El exceso senderista

III

["La conciencia y la vida: el caso de Abimael Guzmán", "El relato de la providencia y la producción del siervo colonial", "El despertar del pongo"]

En el ensayo “La conciencia y la vida: el caso de Abimael Guzmán” se recuerda que Guzmán pudo movilizar a muchos peruanos para realizar acciones que terminaron con la muerte de miles de personas, a través de excesos y violaciones a los derechos humanos. Sin embargo, y a pesar de esto, Guzmán no asume la responsabilidad por estas acciones, por estos excesos. Lo interesante es que sí justifica la violencia y la muerte dentro de una “guerra popular” (que es pensada como una guerra justa, como una insurrección legítima y constitucional) o a través de la decisión de los “juicios populares”. Entonces, a pesar de que se afirma que no se promueve el terrorismo o la realización de excesos, también se defiende la idea de que estos actos y sus consecuencias pueden ser “costos imprescindibles” o necesarios para el advenimiento del comunismo. El fin, pues, justifica los medios, sobre todo si es que este fin es pensado como necesario debido a las leyes de la historia que, además, brindan los medios para su realización.

Portocarrero vincula esta situación con la figura de Guzmán: él sería el individuo que conocería estas leyes y por eso determinaría las acciones “necesarias”. Esto implicaría estar dotado de una soberanía , de una capacidad de decisión que tuviese la capacidad de reducir  a los demás a la condición de lo que Agamben llama nuda vida en el Homo Sacer. El ejemplo paradigmático aquí serían los campesinos a los que se podía torturar y asesinar. También podían secuestrarse a sus hijos para que estos sean incorporados al “ejército guerrillero popular”. Este poder para disponer y decidir por sobre la vida de los demás lleva a Portocarrero a la tesis de que Guzmán se coloca en un plano diferente. Y esta diferencia cuasi ontológica estaría fundada en el saber. Es el conocimiento del marxismo, de la ciencia, de las leyes de la historia, el que justifica la infalibilidad de sus decisiones. El efecto de este supuesto es el despotismo jerárquico de Sendero Luminoso que guarda semejanza con la estructura de una Iglesia que ya conoce la verdad. Guzmán ocupa el lugar de un redentor, de un profeta. Portocarrero nos recuerda que incluso hoy Guzmán sigue comportándose como si estuviese predestinado: sigue creyendo en la inevitabilidad del comunismo y en el hecho de que pasará a la historia como el precursor de la emancipación.

Las ideas de Guzmán habrían podido tener cierto efecto debido a que habría una semifeudalidad, pero no en lo que a formas de propiedad se refiere. De lo que se trataría es de una semifeudalidad en la vida cotidiana (quizá se podría hablar de “imaginario” o de “mentalidad”: existencia de servidumbre sin una gran propiedad de la tierra). Esta intuición se desarrolla en el siguiente ensayo: “El relato de la providencia y la producción del siervo colonial”, en el que se trata de elucidar algo del origen de dicha mentalidad y herencia colonial.

De la misma manera  en que Guzmán había cometido excesos pensando que estos eran legítimos debido a que se encontraban justificados por razones de necesidad ontológica, los conquistadores españoles, para Portocarrero, también ese sentían legitimidados para cometer “excesos necesario”, debido a que tenían el evangelio y la verdad revelada de su lado. En el resto del ensayo se analizan imágenes: “El triunfo del Evangelio” y “Cristo de la Viña” (y esto se repite también en los ensayos: “El Jesús Nazareno de Huamanga y los cristos peruanos”, “Los (per)seguidores idólatras y el Dios fugitivo”, “Exculpación de Guzmán y llamado a los héroes del futuro”, “El imaginario senderista”, “La humildad del indio: solo en la servidumbre hay salvación”). Voy a ser honesto: no puedo discutir estas apreciaciones porque no tengo mucha idea de cuáles son los criterios para hacer este tipo de lecturas. Portocarrero hace unas lecturas interesantes para comprender la mentalidad colonial a la luz de dichos objetos culturales. Sin embargo, no queda claro qué hace de dicha interpretación una buena interpretación y no una sobreinterpretación. No digo que Portocarrero lo haga. Simplemente no sé cómo distinguir eso y por eso me es difícil pronunciarme al respecto. Lo que necesito ahí es investigar más sobre la(s) metodología(s) de los estudios culturales.

En el siguiente ensayo, “El despertar del pongo”, Portocarrero destaca algunos aspectos por los que preguntaba en posts anteriores. Aquí se regresa a Sendero (los ensayos no forman un libro orgánico ni sistemático. Son aspectos o aproximaciones al fenómeno de Sendero Luminoso. Es por eso que el libro se asemeja a los libros no sistemáticos que muestran o cercan algo, pero sin tener una elaboración o construcción arquitectónica. Podría decirse que, en cuestión de estilo, Portocarrero está más cerca de Wittgenstein que de Kant). La tesis aquí es que el discurso de Guzmán, un intelectual (nos guste o no), estuvo dirigido a los campesinos, buscando activar sus “deseos de justicia y progreso, su lucha contra el abuso” (pág. 78).

Como ejemplo de ese interés y efecto, se pone el caso de Víctor Zavala Cataño, autor de propagan política a través del “teatro campesino”. Las obras que se analizan son “El gallo” y “El cargador” y lo que se encuentra es lo que da el título la ensayo: la propaganda política busca “despertar al pongo” queriendo “convertir la resignación y el fatalismo en furia justiciera” (pág. 81). Portocarrero busca siempre destacar que estas obras simplifican la realidad, ya que se presenta a la sociedad de manera polarizada entre “buenos”, “oprimidos”, “dominados”, “explotados” (que sufren) y, por otro lado, “malos”, “opresores”, “dominantes”, “explotadores” (que gozan). El maniqueísmo moral se carga de la matriz clasista simplificadora del marxismo ortodoxo. La idea es que los explotados reconocerían estar siendo víctimas de la explotación y buscarían ser guiados por quienes saben (Guzmán y la élite senderista) para que puedan ir por el camino correcto, por el sendero luminoso. Este camino sería un camino de lucha y violencia, ya que los cambios pacíficos son tenidos siempre como ilusorios (reaccionarios frente a la inevitabilidad revolucionaria). Ahora bien, esta visión pasiva de los oprimidos (campesinos), es calificada por Portocarrero como “miserabilismo”. Históricamente este miserabilismo estaría ligado a la visión de que los indígenas son oprimidos, pero no tienen la posibilidad de ser el agente principal para cambiar su situación. Lo que se desprende de esto es que se requiere de alguien externo que pueda hacer esto. Sin embargo, este gesto autoritario de saber lo que tiene que saber o hacer el otro es algo que ha compartido toda la izquierda en nuestro país (dicha idea tiene un fundamento leninista: la vanguardia ilustrada que lleva al proletariado a la revolución).

¿Qué tanto de cristiano hay en esa actitud de querer “salvar” o “redimir” al que creemos impotente? ¿No hay culpa y caridad cristiana? ¿Cómo podría haber una izquierda que tenga genuinos vínculos de solidaridad universal, si que tenga que suponer elementos católicos?

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