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Hacia la subjetividad lacaniana

La discusión sobre la relevancia y pertinencia sobre el Psicoanálisis lacaniano para la política me parece que es fundamental. Por ello, me gustaría escribir algunas ideas a partir de los trabajos de Yanis Stavrakakis (Lacan y lo político, Buenos Aires: Prometeo Libros, 2007) en relación a dicho tema. Estas entradas no son, lamentablemente, una reflexión que tenga a Lacan como autor de primera mano. Pero la idea es que con estas aproximaciones luego ello sea posible. Es obvio que la obra lacaniana no resulta totalmente “unitaria” o “sistémica”. De ahí que se tomen algunos conceptos y argumentos, con el fin de hacer una apropiación que pueda contribuir a la teoría política y a las ciencias sociales.

Lo primero que puede resultar fundamental aquí es la concepción lacaniana de la subjetividad. Esto mismo ya es todo un problema, pero el elemento clave que destaca Stavrakakis es el hecho de que el sujeto lacaniano está esencialmente dividido. Esto implica que el sujeto lacaniano sea

(…) el locus de una imposible identidad, el lugar donde se produce una entera política de identificación (pág. 31). 

La idea es pues, pensar la posibilidad de un sujeto (político) que no tenga una identidad, sino una división y una falta que implique una identificación.  No se trataría aquí de pensar y promover, sin más, lo que hoy se llama “políticas de la identidad”. El primer aporte lacaniano aquí sería un llamado a pensar más bien en políticas de identificación. Es la tesis de una irreductible división en la subjetividad, lo que Lacan habría considerado como la verdad más decisiva que nos habría legado Freud (pág. 36).

Este sujeto no es un “individuo” o “sujeto consciente”, como muchas veces se asume en el sentido común y en análisis políticos tradicionales (como los que se habrían hecho en la obra de Rawls y en la tradición de la teoría de la elección racional, por poner algunos ejemplos). Lacan podría tener aportes para pensar la posibilidad de una teoría de la elección “irracional” o “no racional”, donde no primera la estrategia, la consistencia y la racionalidad instrumental. El “inconsciente”, la “pulsión de muerte”, el “doce”, entre otros conceptos lacanianos, así como la crítica al individualismo metodológico (sobre todo a través de la dimensión socio-simbólica del deseo humano) serían claves aquí para posibilitar una teoría de este tipo (pp. 38-39).

Esta subjetividad se constituye cuando los seres humanos, al nacer y crecer en un entorno social,empezamos a hablar. Aquí se da un ingreso en el campo de la representación lingüística, un ingreso en el orden simbólico. Todo este ámbito va a influenciar lo que podríamos llamar su “desarrollo psíquico”. El sujeto,para Lacan, es algo que emerge desde lo simbólico. Esto es importante y nos permite plantear algunas analogías similares, o comparaciones, con lo que suele llamarse el “giro lingüístico” en la filosofía contemporánea. Desde la hermenéutica y los aportes de Wittgenstein suele tenerse como lugar común (lugar común que puede ser obviamente cuestionado, también) la idea de que nuestra identidad y ser está íntimamente relacionado con el lenguaje: nuestro mundo y nuestra relación con él está atravesada por el lenguaje. Sin embargo, muchas veces esta apropiación suele ser asumida de una manera mucho más “armónica” (“mi lenguaje es mi mundo, mi identidad, quién soy y lo que hago”) de una manera un tanto burda. No digo que Heidegger o Wittgenstein tengan que hacer eso. Lo que sí pienso es que sus epígonos o la sedimentación que se genera de estas tesis en el sentido común filosófico continental, con el que he tenido algo de contacto, piensa esto de una manera que me parece es potencialmente más “armoniosa”. En el caso de Lacan, además de las múltiples diferencias que se puedan señalar, hay algo que destaca de manera frontal: no se trata de algo “armonioso”. Hablar implica más que tener una “forma de vida” o una “experiencia del ser”. Hablar implica ser un sujeto y eso implica estar dividido y ser el sujeto de una falta.

Con el lenguaje, los sujetos buscan obtener una identidad que sea, digamos, “estable” y “adecuada”. Este significado es buscado y se constituye como una promesa que se podría realizar desde el orden simbólico. Sin embargo, este vacío que busca ser llenado simbólicamente por el sujeto, con el fin de obtener “identidad” y “plenitud” resultará siempre un fracaso. No existe, pues, tal significado estable como posibilidad efectiva desde el orden simbólico.

La significación está articulada en torno a la ilusión de alcanzar el significado, pero esta misma ilusión es un resultado del juego del significante. El significado, como hemos señalado, es un efecto creado por el significante en el proceso de significación (pág. 52).

Y es que

(…) si hay un significado, éste sólo puede ser un significante al que atribuimos una función de significado transferencial. El significado es un “sujeto supuesto saber” lingüístico, o más bien, un “objeto supuesto saber” que un significante signifique para un sujeto (pág. 52).

El significado será, en última instancia, una ilusión. Esto se expresa en el hecho de que el orden simbólico, en tanto juego de significantes, nunca pueda eliminar la falta y experiencia fundamental de “pérdida” que el sujeto tiene. No hay un significante que pueda adecuarse a la “singularidad del sujeto”. Obviamente, todo esto debe ser explicado en detalle (y será discutido a la luz de escritos y seminarios del propio Lacan. Aquí solamente quiero sintetizar las tesis principales para luego ver potenciales aportes lacanianos. Tarea: abordar lo que podríamos llamar la “teoría lacaniana del lenguaje”). La idea es, entonces, que los seres humanos devienen sujetos al ingresar en el orden simbólico asumen la falta estructural que es constitutiva del propio lenguaje. Esta falta hace imposible cualquier identidad en sentido fuerte, sustantivo y estable. La identidad solamente sería posible como una identidad fracasada (pág. 55). Lo que genera esto para el sujeto son

(…) una serie de identificaciones fallidas o mejor aún un juego entre la identificación y su fracaso, un juego profundamente político (pág. 55).

La identificación del sujeto nunca podrá brindar esa identidad que el sujeto busca. Y esta sería una de las razones central que causarían el proceso mismo de identificación (un proceso que no podría tener fin… mientras los seres humanos tengan lenguaje y, por ende, sean sujetos).

A fin de ganar el mundo simbólico, tenemos que sacrificar la esencia de lo que buscamos en él, a fin de garantizar el significante tenemos que sacrificar el significado. La identificación simbólica es una identificación estructurada alrededor de esta falta constitutiva (pág. 60).

Lo que sacrificarían, entonces, los seres humanos al devenir sujetos es el acceso inmediato con la vida animal (pág. 61). Las necesidades devienen demandas, los instintos devienen pulsiones y deseos. Lo que se pierde es un acceso inmediato a “lo real” (en sentido lacaniano).

Ahora sólo podemos tratar de encontrar lo real a través de la simbolización. Ganamos acceso a la realidad, la que es principalmente un constructo simbólico, pero el significado del significante “realidad”, lo real en sí mismo, es sacrificado para siempre. Ninguna identificación nos posibilita restaurarlo o recapturarlo. Pero es justamente esta imposibilidad la que nos fuerza a identificarnos una y otra vez. Nunca obtenemos lo que se nos prometió, pero es por eso justamente que seguimos anhelándolo (pp. 61-62).

Todo esto implica una suerte de “alienación” por parte del sujeto. Y es que, si los sujetos no pueden con el lenguaje alcanzar una plenitud o una identidad estable que dé cuenta de ellos en su singularidad, lo que tendrán será un lenguaje que nunca será totalmente propio. La identificación simbólica (y social) siempre tendrá algo de alienación (habría que ver que relación podría haber con la idea de que el Dasein cotidianamente es “uno” y ello implica una identidad impropia).

Lo que concluye Stavrakakis, para ir haciendo el nexo con lo político es lo siguiente:

La constitución (finalmente imposible) de toda identidad puede intentarse solo a través de procesos de identificación con construcciones discursivas socialmente disponibles como ideologías, etc (pp. 63-64).

 


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