (1989-2010), lo que tenemos es un retorno del eurocentrismo manifiesto, configurando cuatro discursos (los autores y corrientes que expanden esta tipología fueron tematizados aquí y aquí):

  • Eurocentrismo manifiesto anti-paternalista (Neo-Marxismo).
  • Eurocentrismo manifiesto paternalista (Rawls, Held, Téson, Nussbaum, Fukuyama).
  • Eurocentrismo manifiesto ofensivo (Kagan, Cooper, Ferguson).
  • Eurocentrismo manifiesto defensivo (S.P. Huntington, Lind).

El propósito de esta categorización es el de deconstruir la narrativa oficial de la disciplina, la cual asume la historia de tradiciones teóricas que más o menos resultan continuas (por ejemplo, liberalismo, realismo, marxismo, etc.), así como de asumir un origen puro de la disciplina (desde 1919 para evitar la guerra), no contaminado de prejuicios o discursos racistas. Y es más bien el análisis histórico de las metanarrativas eurocéntricas las que permite mirar a la historia de la disciplina y las teorías de una manera más adecuada, donde uno puede encontrar semejanzas y diferencias que de otra forma permanecerían ocultas.  Finalmente, lo que tenemos hoy para Hobson en el mainstream de la disciplina a nivel teórico es en realidad una jerarquía civilizatoria informal con un estándar civilizatorio subliminal.

A un nivel epistemológico, lo que resulta de la disciplina es que el tan ansiado ideal neopositivista de neutralidad valorativa no ha podido conseguirse, ni siquiera en las teorías que se jactan de ser lo más neutrales posible (piénsese en el mainstream teórico de corrientes como el realismo estructural interpretado de manera neopositivista, o en el neoliberalismo institucional). En la práctica, lo que se sale a la luz es el ideal normativo de celebrar a Occidente, bajo diferentes formas. Frente a esta situación, la tarea prioritaria en la disciplina para Hobson es ver si es posible reconstruir los fundamentos de la disciplina, bajo una visión no eurocéntrica. Él se encuentra trabajando en este momento en una historia global no eurocéntrica de la economía política de los últimos 500 años.


7 años en el Vacío

¡El blog cumple hoy 7 años! Como siempre, aprovecho esto como motivo para compilar lo escrito y ver qué ha sucedido. La numeración no implica algún orden de prioridad o importancia. Es simplemente (como siempre) una propuesta para hacerme inteligible lo escrito en el año. Este año del blog ha coincidido con  el segundo año de mis estudios doctorales (el año dedicado a cumplir los requerimientos del minor field en Relaciones Internacionales). De ahí que no haya sido siempre fácil o posible escribir tanto como hubiese querido (fue bastante demandante). Pero también puede verse que por eso la mayoría de las entradas que he escrito este año estén dedicadas al estudio de las Relaciones Internacionales. Interesarme en dicho campo ha sido quizá el principal descubrimiento de este año. Espero seguir leyendo y escribiendo aquí acerca de los aspectos más teóricos y metateóricos de dicha disciplina en los próximos años.

Mi dedicación a los cursos, dar el examen doctoral en dicha mención y la carga laboral de jefe de práctica, ocuparon buena parte de mi tiempo. De todas formas, estoy tratando de ver la manera de poder mantener una igual o mayor constancia para escribir aquí. Creo que el año que se viene va a ser un poco más fructífero para eso, dado que ya se terminaron los cursos y empieza la producción de la propuesta de tesis. Veamos qué sucede.

I. Entradas

Filosofía

  1. La educación filosófica
  2. Los filósofos académicos y la ética
  3. Anarco-filosofía
  4. La ontología sin mundo de Markus Gabriel
  5. La estructura de la historia mundial

Democracia y política

  1. Expectativas democráticas ideológicas
  2. Pease (1944-2014)

Relaciones Internacionales

El Realismo crítico de Colin Wight y el problema agente-estructura en las Relaciones Internacionales

  1. Las relaciones internacionales y la cuestión del positivismo desde el realismo crítico
  2. El problema agente-estructura: de la teoría social a las relaciones internacionales
  3. El problema agente-estructura en la teoría de las relaciones internacionales
  4. Estructura
  5. Agencia
  6. La epistemología en el problema agente-estructura
  7. La metodología en el problema agente-estructura
  8. El problema agente-estructura en las relaciones internacionales: conclusiones

El pluralismo de Jackson sobre las ontologías filosóficas para la investigación en Relaciones Internacionales

  1. Filosofía de la ciencia y relaciones internacionales: apuestas filosóficas
  2. Neopositivismo
  3. Realismo crítico
  4. Analiticismo
  5. Reflexividad
  6. Pluralismo científico en las relaciones internacionales

El convencionalismo de Chernoff y la relación entre Teoría y metateoría en las Relaciones Internacionales

  1. Teoría y metateoría en IR: de la política a la teoría
  2. Teoría de las relaciones internacionales y decisión política: realismo, liberalismo y constructivismo
  3. Metateoría: IR y los criterios científicos para elegir una teoría
  4. La oposición metateórica reflexivista en IR
  5. Metateoría convencionalista y defensa de la predicción: de la teoría a la política

La crítica de Hobson al eurocentrismo en la historia de la teoría de las relaciones internacionales (*)

  1. La teoría de las relaciones internacionales como constructo eurocéntrico
  2. Imperialismo eurocéntrico: liberalismo y marxismo (1830-1914)
  3. Eurocentrismo antiimperialista: liberalismo (1760-1800)
  4. Racismo antiimperialista: liberalismo clásico y realismo cultural (1850-1914)
  5. Racismo imperialista: realismo racista, liberalismo y socialismo (1860-1914)
  6. Antiimperialismo y los mitos de 1919: Marxismo, eurocentrismo y realismo-cultural racista (1914-1945)
  7. Imperialismo racista y eurocéntrico: realismo racista, liberalismo racista y liberalismo/fabianismo “progresista” eurocéntrico (1919-1945)
  8. Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)
  9. Eurocentrismo subliminal ortodoxo: institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa (1966-1989)
  10. Eurocentrismo subliminal crítico: Gramscianismo y teoría de los sistemas-mundo (1967-1989)
  11. Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889
  12. Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

(*) Esta serie de post todavía no está terminada. Quiero añadir un par de entradas más dedicadas a las conclusiones del libro y a ciertas objeciones de diferentes académicos con respuestas de Hobson.

II. Cifras

Los resultados al séptimo año son los siguientes (con la información hasta el 17 de junio):

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Top 10 posts más vistos en estos siete años.

  1. La democracia y el significado de pueblo según Sartori
  2. Gianni Vattimo sobre la sociedad posmoderna
  3. Obras completas de Mariátegui disponibles en internet
  4. Habermas: racionalidad y pretensiones de validez (Teoría de la acción comunicativa)
  5. Sobre las virtudes éticas en Aristóteles (Libro II de la Ética a Nicómaco)
  6. El problema de la tierra (1): problema agrario, problema del indio, colonialismo y feudalismo
  7. ¿Qué es esto, la fenomenología? (2): El concepto de fenómeno
  8. ¿Qué es esto, la fenomenología? (4): el concepto preliminar de “fenomenología”
  9. El Ordo amoris de Max Scheler (1)
  10. La política del reconocimiento de Taylor (1)

Top 10 temas más buscados por los cuales se llegó al Vacío. 

  1. democracia
  2. aristoteles
  3. la democracia
  4. pucp
  5. karl marx
  6. edmund husserl
  7. max scheler
  8. husserl
  9. vacio
  10. narciso

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Una vez más, gracias a todos los que han contribuido a que esto sea posible.


Imperialismo eurocéntrico: “liberalismo occidental” post-1989 y el regreso al eurocentrismo paternalista liberal post-18030

A diferencia del realismo occidental, el liberalismo occidental (en líneas generales) asume una posición más cosmopolita (piénsese en el internacionalismo liberal, es cosmopolitismo liberal, el constructivismo liberal y en la vertiente solidarista de la Escuela Inglesa). Lo que subyace a esta posición teórica es un eurocentrismo paternalista que contrasta con la metanarrativa ofensiva del realismo occidental. De ahí que el retorno espiritual sea aquí a un manifiesto paternalismo.

Lo primero es que los liberales occidentales asumen que la democracia, los derechos humanos y el multiculturalismo han crecido en el campo internacional como nunca antes, luego del fin de la Guerra Fría (una nueva era progresista, digamos). Su reconstrucción de este momento implica considerar al siglo diecinueve como una era racista, intolerante e imperialista que luego de 1989 ya no tiene lugar. Esto para Hobson esa una operación bajo la cual se constituye al siglo diecinueve como un Otro temporalmente distante. La ironía del caso para Hobson es que hoy es donde el liberalismo goza de un mayor imperialismo e intervención en el mundo. Pero es esta narrativa liberal la que permite que, contra el realismo occidental, sea posible tener una visión optimista y triunfalista sobre el futuro. Es la oportunidad de Occidente para poder universalizar de manera paternalista la civilización occidental y poder así salvar al resto de sociedades (de sí mismas). La universalización occidental es un bien universal progresista que beneficia a todos.

El liberalismo occidental también construye una triparición jerárquica en el campo internacional compuesta por: Estados liberales civilizados, Estados autocráticos (antes “bárbaros” o “despotismo orientales”) y Estados fallidos (antes “salvajes”). Esta visión también comparte el estándar de estatalidad del realismo occidental, como una versión contemporánea del estándar de civilización. Por ejemplo, en la teoría normativa de John Rawls existen sociedades civilizadas, autocráticas y anárquicas. Pero adicionalmennte existe una categoría intermedia entre la primera y la segunda: sociedades jerárquicas decentes (son orientales, pero bien ordenadas de acuerdo a los principios occidentales). Lo que subyace de esta categoría intermedia para Hobson es el diagnóstico de una sociedad no occidental casi civilizada por completo (el ideal normativo recordemos que es el Occidente liberal). Asimismo, el trato bipolar jerárquico entre Estados occidentales y no occidentales también se mantiene debido a la superioridad occidental político-institucional. Los Estados civilizados respetan la no intervención (híper-soberanía), mientras que los Estados orientales pueden ser intervenidos (tienen una agencia condicional). El punto aquí es que, a diferencia del realismo occidental, no se trata de contener a oriente (como si fuese una amenaza), cuando de convertir culturalmente al resto del mundo a valores e instituciones occidentales. De esta forma el sistema internacional será más estable, próspero y justo. De lo anterior se desprende que lo que debe de hacerse es pensar a la globalización como una oportunidad para universalizar normas e instituciones. Las instituciones políticas internacionales que más influyentes han sido en dicho proceso son las financieras, donde se persigue que los países adopten las instituciones políticas y económicas del neoliberalismo occidental.

El espíritu civilizador luego de la Guerra Fría puede apreciarse en la tesis del fin de la historia de Fukuyama. Y muchos de los liberales occidentales asumen implícitamente la idea básica de que el capitalismo y la democracia liberal representan el fin de la historia. De ahí que para realizar dicho ideal sea admitida la intervención neo-imperial y paternalista en el resto del mundo. Todo ello con el de que Occidente pueda rehacer el mundo a su imagen y semejanza, ya que dicha transformación haría del mundo un mejor lugar para todos.

Una versión diferente se encuentra en Ralws, uno de los principales e influyentes teóricos normativos del liberalismo. Éste es abordado por Hobson con el fin de hacer manifiesto los aspectos eurocéntricos que subyacen a su teoría, y que no son claros a primera vista. El primero de dichos aspectos es que se espera que los pueblos jerárquicos decentes puedan avanzar en la jerarquía civilizatoria (vía emulación y asimilación) y devenir occidentales. Es necesario mencionar que para ser parte de tales sociedades bien ordenadas se requiere una separación entre el Estado y la Iglesia, algo que no hace más que contradecir su supuesta tolerancia por las sociedades islámicas. En segundo lugar, la cooperación con Occidente no debería darse a través de la imposición de un libre mercado injusto. Lo que se obvia aquí, como se mencionó en la discusión de Keohane, es que los países occidentales ricos surgieron precisamente vía medidas proteccionistas. En tercer lugar Rawls es bastante paternalista debido a que las sociedades bien ordenadas (básicamente Occidente, porque la categoría de sociedades jerárquicas no tiene mucho correlato empírico) tienen que trabajar juntas para que el resto de sociedades pueda acceder a la zona de civilización liberal. Los Estados que no se ciñen a ley alguna deben ser condenados, sancionados e intervenidos humanitariamente. Y una vez que son intervenidos, la reconstrucción de la sociedad debe hacerse siguiendo las líneas liberales occidentales. Asimismo, las sociedades con mayor desventaja deben ser asistidas y ayudadas para que puedan construir instituciones políticas. En cuarto lugar se encuentra el doble estándar según el cual los estados occidentales pueden también salirse de la ley, pero sus ejemplos son históricos y llegan hasta la Alemania Nazi. Rawls admite que guerras imperiales hoy para ganar territorio, riqueza y poder caerían en ese marco, pero las guerras de los Estados Unidos de los últimos cincuenta años han seguido esa lógica. Sin embargo, Rawls solamente toma en cuenta un caso de todo ese proceso (básicamente el uso de armas nucleares en Japón y el bombardeo a varias de sus ciudades). Pero no es solamente eso: los Estados liberales occidentales, si llegan a salirse de la ley, no pueden ser intervenidos o castigados por el resto de Estados Occidentales. Esto último, como puede apreciarse, contrasta con el hecho de que los Estados liberales deben castigar a los Estados orientales que no se ciñen a la ley (una clara jerarquía internacional bipolar). Finalmente, a pesar de que Rawls rechaza el paternalismo, el hecho de que defienda que la intervención busque desarrollar a dichas sociedades para que sean independientes es uno de los motivos esenciales del paternalismo liberal imperialista del siglo diecinueve (y que se expreso históricamente en el Sistema de Mandato de la Sociedad de Naciones).

Otro caso importante se encuentra en la obra de David Held y su teoría democrática y cosmopolita. Aquí subyace una teoría del big bang sobre la globalización donde un excepcional Occidente desarrolla endógenamente vía una lógica de inmanencia la modernidad (primero en Europa y luego en los Estados Unidos), proceso que luego expande al resto del mundo. La narrativa de Held sigue básicamente la línea eurocéntrica clásica: Grecia, Roma, feudalismo europeo y cristianismo medieval, reforma, absolutismo, y Westfalia. Luego de esto se habrían dado algunas endógenas mejoras más hasta llegar a sí al Estado democrático-liberal del siglo veinte. Internacionalmente, la lectura de los grandes poderes es también la línea clásica: España, Portugal, Países Bajos, Francia, Inglaterra y los Estados Unidos (y ya mencioné antes que Hobson en otros trabajos busca demostrar que empírica e históricamente dicha narrativa endógena es falsa, pues la interacción con Oriente a múltiples niveles habría sido decisiva para el desarrollo occidental). Por eso es que el universalismo y cosmopolitismo de Held termina siendo eurocéntrico, ya que sus fundamentos se remontan a una pura narrativa endógena. Entonces, si bien no se trata de una teoría eurocéntrica que defiende la explotación, sí termina siendo eurocéntrica es en tanto el origen del ideal normativo de la democracia cosmopolita se deriva de una lectura eurocéntrica sobre la historia de Occidente. Lo universal aquí también termina manifestándose como la defensa de lo particular.

En el caso de las intervenciones humanitarias, en el liberalismo occidental también se mantiene también un principio paternalista entendido como la “responsibilidad para proteger”, así como el doblo estándar bipolar donde dicha exigencia no se hace a los países occidentales (variantes de este motivo eurocéntrico se encuentran en el constructivismo liberal, el neoliberalismo y los solidaristas de la Escuela Inglesa). Dicha responsabilidad encarna la híper-soberanía occidental frente a la soberanía condicional oriental. En el constructivismo de Finnemore ello es claro cuando presenta, de acuerdo a Hobson, a las agencias de las Naciones Unidas y a actores no estatales internacionales como vehículos de socialización para con las normas occidentales. Se trata, pues, de una misicón civilizatoria occidental informal. Pero además también esta posición naturaliza una jerarquía donde es Occidente quien elabora las normas civilizatorias que luego difunde al resto del mundo (lo que para Hobson también constituye un caso de eurofetichismo). Y es el cambio de registro (del racismo científico a un paternalismo basado en derechos humanos) lo que contribuye a que las continuidades en la intervención occidental sean perdidas de vista. Finalmente, la última ironía sobre esto que destaca Hobson es que la razón por la cual se defiende la soberanía en las Naciones Unidas (lo que los liberales critican como motivo de justificación de autócratas orientales) es que fueron los Estados Unidos quienes construyeron ese sistema para proteger su autonomía doméstica, con el fin de poder mantener sus políticas racistas. Y más bien fueron varios representantes orientales lo que lucharon en las Naciones Unidas para que se den avances en la legislación concerniente a los derechos humanos (y contando, en el proceso, con una resistencia occidental).

Adicionalmente, en el ala realista de este liberalismo se añade al deber de proteger el “deber de prevenir”. Esto tiene que ver sobre todo con prevenir la proliferación de armas de destrucción masiva (algo defendido por Salughter y Feinstein). Esta política está dirigida contra las autocracias orientales (lo que tradicionalmente se veía como “despotismo oriental”), y puede implicar medidas intervencionistas neo-imperiales. Otra medida análoga se encuentra presente en la idea del “Concierto de las Democracias”. Esta visión realista-liberal (representada por Ikenberry y Slaughter, entre otros) piensa un Concierto de este tipo puede servir de mejor manera que las Naciones Unidas para institucionalizar y garantizar la paz democrática, y donde es posible intervenir con el fin de aumentar la civilización democrática (recordemos que esto se basa de la tesis de la paz democrática, según la cual las democracias no se hacen la guerra entre sí). En todo caso, esta posición también desemboca en una jerarquía bipolar de trato soberano diferente entre los civilizados y el resto (híper soberanía versus soberanía condicional).

Finalmente otros liberales abogan por la figura de un fideicomisario que pueda administrar territorios constituidos por Estados fallidos, con el fin de prepararlos para un futuro auto-gobierno. Este es el caso más claro de paternalismo donde la agencia doméstica oriental es disuelta bajo el argumento de que son incapaces para la autodeterminación colectiva. Por eso es que dependen de Occidente, quien podrá dotarlos de instituciones racionales que les dé progreso.

En síntesis, el liberalismo occidental retoma los motivos paternalistas de las misiones civilizatorias decimonónicas. La conclusión general luego de algunos momentos claves de este capítulo, es que el estándar de civilización (ahora definido como estatalidad) ha sido revivido luego del fin de la Guerra Fría. Los Estados solamente son tratados como iguales si desarrollan estalidad y democracia. Y la contradicción del discurso liberal es que dicha posición es de facto manifiestamente paternalista, aunque ella cuestione de jure todo tipo de imperialismo.


Imperialismo y antiimperialismo eurocéntrico: “realismo occidental” post-1989 y el retorno espiritual al realismo-racista post-1889

Luego de la Guerra Fría (post-1989), Hobson considera que el eurocentrismo subliminal deviene manifiesto en la teoría de las relaciones internacionales. En lo que respecta al realismo (ahora rebautizado por Hobson para dicha era como “realismo occidental”) se mantiene un pesimismo sobre el futuro de Occidente. Y la medida más viable tiene que ver con poder contener a la nueva “amenaza bárbara” para la civilización y el orden, sea de una manera más defensiva o más ofensiva. Esto para Hobson es un retorno a motivos claves de de los discursos del realismo racista post-1889. La diferencia es que ahora dichos argumentos teóricos tienen como substrato teórico un eurocentrismo institucional y no un racismo científico. Por eso es que Hobson habla de un “retorno espiritual” (las diferencias son evidentes ya no se defiende el genocidio, no el racismo científico, la colonización ya no es admitida, y la soberanía en general se presenta como condicional al respeto a los derechos humanos).

Una primera vertiente del realismo occidental involucra una visión ofensiva del eurocentrismo institucional. Recordemos que aquí, como ya se dijo en el párrafo anterior, la diferencia entre Occidente y el resto radica en factores institucionales y no en fundamentos biológico-raciales. Y el estándar de civilización (“civilizados”, “bárbaros” y “salvajes”) es mantenido bajo las divisiones de sentido común que se dan entre el Primer, el Segundo, y el Tercer Mundo, respectivamente. Dicho estándar se expresa mucho más concretamente a la hora de considerar el grado de estatalidad: el grado de burocratización racional, así como de democracia. En esta línea, Robert Cooper mantiene una distinción análoga entre Estados postmodenors pacíficos (Occidente civilizado), Estados modernos donde la razón de Estado y la guerra prevalecen (Asia, principalmente), y Estados pre-modernos o Estados fallidos donde prevalece un estado de naturaleza hobbesiano (el Tercer Mundo). Estas triparticiones mantienen también el doble estándar de bipolaridad, según el cual las relaciones entre Estados occidentales son diferentes a las relaciones entre Estados occidentales y no occidentales (por ejemplo, cuando los Estados no occidentales no pueden mantener un orden doméstico y democrático, legitimando la intervención neo-imperial occidental). El grado de respeto a la soberanía estatal es mucho más restringido en el segundo tipo de relación.

Esto hace que los Estados occidentales cuenten con una mayor agencia que los orientales. Aquello último es destacado por Hobson como correctivo frente al tópico común sobre la globalización, entendido como proceso que mina la soberanía de “todos” los Estados. Lo que sí hace el realismo occidental es redefinir a la globalización como el catalizador contemporáneo de la  “amenaza oriental” para con la civilización occidental. Y es que, la globalización permite una mayor mobilidad de tecnologías, dando lugar a que grupos terroristas (principalmente islámicos) puedan acceder a armas y atacar a Occidente. Asimismo, la globalización ha contribuido al ascenso de China y a la desintegración del Tercer Mundo.

Por su parte, Robert Kaplan mantiene también un pesimismo, pero para él es África el lugar de donde emergerá el principal problema para Occidente en los próximos años. Hobson recuerda que una influencia teórica fundamental de este diagnóstico se debe a los análisis neo-Malthusianos de Paul Kennedy (el principal reto futuro está basado en el declive demográfico occidental frente al resto del mundo). El otro motivo tomado de Kennedy es que el desarrollo de las sociedades solamente será posible, si es que se adoptan las instituciones occidentales en su totalidad. Esto último es lo que haría de Oriente dejar de ser una amenaza. Sin embargo, Kennedy es escéptico de que ello pueda ocurrir.

Estos diagnósticos, surgidos durante la década de 1990, se vieron agravados luego de los ataques del 11 de septiembre. Y los discursos acentuaron la narrativa de la amenaza bárbara que se encuentra cerca (dotando a Oriente de una agencia mucho más predatoria). De estas concepciones sobre lo internacional surgen diversas respuestas para contener la amenaza. Una primera es la intervención norteamericana en Oriente (Cooper piensa en la expansión de la Europa postmoderna como solución. Niall Ferguson también defiende el imperialismo norteamericano como una fuerza progresista en el mundo). Y si bien uno podría pensar esto como neo-imperialismo, muchos autores consideran aquí a los Estados Unidos como hegemón benigno o democrático. Esto recuerda al utopismo que critica Carr, donde los intereses particulares se presentan como universales. Oriente seguirá en una situación de “falsa consciencia”, a menos que persiga una asimilación cultural occidental. Tal es, por ejemplo, la defensa que hace Rothkopf del imperialismo cultural. Hobson compara críticamente dichas visiones a la autocomplacencia del imperialismo británico decimonónico.

Otra solución surge del hecho de que también existe una vertiente defensiva para con la amenaza bárbara. Sus principales representantes son Huntington y Lind (ellos se asemejan más al eurocentrismo defensivo). El choque de las civilizaciones empieza su diagnóstico lamentando el fin de la Guerra Fría, debido a que ha privado a Occidente de un Otro frente al cual puede constituir y mantener su identidad. El sucesivo desplazamiento teórico hará que sea Oriente quien ahora encarne a ese Otro. Esto se complementa con el diagnóstico neo-malthusiano donde Oriente tiene una comparativa explosión demográfica frente a Occidente. Dicho excedente poblacional buscará migrar a Occidente. Asimismo, Oriente tiene la capacidad y agencia para poder desarrollarse. De ahí que la futura amenaza para la civilización occidental también tenga que ver con el crecimiento de China y del Islam (lo cual implica también un cierto tipo de agencia predatoria).

Finalmente, lo que acentúa este problema para Huntington es la política multicultural occidental, la cual abre sus puertas a la creciente inmigración. Esto atenta contra la pureza cultural de los Estados Unidos (la cultura protestante anglosajona). La solución de que se desprende de esto es una suerte de ideal normativo de apartheid cultural para contener las influencias no occidentales. El control migratorio debe reforzarse, aunque se admite que otras culturas pueden ser asimiladas a la cultura norteamericana (un potencial paralelo cultural con vertientes racistas lamarckistas). Sin embargo, lo que prevalece como medida inmediata es la maximización de la distancia entre Oriente y Occidente.

En suma, estos discurso (propios del realismo occidental contemporáneo) constituyen un institucionalismo eurocéntrico ofensivo que sigue el espíritu de las metanarrativas del realismo racista post-1889.


Eurocentrismo subliminal eurocéntrico: Gramscianismo y teoría de los sistemas-mundo (1967-1989)

Retomando un aspecto del vocabulario propuesto en el inicio de la propuesta de relectura crítica (donde se dan los lineamientos teóricos para conceptualizar el eurocentrismo presente en la teoría de las relaciones internacionales), Hobson aborda las vertientes críticas inspiradas principalmente en Antonio Gramsci e Immanuel Wallerstein destacando que ellas demuestran que es absolutamente posible ser eurocéntrico y crítico de Occidente al mismo tiempo. Ambos autores han dado lugar a diferentes investigaciones que mantienen como núcleo un eurocentrismo anti-paternalista.

En primer lugar, la narrativa de Wallerstein desarrollada en su teoría de los sistemas-mundo contradice la pretensión “mundial” de su aproximación por tratar el surgimiento de Occidente como algo básicamente endógeno (la lógica de la inmanencia). Occidente deviene así el creador excepcional de la modernidad y del capitalismo desde el siglo dieciséis (hacia 1500). La concepción civilizatoria es materialista (y podríamos decir, hasta economicista), pero aún así se divide al mundo de acuerdo a una suerte de “estándar civilizatorio”: un Occidente civilizado, imperios redistributivos y tributarios asiáticos, y sistemas primitivos de recirprocidad americanos, africanos y de australasia. La expansión imperialista occidental que se da históricamente aquí es indesligable del proceso de acumulación de capital. Lo que subyace a esta historia es un Occidente dotado de una híper-agencia frente a un Oriente con muy poca agencia. El resultado del imperialismo occidental es la asimilación funcional de los demás grupos para con la explotación capitalista y el dominio de Occidente por sobre Oriente.

Para Wallerstein la dinámica del capitalismo global consiste en extraer recursos y ganancias desde la periferia oriental hacia el núcleo/centro occidental (y conuna semi-periferia funcional a dicha reproducción). Y como esta lectura es mucho más economicista que las anteriores, los hegemones occidentales de turno cumplen aquí un mero rol funcional para la producción y reproducción del capitalismo. Esta lógica determinista y estructural-funcionalista es etiquetada por Hobson como “eurofuncionalismo”, mientras que la negación de agencia oriental es categorizada como “eurofetichismo”. Este último punto se expresa cuando se redefine toda agencia oriental de resistencia como la generación de efectos no intencionados para el fortalecimiento del sistema en su conjunto (digamos, que no hay agencia que pueda ser inteligible en términos no funcionales al proceso). De ahí que procesos históricos del siglo veinte como los de la descolonización sean básicamente entendidos como el paso de Europa a Estados Unidos como la parte del sistema que asume el rol hegemónico.  Bajo este marco no hay posibilidad para salir de este proceso, y todo deviene funcional al sistema en su conjunto. Lo irónico es que Wallerstein sostiene que el capitalismo del sistema-mundo no podrá superar las crisis futuras (un lapso no mayor a ciento cincuenta años), pero dicho pronóstico no es fácilmente convergente con la lógica de su diagnóstico sistémico. Finalmente, el principal problema empírico que ha enfrentado Wallerstein es el ascenso económico de los países asiáticos desde la década de 1980, algo que parecía imposible para su teoría.

En el caso de las aproximaciones inspiradas en Gramsci (piénsese sobre todo en Cox, aunque también Gill sería un representante de dicha tradición), el punto de partida frente al establishment de la disciplina (por ejemplo, el neorealismo y el institucionalismo neoliberal) es la distinción entre teorías que resuelven problemas y teoría crítica (una reformulación de Cox que nos recuerda a la clásica distinción hecha por Horkheimer entre teoría tradicional y teoría crítica). Lo que distingue a la segunda de las primeras, es que toman el mundo como un resultado contingente e histórico y que, por ello mismo, es susceptible de cambio (emancipatorio). Esto a diferencia de teorías de pretensión positivista como el neorealismo y el institucionalismo neoliberal, las cuales aspiran a generalización más universales, y donde la historia no parece ser tan determinante (recuérdese la famosa tesis de Waltz según la cual la textura de las relaciones internacionales ha sido relativamente constante). Lo que Hobson diagnostica es que en última instancia dicho proyecto crítico también comparte un grado significativo de “eurofetichismo”, en tanto que Occidente sigue contando con una híper-agencia frente a un Oriente que es básicamente pasivo en el proceso global de dominación hegemónica/ capitalista/ occidental.

A diferencia de teorías como las de la estabilidad hegemónica, las aproximaciones gramscianas ven la hegemonía como un proceso de dominación legítima y de explotación consensuada de las masas para con el capitalismo y la clase social que representa sus intereses (en lugar de verlo como una suerte de benigno proveedor de bienes públicos en el campo internacional). Sin embargo, el eurocentrismo aquí es crítico de occidente, y por tanto, anti-paternalista. El problema analítico para Hobson aquí es que Oriente no posee agencia significa alguna en el proceso. Ello se ve en los análisis históricos que se realizan siguiendo dichas teorías, así como con el hecho de que los hegemones son siempre concebidos como grandes potencias occidentales (a diferencia la posibilidad de analizar históricamente a China, por poner el ejemplo más importante). Esto es consistente con la idea, también recurrente aquí, de pensar el desarrollo occidental como un proceso endógeno en inmanente. Una vez alcanzado dicho desarrollo, la consecuencia es la expansión global a expensas de la pasividad oriental.

Cuando no se cuenta con hegemonía, lo que suele darse es una revolución pasiva marcada por el cesarismo o el transformismo (y se mantiene un estándar civilizatorio cuando se explican los casos orientales como expresiones de neomercantilismo y/ o de casos conformados por proto-Estados). Por eso para Hobson aquí también radican presupuestos eurocéntricos, debido a que el proceso de los países orientales nunca es interno o endógeno, sino que siempre se debe a la relación con hegemones occidentales, y a sus instituciones internacionales externas e intervinientes. Los análisis de contra-hegemonía podrían ser una potencial salida a dichos cuestionamientos (Hobson ve cierta posibilidad ahí). Pero en el desarrollo de dicha tradición tales análisis no han tomado significativamente en cuenta la agencia de los actores orientales (algo señalado por las críticas hechas desde la teoría post-colonial). Finalmente, y dando paso a los últimos análisis del libro, Hobson añade que la hegemonía no es el único medio contemporáneo de dominación. Lo que llamamos “globalización” opera hoy como un proceso macro de socialización y conversión cultural. Y luego del fin de la Guerra Fría, dicho proceso dará lugar a la emergencia manifiesta del eurocentrismo, algo que había devenido subliminal desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.


Eurocentrismo subliminal ortodoxo: institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa (1966-1989)

En el caso del institucionalismo neoliberal y la Escuela Inglesa de las Relaciones Internacionales también (como con el caso del realismo de la post-guerra) las distinciones “civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos” son dejadas lado, aunque la primera de las distinciones devendrá subliminal a la hora de que ambas aproximaciones conciban a Occidente como en lugar donde la cooperación inter-estatal sucede, así como se asuma el hecho de que dichos Estados sean mucho más racionales que los demás (Hobson llama a esto, dotar de niveles de “súper-racionalidad” a los Estados occidentales). Como representante clave del institucionalismo neoliberal, Keohane dota a los Estados occidentales de un nivel más alto de agencia, tanto en lo que concierne a niveles de desarrollo (político y económico), como en la capacidad de poder rehacer la política mundial de acuerdo a sus intereses. El resto de Estados tendrá una agencia condicional, subordinada a la penetración de las “benignas” instituciones internacionales de Occidente. Por su parte, la Escuela Inglesa tiene dentro de sí dos concepciones de agencia para Oriente. Una primera, en la línea del institucionalismo neoliberal, es la de una agencia condicional a la asimilación de instituciones y prácticas de Occidente. Pero existe una segunda dotación de agencia de tipo predatoria donde Oriente deviene un problema, ya que desestabiliza el orden social internacional de la civilización occidental, debido a que no comparte los fundamentos básicos que hacen posible a la sociedad internacional (por ejemplo, normas, instituciones, prácticas, costumbres, cultura, etc.).

El neoliberalismo Institucional no se pronuncia sobre esta polémica, pero asume una concepción paternalista implícita, ya que las instituciones internacionales de Occidente sirven para promover la progresiva (y civilizatoria) conversión cultural del resto del mundo a los principios occidentales. En su lectura crítica After Hegemony (1984) lo que Hobson va a querer mostrar, de manera similar a lo hecho con los realistas, es que Keohane también presenta como teóricamente universal algo que termina siendo particular (provincialismo occidental).

Lo primero que es manifiesto, y hecho explícito por Keohane, es que su libro busca generar una teoría basada en los Estados capitalistas avanzados occidentales (junto con Japón). Y es ese fundamento ideológico común (por ejemplo, la creencia en el libre mercado y en la democracia) el que es condición de posibilidad para la cooperación inter-estatal a través de juegos iterados (básicamente el Dilema del prisionero). El otro componente eurocéntrico es que la cooperación requiere de “súper-racionalidad” debido a que los Estados occidentales deben pensar más a lago plazo para que la cooperación pueda emerger e institucionalizarse internacionalmente. Y si bien Keohane advierte que su teoría es para dichos Estados, admite que podría ser relevante para las relaciones “norte-sur”.

El problema para Hobson es que en esta relación la lógica no opera de manera similar por la desigualdad e implica una suerte de paternalismo imperial. Keohane, como los realistas discutidos en la entrada anterior, no considera dicha relación como imperial, ya que su definición involucra explotación económica. Pero es justamente el axioma de que la expansión del libre mercado beneficiaría a las economías del sur, lo que resulta eurocéntrico en última instancia. Uno podría replicar , por ejemplo, que las instituciones financieras internacionales solamente sirven para beneficiar a los países ricos a expensas de los pobres (esto puede hacerse recordando que Estados Unidos y Gran Bretaña se industrializaron con medidas fuertemente proteccionistas y que abrieron sus mercados cuando se encontraban en la cima de la jerarquía económica global: 1846 y 1945, respectivamente).

Ahora bien, Keohane puede responder rechazando esa teoría y basar su argumento en que el libre mercado beneficia a todos los Estados (y me parece que ello es congruente con la importancia que el institucionalismo neoliberal da a las ganancias absolutas de los Estados). Una segunda crítica, más seria, consistiría en decir que la expansión de las instituciones financieras internacionales opera como un vehículo neo-imperial paternalista que genera la asimilación cultural de los países no occidentales al ideal civilizatorio occidental (por ejemplo, prestando atención al hecho cada vez resulta más necesario adoptar las instituciones sociales, políticas y económicas occidentales). Frente a esta objeción, Keohane puede replicar que la asimilación a normas occidentales podría ser algo bueno, con lo que él no tendría problema en conceder ello como algo “benigno” (así sea catalogado por los objetores como un elemento “imperial”). Sin embargo, eso no anula la lógica paternalista eurocéntrica que subyace tras dicha visión.

Otro elemento implícito neo-imperial tiene que ver con la visión de Keohane sobre la hegemonía norteamericana (y que da lugar al título del libro). Keohane afirma que los Estados Unidos han sido clave en establecer las instituciones internacionales más importantes desde 1944, proceso que no fue meramente impuesto, pues habría contado con cierto consenso y negociación con los países involucrados. Lo problemático de ese argumento es que con el Tercer Mundo dichas instituciones han sido impuestas, sin mayor consenso (piénsese sobre todo en los ajustes estructurales). Y a nivel metateórico, resulta importante mostrar estos principios normativos que subyacen a la teoría porque, como se sabe, Keohane es uno de los académicos más representativos de una concepción positivista del quehacer científico para con las relaciones internacionales. Finalmente, dicho eurocentrismo para Hobson ha devenido manifiesto luego del fin de la Guerra Fría cuando Keohane ha pasado a defender abiertamente las intervenciones occidentales en el resto del mundo.

En el caso de la Escuela Inglesa, lo que se comparte con el institucionalismo neoliberal es la tesis de que la anarquía puede ser mitigada con cooperación inter-estatal, si es que existen instituciones y convenciones compartidas (sean éstas formales o informales). Aquí se debe empezar recordando que las teorías de los principales representantes de la Escuela Inglesa (como Bull) suponen el “big bang” endógeno de Occidente donde se da la evolución occidental de una sociedad internacional, logro que luego se expande al resto del mundo. Históricamente, esto va a ser problemático porque para Hobson Oriente siempre ha estado en contacto con occidente, mucho antes de que los europeos se decidiesen a “descubrir” Oriente. El punto es que una aproximación no-eurocéntrica reemplazaría la lógica de la inmanencia con una lógica de confluencia y de interacción entre civilizaciones. En lugar de pensar que primero fue Occidente y luego Oriente, Hobson argumenta en sus otros trabajos (con evidencia histórica) que sin Oriente, quizá no habría habido Occidente en primer lugar.

En segundo lugar, en el proceso de expansión de la sociedad internacional occidental es donde yace el implícito el tópico eurocéntrico sobre la misión paternalista y civilizatoria. Ello se expresa como el “estándar de civilización” que se establece en la sociedad internacional (estándar que hoy ha reemplazado bajo el régimen universal y de los derechos humanos), y dónde Oriente habría aceptado consensualmente la expansión de las ideas occidentales. Sin embargo, para Hobson ello no reconoce que muchas de las revoluciones del siglo veinte (como la de China) se dieron en el marco de una reacción a Occidente.

Finalmente, el otro elemento eurocéntricio implícito en la narrativa de la evolución y expansión de la sociedad internacional occidental es la construcción de una jerarquía bipolar, donde los principio de no intervención solamente se respetan plenamente para los países occidentales (“civilizados”). Esto hace que la llamada sociedad anárquica de la Escuela Inglesa termine siendo profúndamente jerárquica. Adicionalmente, en el progresivo desarrollo histórico, Bull considera que Oriente se presenta como una amenaza para la civilización occidental (lo que recuerda el tópico de la agencia predatoria), debido al creciente rechazo en adoptar una identidad cultural occidental.

En síntesis, el dilema teórico de Bull radica en que su pluralismo (recuérdese aquí el debate interno a la Escuela entre los pluralistas y los solidaristas) requiere de tolerancia hacia Estados con culturas diferentes, mientras que su análisis eurocéntrico determina que Oriente es un problema para el orden internacional, con lo que la intervención occidental se presenta como una medida necesaria (pero Hobson admite que si la Escuela Inglesa tomara más en cuenta a las instituciones financieras internacionales, como sí lo hace el institucionalismo neoliberal, quizá sería más viable encontrar una salida al dilema… aunque ello plantearía los problemas que enfrenta Keohane y que fueron mencionados líneas más arriba).


Eurocentrismo subliminal ortodoxo: del realismo clásico al neorealismo (1945-1989)

Después del fin de la Segunda Guerra mundial hubo un cambio epistémico sustantivo en la teoría de las relaciones internacionales. La visión del establishment sobre la historia de la disciplina en este punto veía al neorealismo como una teoría mucho más científica y positivista que la del realismo clásico, y donde cualquier tipo de de sesgo eurocéntrico anterior habría sido dejado de lado. Lo que Hobson quiere destacar como relectura crítica es que la teoría internacional post-1945 de tipo realista abandona el racismo científico, pero mantiene una aproximación eurocéntrica que Hobson denomina “institucionalismo eurocéntrico subliminal” (y que devendrá manifiesto luego del fin de la Guerra Fría). ¿En qué consiste dicha aproximación eurocéntrica? Lo primero que queda claro es que todo tipo de distinción y jerarquía del tipo anterior (“civilización/ barbarie”, “blancos/no-blancos”) es abandonada. Y las pretensiones de las teorías luego de la revolución conductista en la ciencia política (y del “segundo Gran Debate” en las Relaciones Internacionales) son explicar lo internacional sin apelar a valores subjetivos, así como apuntar a un mayor universalismo que pueda explicar a los Estados, al margen de sus distinciones idiosincráticas (un giro, digamos, más positivista). A pesar de este, para Hobson lo que va a permanecer es una visión bastante provincialistaEl realismo clásico y la teoría de la estabilidad hegemónica mantienen una “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. El argumento, en analogía con los casos anteriores ya mencionados, es que los excepcionales europeos primero crearon para sí mismos un sistema internacional estatal y capitalista, sistema (o civilización) que luego exportaron al resto del mundo, sea vía imperialismo, hegemonía o ambos. Finalmente, en el caso del neorealismo de Waltz, lo que va a primar es una concepción de unidades igualmente soberanas en un sistema, visión que termina siendo negligente para con la recurrente jerarquía y prácticas imperiales en la historia de las relaciones internacionales.

En torno al realismo clásico de autores como Morgenthau y Carr, el aspecto eurocéntrico de sus análisis sobre lo internacional se expresa en el hecho de que sus marcos explicativos asumen (como ya se anunció) un análisis provincialista donde la política internacional occidental es presentada como la política mundial (lo particular se presenta como lo universal). En el caso de Morgenthau, ello se ve claramente cuando analiza el imperialismo y lo define básicamente en oposición al status quo. La idea es que los Estados que no buscan mantener la distribución de poder existente en el sistema internacional serían los que realizarían políticas exteriores de tipo imperialista. El problema es que con esa definición, cualquier tipo de política que busca cambiar el estado de cosas es imperialista y cualquier tipo de política de los Estados imperiales por mantener el status quo sería no imperialista. Y fuera de los problemas conceptuales y lógicos, empíricamente no se hace plenamente inteligible las políticas de los Estados imperiales durante el siglo diecinueve y veinte, debido a que los Estados imperiales no expandieron sustantivamente sus territorios en la mayor parte de dichos períodos. Otro muestra de eurocentrismo tiene que ver con que el libro principal de Morgenthau (Politics Among Nations) fue reeditado varias veces durante los procesos de descolonización. Pero en lugar de que ello sirva para pensar la agencia de los Estados orientales, Morgenthau lee el proceso solamente como un triunfo occidental puro, donde la victoria se debe esencialmente a las ideas morales occidentales (por ejemplo, ideas como autodeterminación nacional y justicia social).  Esto supone que es Occidente el que crea endógenamente estas ideas, las cuales son meramente emuladas por Oriente.

Finalmente, el elemento más importante del eurocentrismo de Morgenthau (y que subyace a los aspectos ya mencionados) es la “teoría eurocéntrica del big bang de la política mundial”. La evidencia empírica que sirve de base (y habría que añadir que es algo medianamente recurrente en el mainstream) es la paz de Westfalia de 1648. Es ahí donde nace realmente el sistema internacional moderno, sistema que luego habría sido expandido y difundido hacia el resto del mundo. Y luego de ese advenimiento el sistema internacional habría tenido dos eras. La primera es la que concierne a “lo internacional aristocrático” (desde 1648, hasta el siglo diecinueve) y la segunda es la era del “universalismo nacionalista” (siglo veinte). El período aristocrático sería el momento donde el balance de poder habría generado una relativa paz y cooperación entre los Estados. En cambio, el período nacionalista habría roto ese balance de poder, generando la era de la guerra total. Lo que habría permitido que el balance de poder funcionara en la era aristocrática es que los gobernantes gozaban de una mayor autonomía estatal y (sobre todo) que compartían normas europeas y aristocráticas que restringían la pura búsqueda de poder. El problema es que con las revoluciones democráticas y el surgimiento de los nacionalismos, dicha autonomía y dicho consenso normativo fueron quebrados; el primero debido a la creciente necesidad de contar con el apoyo de las masas, y el segundo debido al reemplazo de normas nacionalistas que conducían hacia el conflicto bélico. Los resultados de este proceso (el advenimiento del universalismo nacionalista) son la ausencia de una opinión pública común, el rol marginal del derecho internacional y la ausencia de restricciones normativas para que el balance de poder restrinja la ambición de poder. Como puede apreciarse, en esta narrativa Morgenthau piensa al sistema internacional en su conjunto vía la historia europea.

Por su parte, Carr concibió tres eras clave en la historia de las relaciones internacionales. La primera fue la de “lo internacional monárquico” (1648-1815), la segunda es la de “lo internacional burgués” (basada en la Pax Britannica, 1815-1919). La primera es bastante convergente con el período aristocrático de Morgenthau, y la segunda termina también afirmando la estabilidad del sistema por estar igualmente basada en un alto grado de autonomía estatal y de normas pacíficas. Finalmente, la tercera era es la de la “nación socializada”, la cual es congruente con el universalismo nacionalista de Morgenthau. Dicha era fue la que habría dado lugar al período de guerra total entre 1914 y 1945. Como puede apreciarse, el proceso aquí también es similar al de Morgenthau: la extensión de la ciudadanía y el cambio en las normas internacionales es el principal motor de cambio a nivel internacional. Y en ambos casos, la historia del sistema internacional es una historia puramente intra-occidental. La ironía de Carr es que su correctivo metodológico realista para cuestionar la universalidad del idealismo como estando basada en intereses particulares, termina aplicándosele a su propia explicación histórica sobre cambios en el sistema internacional.

La teoría neorealista sobre la estabilidad hegemónica para Hobson mantiene un imperialismo eurocéntrico paternalista subliminal. Aquí Hobson se centra básicamente en la teoría de Gilpin (1981). Por más que la teoría busca ser explicativa sin sesgos, lo que termina haciendo es presentar como acciones universales de todo hegemón posible lo que históricamente han hecho los grandes poderes anglosajones  (y habría que recordar que el contexto de la teoría es la percepción que existía sobre el declive de la hegemonía norteamericana). Lo interesante aquí es que si bien la teoría se presenta como realista, hay ciertos supuestos cruciales del realismo que tienen que abandonarse para que la teoría pueda funcionar. Estos elementos exógenos son en última instancia etnocéntricos y paternalistas, de acuerdo a Hobson.

Aquí también se mantiene la teoría endógena del big bang: el hegemón surge de manera inmanente gracias a sus proprios esfuerzos (tanto el caso británico, como el estadounidense responden a dicha lógica excepcional). Una vez que el hegemón surge resulta natural para Gilpin que dicho Estado quiera convertir su poder en hegemónia en el sistema internacional. Empíricamente el sesgo es que se presentan siempre casos occidentales, que si bien eran potencias, lo eran más intra-occidentalmente que internacionalmente. Hobson recuerda que hasta el siglo diecinueve las verdaderas potencias han sido no occidentales (y esto es dejado de lado en Gilpin, y en autores como Kennedy): China, India, los otomanos, y la dinastía Safavid.

Lo que no se condice con la lógica realista es el hecho de que una potencia querría ser hegemón, si es que ello implica pagar los costos de la estabilización del mundo, beneficiando a Estados que no pagan dichos costos, y donde la recompensa última es el declive relativo frente a nuevos poderes emergentes. Asimismo, tampoco queda claro por qué el hegemón no podría preveer su futuro declive y hacer algo al respecto, ya que se supone que es el Estado con mayor visión de futuro. Una pura lógica realista de Estados que buscan sobrevivir en el sistema anárquico a través de mantener o maximizar su posición relativa en el sistema no puede hacer inteligible el rol del hegemón presentado por Gilpin. Y estamos hablando directamente de dos casos cruciales para las relaciones internacionales: los Estados Unidos y Gran Bretaña.

Además, Gilpin distingue entre hegemones y poderes imperiales. Los Estados Unidos y Gran Bretaña han sido hegemones liberales, mientras que la Unión Soviética ha sido un poder imperial autoritario. Y salvo el caso soviético, el mundo moderno progresivamente ha sido gobernado por hegemones liberales no imperialistas, mientras que el mundo pre-moderno estaba basado en el ciclos de imperios despóticos (lo cual recuerda a la idea de los “despotismos orientales”). Sin embargo, para Hobson esta diferencia conceptual no tiene sentido cuando uno ve las prácticas imperiales de los hegemones liberales. La manera en que Gilpin justifica la distinción es bajo la idea de que los poderes imperiales europes son civilizatorios, debido a que la transferencia de capital y tecnología desarrolla a los países subordinados al orden hegemónico, en lugar de meramente explotarlos. Hobson puede seguir manteniendo que Gilpin es eurocéntrico e imperialista acá, dado que su vocabulario admite imperialismos paternalistas y no puramente explotadores (como en los casos de Angell y de Hobson). Esto se vería reflejado en el orden internacional construido por los Estados Unidos luego de la Segunda Guerra Mundial: La difusión del libre mercado y de principios liberales cumple el rol de la misión civilizatoria.

En lo que respecta al declive del hegemón, el primer problema se debe a los Estados vividores (“free-riders”), los cuales gozan de los beneficios que provee el hegemón, pero sin pagar los costos. Esta explicación supone que el declive es culpa de los demás Estados (especialmente los no occidentales), lo cual se relaciona con la idea eurocéntrica de la “carga” del hombre blanco (Kipling). Y si bien es cierto que pueden ser también occidentales, en los análisis de Gilpin son los Estados orientales los que son cuestionados (Japón y los países asíaticos emergentes). La comparación de Gilpin es con las hordas bárbaras que acaban con el Imperio Romano (y también se vincula con los tópicos de la “amenaza bárbara” que ya han sido vistos). En última instancia la teoría está basada en una metanarrativa eurocéntrica (eurocentrismo anglosajón) de tipo paternalista. Hobson considera que su verdadero nombre debería ser “teoría de la estabilidad occidental”.

El caso de la teoría estructural de Waltz constituye el caso más difícil para detectar eurocentrismo, debido a que la teoría pretende aplicarse a todo tipo de Estado, al margen de sus idiosincracias domésticas e históricas particulares. El eurocentrismo subliminal va a radicar aquí en el etnocentrismo norteamericano que la teoría presenta hacia el final del libro más importante de Waltz (Theory of International Politics), fuera de contar también con un cierto grado de paternalismo. Lo que se obvia con el realismo estructural de Waltz son los mecanismos jerárquicos presentes en el sistema internacional, antes y después de 1648 (siendo este último período donde hay una mayor proliferación de jerarquías imperiales internacionales). Y son estas jerarquías las que han sido mucho más recurrentes en la historia (1800-1980) que la idea waltziana de un sistema anárquico internacional de unidades igualmente soberanas. Esto último ha sido más bien la excepción, y es este aspecto de la teoría el que expresa un eurocentrismo subliminal (ya que el colonialismo aparece como algo no medular para la teoría). Otro elemento eurocéntrico crucialen Waltz tiene que ver con su conocida tesis estructural, según la cual los sistemas bipolares (como el de la Guerra Fría) son más pacíficos y estables que los multipolares (como los que habrían dado lugar a las dos guerras mundiales). Lo que Hobson va a señalar es que esto solamente es verdad si uno colapsa a la política mundial con las relaciones internacionales intra-occidentales. Y es que las relaciones entre países occidentales fueron pacíficas solamente porque los conflictos entre los Estados Unidos y la Guerra Fría fueron desplazados hacia África, Asia y América Latina. Son esos conflictos e intervencionismos el costo que se pagó para que Occidente pueda contar con una relativa paz. Piénsese que para los seres humanos que vivieron en países no occidentales durante el período 1947-1990 la tesis de que dicho período fue extremadamente pacífico resultaría demasiado extraño, por decir lo menos. Y lo mismo podría decirse de la “larga paz” decimonónica en Europa, pues los conflictos fueron también desplazados hacia el Oriente colonizado.

La teoría del Waltz normalmente es diagnosticada como ahistórica (una crítica común hecha desde su publicación), pero lo que Hobson añade a esta crítica es la nominación de dicha operación como “tempocentrismo”, la cual consiste en extrapolar una configuración del presente hacia el pasado, con el fin de representar toda la historia bajo un mismo esquema (lo cual se expresa en el hecho de que Waltz considere que las relaciones internacionales han sido relativamente constantes a lo largo de la historia humana). Y lo que principalmente se proyecta hacia el pasado, como ya se ha ido mencionando, es el hecho de que las unidades del sistema son igualmente soberanas (el componente de la estructura según el cual las unidades son funcionalmente indiferenciadas), lo cual es totalmente negligente con el imperialismo europeo en la historia de las relaciones internacionales. El principal contraejemplo para la teoría estructural de Waltz, y que evidencia el cargo de tempocentrismo es China. Es razonable considerar a China como el Estado más poderoso (1100-1800). Pero su liderazgo en la región del este asiático no generó ningún tipo de balance de poder, como el realismo estructural de Waltz lo esperaría. Además, China muestra un claro ejemplo de jerarquía bajo un sistema anárquico. Y en la propia historia de China, en el período de de los Reinos Comatientes no prevaleció el balance de poder. Todo lo contrario: la dinastía Qin logró derrotar a todos y unificar a China, algo que el neorealismo no vería como resultado viable.

Finalmente, hacia el final de su Teoría Waltz destaca que los Estados Unidos operan en el sistema mantienendo cierta paz y contribuyendo a resolver los problemas demográficos, ecoólogicos y de proliferación. Waltz no considera este rol como imperialista por no ser explícitamente explotador, aunque Hobson siempre podrá responder (como con el caso de Gilpin) que hay variantes de imperialismo, y que éste sería una de ellas. El problema más importante (al margen la categorización de Hobson) es que este diagnóstico no se condice con la teoría que Waltz ha venido desarrollando, ya que los Estados (de acuerdo a la teoría) van a buscar un mínimo de poder que permita mantener su supervivencia y posición en el sistema. Ningún Estado se sacrificaría por el bien de los demás. Asimismo, si esos costos son aprovechados por los Estados débiles (“free-riders“), entonces sí resulta importante el rol que los Estados débiles pueden tener en la producción y reproducción del sistema internacional (esto último contra el hecho de que el enfoque de Waltz se centra en los Estados occidentales más poderosos del sistema). En síntesis, Hobson considera que la teoría de Waltz (por más parsimónica que se presente) termina siendo negligente con algo tan importante en las relaciones internacionales como lo es el imperialismo occidental, así como (en general) las interacciones entre Oriente y Occidente.


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