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Introducción a la ética kantiana (4) (segundo capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres)

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Ética de Gonzalo Gamio, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la propuesta ética de Immanuel Kant. El texto base para esta sesión es el segundo capítulo “Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las costumbres” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, traducción de Roberto Aramayo, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

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El tercer principio, que se sigue del anterior, es el que sostiene que la voluntad de cualquier ser racional es una voluntad que legisla universalmente. La voluntad no se somete a la ley pasivamente, sino que es ella (en cuanto racional) la que se autolegisla (esto implica pensarnos como autores de la ley). Esta voluntad no se funda en interés alguno. No se trata de una ley que viene de fuera, sino que es nuestra voluntad la que se autolegisla universalmente. Este axioma es el principio de la autonomía (palabra que viene de dos palabras griegas y cuyo sentido tiene ver como la expresión anterior: “autolegislación”). Todo lo que no sea autolegislación universal de una voluntad racional, será llamado heteronomía. Esto tiene que ver con la noción de dignidad, propia de los seres racionales. La tesis es que los seres racionales no obedecen a ninguna ley, salvo la que se dan ellos mismos.

A partir de esto, Kant deriva el concepto del reino de los fines. Ese reino es la conjunción sistemática de los seres racionales por leyes objetivas comunes (es una especie de ideal regulativo).

Un ser racional pertenece al reino de los fines como miembro si legisla universalmente dentro del mismo, pero también está sometido él mismo a esas leyes. Pertenece a dicho reino como jefe cuando como legislador no está sometido a la voluntad de ningún otro.

(…)

La moralidad consiste, pues, en la relación de cualquier acción con la única legislación por medio de la cual es posible un reino de los fines. (122).

La formulación sería en principio la siguiente:

(…) no acometer ninguna acción con arreglo a otra máxima que aquella según la cual pueda compadecerse con ella el ser una ley universal y, por consiguiente, sólo de tal modo que la voluntad pueda considerarse a sí misma por su máxima al mismo tiempo como universalmente legisladora (123).

En el reino de los fines lo que puede intercambiarse y tener equivalentes tiene precio. Lo que no tiene equivalencia y se sustrae a todo precio decimos que tiene dignidad: un valor intrínseco. La moralidad es lo único que posee dignidad, todo lo demás tiene un precio:

  • La destreza y el celo en el trabajo: precio de mercado.
  • El ingenio, la imaginación viva y el humor: precio afectivo.

Mientras que:

  • Fidelidad en las promesas o la benevolencia pro principios (no instinto): tiene un valor intrínseco. Aquí todo se juega en las intenciones, en las máximas.

Al respecto, Kant sintetiza lo esencial del punto en la siguiente cita:

Y ¿qué es entonces lo que autoriza a la buena intención moral o a la virtud a tener tan altas pretensiones? Ni más ni menos que la participación en la legislación universal que le procura al ser racional, haciéndole por ello bueno para un posible reino de los fines, al cual ya estaba destinado por su propia naturaleza como fin en sí mismo, y justamente por ser quien legisla en el reino de los fines, como libre con respecto a todas las leyes de la naturaleza, al obedecer sólo aquellas leyes que se da él mismo y según las cuales sus máximas pueden pertenecer a una legislación universal (a la que \ simultáneamente se somete él mismo). Pues nada tiene un valor al margen del que le determina la ley. Si bien la propia legislación que determina todo valor ha de poseer por ello una dignidad, osea, un valor incondicionado e incomparable para el cual tan sólo la palabra respeto aporta la expresión conveniente de la estima que ha de profesarle un ser racional. Así pues, la autonomía es el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional.

Ahora sobre las máximas, es necesario constatar que todas tienen los siguientes elementos:

1. Forma. La forma consiste en la universalidad.

Que las máximas han de ser escogidas como si fuesen a valer como leyes universales de la naturaleza (…) (126)

2. Materia. Esto tiene que ver con el fin.

El ser racional como fin según su naturaleza, y por tanto, como fin en sí mismo tendría que servir para toda máxima como condición restrictiva de todo fin meramente relativo y arbitrario (…) (126).

3. Determinación de las máximas para concordar con el reino de los fines.

Todas las máximas de la propia legislación deben concordar a partir de una legislación propia con un posible reino de los fines, como un reino de la naturaleza (126).

Toda máxima, en cuanto principio subjetivo de la acción, que no se contradiga con la ley universal que toda racionalidad determina en la voluntad, en tanto autolegisladora universal, es absolutamente buena.

Obra siempre según aquella máxima cuya universalidad como ley puedas querer a la vez (127).

Obra según máximas que al mismo tiempo puedan tenerse a sí mismas por objetos como leyes universales de la naturaleza. Así está constituida por lo tanto la fórmula de una voluntad absolutamente buena (127).

El fin va  a ser aquí establecido por cuenta propia, no es algo que se va a realizar (algo relativo). Es algo que pensamos negativamente: es algo contra lo que nunca actuaremos, ni obraremos como si fuese un medio. Este fin es el sujeto de todos los fines posibles, ya que su voluntad absolutamente buena es lo que es supremamente estimada. El sujeto racional debe ser considerado siempre como un fin en sí mismo, nunca como un medio.

El sujeto racional es autolegislador, y este mundo de autolegislación universal es el reino de los fines: un mundo de seres racionales donde las leyes que los rigen son autolegisladas por ellos mismos, a diferencia del reino de la naturaleza, donde las leyes vienen de manera externa.

Moralidad  es, por tanto, la relación de las acciones con la autonomía de la voluntad, esto es, con la legsilación universal posible gracias a sus máximas. La acción que puede compadecerse con la autonomía de la voluntad es lícita y la que no concuerde con ella es ilícita. La voluntad cuyas máximas coinciden necesariamente con las leyes de la autonomía es una voluntad santa y absolutamente buena. La dependencia de una voluntad que no es absolutamente buena respecto del principio de autonomía (el apremio moral) supone la obligación. Ésta no puede ser aplicada por lo tanto a un ser santo. La necesidad objetiva de una acción por obligación se llama deber. (130)

La dignidad de cumplir el deber reside, pues, en que se trata de una autolegislación y no deun mero sometimiento. Además, el móvil es el respetohacia la ley, no una mera inclinación. Esto está íntimamente relacionado con la autonomía del sujeto racional:

El principio de autonomía es por lo tanto éste: no elegir sino de tal modo que las máximas de su elección estén simultáneamente comprendidas en el mismo querer como ley universal. (131)

La heteronomía seríael buscar la ley en un objeto, en algo distinto al propio sujeto. De ahí que no tenga que ver con la moralidad. Solamente sustenta imperativos hipotéticos. Veamos las diferencias:

  1. “Debo hacer algo, porque quiero alguna otra cosa”
    • “No debo mentir, si quiero conservar mi reputación”
  2. “Debo obrar así o asá, a pesar de que no quiera ninguna otra cosa”
    • “No debo mentir, aunque no me reportase la menor deshonra”

Kant termina haciendo una tipología ética. Parte de afirmar que hay dos posibles principios que para organizar esto:

1 Empíricos: el principio es la felicidad, se fundamenta en un sentimiento físico o moral.

2. Racional: el principio de perfección, se sustenta en un efecto posible nuestro o como una causa de una perfección independiente (Dios) en nosotros.

Así pues, la voluntad absolutamente buena, cuyo principio ha de ser un imperativocategórico, al mostrarse indeterminada con respecto a cualquier objeto, albergará simplemente la forma del querer en general y ciertamene como autonomía, esto es, la propia idoneidad de la máxima de toda buena voluntad para convertirse ella misma en ley universal es la única ley que se impone a sí misma la voluntad de todo ser racional, sin colocar como fundamento de dicha voluntad móvil e interés algunos.

 

Introducción a la ética kantiana (3) (segundo capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres)

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Ética de Gonzalo Gamio, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la propuesta ética de Immanuel Kant. El texto base para esta sesión es el segundo capítulo “Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las costumbres” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, traducción de Roberto Aramayo, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

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Kant (1)

Ahora la cuestión es pensar cómo son posibles dichos imperativos.

En el primer caso no hay problema: quien quiere un fin, quiere también el medio para ese fin. Si quiero el efecto, entonces quiero la acción que lo produce.

En el segundo caso el problema radica en definir qué es la felicidad. La razón radica en que los elementos de la definición de la felicidad son empíricos, ya que se trata de un bienestar máximo en todas las circunstancias. El problema es que los seres finitos no pueden hacerse una idea clara de lo que realmente quieren.

  • Riqueza: preocupaciones.
  • Grandes conocimientos: agudeza para ver más males.
  • Larga vida: podría ser una gran calamidad.
  • Gran salud: muchos excesos.

Conclusión: para saber lo que a uno lo haría feliz se necesita omnisciencia, que los seres racionales humanos por definición no tienen.

En el tercer caso tenemos dificultades para expresar lo propio del imperativo. para empezar no podemos dar ningún ejemplo, ya que los ejemplos y la experiencia son insuficientes para captar este imperativo. Cualquier ejemplo podría esconder, en el fondo, un imperativo hipotético. Es un imperativo incondicionado. Por su necesidad es el único que puede ser llamado una ley práctica en sentido estricto, porque no tiene un propósito más allá que podrímos abandanor para abandonar el actuar.

El imperativo categórico es una proposición sintético-práctica a priori. Es un imperativo que contiene la ley y la necesidad de que la máxima sea conforme a la ley. Una universalidad a la que debe de conformarse la máxima de la acción:

Así pues, el imperativo categórico es único y, sin duda, es éste: obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en una ley universal (104).

Pero puede reformularse este imperativo si tenemos en cuenta que la naturaleza es lo que tiene que ver con la universalidad de la ley. Esto tiene que ver con cosas que están determinadas por leyes universales. De ahí que la segunda formulación sea:

Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza (104).

No debemos olvidar de que la máxima es el principio subjetivo del obrar, mientras que la ley práctica es el principio objetivo. Esta ley es el principio válido para todo ser racional, el que concierne al deber. A partir de aquí, Kant distingue entre:

1. Deberes perfectos. No admite a la inclinación.

2. Deberes imperfectos.

Ejemplos:

  • Suicidio. No podría ser una ley universal de la naturaleza, que promueve la vida.
  • Mentir para obtener un préstamo. Nadie creería ninguna promesa.
  • No desarrollar un talento por comodidad. El ser racional quiere desarrollar sus capacidades.
  • Alguien a quien le va bien, pero no le importa ayudar  a los demás. Uno mismo se arrebataría el auxilio que esperaría para sí.

Hasta aquí lo que tenemos es el poder querer que nuestras máximas se conviertan en leyes universales. Quedan fuera las máximas que no pueden pensarse sin contradicción como leyes universales de la naturaleza (el deber más estricto), así como el hecho de que podamos querer que eso pudiera suceder. En otros casos la voluntad es la que entraría en contradicción y no la ley (un deber más lato).

A veces somos conscientes de que nuestras máximas no son susceptibles de ser universalizables y sin embargo realizamos esas acciones. Kant sostiene que es porque lo que estamos haciendo es una excepción para nuestras inclinaciones, excepción que no estaríamos dispuestos a tolerar para otros. Lo que tenemos aquí es una especie de conflicto entre la razón y la inclinación.

Para poder constatar el carácter a priori de dicho imperativo, Kant considera necesario no buscar abstraerlo de algún atributo de la naturaleza humana, además de (obviamente) no querer derivarlo de ejemplos concretos y empíricos. Y es que el deber ser y la obligatoriedad de la acción es algo que obliga e impera en cualquier acción racional, sea o no sea humana. De ahí que la ética de Kant por momentos trascienda el ser una ética meramente humana. Su universalidad la lleva a contemplar la posibilidad de valer universalmente para cualquier ser que sea racional, independientemente de que sea o no un ser humano.

(…) no hay que esperar nada de la inclinación del hombre, sino todo el poder supremo de la ley y del debido respeto hacia ella o, en caso contrario, condenar a los hombres al autodesprecio que les hace aborrecerse a sí mismos en su fuero interno (111).

El imperativo es algo a priori y vinculado con el concepto de voluntad de un ser racional en general. Hay que buscar los fundamentos de lo que debe suceder, aunque nunca llegara a suceder. Se trata de leyes objetivo-prácticas. Se trata de una voluntad determinada puramente por la razón, suprimiendo todo lo empírico. La razón debe determinar a la voluntad de manera puramente a priori.

La voluntad es pensada como una capacidad para que uno se autodetermine a obrar conforme a la representación de ciertas leyes. Y una facultad así sólo puede encontrarse entre los seres racionales. Ahora bien, fin es lo que le sirve a la voluntad como fundamento objetivo de su autodeterminación y, cuando dicho fin es dado por la mera razón, ha de valer igualmente para todo ser racional.

Kant va a distinguir aquí entre:

1. Móvil. Es el fundamentos subjetivo del deseo. De acá uno puede inferir fines subjetivos que descansan sobre móviles. Acá los principios prácticos son materiales. Los fines materiales son arbitrarios y relativos. Todo esto es el fundamento de los imperativos hipotéticos.

2. Motivo. Es el fundamento objetivo del querer. De acá uno puede inferir fines objetivos válidos para todo ser racional. Acá los principios prácticos son formales. El fundamento requerido aquí debe ser el de la existencia de algo que posea un valor absoluto, que sea un fin en sí mismo.

Kant sostiene para que (2) pueda tener sentido, que todo ser racional es un fin en sí mismo. Los seres puramente de la naturaleza son seres irracionales, cosas, medios para nuestros fines. Los seres racionales son personas. Las personas son objetos de respeto y no pueden ser tratadas con pura arbitrariedad. Como son (2) eso quiere decir que no son (1), es decir, no son un fin subjetivo.El fundamento entonces es pues, que la naturaleza racional existe como fin en sí misma. La formulación del imperativo será la siguiente:

Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio (116).

Retomemos los ejemplos para echar nuevas luces sobre ellos, a partir de la nueva formulación.

  • Suicidio. Es utilizarnos a nosotros como medios y no como fines. No puedo mutilarme, estropearme, ni matarme, desde esta formulación (a menos, claro está, que sea para preservarme.
  • Mentir para obtener un préstamo. Estamos utilizando a los demás como medios y no como fines en sí mismos.
  • No desarrollar un talento por comodidad. No se promueve a la humanidad como un fin en sí mismo, aunque pueda mantenerse como tal.
  • Alguien a quien le va bien, pero no le importa ayudar  a los demás. Los fines de los demás son, por definición, mis fines.

Introducción a la ética kantiana (2) (segundo capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres)

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Ética de Gonzalo Gamio, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la propuesta ética de Immanuel Kant. El texto base para esta sesión es el segundo capítulo “Tránsito de la filosofía moral popular a una metafísica de las costumbres” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, traducción de Roberto Aramayo, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

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kant

Vimos en el post anterior, como Kant describía ciertos requisitos y rasgos propios de lo que debería constituir esencialmente el valor moral de una acción. Lo que llama la atención, y Kant lo sabe bien, es que parece difícil tener una absoluta certeza en lo que respecta a si, de facto, ha habido alguna vez una acción de este tipo, es decir, una acción moral como tal.

De hecho, resulta absolutamente imposible estipular con plena certeza mediante la experiencia un solo caso donde la máxima de una acción, conforme por lo demás con el deber, descanse exclusivamente sobre fundamentos morales y la representación de su deber.

Kant piensa que la mayoría de nuestras acciones son hechas conforme al deber y no por el deber. Y es que podría darse el caso de que los últimos fundamentos de determinación de la voluntad sean, finalmente, motivaciones egoístas. Por eso Kant llega a pensar como posible que nunca se haya realizado una acción moral, entendida de esta manera radicalmente racional. Sin embargo, Kant nos insta a pensar que ese no es un argumento suficiente para decsartar dicha visión y obligación de lo que constituiría un mandato para la acción que se quiera moral, ya que la razón busca prescribir lo que debe ser, aún a costa de nunca haberse dado en el mundo.

Este carácter racional de la moralidad es, para Kant, válido para todo ser racional. Esto implica pensar en una ley moral universal que trascienda a la condición humana. De ahí que los ejemplos no puedan ser empíricos, ya que sería condicionar lo racional a lo puramente humano. La voluntad debe ser determinada por fundamentos a priori, previos a la experiencia. Los ejemplos necesitan de cierto ideal o criterio en base al cual los juzgamos. De ahí que Kant considere que el concepto de moralidad no pueda derivarse de unos cuantos ejemplos.

(…) justamente porque las leyes morales deben valer para cualquier ser racional, se deriven dichas leyes de los conceptos universales de un ser racional en general, y de este modo se presente primero toda moral como algo absolutamente independiente de la antropología que precisa para su aplicación a los hombres (lo cual se puede hacer muy bien en este tipo de conocimientos totalmente separados), exponiendo la moral como filosofía pura, o sea, como metafísica (…) (90).

Lo que tenemos es una idea de perfección moral que nuestra razón proyecta a priori.

Kant sostiene que cada cosa de la naturaleza opera con arreglo a leyes (91). Pero es el ser racional el que se caracteriza por:

la capacidad de obrar según la representación de las leyes o con arreglo a principios del obrar, esto es, posee una voluntad. Como para derivar acciones a partir de leyes se requiere una razón, la voluntad no es otra cosa que razón práctica. Si la razón determina indefectiblemente a la voluntad, entonces las acciones de un ser semejante que sean reconocidas como objetivamente necesarias lo serán también subjetivamente, es decir, la voluntad es una capacidad de elegir solo aquello que la razón reconoce independientemente de la inclinación como prácticamente necesario, o sea, como bueno (91).

Pero en el caso del ser humano las voluntad no es plenamente determinada por la razón. Determinar la voluntad de acuerdo a la razón supone, para Kant, un apremio. La voluntad del ser racional humano será determinada por fundamentos racionales, aunque no sean obedecidos según la naturaleza de un ser puramente racional:

La representación de un principio objetivo, en tanto que resulta apremiante para una voluntad, se llama mandato (de la razón) y la fórmula del mismo se denomina imperativo (92).

El imperativo se expresa en un deber-ser. Los imperativos dicen lo que sería bueno hacer a una voluntad que no siempre hace algo porque se lo representa como algo bueno. Lo bueno debe ser entendido aquí como lo válido para cualquier ser racional en cuanto tal, a través de causas objetivas (no subjetivas). Lo subjetivo particular (y no universal para todo ser racional) que determina la voluntad sería lo agradable, no lo bueno.

Una voluntad divina no tendría que ver con apremio alguno, ya que estaría determinada racionalmente siempre, en su modalidad subjetiva. Para una voluntad divina y para una voluntad santa no hay imperativo alguno. Acá el querer siempre coincide con la ley. El imperativo es la fórmula que expresa la relación de la ley objetiva del querer con la imperfección del ser racional humano. Para Kant hay dos tipos de imperativos: categóricos e hipotéticos.

Los imperativos hipotéticos:

(…) representan la necesidad práctica de una acción posible como medio para conseguir alguna otra cosa que se quiere (o es posible que se quiera) (94).

Acá de lo que se trata es de una acción buena para otra cosa, para algún propósito que sea posible (principio problemático-práctico) o real (pricipio asertórico-práctico).

Los imperativos de habilidad:

Todas las ciencias contienen alguna parte práctica, la cual consta de problemas relativos a un fin posible para nosotros y de imperativos sobre cómo puede ser alcanzado dicho fin. De ahí que tales imperativos puedan ser llamados de habilidad (95).

Acá la cuestión no es moral, sino que se trata de una relación de medios-fines. La lógica de un médico y de un asesino es, bajo este esquema de relación, el mismo.

El imperativo categórico:

(…) sería el que representaría una acción como objetivamente necesaria por sí misma, sin referencia a ningún otro fin (94).

Acá de lo que se trata es de una acción que se representa como buena en sí misma (principio apodíctico-práctico). Manda un proceder inmediato. No tiene que ver con la materia de la acción, ni con lo que podrá resultar de ella. Lo importantes es la forma y el principio de la acción. Lo bueno de acción es, aquí, la intención (sin importar el grado de éxito que se pueda tener con ella). Es el imperativo de la moralidad.

Después de esto Kant afirma que si bien podemos encontrar una multiplicidad de fines, en el caso de los seres racionales dependientes de imperativos, en realidad hay un propósito principal y fundamental: el de la felicidad. El imperativo hipotético que promueve este fin es el asertórico. La habilidad humana para poder proveernos del mayor bienestar propio que podamos tener es lo que Kant llamará prudencia.

Hasta aquí tenemos:

1. Reglas de la habilidad. Son los imperativos técnicos, referentes al arte.

2. Consejos de la prudencia. Es subjetivo porque la felicidad es contingente y tiene que ver con lo particular de cada sujeto y de cada situación. Son los imperativos pragmáticos, los que conciernen a la felicidad. No son mandatos, ya que son contingentes y no necesarios. Son consejos. La felicidad es un ideal de la imaginación, no de la razón.

3. Mandatos (leyes) de la moralidad. La ley es el único concepto de objetiva necesidad incondicionada, valida universalmente. El cumplimiento de la ley obligatoria debe ir, incluso, en contra de la inclinación. No esta limitado por ninguna situación o condición: es absolutamente necesario. Es el imperativo moral, el que tiene que ver con la conducta libre en general, con las costumbres (99).

Introducción a la ética de Kant (1) (primer capítulo de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres)

Las siguientes notas tienen como fin el hacer de esquema de práctica dirigida para los alumnos del curso de Ética de Gonzalo Gamio, del cual soy jefe de práctica. Tiene como fin, pues, el ser una especie de guía esquemática e introductoria a una serie de problemas abiertos (y relacionados), en parte, con la propuesta ética de Immanuel Kant. El texto base para esta sesión es el primer capítulo “Tránsito del conocimiento moral común de la razón al filosófico” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, traducción de Roberto Aramayo, Madrid: Alianza Editorial, 2002.

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kant1798

Kant inicia este primer capítulo sosteniendo que no podemos pensar nada en este mundo (ni fuera de este) irrestrictamente bueno, salvo una buena voluntad. Revisemos lo demás:

1. Los talentos del espíritu: inteligencia, ingenio, discernimiento.

2. Las cualidades del temperamento: coraje, tenacidad, perseverancia en las resoluciones.

3. Los dones de la fortuna: poder, riqueza, pundonor, salud.

4. La felicidad: es el pleno bienestar, un hallarse contento con el estado en el que uno se encuentra.

1 y 2 son cosas buenas y deseables, pero también pueden ser malas y dañinas, si es que la voluntad no es buena (si no tiene un buen carácter). 3 y 4 pueden infundir coraje e insolencia, si es que una buena voluntad no corrije su influjo sobre el ánimo. Debe hacer esto adecuando a un fin universal el principio global del obrar (63). La buena voluntad es incluso un requisito para ser dignos de la felicidad. Ninguno de estos 4 tiene un valor intrínseco e incondicional. Por ejemplo:

  • La moderación puede ser buena, pero sin buena voluntad puede servirle a alguien con sangre fría, sin buena voluntad, a no obrar moralmente.

La buena voluntad, en Kant (y esto es algo central), no es buena por lo que produce o logra. Su querer es lo único que la hace buena. La utilidad o el fracaso de lo que resulte no añaden o quitan valor a la buena voluntad. Después de esto, Kant va a buscar asociar la moralidad (en un sentido específico) con la racionalidad y la voluntad, a partir de la diferencia del ser humano con los seres no racionales. La idea es que un ser dispuesto para la vida que, además, posee razón, no parece tener por fin el ser feliz, conservarse, que todo le salga bien y que en todo le vaya bien. Y es que, para Kant, esos fines hubieran sido mejor conseguidos con el instinto. Desde esta perspectiva la razón serviría para reflexionar sobre este instinto, ademirarlo, estarle agradecido y disfrutarlo. No se le permitiría a la razón tener un uso práctico. Kant ahonda en esto señalando que quienes cultivan más su razón, son los que menos disfrutan, los que menos bienestar sienten. La respuesta de esto, es que la razón no tiene como propósito supremos dicho bienestar y dicha finalidad. La razón nos ha sido dada, según Kant, como una capacidad práctica, es decir, que tiene influjo sobre la voluntad. Conclusión:

(…) el auténtico destino de la razón tiene que consistir en generar una buena voluntad en sí misma y no como medio con respecto a uno u otro propósito (…) (68)

Esta voluntad constituye, pues, el bien supremo. El resultado de establecer a través de la razón dicha buena voluntad tiene, como resultado, el sentir:

Un contento muy idiosincrásico, nacido del cumplimiento de una meta que a su vez sólo determina la razón, aun cuando esto deba vincularse con algún quebranto para los fines de la inclinación (68).

Kant pasa luego de esto a analizar el concepto de deber, ya que piensa que es necesario esclarecerlo con el fin de esclarecer el desarrollo de la buena voluntad que la razón debe establecer, a través de su influjo en la voluntad. Hay acá varios tipos de acción:

1. Acción contra el deber.

2. Acción conforme al deber: son las ejecutadas por una inclinación no inmediata, en función de un propósito egoísta. Lo que se tiene es un propósito interesado.

Ejemplo: un vendedor puede vender un producto a un mismo precio, sin importar quien lo compre. Sin embargo, no sabemos si es que su único propósito es tener beneficios y no, por ejemplo, porque elige no discriminar a nadie.

Ejemplo: ayudar porque nos causa placer hacerlo, es una inclinación.

3. Acción por deber: [hay una inclinación inmediata]. En este caso la máxima alberga un contenido moral.

Ejemplo: cuando uno padece desgracias en su vida y llega a no quererla, pero uno no opta por el suicidio, ya que elige conservarla, aunque no le gusta, por mor del deber, sin inclinación.

Ejemplo: ayudar por deber.

“Sólo en el caso de que aquel filántropo viera nublado su ánimo por la propia pesadumbre y ésta suprimiese cualquier compasión hacia la suerte ajena quedándole todavía capacidad para remediar las miserias de los demás, pero esa penuria extraña no le conmoviera por estar demasiado concernido por la propia y, una vez que ninguna inclinación le incitase a ello, lograra desprenderse de tal fatal indiferencia y acometiera la acción exclusivamente por deber al margen de toda inclinación, entonces y sólo entonces posee tal acción su genuino valor moral” (71).

El supremo valor es, pues, hacer el bien por deber y no por inclinación. Lo que el ser humano tiene, en relación a la felicidad, es una inclinación. Kant llega a decir que es en esta inclinación donde quedan compendiadas todas las demás inclinaciones. En todo caso si de propiciar(nos) la felicidad se trata, la idea es hacerlo por deber y no por inclinación. Solamente de esta manera tendría, la búsqueda de la felicidad, un genuino valor moral.

Kant nos recuerda, además, el pasaje bíblico en el que se nos ordena amar a nuestros enemigos. Y es que este amor es un amor que se nos impone por deber, pero no por inclinación (amor práctico, no patológico).

La segunda tesis central es la siguiente: el valor moral reside en la máxima, no el el propósito. La máxima es el principio del querer. Los fines, propósitos, móviles y efectos no agregan o quitan valor moral a las acciones. El valor moral reside en el principio de la voluntad. Aquí hay que distinguir dos cosas:

1. El principio a priori, que es formal.

2. El móvil a posteriori, que es material.

Una acción por deber es la que se da por un principio del primer tipo.

La tercera tesis sostiene que el deber significa que una acción es necesaria por respeto hacia la ley. Hacia los objetos tenemos inclinaciones, pero no respeto. Las inclinaciones tampoco pueden ser respetadas, solamente aprobadas o amadas. Lo que es objeto es de respeto es lo que excluye la inclinación del cálculo de elección es algo digno de respeto y de mandato. Lo único que puede satisfacer este requisito es la ley práctica. La máxima del sujeto busca dar cumplimiento a dicha ley, incluso en el caso en el que esto genere perjuicio en mis inclinaciones. Distingamos:

  • Máxima: principio subjetivo del querer.
  • Ley práctica: principio objetivo (que puede hacer de principio subjetivo para los seres racionales).

Lo esencial para el valor moral no puede ser, pues, nada que tenga que ver con el efceto o con algún principio de la acción que esté motivado por el efecto de la acción. La representación de la ley debe ser el motivo de la voluntad. Kant dice al respecto lo siguiente:

Como he despojado a la voluntad de todos los acicates que pudieran surgirle a partir del cumplimiento de cualquier ley, no queda nada salvo la legitimidad universal de las acciones en general, que debe servir como único para la voluntad, es decir, yo nunca debo proceder de otro modo salvo que pueda querer también ver convertida en ley universal a mi máxima (76).

Kant prosigue con el ejemplo de hacer promesas que no cumpliremos. Dice que podríamos prometer cosas que no vamos a cumplir, pero que también podemos únicamente prometer cosas que cumpliremos. Sin embargo, en este segundo caso lo que tenemos son dos posibilidades. En la primera, prometemos únicamente lo que vamos a cumplir por prudencia, es decir teniendo en cuenta que los efectos futuros, a largo plazo, serán mejores. Esta posibilidad no puede ser, si seguimos lo anterior, moral. El segundo caso es el moral, que únicamente tiene por fundamento la universalización de la máxima. No cumplir nunca lo que uno promete autodestruiría la máxima.


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